En el laberinto urbano de Bogotá, en una confluencia de destinos que el tiempo se encargó de tornar en leyenda, se desató una historia que desbordó los límites de lo tangible y retozó en los dominios de lo mágico. Era una mañana cualquiera cuando un camión, resguardado por la indiferente bruma capitalina, se abría camino cargando con tigres disfrazados de toros, animales que llevaban en sus lomos la valentía y bravura ancestral de muchas tierras: algunos decían que de España, otros del sur de Francia, y no faltaba quien insistiera que del mismísimo corazón del país, de las ganaderías míticamente susurradas en San Martín, Achury Viejo y Agua Luna.
La jornada parecía prometedora, con un pronóstico incierto apenas turbio por el rumor de que el destino caprichoso afilaba ya su navaja. Un bache casi imperceptible despidió una roca que rebotó como un susurro contra la frágil mecánica del camión, quebrando el eje de transmisión y liberando a varios toros en un caos de mugidos y cascos resonantes, como si la propia tierra se hubiera sumado a un desconcertante coro ancestral.
Uno de esos toros, majestuoso y viril, cuya leyenda recogía toda una constelación de orígenes y razas, se desprendió del tumulto, como si un destino particular lo atrajera hacia el bullicioso corazón de la ciudad. Su piel, un tapiz de detalles imposibles de acordar —brillante, casi de obsidiana en algunos cuentos, parda o moteada en otros—, brillaba con el sudor de la corrida, exhalando una bravura que doblaba el espacio a su alrededor con la misma autoridad con la que el tiempo dobla las sombras en el ocaso.
Sin embargo, fue el Edificio Bachué quien se convirtió en testigo silencioso de aquel suceso que rozó lo extraordinario. Las puertas del ascensor fueron abiertas por una mano invisible, como si una voluntad cósmica orquestara el cuadro. En aquel cubículo inhóspito para su naturaleza, el toro halló un desafortunado espectador. Un hombre, un simple trabajador que culminaba su faena diaria, se topó cara a cara con la devastadora majestuosidad del animal. El destino, implacable y ciego, hilvanó un desenlace trágico: la embestida fue una coreografía de fuerza y miedo, un instante congelado en el tiempo que rompió no solo un cuerpo, sino las líneas de una realidad ya de por sí quebradiza.
Tras el impacto, aquel toro salió del edificio como si en su carrera ardiente quisiera desgarrar el sutil velo entre lo fantástico y lo real. Lo persiguió el pánico tangible de la perplejidad bogotana que, al igual que aquel torero improvisado que engañaba a un vestigio de la historia disfrazado de cardenal, se debatía entre la incredulidad y el instintivo terror del hombre frente a las fuerzas primordiales.
Eran los ecos de los bramidos los que magnificaban el canto de una Bogotá que reverberaba en sintonía con el espectáculo taurino que se improvisaba de manera simultánea por las arterias de la ciudad. Testigos lejanos pero embelesados, cientos de perros ladraban como heraldos, las campanas resonaban con un tañido tan violento como el de la época colonial azotada por la tempestad, y las reses en el matadero mugían como si invocaran a fantasmales compañeros de dominación perdida.
Este toro, embrujado tal vez por las tinieblas del mito, combinó su desvanecimiento con presencias invisibles, relatándose que sus pasos delinearon un encierro fantasmagórico comparable al de San Fermín, pero con una tenue pintura de realismo que agitó las entrañas de la ciudad. Habitaría entonces un sinfín de esquinas bogotanas, un deambular etéreo que se extinguió en la noche, esfumado tras la valiente captura emprendida finalmente por aquellos que se atrevieron a cruzar el umbral de lo posible con la esperanza de anclarlo a la realidad.
Bogotá, en su eterno vaivén entre el mito y la razón, quedó para siempre inmortalizada con la leyenda del toro en el ascensor, un episodio que no encontró reposo en las hojas del archivo, pues en lo profético se encontraba su destino. Las fotos, que jamás llegaron a desarrollarse, conservaron el enigma que solo el relato podía inflamar; los bogotanos confesaban con reverencia que vieron en aquel toro la reencarnación del Minotauro o una evocación de divinidades astrológicas y ancestrales.
