
Andina · Mestizo
El Venado de Oro
Diego Barreto encuentra un venado de oro en una gruta de Guadalupe y descubre que poseer el tesoro no garantiza conservar la vida.
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El relato
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Hacia 1700 llegó a la capital del Nuevo Reino un joven distinguido que venía a buscar fortuna. Se llamaba don Diego Barreto, era portugués y dejaba el garito solamente para buscar lances de amor. En Santafé se enamoró de doña Inés, hija única de don Pedro, comerciante español y viudo, y ella le correspondió.
El padre no puso reparos de dinero. Le hizo saber a su hija que desaprobaba el cariño que le había consagrado a un aventurero de costumbres torcidas y de hogar desconocido, y con eso bastaba: lo que le sobraba al portugués era suerte en las mesas y lo que le faltaba era procedencia.
La disputa terminó a cuchilladas a pocos pasos de la casa, a la vista de la muchacha. El padre quedó tendido y malherido. Diego echó a correr convencido de que acababa de matar al comerciante y buscó El Boquerón, al oriente y en las afueras de la ciudad, como lugar de refugio. Esa noche cayó tormenta y se metió a rastras en una grieta de la peña.
Amaneció. Cuando la luz entró en la cueva vio delante de él un venado de tamaño natural, toscamente fabricado en oro macizo. Se restregó los ojos y seguía ahí.
Entonces se acordó de algo que había oído contar en la ciudad: que en Teusaquillo, el sitio de recreo de los Zipas donde después se fundó Santafé, hubo un santuario en el que los indios adoraban un enorme venado de oro, y que a la llegada de los conquistadores lo escondieron a toda prisa por orden del Zipa.
No podía volver con un venado a cuestas ni podía volver de ningún modo. Le mutiló la cornamenta con la espada y con guijarros gruesos, dejó el cuerpo adentro y tapó con piedras la estrecha entrada. Después arrancó líquenes y plantas parásitas de las que crecen en esas peñas y las encajó en las junturas, para que echaran raíz y la maleza pareciera obra de la naturaleza y no de una mano. Faltaban las señas. Se puso de pie, miró en línea recta hacia abajo y su mirada fue a dar en el aldabón de la puerta principal de la iglesia de La Veracruz; por si acaso, clavó la espada frente a la entrada de la gruta. Bajó por las faldas de Monserrate con la cornamenta encima.
Don Pedro sanó de su herida y siguió con sus negocios, que le iban bien. A la hija dejó de tratarla como antes. Pasaron cuatro años.
Diego volvió ocultamente a la ciudad. Le confió el secreto de la cueva a un amigo y con él iba por la calle, camino de ella, cuando el padre lo reconoció. Se le echó encima con el puñal en la mano y se lo clavó en el pecho. Cayó en brazos del amigo, ya cadáver, sin haber vuelto a subir.
Don Pedro murió al poco tiempo en estrecha prisión. Doña Inés, sola en el mundo, se recogió en el monasterio de Santa Clara. La cornamenta se perdió de vista con su dueño, y durante mucho tiempo hubo santafereños que se paraban en el atrio de La Veracruz, alzaban la cara y seguían con los ojos la línea de la ladera buscando el punto donde debía estar la cueva.

La enseñanza
“El oro apareció por azar y no compró nada, porque la venganza llegó primero.”
Territorio
Andina · Mestizo
El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.
- Región
- Andina
- Comunidad
- Mestizo
- Referencia
- 4.5895° · -74.0628°
Ficha del relato
Fuentes
Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.
