El tesoro de Morgan

Caribe · Mestizo

El tesoro de Morgan

Luces, mapas y escondites conducen hacia un supuesto tesoro de Henry Morgan en el archipiélago; cada búsqueda amplía el relato sin producir una prueba material concluyente.

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Al suroeste de Santa Catalina, apenas pegada al resto de la isleta, hay una roca de quince metros que tiene forma de cabeza. Se le ve el mentón y se le ven las cuencas de los ojos, y mira al horizonte como si estuviera esperando algo. La llaman la Cabeza de Morgan.

Debajo, el mar entra y sale de unas cavernas.

Ahí dentro, dicen en las islas, está lo que Morgan no se llevó.

Había pasado por allí de verdad. Vino con su flota, tomó la isla, la usó de puerta trasera camino de Panamá y siguió. Antes que él había estado Manswelt. Los dos anduvieron esos mares durante años y en Santa Catalina sentaron sus reales, y de todo aquello quedaron unos tubos de cañón oxidados, dos nombres pegados al paisaje y una pregunta que nadie ha cerrado.

Porque la cuenta no cuadra. Entró mucho y salió poco, y el que sabe restar sabe que la diferencia tuvo que quedarse en alguna parte. Las cavernas estaban ahí. El mar tapa la entrada media jornada al día y la destapa la otra media. Quien quiera creer, tiene dónde.

Y hubo quien creyó con plata en la mano.

En 1877 llegó un tal Curry. Cavó, midió, se fue. En 1879 volvió a intentarlo Curtís. En 1881 apareció Levy, y éste venía con papeles: el gobierno de Colombia le había gestionado la autorización ante el Almirantazgo británico por medio de Carlos Holguín, su ministro en Londres. Tres expediciones en cinco años, la última con permiso de dos gobiernos, buscando debajo de una cabeza de piedra. Ninguna de las tres dijo nunca qué encontró.

En la isla grande, al otro lado del agua, la historia se cuenta con otro escenario. Allá el escondite es una cueva que está en el kilómetro ocho de la carretera que da la vuelta, que se mete ciento veinte metros hacia dentro y que tiene agua dulce en el fondo. Allá cuentan que Morgan venía huyendo de un huracán con cinco galeones cargados de oro, perlas, plata y monedas, y que entró a guarecerse, y que aprovechó.

Los que han bajado a esa cueva cuentan lo mismo que los que cavaron en la otra: piedra, agua, y nada. No hay una fotografía. No hay un objeto. No hay un renglón que diga que alguien sacó algo.

Y sin embargo en las islas se sigue contando, de boca en boca y en la lengua de las islas, desde hace cinco generaciones, sin que se gaste. Los isleños viejos, cuando les preguntan por el pasado, nombran a Morgan de primero, antes que a los pastores y antes que a los gobernadores: fue uno de los que llegaron, dicen, y todos eran ingleses.

Del tesoro no hablan tanto. Saben dónde está. Lo que no saben, o no dicen, es por qué a nadie le ha tocado todavía.

El tesoro de Morgan: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Un hueco bien contado sostiene más generaciones que cualquier cosa que llegara a encontrarse dentro de él.”

Territorio

Caribe · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.6° · -75.3°

Ficha del relato

Contexto histórico

Esto es un relato raizal, y conviene decirlo antes que nada, porque el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina tiene lengua, historia y narradores propios, y sus leyendas no se explican desde el Caribe continental. Quienes lo cuentan hablan inglés isleño. La transmisión lleva, según se ha documentado en la isla, cinco generaciones.

El registro escrito más antiguo que se conserva en abierto no es una recolección de campo sino un informe oficial. En el Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia, volumen XII, números 3 y 4 del tercer y cuarto trimestre de 1954, el ingeniero Manuel José Loboguerrero firmó una «Sinopsis geográfica del Archipiélago de San Andrés y Providencia». Al describir Santa Catalina, en la página 13, anota la roca con forma de cabeza, las cavernas donde entra el mar y lo que la gente cree que hay dentro. Y da algo que no estaba en ninguna otra parte: los nombres y los años de tres expediciones que fueron a comprobarlo entre 1877 y 1881, la última con autorización tramitada ante el Almirantazgo británico por Carlos Holguín, ministro de Colombia en Londres. En la página 9, la misma sinopsis anota que Manswelt y Morgan «sentaron en ella sus reales» y que se creyó que allí enterraron su pillaje.