En ese confín de vibrante identidad, la Plaza de Toros La Santamaría continuó sus días, y las corridas resistieron el embate del tiempo, mientras la leyenda del toro que había extraviado su carne en las luces de Bogotá seguía vivaz, repitiéndose con vigor de generación en generación. Un mito que, embebido de elementos mágicos, amparó matices de cultura y violencia, reflejando la complejidad de una ciudad que aún, en el susurro del viento y el reflejo de los charcos después de la lluvia, dibujaba las sombras de un toro imposible en las memorias de aquellos que aprendieron a mezclar el asombro con la devoción.
Historia
La leyenda del "toro en el ascensor" tiene origen en Bogotá y se desarrolla en dos versiones ligeramente distintas. En ambos relatos se describe cómo un toro de lidia escapó en la ciudad capital de Colombia. En la primera versión, transmitida principalmente por cultura popular y tradición oral, se dice que el toro se escapó de un camión que lo llevaba hacia varias plazas de toros en distintas ciudades de Colombia, como Bogotá, Cali, Manizales, entre otras. Los detalles del toro, su bravura y la confusión que causó en la ciudad son parte del mito. La fantasía del relato incluye imágenes de toreros, jinetes, y un animado espectáculo taurino en las calles de Bogotá, culminando con el toro en un ascensor, donde un torero disfrazado de cardenal es atacado y aplastado por el animal. Las fotografías del evento resultaron dañadas, lo que contribuyó a la creación del mito.
La segunda versión ocurre durante la década de 1960. En esta narración, un camión que transportaba toros hacia la Plaza de Toros La Santamaría sufrió un accidente al ser golpeado por una roca, lo que permitió la fuga de varios toros. Uno de los toros encontró refugio en el Edificio Bachué y allí, en un ascensor, ocurrió un encuentro fatal que resultó en la muerte de un hombre. Este toro fue finalmente capturado esa misma noche.
Ambas versiones sugieren un origen del mito arraigado en el caos urbano y las tradiciones taurinas de la época, reflejando la mezcla de realidad y fantasía que caracteriza a las leyendas urbanas.
Versiones
Las dos versiones del mito del toro en Bogotá exhiben diferencias notables en el enfoque narrativo y en los detalles específicos del acontecimiento. La primera versión es una narración extensa que se centra principalmente en la construcción de una leyenda mítica que se ha alimentado de diversas tradiciones orales y culturales. Es rica en detalles, describiendo la incertidumbre sobre el origen, la casta y las características físicas del toro, así como en las reacciones dramáticas de la ciudad ante su aparición. La historia involucra una serie de eventos extraordinarios, como una corrida taurina improvisada en las calles de Bogotá, en la que participan espontáneamente toreros aficionados y profesionales. Además, se enfatiza el carácter mítico del toro, con vínculos simbólicos a mitologías antiguas y figuras culturales como el Minotauro, resaltando su simbolismo y el escepticismo respecto a su existencia real.
En contraste, la segunda versión es más concisa y se enfoca en un evento específico de la década de 1960. Relata un suceso concreto en el que un toro de lidia escapa debido a un accidente vial y se infiltra en un ascensor del Edificio Bachué, donde ocurre una tragedia al embestir a una persona. Este relato se centra menos en lo mítico y más en un relato de acción concreto y limitado en el tiempo, que concluye con la captura del toro al anochecer. A diferencia de la primera versión, que es rica en simbolismo y variabilidad de narraciones, esta segunda versión se adhiere a una estructura narrativa más lineal y lógica, centrada en un incidente con una clara progresión de eventos.
Lección
La línea entre lo real y lo fantástico es delgada y permeable.
Similitudes
Se asemeja al mito del Minotauro en la mitología griega, donde un ser mitad hombre y mitad toro habita un laberinto.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



