El Mono de la Pila

Andina · Mestizo

El Mono de la Pila

Una fuente pública recibe cántaros, conversaciones y quejas hasta convertirse en punto de orientación y memoria de Bogotá.

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El relato

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Un oidor recién llegado mandó arrancar la picota que presidía la Plaza Mayor de Santafé. En el hueco que dejó el palo de los castigos hizo labrar una pila de piedra y la firmó por los cuatro costados. Al sur, que era el frente, puso su propio escudo, con la cruz de San Andrés y nueve estrellas. Al oriente, la granada del Nuevo Reino; al norte, las armas de España; al occidente, las de Santafé. Encima mandó poner una figura.

El artista quiso tallar a San Juan Bautista. De la piedra salió un muñeco de hombros cuadrados y cara torcida, con el brazo izquierdo partido. La ciudad no esperó a que nadie lo consagrara: lo llamó el Mono de la Pila y con ese nombre lo dejó en herencia.

Ocho pajas de agua manaban del pilón. A esas ocho bocas bajó Santafé durante siglos, con sus cántaros y su turno, y en ese ir y venir el muñeco fue quedándose con lo que la gente traía. Quien salía de un pleito, quien no podía cobrar, quien tenía un agravio y ningún despacho donde ponerlo, lo dejaba al pie del pilón. Durante años el Mono fue el depositario de las quejas de la ciudad, y no se le perdió ninguna: las guardaba todas con la misma cara.

Desde ahí vio pasar la vida quieta de la colonia y después la vio romperse. Vio la plaza llena en las convulsiones de 1810, vio los bandos y los gritos, y siguió mirando al sur con el brazo roto por delante.

En 1846 lo desalojaron. Donde estaba la pila pusieron la estatua del Libertador, y el Mono, que llevaba dos siglos y medio en el centro de todo, se fue a la Plazuela de San Carlos. De ahí lo movió otra vez el crecimiento de Bogotá. Pasó una temporada en el barrio de la Catedral, en la calle diez, donde hoy se levanta la estatua de Rufino Cuervo. Terminó en un patio del Museo Nacional, sin agua, sin cántaros y sin cola.

Todavía está ahí. La advocación que el artista le puso no se le pegó nunca; el apodo, en cambio, le sobrevivió al agua, a la plaza y al oficio. La ciudad que lo bautizó ya no existe y su apodo sigue en pie.

El Mono de la Pila: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Una ciudad conserva mejor el apodo que inventa que la advocación que encarga y paga.”

Territorio

Andina · Mestizo

Andina · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
4.5981° · -74.0758°

Ficha del relato

Contexto histórico

El rastro del Mono empieza en dos cronistas y termina en una antología del agua. Pedro María Ibáñez lo describe dos veces en sus Crónicas de Bogotá: en el tomo I, cuando cuenta que el oidor Alonso Pérez de Salazar quitó el rollo o picota del centro de la plaza y colocó allí una fuente pública de piedra con sus cuatro escudos y su estatua coronándola; y en el tomo II, cuando la llama testigo mudo de la vida colonial y de las convulsiones de 1810 y la sigue hasta un patio del Museo Nacional. Moisés de la Rosa, en sus Calles de Santafé de Bogotá de 1938, añade lo que el cronista no dijo: que la pila estaba dotada de ocho pajas de agua, que fue regalo del oidor y que salió de la Plaza Mayor en 1846, cuando allí se instaló la estatua del Libertador. El mismo libro conserva una estación intermedia que suele perderse: la fuente estuvo en la calle diez entre carreras sexta y séptima, donde hoy está la plazuela de Rufino Cuervo.

Dos precisiones importan porque circulan al revés. La primera es la fecha. La fuente entera —escudos y figura— se atribuye al oidor que llegó a Santafé en los años ochenta del siglo dieciséis, y una antología de crónicas del agua publicada por la Alcaldía Mayor en 2011 sitúa la instalación cuatro siglos atrás, lo que concuerda con ese siglo y no con el dieciocho. La segunda es el destino: los tres registros de época coinciden en el Museo Nacional. La paginación misma engaña, porque el tomo II remite a páginas del primero que corresponden a una edición distinta de la que se consulta hoy.

Resonancias con otros mitos

La figura maltrecha convertida en oficina de agravios tiene un antecedente romano bien documentado. En 1501, al desenterrarse un torso antiguo y sin brazos junto a la plaza Navona, los romanos lo llamaron Pasquino y empezaron a pegarle en el pedestal papeles con quejas, sátiras y denuncias contra el poder; de ahí salió la palabra pasquín. Lo que emparenta a las dos piedras no es la forma, sino la función: una escultura rota, en el sitio de más paso, sirve de destinatario para lo que no tiene despacho donde radicarse.

