En las aldeas onduladas por el vaivén de los recuerdos, donde el tiempo se inscribe en la corteza de los árboles y el murmullo del viento lleva ecos de leyendas antiguas, se alzaba el susurro nostálgico de las historias de antaño. Era en esos campos, entre vastos cielos y tierras fértiles, donde nosotros, los niños de entonces, encontrábamos refugio en la sabiduría de nuestra abuela materna. Su voz, sabia y templada, se convertía en un hilo de seda que hilaba el pasado con el presente, y sus cuentos, un mosaico de experiencias y tradiciones.
Los días transcurrían felices en aquellas estancias, cada una con su nombre cantando historias en el aire: "El Calzo", "El Volcán", "La Meseta". Pasábamos las horas explorando, escalando árboles y colinas, mientras nuestras imaginaciones alimentaban la realidad con elementos fantásticos, recogidos de las charlas alrededor del fuego. Era en "El Calzo" donde, al caer la noche, la atmósfera se llenaba de misterio y se tejía el silencio con las notas de las historias compartidas por los mayores. La noche, una cúpula tachonada de estrellas, era testigo de nuestros secretos temores y nuestras preguntas insaciables.
En una de esas noches estrelladas, don Vicente insinuó, con un brillo en los ojos, que era tiempo de la "barbacoa". La palabra resonó entre nosotros, un enigma que pedía ser resuelto. Bajo la luz difusa, mi abuela comenzó a desvelar el tejido de esa leyenda que se deslizaba por los caminos como una sombra fugitiva, y nosotros, envueltos en temor reverente, escuchamos cada palabra.
Se decía que un hombre, antaño enfermo y desesperado, prometió caminar hasta el santuario de Chinquinquirá para rogar por su curación. La Virgen, en su infinita bondad, lo sanó antes de llegar, pero la ingratitud del hombre lo hizo dar la vuelta sin expresar su gratitud en el sagrado lugar. Pocos lo recordarían, excepto la tierra, que lo llevó años después a la tumba sin advertencias. Desde entonces, por las épocas en que los caminos se poblaban de romeros y rezos, la "barbacoa" emergía, un espectro sin cabeza, llevando el cuerpo de ese ingrato en una danza macabra, símbolo del olvido a los celestiales observadores.
El relato de la "barbacoa" dejó en el aire una sensación de inquietud, como un murmullo de hojas al viento, que acunó nuestro sueño entrelazado con la inquietante melodía del más allá. Pero no sería esa la única de las noches adornadas con cuentos de lo inaudito.
En "El Volcán", otra historia aguardaba ser liberada de su prisión de tiempo. Allí, la sombra de don Nazario y su trapiche quemado irritaba la línea donde cielo y tierra se encontraban, asomándose en noches sin luna para encender las llamas de la memoria. Don Crisanto relataba cómo Nazario había hecho de sus tierras un imperio de caña, indomable ante la religión y temido por los hombres. La desgracia y la miseria se adhirieron a su molino como un vórtice oscuro, llevándose vidas que no descansaron en paz, y en ese último acto del destino, Nazario, huérfano de amigos, cedió su cuerpo al fuego purificador.
Así, cada año, mientras el ciclo de la caña continuaba en otros campos, el trapiche del antiguo Nazario ardía en el horizonte, una visión que amalgamaba realidad y delirio, dejando entrever sombras que danzaban en una zarabanda eterna. Nosotros, los niños, mirábamos con azoramiento, viendo no sólo sombras sino a Nazario entre las llamas, la lección de su vida latiendo en el fuego, resonando como un eco de advertencia.
Mientras los comentarios sobre lo escuchado germinaban entre nosotros, mi abuela, con esa voz que podía conjurar respuestas del aire mismo, preguntó sobre "La Mancarita". La leyenda de esta entidad vaga, que merodeaba en las montañas de la vereda de "San José", se contaba como un susurro perdido en el bosque, una sombra que casi se llevó a don Telmo, salvado apenas por la compañía de sus leales perros.
La noche nos cobijó, y mientras buscábamos refugio de nuestras naturalezas impresionables, la pequeña lámpara de petróleo en la sala se convirtió en nuestro faro. Los mayores siguieron narrando, hilvanando recuerdos con advertencias mientras nos acurrucábamos en sus presencias apasionadas, nuestros sueños poblados por la imaginaría vívida de un pasado que nunca moriría.
Hoy, sentados alrededor de nuestras propias fogatas, historias acariciando nuestros labios por inocentes oídos, entendemos que esos relatos se encarnaban no solo en la memoria de los que observaban, sino en la esencia misma de nuestras tierras. En las noches estrelladas, descendientes de ecos antiguos, nos unimos a esa danza interminable de cuentos y cantos, donde la frontera entre realidad y magia es apenas un susurro que el viento lleva a lomos del tiempo. El mito, renovado en cada narración, es el hogar eterno de nuestros sueños y miedos compartidos.
Historia
El mito parece originarse a partir de relatos orales en el contexto de tradiciones campesinas y folclóricas. Se cuentan historias de la "barbacoa", una procesión de cuatro hombres sin cabeza que llevan un difunto, relacionada con una promesa incumplida a la Virgen de Chinquinquirá, y del "trapiche del difunto Nazario", un fenómeno de fuego y sombras que aparece anualmente relacionado con un antiguo molino de azúcar y simboliza castigo por la impiedad y la explotación laboral. Estas historias tienen un trasfondo moralizante y ejemplarizante y son comunes en varias comarcas, transmitidas a través de generaciones. La mezcla de elementos sobrenaturales con la vida cotidiana y la enseñanza moral las caracteriza. Sin embargo, no se proporciona información específica sobre el origen geográfico o el primer narrador de estos mitos.
Versiones
Las dos versiones del mito presentadas en el relato—uno sobre la "barbacoa" y el otro sobre el "trapiche del difunto Nazario"—comparten una temática común de advertencia moral, pero difieren en sus contextos culturales y las lecciones que buscan impartir. La narrativa de la "barbacoa" se centra en la importancia de cumplir las promesas religiosas, ejemplificada por el hombre que no agradece a la Virgen de Chiquinquirá y termina sufriendo las consecuencias. Su historia refleja una tradición ligada a la fe y las prácticas de peregrinación, mientras que evoca una manera de asustar y, al mismo tiempo, instruir a los niños en la importancia de la gratitud y la devoción. La historia está integrada en un entorno familiar y comunitario, en el cual los eventos sobrenaturales—como la barbacoa que recorre los caminos—refuerzan creencias compartidas que mantienen el orden social a través del temor reverencial.
Por otro lado, el mito del "trapiche del difunto Nazario" ofrece una lección moral más secular e históricamente situada, enfatizando la retribución por la impiedad y la explotación laboral. Se trata de un terrateniente que maltrataba a sus trabajadores y vivía irreverentemente, provocando incidentes trágicos en su trapiche. Esta historia funciona como un recordatorio de la justicia inmanente; el destino final de Nazario, al perecer en su propio incendio, es una advertencia sobre las consecuencias de la avaricia y la falta de compasión. Mientras que la narración de la barbacoa resalta el peso de las promesas incumplidas bajo un prisma religioso, la del trapiche gira en torno a la justicia terrenal, impartida a través de los ciclos de la naturaleza y el castigo inevitable sobre quienes abusan de su poder, enriqueciendo así el folclore con diversidad de perspectivas y mensajes éticos.
Lección
El incumplimiento de promesas y la impiedad llevan a consecuencias inevitables.
Similitudes
Se asemeja a mitos griegos como el de Tántalo, donde la ingratitud y la impiedad son castigadas por fuerzas superiores.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