La voz de los isleños está recogida aparte y con nombre. Entre julio de 1994 y marzo de 1995, la investigadora Claudia Leipold hizo trabajo de campo en San Andrés para una tesis doctoral en la Universidad de Marburgo, y publicó en apéndice las entrevistas completas, con fecha y con biografía de cada persona. Iris Abrahams, pintora nacida en 1900, le contestó el 20 de octubre de 1994 que los primeros habitantes fueron piratas, Morgan entre ellos, y que eran ingleses. Miss Gal Gal, nacida en 1910, le dijo el 17 de septiembre del mismo año que en la isla hubo esclavos y piratas y que Morgan y Mitchell vivieron allí. La misma tesis anota que Morgan's Cave en San Andrés y Morgan's Head en Santa Catalina siguen moviendo «los sueños y las imaginaciones de los isleños». Los audios y las transcripciones de esas entrevistas están catalogados uno a uno en el Centro de Memorias Orales del Banco de la República.

La versión sanandresana la sostiene hoy Jimmy Gordon, escritor raizal y miembro de la Academia de Historia del Archipiélago, que administra la cueva y que en agosto de 2018 lo resumió así para Radio Nacional: «El mito sigue vivo, la leyenda sigue viva, la narración oral sigue viva».

Resonancias con otros mitos

El paralelo más cercano está dentro del propio archipiélago y es una rivalidad. La misma historia tiene dos direcciones postales —la Cabeza de Morgan en Santa Catalina y la Cueva de Morgan en San Andrés—, y cada isla la cuenta como propia. Un relato que se disputa el lugar donde ocurrió funciona distinto de uno que lo tiene fijo: mientras haya dos escondites, ninguno se puede descartar, y la leyenda gana con la competencia lo que perdería con una respuesta.

El segundo parentesco es la manera insular de bautizar. El fuerte que los ingleses levantaron en Santa Catalina en 1630 se llamó Fort Warwick por un conde accionista de la compañía colonizadora; cuando los españoles lo recuperaron en 1641 pasó a ser Fuerte de la Cortadura de San Jerónimo; después fue Fuerte La Libertad, Fuerte Aury y Fuerte Morgan. Cinco nombres para una misma piedra, cada uno del último que pasó por allí. En islas con esa costumbre, que un accidente del terreno lleve el apellido de un corsario no prueba que el corsario hiciera nada allí: prueba que se acordaron de él.

Hay un tercer relato providenciano que trabaja igual, aunque su registro sea más débil: el del caballo decapitado de un pirata, que sigue galopando de noche por la isla pagando el castigo de haber desobedecido a su amo, y al que se atribuye el origen de las carreras que se corren en la playa de la Bahía Suroeste. También allí una historia de piratas se ata a algo que se puede visitar y que vuelve cada año.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Hay dos escondites y están en dos islas distintas, separadas por ochenta kilómetros de mar. No son variantes de un mismo cuento: son dos tradiciones que compiten por el mismo tesoro.

  2. La de Santa Catalina es la más antigua en letra impresa y la que movió dinero: las cavernas bajo la Cabeza de Morgan, las tres excavaciones del siglo XIX y, ya en 1957, una partida del Estado colombiano para seguir buscando en Providencia. La de San Andrés es la que hoy recibe visitantes: la cueva del kilómetro ocho, con sus ciento veinte metros y su agua dulce, abierta al público desde mediados del siglo pasado. Cada isla tiene su piedra, su relato y su gente.

  3. Las fechas tampoco coinciden. La versión que circula en San Andrés hace llegar a Morgan en 1668, escapando de un huracán después de saquear Panamá. El testigo más próximo que existe, el cirujano Alexandre Olivier Exquemelin, que navegó con los bucaneros y publicó su libro en 1678, fecha la salida del cabo Tiburón el 16 de diciembre de 1670 y el asalto a Panamá en enero del año siguiente. Son tres años de diferencia y el orden de los hechos cambia.

  4. Y hay una tercera versión, que es la más incómoda, y la sostiene ese mismo testigo. En su capítulo quince Exquemelin cuenta que Morgan tomó Santa Catalina, contó cuatrocientos cincuenta y nueve prisioneros, se llevó la pólvora y demolió los fuertes; y más adelante, que el botín de Panamá se repartió en Chagre y que él se embarcó de noche sin avisar a nadie, llevándose lo mejor. Según el único que estuvo cerca, Morgan no dejó nada en esas islas: se lo llevó todo.

