En el inicio de los tiempos, cuando todo era oscuridad absoluta, el universo se acurrucaba bajo un manto de silencio profundo. No había estrellas en el firmamento ni susurros de viento entre las hojas, pues no existía árbol ni hoja alguna. El cosmos y la tierra, todavía en su crisol de creación, eran fríos y ajenos a la vida como la conocemos. En aquel vasto páramo de sombras reinaba la tristeza, y triste era también la tierra que aún no conocía la calidez de una caricia del sol. No había hombres ni mujeres; solo había espacio para la soledad, y en medio de esa solitaria vastedad se hallaba el dios Furnaminali, quien velaba los sueños apagados del universo.
Pero finalmente, movido por la inquietud de la soledad, Furnaminali deseó adornar la faz del universo con la belleza de la vida. Con un aliento de su voluntad, estalló en colores el cielo y en su vasta curvatura se encendieron estrellas, como si cada una fuera un susurro de esperanza en la oscuridad. Los astros cobraron ritmo y danza, mientras debajo de ellos, en la tierra fresca, empezó el murmullo de arroyos y ríos, pavimentando el camino a través de la nueva selva. Las plantas emergieron, agradecidas y generosas, con brotes de frutos que hablaban del ciclo interminable que sería la existencia. Las flores levantaron sus rostros al nuevo sol, coloreando la tierra con historias aún no contadas.
Pero donde ahora había luz y hermosura, Furnaminali sentía que su creación carecía de algo indispensable. Y en su mente surgió la idea de moldear a esos seres pequeños a su semejanza, a quienes en adelante se conocería como los Sikuani, los hombres del firmamento, hombres hormiga unidos por la “cultura del yopo,” una sabiduría que llegaba del cosmos y resonaba en sus corazones. Dedicó días y noches a su obra maestra, mas, al principio, solo logró crear siluetas vacías que ni respiraban ni se movían.
Sin embargo, el dios persistió. Con cada intento, la tierra se pobló un poco más, hasta que por fin, los hombres y mujeres comenzaron a andar, buscando rincones fértiles donde establecerse. Se encontraron en un llano bañado por múltiples ríos, un edén donde nada les faltaba. La tierra les ofrecía frutos, verdura, y plantas que, como un toque divino, proporcionaban lana para sus vestimentas. Con un clima siempre templado, donde el exceso de lluvia nunca oscurecía el horizonte ni la sequedad lo agrietaba, reinaba una armonía perfecta entre hombres y bestias.
Nadie conocía el dolor ni la muerte, ni el odio ni la ambición; eran extraños en ese paraíso terrenal que Furnaminali había diseñado con esmero. Pero a pesar de esta plenitud, las querellas y las discordias comenzaron a tejer un eco preocupante entre los Sikuani. Las semillas de rivalidades germinaron, y con ello el dios sintió un dolor profundo, un eco de pesar por la desviación de su creación.
Así, en un acto de enseñanza dura, Furnaminali convocó al hombre llamado Yoe y le ordenó construir una gran embarcación abastecida para él, su familia y todos los animales del mundo. "Te dejo esta tarea," dijo el dios. "Comenzarás una nueva vida porque voy a lavar la tierra con un diluvio que borrará el odio y la discordia."
Yoe cumplió con diligencia la orden divina, y cuando las grandes lluvias cayeron sobre el mundo, llenaron la vasta llanura con aguas sin fin. Durante una luna y casi otra, la embarcación de Yoe surcó las aguas, llevando a sus habitantes flotando entre cielos y mares. Finalmente, cuando Furnaminali lo consideró oportuno, las lluvias cesaron y el sol, como una caricia prometida, volvió al firmamento, disipando la humedad helada.
Los supervivientes desembarcaron en tierras ahora extrañamente silenciosas y comenzaron a buscar un nuevo hogar. Pero la inundación había despojado la tierra de su generosidad y no encontraron sustento para calmar su hambre. Fue entonces que en el ocaso de la desesperanza apareció Tsamani, un ser extraordinario nacido de un huevo en medio del diluvio, con hermanos y hermanas que compartían su origen único.