- Procedencia
- Tradición oral · Mestizo · Bogotá · Andina
- Referencias
- 8
- Última revisión
- 22 de septiembre de 2026
Base documental · 3 referencias
- Crónicas de Bogotá, tomo I, capítulo con el sumario «prohibición del uso de la chicha — Propiedad de las aguas de la ciudad — Leyenda del venado de oro»
babel.banrepcultural.org
Es el registro entero de la ficha y está en las pp. 139-141, con la procedencia en la nota (8) al pie: no lo recogió de nadie, lo extractó de la crónica anónima «El venado de oro» publicada en el diario El Correo Nacional, año VII, n.º 1745, Bogotá, 14 de noviembre de 1896. De ahí sale todo lo que la ficha afirma. Los tres personajes con origen, oficio y año —un portugués jugador que llega hacia 1700 y un comerciante español viudo con su única hija—; el conflicto, que es de reputación y no de fortuna, porque el padre rechaza al pretendiente por aventurero y de origen desconocido; la pelea que precede al hallazgo y lo provoca, con el padre malherido y Diego huyendo; el venado de oro macizo, de tamaño natural y factura tosca, encontrado al amanecer dentro de la gruta donde se refugió de la tormenta; la explicación muisca puesta en la memoria del personaje y no en boca del narrador —oyó decir que en Teusaquillo hubo un santuario con un venado de oro escondido por orden del Zipa ante la invasión—; la cornamenta cortada a espada y a guijarros con el cuerpo dejado dentro; el disimulo de la boca de la cueva con piedras y plantas parásitas metidas en las junturas para que echaran raíz; las dos señas para volver, la visual tirada en línea recta hasta el aldabón de La Veracruz y la espada clavada frente a la entrada; y el final sin boda ni ascenso, con Diego apuñalado en la calle camino de la gruta, el padre muerto en prisión y la hija encerrada en Santa Clara. Cierra documentando la recepción: la leyenda circuló mucho tiempo y hubo quien se paraba en el atrio de La Veracruz a buscar la cueva con la vista.
- Historias de ofrendas muiscas (catálogo de la exposición del Museo del Oro, 31 de mayo de 2013 a 23 de febrero de 2014)
babel.banrepcultural.org
Es lo que permite tratar la explicación muisca del relato como algo más que un adorno exótico. Documenta la práctica de la ofrenda entre los muiscas con investigación de laboratorio sobre la orfebrería —el vaciado a la cera perdida con que se hacían los tunjos, analizado con microscopios de haces electrónicos en Londres— y dedica capítulos enteros a los contextos rituales: «Hacer ofrendas», «Rituales y ofrendas», «Una ofrenda de miniaturas», «Un cerrito donde se ofrendaba», «La historia del cercado del cacique». Ese «cerrito donde se ofrendaba» es exactamente el tipo de lugar que la leyenda imagina en la falda de Monserrate, y la práctica de depositar piezas de oro en cuevas, lagunas y elevaciones es la que hace verosímil, dentro del relato, que un hombre tropiece con una figura escondida. Su cobertura geográfica —Cundinamarca, Boyacá, la laguna de Guatavita, Pasca— es la del territorio muisca donde el relato sitúa el santuario.
- Conflictos eclesiásticos en torno a la administración del cerro de Monserrate, Nuevo Reino de Granada, siglo XVII
revistes.ub.edu
Es lo único con aparato que documenta el cerro donde la leyenda pone la gruta, y de paso explica de dónde viene el motivo del santuario escondido. Reconstruye con documentos del Archivo General de la Nación la ocupación del cerro de las Nieves —el que después se llamó Monserrate— durante el siglo XVII: la hermandad, la ermita, los pleitos entre órdenes religiosas por su administración. Y recoge la línea historiográfica según la cual las ermitas levantadas en Santafé durante los siglos XVI y XVII se erigieron sobre antiguos santuarios indígenas, que es precisamente la creencia sobre la que el relato se apoya cuando su protagonista recuerda haber oído que allí hubo un lugar sagrado con un venado de oro. Permite decir que esa idea circulaba, y que no la inventó la crónica de 1896.
Contraste y contexto · 5 referencias
- El venado de oro (Bogotanitos · Cuenta la leyenda, versión archivada)
ant.culturarecreacionydeporte.gov.co
Fija la versión que el Distrito difunde hoy y hace visible lo que se le ha ido añadiendo al relato de 1896 en el camino. Es la pieza contra la cual se mide la deriva: donde el registro tiene una pelea previa, un hallazgo accidental, una cornamenta mutilada y un apuñalamiento en la calle, la divulgación tiende a dejar un tesoro, una boda impedida y un castigo del cerro. Su valor no es probatorio sino de contraste, y permite fechar en qué momento el relato dejó de terminar con tres personas arruinadas y empezó a terminar con una moraleja. Sobrevive además sólo en el subdominio archivado del Distrito, lo que dice algo sobre la estabilidad de estas versiones.
