El talismán fúnebre

Caribe · Mestizo

El talismán fúnebre

Patricio guarda un objeto funerario después de un encuentro en el antiguo barrio de Pekín; deseo, fiesta y muerte quedan unidos por el supuesto talismán.

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El relato

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Patricio pasaba las noches boca arriba en el zarzo colgado del techo, con las manos cruzadas bajo la nuca y los ojos clavados en la palma. La finca quedaba a la orilla del mar, y de la ciudad cercana sólo llegaban rumores que las olas tapaban.

Más arriba del zarzo, sobre las tirantes del techo, había un ataúd cubierto con una lona del que asomaba un extremo negro. Era el ataúd preventivo de la familia, el que se tiene guardado esperando el muerto próximo, como acostumbran los campesinos. De tan visto, un cajón así termina siendo un mueble más.

Pero él no estaba pensando en la muerte. Estaba pensando en la fiesta.

Había ido a la ciudad días antes, al barrio de Pekín, que ya no existe. La casa se levantaba detrás de un cerco de cocoteros y el patio caía al mar. Se bebía ron de coco, y el flautín, el tambor, el tiple y las maracas quemaban el porro de Lemaitre: Sebastián, rómpete el cuero o te quedas solterón.

De pronto se le plantó delante, cara a cara, una muchacha de ojos negros a la que no había visto nunca allí.

—Te quiero, te quiero, llévame de aquí.

Él se quedó mudo. Ella insistió, le dijo que se le adivinaba en la cara que era bueno, y casi lo arrastró afuera, bajo las palmeras, a sentarse en la arena que cubría el patio. Él acabó preguntándole qué iba a hacer ella en la finca, al lado de su vieja, y qué sabía hacer.

—No te estoy pidiendo nada. Sólo que me quieras un poquito y que me saques de aquí, de esta vida. No tengo a nadie en el mundo. Estoy como prisionera desde que me engañaron en mi pueblo y me trajeron a este infierno. Yo sé hacer algo, te lo juro.

Él contestó que era hombre de trabajo, que su madre estaba muy viejita y lo necesitaba, que sólo sabía sembrar yuca e irse de pesca, y que no tenía nada que ofrecerle. Que ella sería su perdición.

No hubo tiempo de más. Se oyó a la patrona del lenocinio insultando a la muchacha por perder el rato con un campesino sin plata en vez de hacerle gastar bebida a la clientela.

Desde esa noche Patricio rondó la casa muchas veces, sin atreverse a mirarla ni a hablarle. Sabía que ella seguía allí y que seguía adolorida, y eso le taladraba el alma noche tras noche. Nunca volvió a entrar.

Cansado de darle vueltas, aquella madrugada miró otra vez el ataúd y pensó para quién sería. ¿Para su madre? ¿Para él, si el mar le daba un revés o le picaba una culebra en el yucal? Y si era para su madre, él se quedaría solo en la finca…

Se detuvo en seco. Tuvo miedo de lo que acababa de pensar y horror de que semejante esperanza le hubiera nacido en la cabeza.

Miró al rincón donde la vieja dormía encogida como una niña, y le sonrió aun sabiéndola dormida. Con ella había pasado la vida entera, desde el día de tempestad en que su padre se ahogó en el bajo de Salmedina, en el mar grande, a varias millas de la ciudad. Hasta que ella no cerrara los ojos tranquila, cuidarla era su obligación por encima de todo.

Se incorporó, alcanzó el cajón, le quitó la lona y lo bajó al zarzo, para que le quedara al lado mientras dormía. Y sintió que aquello, puesto ahí, lo libraba del recuerdo.

A la mañana siguiente la viejita descubrió el ataúd donde no debía estar.

—¿Te has vuelto loco? ¿Estás llamando a la muerte, mijo?

—Todo lo contrario, madre. Estoy llamando a la vida. Es un capricho mío, despreocúpate. Ahí donde está me obliga a pensar todas las noches en algo que me aleja de un peligro muy serio. Es un talismán. Ya te contaré algún día.

