El tirapiedra

Orinoquía · Mestizo

El tirapiedra

Un espíritu arroja piedras en los caminos del piedemonte; su origen universitario pertenece a la ficción de Baquero.

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El relato

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Por los caminos viejos no se anda después del atardecer. Pascual lo advertía mirando uno por uno a quienes lo escuchaban. A esa hora salen los espíritus a recorrerlos, a recordar sus tiempos y a llorar sus penas, y el que se les atraviesa los estorba. Por las montañas de la región anda uno que asusta a quien camina de noche, y tiene nombre: el Tirapiedra.

Antes de ser espanto fue un estudiante de la Nacional a quien nadie le supo nunca el nombre completo. Le decían «el muerto», porque era flaco, pálido y casi no hablaba. Era de Villavicencio y presumía de llanero, aunque jamás cantó una copla ni bailó un joropo. Detestaba las armas. Lo suyo eran las piedras: las lanzaba grandes, lejos y con una puntería que mataba. Iba a cuanta manifestación hubiera, rebelde contra los abusos que aguantaba la gente, pero sin ley ni principio que lo guiara. Una vez le acertó en la cabeza a un presidente, y lo salvó la copa dura del sombrero.

Con los años empezó a fallarle la vista de lejos. Se acercaba demasiado, fallaba, y sus pedradas se perdían en el aire. Sabiendo que se le acababa el tino, resolvió dar un último golpe contra uno de los jefes del Servicio de Inteligencia Colombiana. El SIC había sembrado el terror en campos y ciudades en los años de la violencia, entre 1948 y 1960, y aquel hombre posaba ahora de figura pública. Por primera vez en su vida entrenó. Escogió los guijarros, la fecha y la hora. Al lanzar se resbaló, y la piedra le reventó la cabeza a un niño. La segunda le dio al hombre en la espalda y rebotó en la cara de una mujer. Entonces enloqueció y tiró contra todos, hasta que la multitud le respondió del mismo modo y lo mató a pedradas. Desde entonces recorre los caminos antiguos arrojando piedras que no alcanzan a quien se mueve, porque perdió la puntería.

Una noche Pascual y el mono Rosendo se demoraron donde doña Rosario tomando cerveza después de la jornada. Hacia las nueve venían por el camino antiguo. Pasaron Caño Blanco y subían por el pedregal cuando, frente a donde hoy queda la finca de don Manuel Rodríguez, sonó el primer golpe, a unos cinco metros. Miraron y no había nada. Vino otro más cerca, luego uno un metro adelante y otro medio metro atrás, cada vez más pesados. Alumbraron los árboles con las linternas: nadie arriba, nadie abajo, nadie al lado.

—No se pare y no diga nada —le pidió el compadre—. Es el Tirapiedra, y lo único que nos salva es ignorarlo, no tenerle miedo y no quedarnos quietos.

En Quetame le habían contado que al que se detiene las piedras se le vuelven de verdad. Así encontraron a don Camilo Sastoque en el camino viejo de una vereda de El Calvario, moribundo, sin un hueso sano, entre un montón de piedras. Era de los que no conocen el miedo, y desafió al duende.

Rosendo se quedó tieso, aferrado a su hacha, con la cabeza ya rota. Pascual no pudo echárselo al hombro, así que lo enlazó y lo hizo andar hasta un claro con buena luna, porque ese espíritu necesita los árboles para atacar. Allí Rosendo se calmó. Pero faltaban otros bosques, y en ellos los guijarros volvieron a silbar sobre sus cabezas y a estrellarse a un palmo. Tampoco es bueno voltear la cara. A él se le encalambró el cuerpo; hizo el esfuerzo más grande de su vida y siguió, despacio, hasta el claro de su casa. Le pidió a su mujer café cerrero y caliente. Ya a salvo, los dos compadres se confesaron que del susto se habían ensuciado encima.

El tirapiedra: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Quien sigue andando aunque tenga miedo atraviesa el monte que al valiente inmóvil lo mata.”