Tsamani, dotado de una sabiduría y generosidad infinitas, tomó como misión encontrar alimento para su pueblo. Con sus poderes concentrados, vislumbró una planta de yuca escondida en las profundidades de un pozo. Transformándose en un pájaro pescador, surcó los cielos hasta llegar donde el pozo se encontraba y, sumergiéndose en sus aguas, arrancó la yuca desde la raíz. Tras una lucha sinuosa con remolinos que intentaban retenerlo, Tsamani emergió, su victoria resplandeciendo en los ojos famélicos que le aguardaban.
De su mano, los Sikuani aprendieron a transformar la yuca en arepas, en masato, y en múltiples comidas que nutrirían sus cuerpos y sus espíritus. Se dice que al final de los tiempos, cuando las estrellas se apaguen y el último rayo del sol descanse, Furnaminali y Tsamani volverán a caminar por la tierra, envolviéndola de nuevo en un abrazo de sombras y tinieblas. Sin embargo, mientras la historia de aquella yuca se mantenga viva en sus relatos y memorias, jamás habrá hambre, ni entre ellos ni entre las generaciones por venir. Así fue la creación y así será siempre, un ciclo eterno de luz y oscuridad, del inicio y del retorno, hilvanado con la palabra viva de los Sikuani.
Historia
El mito de los orígenes según los Sikuani relata que al inicio de los tiempos, todo era oscuridad y no existían ni el cosmos ni la tierra como los conocemos. El único ser presente era el dios Furnaminali, quien, preocupado por la soledad, decidió crear vida y adornar el mundo con belleza. Creó el cielo, los astros, el agua, las plantas y los animales, transformando un paisaje desolador en uno colorido y abundante. A pesar de este esplendor, aún sentía que algo faltaba, y así creó a los humanos. Aunque inicialmente estos seres no tenían vida, Furnaminali persistió hasta poblar la Tierra con hombres y mujeres que vivieron en un territorio paradisíaco sin sufrimiento ni muerte.
Sin embargo, la armonía fue rota por rivalidades entre los humanos. Como castigo, Furnaminali decidió enviar un diluvio tras instruir a Yoe a construir una embarcación para salvarse junto a su familia y animales. Tras el diluvio, la tierra quedó desprovista de alimentos, y en este contexto apareció Tsamani, nacido de un huevo durante el diluvio, dotado de sabiduría y una poderosa fuerza espiritual. Tsamani encontró una mata de yuca en un pozo de agua, permitiendo a los sobrevivientes nuevamente tener alimento.
El mito concluye afirmando que en el final de los tiempos, Furnaminali y Tsamani regresarán a la Tierra, y todo volverá a ser como al principio, en oscuridad y tinieblas.
Versiones
La narración del mito Sikuani presentada se centra en la figura del dios creador, Furnaminali, y en el héroe cultural Tsamani, quienes juegan roles clave en la creación y el desarrollo de la vida en el mundo. La versión de este mito describe un proceso de creación ordenado, donde el dios Furnaminali desarrolla un mundo inicialmente carente de forma y vida, guiado por un deseo de soledad superada por la belleza y la convivencia armónica. Se enfatiza un periodo de perfección y abundancia que, sin embargo, se ve interrumpido por el descontento moral de Furnaminali ante las disputas humanas, llevando a un cataclismo tipo diluvio. Es notable que el relato incorpora elementos comunes de otras culturas, como el diluvio universal y la figura de un héroe que proporciona recursos post-crisis (en este caso, Tsamani recupera la yuca), reflejando una narrativa de fallos humanos corregidos a través de intervención divina y heroica.
En contrastar posibles versiones del mito, notaríamos cambios principalmente en la percepción del origen de la desarmonía y quién se convierte en el salvador de la humanidad. Por ejemplo, la introducción de Tsamani como figura que emerge de un huevo en plena adversidad puede variar en otras narrativas donde se representen diferentes héroes o incluso un enfoque menos antropomórfico y más naturista en la solución a la crisis provocada por el diluvio. La relevancia de la yuca y la sustentabilidad podría también ser retratada en otras versiones con alimentos diferentes o enfoques que simbolicen la permanencia en armonía con la naturaleza. En esencia, las variaciones de este mito estarían contorneadas por las interpretaciones culturales específicas de los Sikuani, y cómo diferentes contextos podrían alterar las figuras y elementos simbólicos de la creación y el renacimiento tras la calamidad.
Lección
La armonía y la convivencia son esenciales para la prosperidad.
Similitudes
Se asemeja al mito del diluvio universal presente en la mitología mesopotámica y bíblica.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