El talismán fúnebre: lo que quedó del relato

La enseñanza

“A veces sólo un recuerdo más grande consigue tapar un deseo que no se puede satisfacer.”

Territorio

Caribe · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.6° · -75.3°

Ficha del relato

Contexto histórico

El texto se lee en las páginas 85 a 87 del segundo tomo de «Mitos y leyendas de Colombia», la antología que Eugenia Villa Posse compiló para el IADAP y que se imprimió en Quito en 1993. Pertenece a la selección tomada de «Cuentos y leyendas de Cartagena», libro de Eustorgio Martínez Fajardo editado en 1948 por la Editorial Nuevo Mundo, cuya nota de procedencia —página 65 del tomo— avisa de que las narraciones vienen de la tradición oral cartagenera y de que el autor las pasó por su propia prosa antes de publicarlas.

Lo que la obra explica aquí, y sin lo cual el relato no se entiende, es una costumbre doméstica. El ataúd que da título no es un amuleto ni un hallazgo: es el «ataúd preventivo» que las familias campesinas guardaban sobre las tirantes del techo de palma esperando el muerto próximo. El autor añade el detalle que convierte el dato en literatura: de tan familiar, ese mueble acaba tratándose como un banco o una mesa, y por eso el protagonista puede bajarlo y acostarse a su lado sin que la escena sea macabra para él.

El segundo aporte es de geografía urbana desaparecida. La fiesta transcurre en el barrio de Pekín, que el texto declara ya extinguido en el momento de escribirse, con las casas tras un cerco de cocoteros y el patio dando al mar; y el padre del protagonista se ahogó en el bajo de Salmedina, a varias millas de la costa. Entre los dos lugares —uno borrado del plano, otro que sólo conocen los pescadores— el cuento se sostiene sin necesidad de nombrar ninguna calle.

Queda decir cómo mira el narrador a la mujer de la fiesta, porque en eso el original no se puede repetir sin advertencia. El texto deja que sea ella quien explique su situación: la engañaron en su pueblo, la trajeron y está retenida. Pero unas líneas más abajo el narrador la llama «la vampiresa» y la trata como la tentación de la que el protagonista se salva, y celebra como virtud que la deje donde está. La escena tiene alguien que pide auxilio y nadie que lo preste, y el relato de 1948 no cuenta ese coste.

Resonancias con otros mitos

La costumbre que sostiene el cuento está documentada fuera de él. Guardar el ataúd en casa antes de que haya difunto se registra en zonas rurales de América y de Europa meridional, unas veces por previsión económica —la madera se compra cuando hay con qué— y otras como práctica devota, y en varios lugares el mueble se usa entretanto para almacenar grano o ropa. El detalle que el relato aporta a esa serie es el emplazamiento: sobre las tirantes del techo de palma, encima de donde se duerme.

El segundo paralelo viene de una tradición muy distinta y explica el mecanismo. Dormir junto a un recordatorio de la muerte para apagar el deseo es una práctica ascética antigua, la del anacoreta que conserva una calavera sobre la mesa y la del monje que medita ante su propia sepultura. El protagonista llega a ella por su cuenta, sin doctrina y sin nadie que se la enseñe, y la nombra con la palabra que tenía a mano: talismán.

El tercer parentesco está en la misma selección cartagenera. «Macú, o el collar de camarones de oro» pone también un objeto de entierro en el centro de la trama y también le niega cualquier poder propio: allí el oro sale de una dentadura de muerto y el milagro lo declara quien sale ganando. En los dos cuentos la muerte funciona como material disponible de los pobres, y en ninguno de los dos ocurre nada sobrenatural.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El objeto del título recibe tres lecturas dentro del propio relato, y ninguna de las tres coincide con lo que promete la palabra talismán.

  2. La del narrador es la más cauta y está escrita con una comparación: el protagonista sintió «como si una sugestión talismánica» lo librase del recuerdo. El «como si» hace todo el trabajo. El efecto es mental, y quien cuenta la historia se cuida de no atribuirle ningún poder al cajón.