Territorio

Orinoquía · Mestizo

Orinoquía · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Orinoquía
Comunidad
Mestizo
Referencia
4.5709° · -74.2973°

Ficha del relato

Contexto histórico

El Tirapiedra abre la serie de narraciones de «Los cuentos de Pascual: mitos y leyendas del piedemonte llanero», de Alberto Baquero Nariño, y ocupa las páginas 26 a 28 del ejemplar que la Biblioteca Virtual del Banco de la República tiene digitalizado. El libro dice quién narra, y lo dice en tres lugares. La dedicatoria, en la página 3, se dirige «a mi amigo Víctor Pascual Herrera», a quien el autor culpa de estos escritos. El preámbulo lo describe en la página 14 como campesino trabajador y servicial, conocedor del monte, nacido en una vereda de Quetame, en el Oriente de Cundinamarca. Y en la página 15 sitúa el lugar donde se oyeron las narraciones: la vereda del Carmen, en Villavicencio, en las cabeceras del caño Maizaro y del caño Buque, que surten los acueductos de la ciudad. El preámbulo está firmado en esa vereda, en la finca Hato Chico, en enero de 1991.

En esta pieza Pascual habla en primera persona y cuenta algo que le pasó a él. Por eso el texto trae lo que casi nunca traen estos registros: la casa de una vecina donde se demoraron, un caño, un pedregal, la finca de un vecino con nombre y apellido, y el caso de un hombre de la vereda de El Calvario que desafió al espanto. La advertencia sobre detenerse la aprendió el narrador en su pueblo de origen, Quetame, y así lo dice: el saber del camino viajó con él desde la cordillera.

Baquero no se presenta como transcriptor neutro. En la página 15 escribe que las versiones del libro son interpretación suya de las narraciones originales, con componentes añadidos para realzar su sentido; en la página 21 dice lo contrario, que los cuentos se transcribieron textualmente de un narrador con cuarenta años en el piedemonte. Y en la página 13 ofrece su propia lectura del personaje: el guardián que en el Huila tira piedras a quien se acerca a una guaca, trasladado a los caminos del piedemonte, donde ya no hay oro que cuidar.

Resonancias con otros mitos

El paralelo más cercano lo señala el propio autor: el guardián de las guacas del Huila, que arroja piedras a quien se acerca a un entierro de oro precolombino. El Tirapiedra conserva el gesto y pierde el tesoro, porque en los caminos del piedemonte no hay nada que cuidar.

En la cordillera vecina, la del altiplano de donde salieron muchos colonos del Meta, las pedradas son oficio de duendes. Javier Ocampo López, en «El pueblo boyacense y su folclor» (1977), describe a los duendes de Boyacá como seres traviesos que arrojan lluvias de piedras sobre los techos de las casas donde quieren cebarse. La diferencia está en el blanco y en el origen: aquellos atacan la casa y no tienen biografía, éste acecha al caminante y fue un hombre.

Fuera del país, la lluvia de piedras lanzadas por una mano invisible tiene un registro temprano y famoso. «Lithobolia, or the Stone-Throwing Devil», impreso en Londres en 1698 por Richard Chamberlayne, cuenta cómo durante un cuarto de año cayeron piedras y ladrillos sobre la casa del colono George Walton, en Great Island, provincia de New Hampshire, sin que nadie viera quién los tiraba. Allí la culpa se buscó en una vecina acusada de bruja; aquí el culpable es el propio espanto, que paga con su vagar la muerte de un niño.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Dentro del mismo libro hay dos Tirapiedras que no coinciden del todo. El del preámbulo, en la página 13, es un guardián de tesoros venido del Huila que en el piedemonte se quedó sin guacas; no ataca en potrero abierto porque el ganado lleva la cruz en los cachos y porque allí no hay árboles. El de la narración, en las páginas 26 a 28, tiene biografía: un estudiante de la Universidad Nacional, de Villavicencio, condenado por haber matado a un niño y a otros inocentes cuando intentaba asesinar a un jefe del SIC. Las dos explicaciones comparten una sola regla, la de los árboles, que en la voz de Pascual aparece como saber práctico: en el claro con luna, el espanto no puede.

  2. El texto también varía el nombre. El índice y el título dicen «El Tirapiedra»; la pregunta de los oyentes, el preámbulo y una mención en el capítulo de las brujas dicen «Tirapiedras».