  5. Loboguerrero, en 1954, había resuelto el asunto por su cuenta y con más ironía: si los bucaneros de aquellos siglos no desenterraron el tesoro, escribió, sí lo hicieron las expediciones de 1877, 1879 y 1881.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · San Andrés · Caribe
Referencias
10
Última revisión
21 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Sinopsis geográfica del Archipiélago de San Andrés y Providencia, Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia, vol. XII, n.os 3 y 4

    sogeocol.edu.co

    Es el registro escrito más antiguo en abierto que recoge la leyenda, y el único que documenta que alguien fue a comprobarla. En la página 13 describe la roca de quince metros con forma de cabeza humana que llaman «Cabeza de Morgan», las cavernas donde entra el mar y la creencia de que allí enterró el pirata sus tesoros, y a continuación da lo que ninguna otra fuente da: tres expediciones fechadas y con nombre —Mr. Curry en 1877, Curtís en 1879 y Levy en 1881, esta última con autorización tramitada ante el Almirantazgo británico por Carlos Holguín, ministro de Colombia en Londres—. En la página 9 anota que los primeros pobladores fueron «los piratas Manswelt y Morgan» y que enterraron en Santa Catalina «el producto de su pillaje», y registra los apellidos isleños: Archibold, Robinson, Libingston, Rankin, Johvar, Britton y Newal.

  2. «Our Native Thing». Estudio sobre la imagen histórica de los sanandresanos en el Mar Caribe colombiano

    babel.banrepcultural.org

    Es la única fuente que pone la leyenda en boca de los isleños, con nombre y fecha. Sobre trabajo de campo en San Andrés entre julio de 1994 y marzo de 1995, publica en apéndice las entrevistas transcritas en inglés isleño con traducción, cada una con biografía del hablante: Iris Abrahams, pintora nacida en 1900, responde el 20 de octubre de 1994 que «the first inhabitants was pirates, Morgan and all of those, they were English!»; Miss Gal Gal, nacida en 1910, dice el 17 de septiembre del mismo año que «we had plenty slaves and pirates on the island […] Morgan, Mitchell, all lived here, all nations»; y Thomas Livingston, entrevistado el 7 de octubre de 1994, es un ex navegante que dirige una empresa de salvamento de tesoros de mar. La autora resume el estado del relato: hay Morgan's Cave en San Andrés y Morgan's Head en Santa Catalina, y «el tesoro del oro enterrado mueve todavía los sueños y las imaginaciones de los isleños». Es la pieza que sostiene que esto es un relato raizal y no continental.

  3. The Buccaneers of America

    gutenberg.org

    Es la fuente que la leyenda invoca y la que la desmiente. El capítulo XV, en la página 179, se titula «Captain Morgan leaves Hispaniola, and goes to St. Catherine's, which he takes»: el desembarco ocurre en una bahía llamada Aguade Grande, el castillo principal es Santa Teresa y al día siguiente cuentan cuatrocientos cincuenta y nueve prisioneros entre hombres, mujeres y niños. El capítulo XVI, página 187, saca de allí cuatrocientos hombres hacia Chagre. Lo decisivo para esta ficha es lo que el testigo describe: Morgan vacía Santa Catalina, se lleva la pólvora, demuele los fuertes y reparte el botín de Panamá en Chagre antes de escabullirse de noche hacia Jamaica con lo mejor. No hay entierro, no hay mapa y no hay isla. El mismo capítulo XV sostiene además el paralelo de «El castellano de San Juan»: el gobernador español pacta con el asaltante una rendición representada, «using the formality, as if they forced him to deliver the castle».

Contraste y contexto · 7 referencias
  1. Piratas de la América, y luz a la defensa de las costas de Indias Occidentales

    archive.org

    Es la versión en que el episodio circuló en castellano tres años después del original neerlandés, y hay que citarla aparte porque la toma de la isla no está donde la busca quien viene de la edición inglesa: aquí abre el capítulo III, en la página 235, y la isla se escribe «Sancta Cathalina», por lo que no aparece buscando «Catalina». Sirve para comprobar que la desmentida de la leyenda —Morgan vacía la isla y reparte en Chagre— no es un añadido de los traductores ingleses del XVIII, sino que ya estaba en la primera difusión hispana del libro.