  3. La de la madre es la contraria y la más breve: ver un ataúd bajado al lecho significa llamar a la muerte, y así se lo dice en cuanto lo descubre. Es la lectura tradicional del objeto, la que cualquiera del campo haría, y el hijo la desmiente sin explicarla.

  4. La del propio protagonista es la tercera y es la que da título: sostiene que llama a la vida, que es un capricho suyo, y que tenerlo al lado lo obliga a pensar cada noche en algo que lo aparta de un peligro serio. Sólo entonces pronuncia la palabra, y promete contarlo algún día. No lo cuenta, y el relato se cierra ahí.

  5. Hay una cuarta versión, implícita y más incómoda, que es la del pensamiento que desencadena la decisión. Lo que lo lleva al ataúd no es el deseo por la muchacha sino el horror de haberse sorprendido calculando cuándo moriría su madre. El cajón no protege del amor: protege de lo que ese amor le hizo desear.

  6. Del impreso sólo se conoce el registro de Martínez Fajardo. Como en el resto del libro, el pie editorial varía según quién lo cite —«Nuevo Mundo» en la antología de 1993, «Mundo Nuevo» en los catálogos de la Biblioteca Nacional—, y figuran dos tiradas, de 1946 y 1948, declaradas ambas segunda edición.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
9
Última revisión
21 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, vol. II · sección 18, «Cuentos y leyendas · Cartagena, Departamento de Bolívar», pp. 65-123

    flacso.edu.ec

    Reproduce el relato en las páginas 85 a 88 y es lo único que hoy lo conserva. Sólo aquí se explica la costumbre sin la cual la pieza no se entiende: el «ataúd preventivo» que las familias guardaban sobre las tirantes del techo de palma esperando el muerto próximo, tan familiar que acababa tratándose como un banco o una mesa. Y sólo aquí están el barrio de Pekín ya declarado extinto en el momento de escribirse, con las casas tras un cerco de cocoteros y el patio dando al mar, y el bajo de Salmedina donde se ahogó el padre. La nota de la página 65, que declara el material elaborado literariamente, es lo que obliga a leer el epíteto con que el narrador trata a la muchacha como registro de la obra y no como dato.

  2. Tres siglos de historia demográfica de Cartagena de Indias

    banrep.gov.co

    Prueba que Pekín existió y da su tamaño, que es lo que el relato no puede dar. Registra que Boquetillo, Pueblo Nuevo y Pekín se establecieron desde los primeros años del siglo XX y que en 1919 tenían 650, 861 y 552 habitantes respectivamente, «un conjunto de unas 350 casas»; y documenta después su desaparición, con las unas 400 casas que el alcalde Daniel Lemaitre Tono se propuso erradicar trasladando a sus vecinos a Canapote, en las faldas de la Popa, en la década de 1930. Con esas cifras, la frase del autor de que el barrio ya no existe deja de ser una nostalgia y pasa a ser un hecho fechado y con responsable.

  3. Geografías del destierro: los barrios afro y populares de Cartagena de Indias, 1844-1885 (Nómadas, n.º 48)

    nomadas.ucentral.edu.co

    Da el nacimiento del barrio y desmonta de paso la explicación fácil. Sitúa hacia 1885 la creación de Pekín, Pueblo Nuevo y Boquetillo como los primeros barrios afro y populares extramuros, y sostiene algo contraintuitivo: no hubo segregación espacial racializada en la colonia ni durante casi todo el siglo XIX, sino que esa separación se programó después, como proyecto urbanístico de vocación eugenésica. Con ello el arrabal del relato deja de ser un resto antiguo y pasa a ser una creación reciente, hija de la misma ciudad que treinta años más tarde lo demolería.

