El Gritón

Andina · Mestizo

El Gritón

Un grito recorre las quebradas entre Pescadero y La Urgua y responde muy cerca cuando algún caminante se atreve a imitarlo.

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El Gritón: la entrada del relato

El relato

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Aquileo Guzmán y Virgelina Hacha se casaron en el Valle del río Magdalena e invitaron a la boda a todos los habitantes del valle. Entre los invitados había un grupo de expedicionarios que pasaban unos días en la zona. Eran seis hombres, alojados en una cabaña a quince minutos a pie de la aldea. Ya conocían el trayecto: bastaba seguir el sendero que el uso había marcado entre el monte.

Los novios le regalaron a cada uno un silbato. Servía para tocar en la fiesta y servía también para otra cosa: si alguno se perdía, con ese sonido podían encontrarlo.

La tarde de la boda, cuando los seis salieron de la cabaña, las ramas empezaron a sacudirse. Los árboles y los arbustos se movían con fuerza y las copas se doblaban bajo el viento. Venía un chubasco. Echaron a correr por el sendero hacia la aldea y, sin darse cuenta, quedaron metidos entre los matorrales. Todo se veía igual. Ya no distinguían el camino.

El guía no se inquietó hasta que la lluvia arreció y se hizo tormenta. Oscureció como si fuera de noche. Tenían la ropa empapada y el agua les llegaba a los tobillos. Caminaron dos horas sin encontrar salida, y al fin, vencido el orgullo, se juntaron y tocaron los silbatos a la vez.

Les contestó un alarido. Fue un grito largo, terrible, que parecía brotar de la tierra y llenaba toda la selva. El pánico los dispersó: cada uno corrió por su lado, huyendo de aquella voz.

Cuando la tormenta pasó, en la aldea oyeron los silbidos sueltos de los expedicionarios y respondieron con tambores para guiarlos. Fueron llegando uno por uno, agotados, con la palidez de un muerto en la cara. Algunos decían que no habían podido dejar de correr porque el grito los venía persiguiendo. Uno temblaba todavía y repetía que nunca había sentido un miedo tan hondo, y que quería borrarse de la memoria los alaridos del Gritón.

A ese espanto nadie lo ha visto. No se le conoce cuerpo ni tamaño: es sólo el grito, que se levanta cuando la lluvia se vuelve chubasco y el viento se vuelve remolino. Por eso, en las riberas del Magdalena, la gente se queda quieta mientras arrecian las tormentas, y guarda el ramo bendito de Semana Santa para sosegarlas, porque contra ese grito ningún silbato sirve. En las tierras ganaderas de Antioquia dicen que es el alma de un arriero en pena, y que de noche se le oye arreando mulas o bueyes.

El Gritón: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Un grito en la oscuridad puede desbandar a un grupo que unido habría encontrado el camino.”

Territorio

Andina · Mestizo

Andina · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
4.8° · -74.1°

Ficha del relato

Contexto histórico

Este relato es ficción de autor. Es la lámina 30 de «Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano», que la Casa Editorial El Tiempo publicó en 2004 con el periódico HOY y el patrocinio de la Universidad Autónoma de Colombia. La portadilla del libro lo presenta como una colección de anécdotas, testimonios, cartas, informes médicos y «otros documentos imaginarios» sobre espantos, y advierte: «Material de ficción». La introducción lo llama un bestiario nacional hecho a la manera de las tradiciones griegas, latinas o celtas.

La lámina ocupa dos páginas. En la 59 hay un recuadro técnico en tono de enciclopedia burlesca: clase, localización, hábitat, tamaño, poderes, características físicas y alimentación del Gritón. Allí se dice que en las riberas del Magdalena es un espanto que aprovecha la tempestad y que en las tierras ganaderas de Antioquia es el alma de un arriero en pena que arrea mulas o bueyes de noche. En la 60 va el relato, entre comillas y atribuido a la novia: una leyenda manuscrita lo presenta como el «encuentro registrado en el matrimonio de Aquileo Guzmán y Virgelina Hacha», celebrado en el Valle del río Magdalena. Las notas al margen completan el juego: el silbato no sirve contra el grito, el ramo bendito de Semana Santa calma las tormentas, y un «oscilómetro decibélico» inventado por un «entomólogo y sonidista» registra los alaridos.

No hay narrador real ni lugar de recolección. Los nombres de los novios, los seis expedicionarios y la aldea son parte de la invención. Lo que la obra recoge del folclor es la figura: un espanto que sólo se oye, asociado a la tormenta y a la arriería. Esa figura sí tiene registro independiente. Javier Ocampo López, en «El pueblo boyacense y su folclor» (1977), pone «el gritón» en la lista de mitos campesinos que Boyacá comparte con otras regiones, junto a la Mancarita, el Sombrerón y la Patasola, como seres que asustan a los caminantes en noches oscuras.

El libro de 2004 circula digitalizado en Internet Archive, subido por un particular; la lámina se lee completa en las imágenes de las páginas.

Resonancias con otros mitos

El pariente más cercano es el Silbón de los Llanos. También es un espanto que se reconoce sólo por el sonido, y ese sonido anuncia desgracia. Getulio Vargas Barón, en «Cuentos, mitos y leyendas del llano» (1996), lo convierte en relato de autor: Secundino, un hatero cruel, se aleja siempre silbando, y los vecinos de la sabana dicen que no quieren volver a oír «ese insoportable silbo, que sólo era presagio de calamidades». Como en la lámina del Gritón, la voz se oye antes que el cuerpo y llega con la tempestad: Secundino sale a caballo en una noche de tormenta, y la sabana amanece con tres llamaradas.