El segundo paralelo es de plaza y no de figura. La Plaza Mayor de Lima recibió en 1651 una pila de bronce que fundió Pedro de Noguera, y esa fuente organizó durante siglos el abastecimiento, el mercado y las ceremonias del centro limeño. La diferencia es el desenlace: la pila limeña sigue en su sitio y ordena todavía la plaza, mientras que la de Santafé fue desmontada para dejarle el centro a una estatua conmemorativa. Las dos fueron instrumentos de gobierno antes que adornos, y el inventario de aguas —ocho pajas aquí, un reparto tasado allá— importaba más que el santo de encima.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. La figura tuvo dos nombres desde el principio y ganó el popular. Para quien la talló era San Juan Bautista; para la calle fue el Mono, y con ese apodo entró en las crónicas, que lo registran sin discutirlo.

  2. El dicho que hoy explica el apodo viene de la divulgación distrital: las madres que enviaban a los hijos por agua y, cansadas de oírlos quejarse, los mandaban a poner la queja ante el Mono de la Pila. La escena es reciente y se atribuye a quien la cuenta. El testimonio más antiguo que la roza es de 2011 y dice apenas que la figura fue depositaria de quejas y reclamos durante años, sin nombrar a nadie.

  3. Sobre el paradero circulan dos respuestas. Las obras de época dan el Museo Nacional, y la más tardía precisa un patio. La divulgación reciente lo ubica en el Museo Colonial, dato que necesita el acta del traslado para sostenerse. En el parque de San Diego hay una réplica que suele atribuirse a un escultor y a un año concretos, atribución que descansa en una guía patrimonial hoy fuera de línea.

  4. Del recorrido también hay dos trazados. Uno lleva la pila directamente de la Plaza Mayor a la Plazuela de San Carlos en 1846 y de allí al museo. El otro intercala el barrio de la Catedral, con la fuente pública funcionando en la calle diez hasta que el lugar se convirtió en plazuela con estatua. Los dos salen del mismo par de obras y no se excluyen: el desalojo fue por etapas.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bogotá · Andina
Referencias
9
Última revisión
22 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Crónicas de Bogotá, tomo I

    babel.banrepcultural.org

    Es el registro que fija el objeto, y la p. 50 lo dice todo. Atribuye la fuente a un acto de gobierno del oidor Alonso Pérez de Salazar, «quien quitó el rollo o picota, de que tanto uso había hecho, del centro de la plaza, y colocó allí una fuente pública de piedra, ornamentada con escudos de armas de España, Santafé y su blasón, y coronada con una estatua de San Juan Bautista». La misma página da la figura rota —«una tosca escultura, cuyo brazo izquierdo está roto»— y el bautizo popular: «fue conocida en Santafé con el nombre de mono de la pila». Enumera los cuatro blasones por su orientación: Pérez de Salazar al sur, que era el frente, la granada del Nuevo Reino al oriente, España al norte y Santafé al occidente. Y cierra el paradero: «hoy se conservan las ornamentaciones y la estatua en el Museo Nacional». Con esto se caen de la ficha heredada la fecha de 1775 y el Museo Colonial.

  2. Crónicas de Bogotá, tomo II

    babel.banrepcultural.org

    Aporta lo que el tomo I no tiene: el tiempo largo de la figura y su desalojo. En la p. 203, dentro del capítulo sobre la Plaza Mayor a comienzos del siglo XIX, escribe que «la mala estatua que la coronaba, popularmente llamada El Mono de la Pila, para el artista representaba a San Juan Bautista, y ella fue testigo mudo por muchos años de la tranquila vida colonial y de las convulsiones revolucionarias de 1810» —el apodo y la advocación conviviendo en la misma frase, que es exactamente el punto de la ficha—. Y da el recorrido en dos tiempos: «El célebre Mono pasó a la Plazuela de San Carlos, en 1846, y de allí lo desalojó el progreso del Bogotá moderno […] y hoy se conserva en un patio del Museo Nacional». Ese «patio» es el dato más preciso que existe sobre dónde acabó.

  3. Calles de Santafé de Bogotá: homenaje en su IV centenario, 1938

    babel.banrepcultural.org

    Es la tercera obra de época que dice Museo Nacional, y la que explica por qué la fuente se fue. En la p. 329 fija la causa del traslado en un reemplazo de monumento, no en un abandono: «al colocarse en ese sitio la estatua del Libertador en 1846, fue trasladada al Museo Nacional», y añade el dato de servicio que ninguna otra da, «estaba dotada de ocho pajas de agua», que convierte la pieza en infraestructura y no en adorno. En la misma página consigna que la fuente ocupaba el lugar exacto de la picota y que fue regalo del oidor. Y en la p. 318 documenta una estación intermedia que las otras dos obras se saltan: la fuente pública del Mono funcionando en el barrio de la Catedral, en la calle 10 entre carreras 6.ª y 7.ª, hoy plazuela de Rufino Cuervo.

Contraste y contexto · 6 referencias

  1. Memorias del agua en Bogotá: antología

    babel.banrepcultural.org

    Es el único testimonio localizado de la función social de la figura, que es lo que la convierte en relato y no en pieza de museo. Su crónica introductoria registra al Mono de la Pila como «depositario de quejas y reclamos durante años» y sitúa el origen de la fuente «cuatro siglos atrás», cifra que concuerda con el oidor del siglo XVI y desmiente la fecha de 1775 que arrastraba la ficha. La antología incluye un capítulo titulado «La pila» dentro de un índice que va de «El agua en la historia bogotana» a «Batallas por la cuenca del Tunjuelo», y por tanto documenta la pila como pieza del abastecimiento de la ciudad y no como monumento.