Contraste y contexto · 6 referencias

  1. Modernización urbana y exclusión social en Cartagena de Indias, una mirada desde la prensa local (Territorios, n.º 36, pp. 159-188)

    revistas.urosario.edu.co

    Muestra cómo hablaba la ciudad letrada del barrio en que ocurre la fiesta. Reconstruye, con los periódicos locales, la campaña que presentó a Pekín, Pueblo Nuevo y Boquetillo como síntomas de una Cartagena premoderna y antihigiénica pegada a las murallas, y que preparó así los desalojos. Leído junto al relato, explica un detalle de tono que de otro modo pasaría inadvertido: el narrador mira la parranda del arrabal con la misma mezcla de fascinación y distancia con que la escribía la prensa, y llama vampiresa a la única persona del cuarto que pide ayuda.

  2. «Fortificaciones / Derribo de las murallas» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Explica por qué precisamente ese barrio y no otro. Documenta el tramo de muralla derribado entre la Boca del Puente y la India Catalina y la recomendación de demolición que la firma inglesa S. Pearson & Son hizo tras ser contratada en 1915: es decir, la operación urbanística que se practicó sobre la franja exacta donde Pekín estaba encajado, entre el muro y el agua. El barrio del relato no desapareció por ruina, desapareció porque estaba en medio de una obra.

  3. La Boquilla y Cartagena: historias de luchas territoriales, ciudadanía y etnicidad, en «Etnohistorias de América Latina y el Caribe» (pp. 207-233)

    sistemas.pedagogica.edu.sv

    Describe el otro extremo de la misma orilla y por eso sirve de comparación. Documenta cómo hacia 1885 familias venidas de San Onofre, Villanueva y Rocha se asentaron entre el Caribe y la Ciénaga de la Virgen, y cuenta 257 viviendas en 1929: un poblado de pescadores levantado en la misma época que Pekín, con la misma relación con el agua y con la misma condición precaria, pero que sobrevivió. Es lo que permite decir que el mundo material del relato —la casa de palma con el patio sobre el agua, el padre que se ahoga faenando— no es una estampa inventada, sino la forma corriente de vivir en esos bordes.

  4. Aging and Death in Folklore

    sites.pitt.edu

    Explica la naturalidad con que un hijo puede convivir con el ataúd de su madre colgado sobre su cama. Recorre, con proverbios y relatos de muchas tradiciones, cómo las culturas preindustriales trataron la vejez y la muerte sin eufemismos —«Death's approach should surprise no one», «Caring for old people», «Disposing of the corpse»— y documenta que la resignación ante el final y su preparación material eran la norma, no una excentricidad macabra. Con eso, el mueble guardado sobre las tirantes deja de ser una rareza tropical y el momento decisivo del cuento se ve mejor: lo que horroriza al protagonista no es el ataúd, sino haberse sorprendido a sí mismo esperando que se usara.

  5. «Fiestas de la Candelaria» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Acredita a quien escribe y, con ello, el punto de vista de la escena de la fiesta. Identifica a Martínez Fajardo como el periodista que firmaba «Eumarfa» y describe su obra como recreación fantástica de la imaginación popular de la Cartagena histórica. Un cronista del centro escribiendo en los años cuarenta sobre un arrabal ya demolido es alguien que reconstruye de memoria y de oídas, y eso explica a la vez la precisión de los detalles materiales —el ataúd en las tirantes, el cerco de cocoteros— y la ceguera moral del pasaje de la muchacha retenida.

  6. Archivo Histórico de Cartagena de Indias (página institucional)

    muhca.gov.co

    Es el sitio donde vive la documentación del derribo, y por eso está aquí. Sus fondos cubren el siglo XIX y la primera mitad del XX, de modo que los acuerdos municipales sobre Pekín, los censos de barrio y los avisos de traslado a Canapote tendrían que estar en ellos, junto con los repertorios de las bandas que tocaban en los arrabales. Nada de eso se ha podido consultar: el archivo no publica inventario y responde sólo por correo, lo que convierte el barrio del relato en un lugar documentado por estudios ajenos y no por sus propios papeles.

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«El talismán fúnebre» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El talismán fúnebre» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El talismán fúnebre» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

TÚ

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