En el principio del tiempo, cuando la Tierra era aún un vasto y temeroso lienzo de oscuridad, los antiguos seres de poder, Kakaraviku, Sekukue, Seyunkue, Seraira, Sintana y Kimaki, se reunieron en consejo para dar luz al universo. La oscuridad era una manta interminable que pesaba sobre el mundo; sin embargo, existía el anhelo de un nuevo amanecer que rasgara esa tela y desvelara la belleza oculta en las sombras.
Bajo el firmamento sin estrellas, entre las brumas de lo que aún no tiene nombre, vivía la madre del sol y la madre de la luna, guardianas del destino de los cielos. En su seno, el sol y la luna habitaban como niños de sueños olvidados. El sol era un hombre de mirada eterna y la luna, una mujer de suave resplandor. Pero el sol no estaba solo; tenía a su lado a una esposa de rostro extraño y alma compasiva, con la que compartía sus días.
La madre del sol, viendo la necesidad de luz, se embarcó en el sagrado acto de la creación. Primero, de un suspiro liviano, nació Kándutu, un cocuyo diminuto cuyo brillo, aunque valiente, apenas podía romper las tinieblas. La noche continuaba inmutable, bebía el poco resplandor que ofrecía el pequeño animal y se burlaba de su fragilidad. La madre, persistente y sabia, no se detuvo hasta concebir el sol mismo.
El sol, al nacer, era un ser grotesco y pequeño, torpe como los sueños que aún no se han develado. Se le preguntó con voz profunda: "¿Deseas ser el padre del mundo?" y él, con la pureza de un deseo antiguo, contestó que sí. Le vistieron con un manto glorioso tejido de hilos de oro, calzando sus pies con antiguos caminos de luz y cubriendo su cabeza con un gorro que capturaba los secretos del orbe. Con esta vestimenta resplandeciente, los seis ancianos soplaron suavemente sobre él, levantándolo como un ave ancestral hacia el firmamento. Entonces, la noche se disolvió y el alba regresó a reclamar lo que era suyo.
Junto a él, su mujer de rostro poco agraciado manifestó su deseo de ser la madre del mundo. Sus orbes brillaban con la luz de sueños secretos mientras el oro bendecía cada hebra de su ser. Soplaron nuevamente, y ella se alzó en la estela de su amado, una silueta que se tornaba rescoldo tras la estela de su luz.
A la distancia, la otra mujer del sol, al ver que su rival alcanzaba los etéreos caminos del cielo, desbordó de celos incontrolables. Corrió, pero las distancias eran un charco infinito de estrellas. En un arranque de desesperación, su mano recorrió la tierra buscando un arma y halló solo ceniza. Lanzó un puñado al aire, y este, con un murmullo tembloroso, envolvió a la nueva ascendente. Así, el velo de ceniza ensombreció su brillo, condenándola a una pálida luz que sólo se atreve a susurrar con la llegada de la noche.
Desde entonces, el sol, satisfecho con su reino del día, reside en su trono de gloria, y ha de ser alimentado no como un hombre, sino en la forma de su espíritu. En la Casa Ceremonial, lugar donde el tiempo y el mundo se entrecruzan, se amontonan piedras, cada una cargada del espíritu de plátano, malanga y ñame, transformándose en el alimento que sustenta al luminar eterno. Especial aprecio le tiene al bollo de yuca y al almidón, meticulosamente preparado y ofrendado desde las calaveras que guardan antiguos secretos—del tigre, del propio sol—donde el mundo visible e invisible se dan cita.
De esta manera, a través del flujo de las eras y el susurro de los ancestros, el mito teje su eternidad en el cielo, recordándonos que hasta la luz más brillante nace de las sombras profundas con un simple soplo de voluntad.
Historia
El mito describe el origen del sol y de la luna, enfatizando su creación y función en el mundo. Inicialmente, antes de que el sol naciera, el mundo estaba en oscuridad completa. En este mito, el sol y la luna son antropomorfizados; el sol es descrito como un hombre feo, y la luna como una mujer. El sol tenía dos mujeres, una de las cuales se convirtió en la luna.
La madre del sol, sobre quien no se da mucho detalle, fue quien intentó crear luz inicialmente. Comenzó con un animal pequeño parecido a un cocuyo, pero como no alumbraba lo suficiente, decidió crear al sol. El sol fue vestido completamente de oro y con la ayuda de Kakaraviku y Sekukue, quienes lo soplaron, se elevó al cielo y terminó con la noche.
La luna, también vestida de oro, fue levantada al cielo para seguir al sol. Sin embargo, la otra mujer del sol intentó alcanzar a la luna y al no poder, le arrojó ceniza, lo que resultó en que la luna no alumbrara tanto como el sol.
El mito también detalla prácticas rituales relacionadas con alimentar al sol, mencionando que se le ofrece comida en forma de espíritu, especialmente disfrutando bollo de yuca y almidón de yuca, en una ceremonia que involucra piedras y se realiza en una Casa Ceremonial.
El mito parece provenir de una tradición que busca explicar no solo la creación de los cuerpos celestes y su luz, sino también el por qué el sol y la luna tienen diferentes intensidades de luz, vinculando estos eventos con una serie de rituales para mantener su luz y presencia beneficiosa para el mundo.
Versiones
En la única versión proporcionada del mito, el proceso de creación del sol implica la participación de varias figuras como Kakaraviku, Sekukue, Seyunkue, Seraira, Sintana y Kimaki, quienes están presentes al nacimiento del sol. Aquí, el sol inicialmente no existía, dejando todo en oscuridad, y su creación es un acto de invención por parte de su madre. Un aspecto notable es que el sol y la luna son personificados con género—el sol como un hombre y la luna como una mujer—y ambos tienen roles y relaciones personales, como la otra mujer del sol que lleva a la envidia y rivalidad mortal. Este conflicto se resuelve simbólicamente cuando la otra mujer del sol tira ceniza a la luna, explicando la razón mitológica por la cual la luna no brilla tanto como el sol. Esto introduce un elemento narrativo donde la emoción humana (celos) impacta el cosmos directamente.
Además, se destaca el papel ritual en la alimentación del sol, donde tanto las prácticas ceremoniales como los elementos simbólicos son fundamentales para su existencia. El sol requiere ofrendas específicas, como el espíritu de distintos alimentos que se le ofrecen mediante un proceso ritual en Casa Ceremonial. Esta parte del mito parece resaltar la relación entre el mundo espiritual y las tradiciones culturales, indicando que el sol mantiene un rol activo con sus devotos humanos, quienes deben proporcionarle sustento mediante rituales establecidos. En conjunto, esta versión se centra tanto en la creación y naturaleza del sol y la luna como en las prácticas culturales que regulan su existencia, combinando narrativas de origen, intriga personal y deberes religiosos.
Lección
La luz más brillante nace de las sombras profundas.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de Helios y Selene, donde el sol y la luna son personificados y tienen roles definidos en el cosmos.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



