La semilla guardada durante el gran verano

Caribe · Ette Ennaka (Chimila)

La semilla guardada durante el gran verano

Tras años de sequía, una semilla de maíz conservada en una mochila de fique permite reiniciar el cultivo sobre un tronco todavía húmedo.

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El relato

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Hace mucho tiempo hubo un gran verano. No fue uno de esos veranos que llegan y se van cuando les toca: duró años y años, y en todos esos años no cayó lluvia.

Los ríos se secaron. Las cañadas se secaron también. Donde antes bajaba el agua quedó el cauce seco, y en el cauce no quedó nada para tomar.

Hubo gran hambre y muchos indios murieron. Los que quedaron vivos pasaron ese tiempo sin sembrar y sin cosechar.

La tierra se quemó. Con la tierra se quemaron los sembrados, y al perderse los sembrados no hubo maíz ni yuca, que era de lo que vivía la gente.

Por fin pasó el gran verano. Pero cuando pasó y llegó el momento de volver a sembrar, apareció el otro daño: con los sembrados se había perdido también toda la semilla del maíz. No quedaba grano guardado en ninguna casa.

Entonces los hombres se lo preguntaron en voz alta unos a otros: «Qué vamos a hacer sin maíz? Se perdió la semilla y no tenemos para sembrar».

Pero un hombre había guardado un poco de semilla en una mochila de fique. La había guardado antes, y ahí estuvo el maíz todo el tiempo que duró el gran verano, adentro de la mochila tejida de fibra, sin sembrarse y sin comerse. Ahora el hombre sacó la mochila y dijo: «Aquí está la semilla».

Había semilla otra vez, pero no había dónde ponerla. La roza, que es el pedazo de monte tumbado y quemado donde se siembra, estaba tan seca y tan caliente como la había dejado el verano. En la roza no podían sembrar.

Así que no sembraron en la roza. Tuvieron que sembrar la semilla en otra parte, y la sembraron en un tronco de árbol.

Pronto creció el maíz ahí, en el tronco. Dio buena cosecha y así hubo otra vez comida.

La semilla guardada durante el gran verano: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Lo que salva no siempre es lo más grande sino lo poco que alguien pensó en guardar.”

Territorio

Caribe · Ette Ennaka (Chimila)

Caribe · Ette Ennaka (Chimila)

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Ette Ennaka (Chimila)
Referencia
10.0356° · -74.2147°

Ficha del relato

Contexto histórico

Este es el noveno de los veintiún relatos que el cacique Tangrutaya Mutsu, anciano septuagenario, le contó a Gerardo Reichel-Dolmatoff y que se publicaron en 1945 en «Mitos y cuentos de los indios Chimila». El propio recopilador describe cómo los recibió: de noche, con el cacique recostado en su hamaca, en voz baja, en forma lenta y en un castellano a veces confuso. Anota además que el anciano insistía en narrar sólo ante hombres, que interrumpía cuando una mujer entraba a la casa y que estos cuentos no se relatan a los niños. En un cuento sobre la pérdida y la recuperación del maíz, esa condición importa porque conocemos la versión de un solo hombre, dicha en una lengua que no era la suya y escrita por otro.

Del comentario del propio Reichel-Dolmatoff a este número sale una lectura que conviene no confundir con lo narrado: él supone que el cuento «se relaciona con las leyendas del Incendio Mundial» y que sembrar el maíz en un tronco lo emparenta con el mito del «árbol de la vida». Es su comparación, no algo que diga el narrador.

La «Etnografía chimila» de 1946, salida del mismo trabajo de campo, describe la horticultura que el cuento presupone: los cultivos en grandes deshechos circulares alrededor de los poblados, la roza y la limpieza hechas en común por los hombres, el cuidado y la cosecha a cargo de cada familia, el predominio de la yuca dulce y el maíz, y la siembra como privilegio de los hombres. En ese mismo volumen se lee que los pozos y cañadas que no se secan durante el corto verano son criaderos de plagas y que «la falta de agua potable es tremenda», y que en tiempos de sequía es el shamán quien llama la lluvia. Reichel-Dolmatoff nunca enlaza esas páginas con este cuento ni registra en ninguna parte que se guardara semilla.

