Las palabras de Pascual flotaban en el aire polvoriento del atardecer, como ecos antiguos que encontraban su camino entre los troncos retorcidos y las sombras alargadas de la montaña. Nos reunió junto al fuego, con una voz que parecía surgir del mismo corazón de la tierra, y nos advirtió: "Por los caminos viejos no se debe andar después del atardecer".
Su mirada, profunda y sabia, recorrió nuestros rostros expectantes, buscando la chispa de la incredulidad que rápidamente se disipaba. "¿Por qué?", preguntamos como un solo ser, y Pascual, agita una rama en el aire, delineando figuras invisibles mientras decía, "Porque los espíritus salen a recorrerlos, a recordar sus tiempos y llorar sus penas. Es malo encontrarse con ellos, se les interrumpe, y enfurecen".
Nos prometió una historia, la historia del Tirapiedra, aquel ser que habitaba las montañas con sus hazañas legendarias, como una sombra que nunca se veía, pero siempre se sentía. Surgió, según Pascual, de un estudiante de la Nacional, un muchacho que, a pesar de su delgadez espectral y su mirada perdida, había logrado inscribirse en la memoria del lugar. Nadie sabía su nombre verdadero, murmuraban "el muerto" a su paso, y aunque siempre parecía una hoja más del viento, en su interior rugía la rebeldía que lo llevaba a desafiar las injusticias a pedradas quirúrgicas.
Las piedras eran su voz, un lenguaje de golpes y ecos, que hablaba de resistencias olvidadas y batallas personales. Podía, con la precisión de un alma atormentada, elegir a sus víctimas, oficiales y tiranos cuyo poder sombrío quedaba partido por la mitad con el sonido sordo de la piedra contra la carne. Así había provocado el caos sin dejar rastro, eludiendo capturas y burlando policías, hasta que un día sus ojos comenzaron a ver borroso y su mano infalible se volvió medrosa.
La decadencia inevitable, como una temporada de lluvias que se prolonga, lo empujó a un error fatal. En un intento de silenciar al sádico jefe del terrenal Servicio de Inteligencia Colombiana, erró el golpe y una piedra, hija de su furia, aplastó la cabeza de un inocente niño. Este acto fue el punto de quiebre de "el muerto" que, en un acceso de desesperación, dejó su vida engullida por una multitud encolerizada, que lo transformó, en muerte y en vida, en el alma errante que aún rondaba los caminos viejos.
Vagando por ellos, su condena era arrojar piedras sin tino, presagio del destino que Pascual pronosticó; hacían que nuestra piel se erizara y los caminos se llenaran de susurros invisibles mientras cruzábamos los oscuros bosques de la región.
Un retazo de anécdota se deslizó entonces en los recuerdos del narrador, como un río serpenteante. Fue una noche, explicó, cuando junto a Rosendo, conocido cariñosamente como el Mono, una visita prolongada a Doña Rosario los hizo salir tarde. Envuelto en los vientos hoscos del camino antiguo a las nueve de la noche, sus pasos eran seguidos por los ecos de las piedras que el Tirapiedra lanzaba como advertencia.
Primero fue un ruido sordo, como el murmullo de un trueno distante; luego otro, más cercano, resonante como el tamborileo de la lluvia en el techo de lata. Ahí comenzó la verdadera prueba. Iluminaron los alrededores con linternas temblorosas, pero ni el espíritu del bosque ni las sombras susurrantes podían ser reveladas. "No se detengan, les advertí - relataba Pascual, - hay que seguir andando, aunque la tierra bajo nuestros pies temblara con cada golpe, pues cualquiera que se detuviera, corría el riesgo de enfrentarse con una muerte piedra en mano".
Era un camino a tientas, un desafío al espíritu que con cada paso ponía a prueba sus fuerzas, porque el Tirapiedra, invisible en la espesura, aumentaba la intensidad de su ataque. Y Rosendo se rindió a la fortaleza invisible de la hacha que cargaba, una herramienta que le fue escudo pero no salvación, obligándome a arrastrarlo a través del monte mientras las piedras buscaban la piel con un hambre de siglos.