  2. El soporte documental de la historia del Archipiélago de San Andrés y Providencia, Cuadernos del Caribe

    revistas.unal.edu.co

    Es el mapa del archivo de esta ficha, hecho por un abogado y político isleño. Sitúa el periodo —«Esta es la época de piratas y corsarios conocidos como Henry Morgan y Edward Mannsveldt»— y, sobre todo, dice dónde está lo que aquí falta: el Centro de Documentación del Banco de la República en San Andrés guarda el «Informe del reconocimiento técnico-histórico del Fuerte de La Libertad en la Isla de Santa Catalina, 1986», la geografía histórica de Parsons publicada por El Áncora en 1985 y el estudio de Donald Rowland sobre la ocupación española de Old Providence entre 1641 y 1670. Explica, por tanto, por qué ninguna fuente abierta narra la leyenda entera: el soporte documental de la isla está en papel y en San Andrés.

  3. La leyenda del pirata Morgan presente en la tradición oral de San Andrés

    radionacional.co

    Documenta la versión sanandresana, que es la que hoy recibe visitantes, y es explícita sobre su estatuto. Sitúa la cueva a ocho kilómetros por la vía circunvalar, con ciento veinte metros de profundidad y agua dulce, y recoge la versión que allí se cuenta: Morgan se refugia en la isla en 1668, tras saquear Panamá y Portobelo, huyendo de un huracán con cinco galeones cargados de oro, perlas, plata y monedas. Cita a Jimmy Gordon —«El mito sigue vivo, la leyenda sigue viva, la narración oral sigue viva»— y da los tres datos que hacen honesta la ficha: la transmisión lleva cinco generaciones, quienes dicen haber entrado encontraron «una isla virgen» sin tesoro, y no existe registro fotográfico de nada.

  4. Fuerte Warwick, Enciclopedia del Banco de la República

    enciclopedia.banrepcultural.org

    Sostiene el segundo paralelo de «Similitudes»: la manera insular de bautizar. Documenta que los colonos ingleses llegaron en 1629, que en 1630 el ingeniero Samuel Axe levantó la primera estructura en la ladera oriental de Santa Catalina y que el nombre venía de Robert Rich, segundo conde de Warwick, cofundador de la compañía colonizadora; que en 1641 lo reconquistó Francisco Díaz Pimienta y lo rebautizó Fuerte de la Cortadura de San Jerónimo; y que después fue Fuerte La Libertad, Fuerte Aury y Fuerte Morgan. Cinco nombres para una misma piedra, cada uno del último que pasó por allí: es la prueba de que un accidente del terreno con apellido de corsario documenta que se acordaron de él, no que él hiciera nada ahí. Declarado Monumento Nacional por la Resolución 0788 de 1998.

  5. La Cueva de Morgan: tradición oral raizal

    radionacional.co

    Da la cadena de custodia del relato en San Andrés, que es lo que permite llamarlo raizal sin adjetivar de oídas. Cita a Jimmy «Bull» Gordon, escritor raizal y miembro de la Academia de Historia del Archipiélago, que administra la Cueva de Morgan y la considera «un 50 % de la identidad raizal», y nombra a Salomón Gordon, que abrió la cueva como sitio turístico en 1947. Esa fecha es el dato duro de la entrada: fija cuándo la leyenda pasó de contarse a visitarse.

  6. Centro de Memorias Orales, subcolección «La imagen histórica de los sanandresanos en el Mar Caribe colombiano»: entrevista a Iris Abrahams

    babel.banrepcultural.org

    Es el archivo sonoro de la tradición oral raizal que la tesis de Leipold recogió, catalogado pieza por pieza con la biografía del hablante, y la prueba material de que estas voces existen fuera de la traducción alemana. La ficha de Iris Abrahams (1900-1999), pintora de paisaje y una de las primeras maestras de español de la isla, la sitúa entrevistada el 20 de octubre de 1994 en San Luis, «en una silla de ruedas» y «siempre vestida de blanco», en inglés, con audio y transcripción. La subcolección incluye además a Walwin Peterson, Delwin May, Thomas y Orly Livingston, Lolia Pomare, Cecilia Francis Hall, Álvaro Archbold, Miss Bowie y el reverendo George M. May.

  7. San Andrés y Providencia (Islas), Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia, n.º 60, vol. XVI

    sogeocol.edu.co

    Vale aquí exactamente por lo que no dice, y ése es el dato. Describe el contrabando y la piratería como norma insular y registra corsarios daneses hacia 1629, pero no menciona a Morgan ni ningún tesoro, y se publica en 1958, el año siguiente al decreto que supuestamente financió una búsqueda estatal en Providencia. La geografía oficial de ese momento no da la noticia por buena, y eso pesa contra la idea de que la búsqueda del tesoro fuera un asunto público reconocido.

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«El tesoro de Morgan» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El tesoro de Morgan» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El tesoro de Morgan» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

TÚ

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