En tiempos inmemoriales, cuando el tejido que separaba lo humano de lo divino era tan delgado como el aliento matutino, nació una mujer de nombre Magri Regina, conocida por susurrar su verdadero nombre de ancestro al viento: Luitrama. La llamaban también Madre de las Semillas y señora de dones que ni la más fértil tierra antes había conocido. A su lado, siempre una mochila tejida de sueños y hebras de luna, un receptáculo de promesas y futuros enteros: allí descansaban maíz, fríjol, malanga, ñame y papa como un ejército en espera de un llamado.
Magri Regina poseía la habilidad de atravesar las fronteras del tiempo y del espacio, y así fue como un día decidió surcar el horizonte, montada en un rayo de sol que se balanceaba entre lo visible y lo invisible, llevando consigo la semilla del origen. Su destino, una aldea llamada Takina de San Miguel, donde el barro cantaba historias que fundían razón y magia, y la tierra susurraba secretos al oído de aquellos que se atrevían a escuchar.
En Takina de San Miguel, vivía un joven a quien los ancianos del lugar, aquellos guardianes de la memoria, reconocían como su hijo. Su nombre, guardado en las estrellas, era Niwalui, y su mirada reflejaba tanto el destello de las alturas como la profundidad de los ríos. Niwalui no era un joven común; su esencia era tal que, a su alrededor, las flores se abrían en desbandadas de color sin cesar. El viento canturreaba a través de sus cabellos como si quisiera contarle un secreto que solo él pudiera comprender.
Cuando Magri Regina depositó la mochila a los pies de Niwalui, la tierra dejó escapar un suspiro, y el aire se llenó de partículas de esperanza. Niwalui, con una reverencia eterna, tomó cada semilla como si tuviera en sus manos la historia entera de la humanidad. Una a una, las sembró en el abrazo fértil de aquel valle, y el suelo, en un agradecimiento mudo, las acogió con dulzura.
Los mamas de la Casa Ceremonial, sabios que dialogaban con los espíritus y las montañas, observaban desde la Kansa María. Comprendían que Niwalui no era solo un cultivador de la tierra, sino también un jardinero del destino, trazando raíces que unían mundos, cada semilla una palabra y cada cosecha un verso de aquel poema que era la vida.
Los días se transformaron en estaciones, y las estaciones en años, y el ciclo continuó hasta que la sombra final del crepúsculo se posó sobre Niwalui. Como si la propia tierra lo reclamara, la envoltura mortal de Niwalui se desvaneció en piedra blanca, pura y eterna como la luna. No fue su muerte, sino una metamorfosis a un estado de eterna presencia, allí donde el tiempo ya no es tiempo, y el ser es simplemente ser.
Aunque sus manos ya no podían tocar la tierra, su esencia permanecía, pulsando en cada hoja del maíz y en cada brote del ñame. Los mamas, con sus canciones ceremoniales, mantenían viva la comunicación con él, una línea invisible que anudaba lo tangible con lo etéreo. Niwalui, piedra blanca en el corazón de Takina de San Miguel, era ahora el guardián y testigo de todas las cosechas futuras.
Así, en el crepitar del fuego del día y el susurro del frío nocturno, el valle contaba a quien quisiera preguntar que Magri Regina, Luitrama, había traído las semillas desde más allá de la línea donde el tiempo y el sueño se besan. Y su hijo, al volverse piedra, se hizo uno con el misterio, asegurándose de que la cosecha nunca se detuviera. Las semillas, los cantos, las piedras y el viento continuarían, por siempre, narrando esta historia.
Historia
El mito se origina en la figura de Magri Regina, conocida en lengua de los indios como Luitrama, quien es la mujer de Seraira. Ella es responsable de traer, desde otra parte del mundo, una variedad de semillas, incluyendo maíz, fríjol, malanga, ñame y papa. Estas semillas fueron entregadas a su hijo que reside en Takina de San Miguel. Este hijo no murió, sino que se transformó en una piedra blanca. Solo los mamas de la Casa Ceremonial (Kansa María) pueden comunicarse con él. Este hijo, llamado Niwalui, fue quien sembró todas las semillas, no perdió ninguna y las dejó a su descendencia.
Versiones
La versión del mito de Magri Regina, también conocida como Luitrama, se centra en el acto de llevar semillas de varias plantas esenciales a su comunidad y entregárselas a su hijo en Takina de San Miguel. En esta narrativa, se enfatiza el proceso de transferencia y conservación de recursos vitales, simbolizado por su hijo quien, al no morir, se transforma en una piedra blanca. Este elemento sugiere la perdurabilidad y la inmortalidad tanto de su legado como de las semillas mismas. Los "mamas" de la Casa Ceremonial son los únicos que pueden comunicarse con él, destacando una restricción en el acceso al conocimiento sagrado y un enfoque en la continuidad de tradiciones espirituales a través de linajes específicos. Niwalui, el nombre de su transformado hijo, denota a la figura central que resguarda las semillas y, por extensión, la fertilidad del pueblo, asegurando así que ninguna de las semillas se pierda y que la conexión con lo sagrado se mantenga viva.
Esta singular versión se distingue por su enfoque en los elementos de sacralidad y comunicación espiritual con la figura central de Niwalui, en oposición a otras versiones que podrían enfatizar diferentes aspectos, tales como la travesía de Magri Regina o el papel comunitario y colectivo en el proceso de siembra de las semillas. La transformación en piedra de su hijo es un motivo recurrente en diversas culturas que utilizan este recurso para señalar la preservación de un estado ideal o de un legado divino. Aquí, esta transformación sugiere un paralelismo entre lo físico (las semillas como sustento) y lo espiritual (la piedra como conexión), estableciendo un entramado complejo donde naturaleza y espiritualidad son indivisibles. Esta interconexión es clave para comprender cómo esta versión del mito imbrica el mantenimiento de vida y cultura a través de una custodia espiritual mediada por figuras ceremoniales autorizadas.
Lección
La conexión entre lo espiritual y lo terrenal asegura la continuidad de la vida.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de Deméter y Perséfone por la conexión con la fertilidad y la tierra, y al mito japonés de Izanagi e Izanami por la transformación y la preservación del legado.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