Ya bajo la luna que reinaba en cielos abiertos, la carga de Rosendo se hizo liviana. Aunque herido, recobró cierta compostura, y juntos continuaron. Pero Pascual, ya en su destino, no pudo resistir reírse con una carcajada nerviosa cuando Rosendo murmuró con un dejo de vergüenza y algo de humor que aun sentía el olor a miedo, a mierda, en el aire. Y fue ahí cuando el narrador reconoció, como si el eco de las montañas respondiera, que él también se había ensuciado, porque a veces el temor es más poderoso que la razón y baila con las almas bajo el resplandor argénteo de la luna.
Y así, entre risas ahogadas y piedras perdidas, con el fuego consumiéndose en su danza final, la historia del Tirapiedra se desvaneció en la noche, dejando que los caminos viejos retomaran su silencio, un silencio lleno de relatos antiguos, de sombras en busca de redención. El mito se perdió entremezclado con las historias del pueblo, un cuento hilado con realidades y fantasmas que la memoria se encarga de no olvidar.
Historia
El mito de El Tirapiedra se origina de la historia de un estudiante apodado "el muerto" debido a su aspecto flaco, pálido y poco comunicativo. Este estudiante, originario de Villavicencio, se destacaba por su habilidad extraordinaria para lanzar piedras con gran precisión y fuerza. Participaba activamente en manifestaciones debido a su espíritu rebelde y su descontento con las injusticias. Su capacidad le permitió cometer notables actos de violencia, como asesinar a policías y animales sin ser capturado.
Sin embargo, con el tiempo, su precisión disminuyó, lo que resultó en errores fatales. En un intento fallido de asesinar a un exjefe del Servicio de Inteligencia Colombiana (SIC), terminó matando a un niño y causando heridas a otras personas. Después de este evento, fue confrontado por una multitud y murió apedreado, tras haber causado múltiples muertes y heridos.
La condena del mito establece que debe deambular por los caminos antiguos, lanzando piedras a quienes se encuentren, aunque sin lograr herirlos, ya que perdió su habilidad. Esta leyenda se cuenta en los caminos, advirtiendo a los viajeros nocturnos sobre El Tirapiedra y su naturaleza inmortal deambuladora.
Versiones
Al analizar las dos versiones del mito sobre "El Tirapiedra," se observa una clara distinción entre el enfoque narrativo y los temas predominantes en cada una. La primera versión se centra en la creación y evolución del personaje, ofreciendo un contexto histórico y social que explica su origen y las razones de su conducta. Este relato detalla la vida de un estudiante rebelde, que se convierte en una figura casi sobrenatural debido a su habilidad con las piedras y su voluntad de combatir injusticias. Se enfatiza su descenso trágico, culminando en una serie de eventos que lo llevan a su muerte y transforman su condena en una existencia fantasmal. La narrativa se sumerge en temas de justicia social, el poder de la rebelión y las consecuencias de la violencia, mediante un enfoque detallado en la psicología del personaje.
Por otro lado, la segunda versión se enfoca en un encuentro personal con el espíritu de "El Tirapiedra," centrándose más en el folklore y la experiencia directa de terror de los narradores. Aquí, el personaje se manifiesta como una entidad temida que ataca sin razón aparente, reflejando el miedo a lo sobrenatural más que las consecuencias de la transgresión social. La interacción inmediata y aterradora resalta el folclore local, con reglas implícitas sobre cómo escapar a salvo. Esta versión ofrece una narrativa más tradicional de advertencia sobre los peligros que acechan en los antiguos caminos y tiende menos a explicar el contexto o la historia del personaje, sino que se centra en el efecto que tiene sobre quienes se cruzan con él. En resumen, mientras que la primera cuenta proporciona profundidad al personaje y sus motivaciones, la segunda maximiza la atmósfera de miedo y lo convierte en una leyenda viva.
Lección
No desafíes lo desconocido después del atardecer.
Similitudes
Se asemeja a mitos de espíritus vengativos como el de la Banshee en la mitología irlandesa y los Onryō en la mitología japonesa.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