Las demás fuentes rodean el relato sin tocarlo. La etnografía contemporánea de los campos ette publicada en 2020 documenta que hoy se llama gran verano a la larga estación seca y que la siembra principal ocurre entre marzo y abril, al final de ella, cuando hombres y mujeres se reúnen a repartir los gérmenes de una veintena de cultivos con decenas de variedades de maíz. Los documentos coloniales transcritos en 2015 muestran que el acceso al agua decidía dónde podía fundarse un pueblo: el visitador de 1778 exige comprobar si el paraje tiene buenas aguas y terreno para las rozas, y denuncia uno tan árido que en verano no da agua sino a costa de gran trabajo. Las visitas de 1915 y 1920 al Ariguaní publicadas en 1987 describen un cultivo de maíz y yuca dulce de apariencia muy miserable y escasez de alimentos declarada. El estudio de 2008 sobre ciclos de destrucción y regeneración entre los ette da el marco en el que una catástrofe no cierra la historia sino que abre otra vuelta. La antología de Miguel Rocha Vivas reedita el corpus como literatura ette, y el reportaje del Ministerio de las Culturas de 2024 recoge voces de Luis Eduardo Granados y César Rozo y emplea el nombre con el que el pueblo se nombra hoy, Ette Ennaka.

Nada de eso alcanza a decir de qué árbol era el tronco, cuándo ocurrió la sequía ni si alguien más contó este cuento.

Resonancias con otros mitos

Dentro del mismo corpus hay dos relatos que tocan este de cerca. En «El diluvio», después de que el agua cubre la tierra y mata a casi todos, los sobrevivientes deciden secar el monte con candela, el viento la propaga y se queman los sembrados y las casas; el cuento termina con la gente yéndose a sembrar y a hacer casas nuevas. La diferencia está en quién causa el segundo desastre: allí lo causan los propios sobrevivientes y el reinicio no depende de ninguna reserva, mientras que aquí nadie provoca nada y todo depende de una mochila. En «Cómo los Chimila consiguieron el maíz», la semilla está arriba, en una tusa en la copa de la ceiba, y hay que tumbar el árbol de noche para bajarla. Allí la madera guarda la semilla; aquí la madera la recibe. Esa inversión es la que llevó al recopilador a emparentar los dos cuentos con el ciclo del «árbol de la vida».

Ese ciclo está documentado en el mismo volumen de 1945 con textos de otros pueblos. En el relato karib de Guayana que allí se transcribe, la yuca y todas las plantas útiles crecían en un solo árbol enorme, descubierto por la danta y derribado con hachas de piedra tras meses de trabajo; cada hombre se llevó pedazos y los sembró en su propio campo. La diferencia con el cuento ette es de escala y de dirección: allí la abundancia se reparte al derribar un árbol único y del reparto nace la agricultura entera, mientras que aquí la agricultura ya existía, se perdió, y vuelve por un puñado de granos que alguien había apartado.

Hay además un testimonio ette posterior que conviene no confundir con este cuento. En el estudio de 2022 sobre el motivo del gran árbol, ancianos ette describen la ceiba primordial como un mundo en miniatura que guardaba agua y semillas dentro del tallo, y explican que de su tala vienen el origen del maíz, la dureza del trabajo agrícola y el pobre rendimiento de las cosechas. Es el mismo pueblo y una madera que contiene, pero es otro relato: allí se explica por qué cuesta tanto cultivar, y aquí por qué, después de que todo se perdió, todavía hubo con qué empezar.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. De este relato existe una sola versión documentada: la que Tangrutaya Mutsu narró en castellano y Reichel-Dolmatoff publicó en 1945. La antología de Miguel Rocha Vivas la reproduce, de modo que pertenece a la misma cadena y no cuenta como un segundo testimonio. Tener un solo testimonio significa que no hay con qué contrastar lo que el narrador incluyó o dejó por fuera: no sabemos si otras casas contaban un gran verano más largo o más corto, si el hombre de la mochila tenía nombre, ni si alguna versión explicaba por qué el tronco sirvió y la roza no.

  2. Lo que sí cambia entre 1945 y hoy es el sentido de la expresión que da título al cuento. En la etnografía de los campos ette de 2020, gran verano es el nombre corriente de la estación seca larga, la que termina en marzo o abril justo cuando se siembra. Leído contra ese uso, el cuento no habla de un fenómeno sin nombre sino de la estación conocida estirada hasta volverse mortal.