- Calles de Santafé de Bogotá: homenaje en su IV centenario, 1938
babel.banrepcultural.org
Es la herramienta con la que se puede intentar la instrucción de verificación que el relato deja al lector. La leyenda pide pararse en la puerta principal de La Veracruz y tirar una visual en línea recta hasta la gruta; esta obra reconstruye el barrio de la Catedral y el de Las Nieves con los nombres viejos de las calles, el curso del riachuelo San Francisco y la posición de las iglesias del centro, y permite establecer dónde estaba exactamente ese atrio y hacia qué tramo de la ladera miraba. Con eso la seña deja de ser una fórmula y se convierte en algo que se puede trazar sobre un plano —y comprobar que apunta a una falda entera, no a un punto—, que es justo lo que la ficha dice de esa marca.
- Fantasmas de ciudad: fantasmas en La Candelaria (colección «Memorias de la Ciudad», n.º 1)
repositorio.biblored.gov.co
Sostiene el segundo paralelo, el de la marca comprobable, con el caso bogotano que mejor la cumple. En las pp. 49-50 el relato de la Calle del Fantasma no se conforma con contar un pacto: deja una prueba que cualquiera puede intentar —el empedrado hecho en una sola noche se verifica contando sus seiscientas sesenta y cinco piedras y comprobando que falta una—, y esa cuenta la sostiene una vecina con nombre, doña Carmen Domínguez, residente del lugar desde principios del siglo pasado. Es la misma operación que el aldabón de La Veracruz y la espada clavada, con una diferencia de altura que es la que la ficha señala: la piedra que falta está en el suelo y se puede contar, y la visual obliga a levantar la cabeza hacia una ladera entera.
- Muerte fuera del ruedo (crónica ganadora del Premio Distrital de Crónica Ciudad de Bogotá 2014)
cucharitadepalo.co
Documenta el primer paralelo —el destino de un texto de prensa que un cronista rescata y que la divulgación posterior desarma— con el caso mejor medido que hay en la ciudad. León localiza las notas de El Espectador y El Tiempo del 18 de octubre de 1985 sobre un camión volcado con cinco novillos, con hora, placa y esquina, las transcribe, y después muestra cómo columnas y textos posteriores le cambiaron el edificio, la clase de animal y el número de reses. La cadena del venado tiene la misma forma y es más larga: crónica anónima de El Correo Nacional en 1896, capítulo de Ibáñez en 1913, y después un cerro, una boda y un derrumbe añadidos por el camino. Sirve, por tanto, no como fuente del relato sino como demostración del mecanismo que esta ficha describe.
- Bogotá etílica: chicha, cerveza, aguardiente y otras
archivobogota.secretariageneral.gov.co
Se cita por el vecino de página, que no es una casualidad. El capítulo de las Crónicas de Bogotá donde vive esta leyenda lleva por sumario «prohibición del uso de la chicha — Propiedad de las aguas de la ciudad — Leyenda del venado de oro»: el relato del tesoro está encajado entre dos asuntos de gobierno colonial sobre el consumo y el abastecimiento. Este artículo documenta el primero de ellos —la campaña contra la chicha en Bogotá desde el periodo colonial y a lo largo del XIX y el XX, con detenciones, cierres de chicherías y destrucción del producto decomisado— y muestra que el juego, la bebida y el desorden nocturno formaban un mismo expediente administrativo. Eso explica por qué el protagonista del relato es un jugador de oficio y por qué su castigo no necesita enunciarse: el marco moral ya estaba escrito en la ordenanza.
Voces de la comunidad
Conversación
¿Así te la contaron?
«El Venado de Oro» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.
Versiones de este mito
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No es realMi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.
Así se ve una versión publicada. De «El Venado de Oro» todavía no hay ninguna.
Todavía nadie ha dejado la suya. «El Venado de Oro» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.
- Qué cambió
- El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
- Dónde la oíste
- Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
- Quién la contaba
- Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.