  3. Las reglas para salir vivo tampoco se reducen a una. En boca de Pascual son varias y precisas: no detenerse, no hablar, no tenerle miedo, no voltear la cara y buscar el claro. La que aprendió en Quetame añade el castigo del que se para: las piedras se vuelven de verdad, como le pasó a don Camilo Sastoque. El preámbulo, en cambio, pone la protección en el ganado y en la cruz de sus cachos, algo que el encuentro de los dos compadres no menciona.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Orinoquía
Referencias
8
Última revisión
22 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Los cuentos de Pascual: mitos y leyendas del piedemonte llanero

    babel.banrepcultural.org

    Trae el texto completo de «El Tirapiedra» (pp. 26-28): el origen del espanto en un estudiante de la Nacional apodado «el muerto», el atentado fallido contra un exjefe del SIC, la muerte a pedradas y la condena a vagar por los caminos antiguos, y el encuentro nocturno de Pascual y el mono Rosendo entre Caño Blanco y su casa, con las reglas para salvarse. La dedicatoria (p. 3) y el preámbulo (pp. 13-15) nombran al narrador, Víctor Pascual Herrera, de Quetame, y lo sitúan en la vereda del Carmen de Villavicencio; la p. 13 presenta al Tirapiedras como transformación del guardián de guacas del Huila.

  2. El desarrollo regional de Colombia «Selva y Llanos: modelos contrapuestos»

    orinoquia.unillanos.edu.co

    Acredita quién es el autor del libro —escritor e historiador, asesor de Planeación de la Universidad de los Llanos— y describe la economía campesina que se instaló a lo largo del piedemonte del Meta y Casanare con migraciones del oriente de Cundinamarca y el suroriente de Boyacá, atraídas por vínculos de familia y compadrazgo desde 1830. Es el marco de la trayectoria del narrador, nacido en Quetame y asentado en una vereda de Villavicencio.

  3. El pueblo boyacense y su folclor

    babel.banrepcultural.org

    En el capítulo «Mitos, leyendas y creencias populares en Boyacá» (p. 123) describe a los duendes como seres traviesos que, entre otras cosas, arrojan lluvias de piedras sobre los techos de las casas donde quieren cebarse. Es el paralelo andino documentado de las pedradas sin mano visible que el Tirapiedra lleva a los caminos del piedemonte.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. Aproximación al proceso de colonización de la región del Ariari-Güejar-Guayabero

    bffrepositorio.unal.edu.co

    Documenta que la colonización campesina del piedemonte del Meta arrancó con gentes de Cáqueza y Quetame, expulsadas por el minifundio, y que con la carretera Bogotá-Villavicencio a esos contingentes se sumaron colonos de Cundinamarca, Boyacá, Santander, Tolima y Huila. Explica por qué el narrador, un campesino de Quetame, trae al Meta un saber de camino aprendido en su pueblo, como él mismo dice en el relato.

  2. La inteligencia en Colombia: «De la oscuridad a la institucionalidad»

    repository.umng.edu.co

    Reconstruye la creación del SIC por el Decreto 2872 de 1953, bajo el gobierno de Rojas Pinilla, y su sustitución por el DAS con el Decreto 1717 de 1960. Permite contrastar la institución real con el «tenebroso Servicio de Inteligencia Colombiana» que el relato hace blanco del último golpe del estudiante, y precisa que el SIC no existía en 1948.

  3. Del folclor llanero

    bffrepositorio.unal.edu.co

    Al definir el folclor del llano enumera los duendes y espantos de la sabana —la Bola de Fuego, el Silbón, la Mancarita— y no nombra al Tirapiedra. Es el contraste que sostiene la tesis de Baquero: el Tirapiedras no es un espanto del llano abierto sino del piedemonte de colonos, y el propio relato dice que no ataca donde no hay árboles.

  4. Lithobolia: or, The Stone-Throwing Devil

    archive.org

    Relato impreso en Londres en 1698 de las piedras, ladrillos y cascotes que una mano invisible lanzó durante un cuarto de año contra la casa del colono George Walton en Great Island, provincia de New Hampshire, atribuidas a una vecina acusada de brujería. Es un paralelo temprano, y bien documentado, de la lluvia de piedras sin lanzador visible.

  5. La paz con las guerrillas liberales, 70 años después

    senalmemoria.co

    Explica que el asesinato de Gaitán el 9 de abril de 1948 desató la violencia bipartidista que se extendió por el país, con guerrillas liberales en los Llanos Orientales, hasta la paz de Rojas Pinilla con Guadalupe Salcedo en septiembre de 1953. Es el marco de las «épocas de la violencia (1948-1960)» que el relato usa para situar al exjefe del SIC.

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«El tirapiedra» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El tirapiedra» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El tirapiedra» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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