  3. Hay también una divergencia entre las dos descripciones del trabajo agrícola. La «Etnografía chimila» de 1946 afirma que la siembra es privilegio de los hombres; la etnografía de 2020 describe a hombres y mujeres reunidos repartiendo los gérmenes de los cultivos antes de sembrar. En el cuento sólo hablan los hombres, y quien guardó la semilla es un hombre.

  4. Frente al texto heredado, esta revisión corrige varias cosas. El relato anterior convertía el episodio en una historia de resiliencia individual, hacía que «la comunidad» eligiera el tronco cuando el texto de 1945 no dice quién lo decidió, y explicaba que allí se conservaba «la humedad necesaria», explicación que tampoco está. También metía dentro del relato frases sobre el relato mismo —que no hay premio, que la semilla no es mágica, que la ficha heredada exageraba—, y comparaciones con el cuento de la ceiba. Todo eso sale del Relato y, cuando corresponde, queda aquí.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Ette Ennaka (Chimila) · Magdalena · Caribe
Referencias
9
Última revisión
17 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y cuentos de los indios Chimila

    publicaciones.icanh.gov.co

    Publica los veintiún relatos del corpus histórico y atribuye su narración al cacique Tangrutaya Mutsu, registrada en castellano durante trabajo etnográfico.

  2. El sol babea jugo de piña: antología de las literaturas indígenas del Atlántico, el Pacífico y la Serranía del Perijá

    babel.banrepcultural.org

    Reedita y contextualiza literatura Ette dentro de una antología nacional, identifica las traducciones y remite a las fuentes etnográficas usadas.

  3. Los Ette Ennaka, un pueblo que resiste y conserva sus tradiciones a pesar de siglos de violencia

    mincultura.gov.co

    Recoge voces de Luis Eduardo Granados y César Rozo, emplea el nombre Ette Ennaka y documenta el relato de Yaau, Numirinta y las dos mazorcas de maíz cariaco.

Contraste y contexto · 6 referencias

  1. Ciclos de destrucción y regeneración: experiencia histórica entre los ette del norte de Colombia

    journals.openedition.org

    Estudia cómo sueños, memoria histórica, Yunari y la quinta tierra articulan ciclos de destrucción, regeneración y acción ceremonial entre los Ette.

  2. La división cósmica de las labores terrenales: interacción entre humanos y no humanos en los campos de cultivo ette

    revistatabularasa.org

    Documenta que los ette llaman gran verano a la gran estación seca y que la siembra principal ocurre entre marzo y abril, justo al final de ella, cuando hombres y mujeres se reúnen a repartir los gérmenes de una veintena de cultivos con decenas de variedades de maíz.

  3. Etnografía chimila

    publicaciones.icanh.gov.co

    Del mismo trabajo de campo que produjo los relatos: describe la horticultura, con roza y limpieza en trabajo común de los hombres y cosecha por familias, el predominio de yuca dulce y maíz, y un medio de pozos y cañadas que durante el corto verano no se secan, con una falta de agua potable tremenda.

  4. El motivo del gran árbol en las tradiciones chibchas

    revistas.unal.edu.co

    Reúne el testimonio de ancianos ette sobre la ceiba primordial como un mundo en miniatura que guardaba agua y semillas dentro del tallo, y explica que de su tala se derivan el origen del maíz, la dureza del trabajo agrícola y el pobre rendimiento de las cosechas.

  5. Entre la inconstancia y la incuria: la experiencia fallida de los pueblos de misión chimilas a finales del siglo XVIII en las llanuras del Caribe

    revistas.uniatlantico.edu.co

    Transcribe testimonios de 1778 y 1779 sobre los parajes asignados a los chimila: el visitador exige comprobar antes de fundar si el paraje tiene buenas aguas y terreno para las rozas, y denuncia uno tan árido que en verano no da agua sino a costa de gran trabajo.

  6. Los últimos indígenas chimilas

    publicaciones.banrepcultural.org

    Registro de las visitas de 1915 y 1920 al Ariguaní: los chimila vivían sobre todo del maíz y la yuca dulce, sembraban con coa en un bosque mal desmontado y el cultivo tenía apariencia muy miserable, con escasez de alimentos declarada.

Voces de la comunidad

Conversación

¿Así te la contaron?

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«La semilla guardada durante el gran verano» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «La semilla guardada durante el gran verano» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «La semilla guardada durante el gran verano» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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