El segundo parecido está en la manera de perder a la gente. En el relato de la boda, el chubasco convierte un sendero conocido en un matorral donde todo parece igual. Misael Devia Morales, en «Folclor tolimense» (1962), reproducido por Eugenia Villa Posse en el tomo II de «Mitos y leyendas de Colombia» (1993), describe el mismo extravío como castigo de la Madremonte: al perdido todos los lados del monte le parecen iguales, y al pasar el conjuro descubre que se perdió en un bosque pequeño.

La diferencia es de causa. La Madremonte castiga una falta: correr la cerca, cazar por diversión, robar. El Gritón de la boda no castiga a nadie; los expedicionarios no han hecho nada, y el grito sólo aprovecha la tormenta. En eso se parece más al Silbón que a los dueños del monte.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. La propia lámina trae dos Gritones distintos. El de el recuadro técnico ribereña es un fenómeno de la tormenta: invisible, sin forma, un grito que rasga la noche cuando la lluvia se vuelve chubasco y el viento se hace tornado. No es alma de nadie ni tiene historia; sólo produce miedo y confusión. El de Antioquia, en cambio, es un difunto con oficio: un arriero en pena que sigue arreando de noche una recua de mulas o de bueyes, de modo que lo que se oye no es un alarido sin sentido sino los gritos de quien trabaja un camino.

  2. El relato de la boda elige la primera forma y le da una escena: el grito no llega solo, responde. Los expedicionarios tocan los silbatos para pedir auxilio y lo que regresa es el alarido. La lámina insiste en esa relación con dos detalles al margen: el silbato, por potente que sea, no sirve contra los chillidos, y lo que calma la tormenta es un objeto de la religión, el ramo bendito del Domingo de Ramos.

  3. En Ocampo López el gritón aparece sin descripción, en una enumeración de seres del campo boyacense que salen a los caminantes de noche. No hay tormenta ni arriero: es un nombre en la lista de espantos compartidos por varias regiones. Esa lista confirma que el nombre circulaba fuera de Antioquia y del Magdalena, pero no dice cómo se lo contaba en Boyacá.

  4. Lo que se mantiene en las tres menciones es que el Gritón se reconoce por el oído. Ninguna le da cara.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Andina
Referencias
6
Última revisión
22 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano, lámina 30 «El Gritón», pp. 59-60

    archive.org

    Es el texto del relato. La p. 60 cuenta, entre comillas y con la voz de la novia, la boda de Aquileo Guzmán y Virgelina Hacha en el Valle del Magdalena: los seis expedicionarios con silbatos, el chubasco, el extravío entre arbustos, el alarido que responde a los silbatos, la dispersión y el regreso guiados por tambores. La p. 59 es la ficha técnica: espanto invisible de las tormentas ribereñas y, en Antioquia, alma de un arriero en pena que arrea mulas o bueyes. Las notas al margen añaden el ramo bendito contra la tormenta.

  2. El pueblo boyacense y su folclor, cap. 8 «Mitos, leyendas y creencias populares en Boyacá», p. 121

    babel.banrepcultural.org

    Es el único registro con editor que nombra al gritón fuera de la lámina de 2004. Ocampo lo pone en la lista de mitos campesinos que Boyacá comparte con otras regiones —el Jigura, la Mancarita, el Sombrerón, el Patetarro, la Patasola, el Hojarasquín— y los caracteriza en conjunto como seres que recorren caminos y veredas y son el temor de los caminantes en noches de oscuridad.

  3. Cuentos, mitos y leyendas del llano, «La leyenda del silbón», pp. 50-74

    babel.banrepcultural.org

    Sirve de paralelo: el Silbón llanero es otro espanto que se conoce por el sonido. En el relato, Secundino Quanay se aleja siempre silbando, sale a caballo en noches de tormenta y los vecinos de la sabana se marchan porque no quieren oír más «ese insoportable silbo, que sólo era presagio de calamidades» (p. 65). Voz antes que cuerpo, y tempestad como escenario, igual que en la lámina del Gritón.

Contraste y contexto · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II, sección 20: Misael Devia Morales, «Folclor tolimense» (1962), «La Madremonte», p. 151

    flacso.edu.ec

    Da el paralelo del extravío. Devia describe la influencia de la Madremonte como un mareo en que la víctima ve todos los lados del monte idénticos y cualquier bosquecito se vuelve una montaña sin senda ni salida; al pasar el conjuro descubre que sólo se perdió en un bosque pequeño. Es la misma experiencia que viven los expedicionarios de la boda cuando la lluvia vuelve igual todo el matorral.

  2. Folclor tolimense (reedición de la Universidad de Ibagué)

    repositorio.unibague.edu.co

    Es la edición completa de la obra que Villa Posse extracta. Permite leer el pasaje de la Madremonte en su contexto: junto a ella Devia pone la Madre de Agua y el Hojarasquín, todos seres que pierden al caminante en el monte, que es el oficio que la lámina de 2004 le da a la tormenta del Gritón.

  3. Un alma en pena aparece entre los vivos: purgatorio y devoción en la segunda mitad del siglo XIX en Colombia (Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, vol. 50, n.º 2)

    revistas.unal.edu.co

    Explica la figura que la ficha técnica usa para la variante antioqueña: el alma en pena. El artículo estudia cómo la devoción católica del siglo XIX entendía a los difuntos que no descansan y vuelven entre los vivos, y cómo esas apariciones servían para inculcar normas. Es el marco en que un arriero muerto puede seguir arreando su recua de noche.

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«El Gritón» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «El Gritón» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «El Gritón» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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