  2. ¡Vaya a quejarse al Mono de la pila! Un relato sobre la primera fuente pública de agua en Bogotá

    cienciassociales.uniandes.edu.co

    Es el texto que sostiene, con nombre y año, todas las afirmaciones que la ficha manda a «versiones» y no puede dar por ciertas. Aquí está el origen de la fecha de 1775: sostiene que una taza pequeña de sesenta centímetros, de 1538, fue reemplazada ese año por una estructura mayor y ornamentada que recibió el apodo. Aquí está también la cadena de traslados que las crónicas de época no traen completa —1846 a la plazuela de San Carlos, 1890 al Museo Nacional, 1922 a la sede del edificio Pedro A. López y 1942 al patio principal del Museo de Arte Colonial, recién inaugurado— y la réplica que la Sociedad de Mejoras y Ornato gestionó en 1960 en el costado norte de la iglesia de San Diego. Y aquí está la explicación del dicho por las madres que mandaban a los hijos a cargar agua. Es decir: es la fuente de la versión hoy dominante, y por eso hay que citarla aunque su cronología no coincida con la del siglo XVI que dan Ibáñez y De la Rosa.

  3. De picota pública a fuente de agua

    bogota.gov.co

    Es la pieza que muestra cómo la administración distrital cuenta hoy el episodio, y coincide con las crónicas de época en el punto que más importa: que la fuente ocupa el sitio de la picota por orden del oidor Alonso Pérez de Salazar, y subraya la paradoja de que fuera él, que tanto uso había hecho del rollo, quien lo mandara quitar. Fecha en 1583 la petición vecinal de agua, sitúa el traslado de 1846 al abrirse paso la estatua de Bolívar y nombra la plazuela de San Carlos —hoy plazoleta Rufino José Cuervo—, que es la misma estación intermedia que De la Rosa documenta en la p. 318. Y da la lectura del dicho que la ficha recoge sin suscribir: el Mono como emblema de la inutilidad de las quejas ante los funcionarios del Nuevo Reino.

  4. El Mono de la Pila (Bogotanitos · Cuenta la leyenda)

    culturarecreacionydeporte.gov.co

    Sirve para una sola cosa, y es exactamente la que la ficha necesita: fija qué versión difunde hoy el Distrito entre los niños de la ciudad. Cuenta la fuente como atajo que evitaba el viaje hasta los ríos San Agustín y San Francisco, data su construcción en 1583, y desarrolla la escena que ninguna obra de época trae —los hijos que se quejan de cargar agua desde la Plaza Mayor y las madres que responden «vaya a quejarse al Mono de la Pila»—, con lo que permite atribuir esa escena a la divulgación reciente y no al registro. A diferencia de las demás piezas distritales, deja el paradero en el Museo Nacional desde 1922, sin pasar por el Museo Colonial: el propio Distrito no se pone de acuerdo consigo mismo.

  5. El agua de manantial a la fuente de la Plaza Mayor de la Ciudad de los Reyes: sanidad y tecnología en el Virreinato del Perú en el siglo XVI

    dialnet.unirioja.es

    Es el paralelo que explica por qué una pila en la plaza no es un adorno. Reconstruye el sistema que Lima levantó en el mismo siglo y con la misma lógica que Santafé: la captación en un manantial alejado, un acueducto troncal, los caños derivados y «una pila en la Plaza Mayor» como punto final del reparto, todo financiado con sisas, es decir, con impuestos, y todo inaugurado por intervención directa del virrey Toledo en 1578. Muestra que la fuente central era una obra de salubridad pública nacida del agua contaminada del río al pie de la ciudad —el mismo problema que en Bogotá empujaba a la gente hasta el San Francisco y el San Agustín—, y que la escasez se administraba con reparto tasado, que es lo que en Santafé mide De la Rosa cuando cuenta las ocho pajas de agua. Y documenta el desvío del caudal público hacia casas de particulares: la pila como objeto político antes que como monumento.

  6. Le statue parlanti: gli «eroi» che divennero la voce del popolo

    comune.roma.it

    Documenta el antecedente romano del que la ficha se sirve. Sitúa la estatua de Pasquino desde 1501 junto a la Piazza Navona, en la esquina entre la via di San Pantaleo y la via di Pasquino, e identifica el mármol como un fragmento helenístico, probablemente Menelao sosteniendo el cuerpo de Patroclo: una escultura antigua y mutilada, igual que la figura santafereña del brazo roto. Y establece lo que importa: que de esa piedra «deriva il termine pasquinate», los escritos anónimos que los romanos le pegaban para satirizar al poder, con el ejemplo célebre contra Urbano VIII —«quod non fecerunt barbari, fecerunt Barberini»—, y que Pasquino no estaba solo, sino en compañía de otras estatuas parlantes de la ciudad. La función es la que empareja los dos casos: una escultura rota en el sitio de más paso convertida en destinatario de lo que no tiene despacho donde radicarse.

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«El Mono de la Pila» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El Mono de la Pila» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El Mono de la Pila» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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