La enfermedad después de la guerra

Caribe · Ette Ennaka (Chimila)

La enfermedad después de la guerra

El cacique del Gran Río anuncia que cada muerte causada en el ataque volverá como enfermedad contra un hombre o un niño Ette.

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El relato

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Un día dijeron los hombres: «¡Vámonos a matar la gente del Gran Río!». Se fueron todos y llevaron mucha flecha y macana.

El cacique de los indios del Gran Río oyó eso. Entonces dijo: «Por cada hombre que maten los Ette aquí, les va a morir uno de los suyos de enfermedad, y por cada niño que ellos maten aquí, va a morir uno de sus niños».

No dijo cuándo, ni de qué enfermedad, ni a quiénes les iba a tocar. Dijo la cuenta.

Así fue. Cuando volvieron de la guerra, muchos se murieron de enfermedad, hombres y niños.

La enfermedad después de la guerra: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Quien va a matar lejos regresa con la cuenta abierta y la paga en su propia casa.”

Territorio

Caribe · Ette Ennaka (Chimila)

Caribe · Ette Ennaka (Chimila)

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Ette Ennaka (Chimila)
Referencia
10.0356° · -74.2147°

Ficha del relato

Contexto histórico

Es el número dieciséis de los veintiún relatos publicados por Gerardo Reichel-Dolmatoff en 1945 y narrados por el cacique Tangrutaya Mutsu de noche, en su hamaca, en un castellano a veces confuso y sólo ante hombres. Ocupa noventa palabras, y es de los textos más breves del corpus. En esas noventa palabras no se dice por qué salió la expedición, ni qué pueblo es la gente del Gran Río, ni qué enfermedad fue, ni cuántos murieron.

El recopilador le puso encima su hipótesis. En la nota comparativa escribe que en este cuento de la guerra contra los indios del Gran Río, probablemente el río Magdalena, se trata seguramente de la memoria de una gran epidemia atribuida a la fuerza mágica del cacique enemigo. Las dos cautelas son suyas y conviene conservarlas: probablemente y seguramente. Ni el río ni la epidemia están en el texto del narrador.

Su propia etnografía de 1946 complica además un detalle de cargo. Entre los chimila es al shamán, y no al cacique, a quien le corresponde ahuyentar las enfermedades y conjurar maldiciones y toda clase de desgracias sobre los enemigos; las funciones que allí describe del cacique son sacerdotales, ligadas a la siembra, la cosecha, la iniciación y el entierro. El relato pone el oficio del shamán en boca de un cacique. En esa misma monografía anota que el cacicazgo podía ser desempeñado por un hombre o por una mujer, que encontró varias mujeres cacicas, y que las poblaciones con cacique masculino estaban en regiones aisladas y peligrosas, donde el hombre parecía haber asumido la posición por su calidad de jefe de los guerreros. También registra el armamento que el relato nombra: el arco, la flecha y la macana de guerra, atributo exclusivo de los guerreros.

El enlace entre guerra y enfermedad está documentado fuera del relato, aunque no para este episodio. Marcela Quiroga Zuluaga muestra con archivo que desde 1763 la Corona dejó las incursiones esporádicas y emprendió una guerra ofensiva contra los chimila como enemigos internos, y que las parcialidades depusieron las armas no sólo por la presión militar sino también por las epidemias que las azotaban; un informe de 1786 dice que de los siete pueblos fundados, donde habitaban más de mil personas, sólo quedaban tres, con trescientas seis almas, por los muchos que murieron de la última peste de viruelas y por los que andaban fugitivos. Gustaf Bolinder, que viajó por el Ariguaní entre 1914 y 1920, encontró sólo siete personas donde las chozas indicaban más habitantes y anotó que tal vez los otros habían muerto en epidemias de sarampión o de gripa, brotes que el año anterior habían causado muchas víctimas en el Magdalena. Ninguno de esos datos fecha el relato ni identifica su río.

Resonancias con otros mitos

El relato muisca de Chibchacum pone en escena otro daño colectivo anunciado desde arriba. Cuando los suyos murmuraron de él, Chibchacum trajo dos ríos sobre la sabana de Bacatá; el agua cubrió los surcos, apagó los fuegos de los plateros y subió alrededor de las casas, y la gente se refugió en las alturas a ver hundirse su sustento. La diferencia está en quién manda y quién repara: allí el castigo viene de una deidad del propio pueblo y otra lo revierte abriendo las peñas del Tequendama, y hasta queda légamo fértil sobre los campos. En el relato ette el anuncio viene de la autoridad del pueblo atacado, se cumple contando uno por uno y nadie lo revierte.

El relato wayuu de Umaralá trabaja la enfermedad desde el otro extremo. Durante una epidemia un muchacho enferma de gravedad y su tía, una piache reconocida, canta junto al chinchorro, mueve la maraca para llamar a sus auxiliares, comprende que la vida del sobrino exige una pérdida y entrega la suya. Allí la enfermedad tiene nombre, se le puede cantar y se paga con una vida por otra, mediada por alguien que sabe hacerlo. En el relato ette la correspondencia queda dicha de antemano por un enemigo y no hay quien la medie ni quien la cante.

Lo que distingue a este relato de los dos es la aritmética. No es una calamidad que cae sobre un pueblo entero, ni un intercambio de una vida por una vida: es una cuenta abierta antes de la guerra, hombre por hombre y niño por niño, que se cobra después y en el otro lado.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. No hay más de una versión documentada de este relato. Con esas palabras: una sola, de noventa palabras, recogida de un solo narrador y reeditada después sin nuevo testimonio. Tener un único testimonio tan breve significa que casi todo lo que quisiéramos saber queda fuera: no sabemos si el ataque tuvo éxito, ni cuánto tiempo pasó entre el regreso y las muertes, ni si la gente del Gran Río sufrió también.

  2. El único otro marco bélico del corpus está en el relato cuarto, sobre las primeras guerras, donde se dice que en esta tierra vivían antes los aruacos, que dejaron las piedras de moler y fueron sacados con guerra, y que con los karibí hubo mucha guerra porque donde hay karibí los chimila no pueden vivir, y que ahora ya son amigos desde que llegaron los blancos. La gente del Gran Río no se identifica allí con ninguno de los dos. Son dos relatos de guerra que no se tocan.

  3. La etnografía reciente sitúa la guerra en otro plano. Juan Camilo Niño Vargas registra en 2014 que varios mitos cuentan cómo la tierra estuvo habitada por dos pueblos belicosos, los ette chorida y los waacha chorida, y que la dureza con que se describen esos enfrentamientos sólo es comparable con los testimonios documentales del siglo XVIII; y contrasta ese mundo con el firmamento, habitado por seres libres de todo mal corporal, incluidas la enfermedad y la muerte. No es la expedición contra el Gran Río y no aparece allí ninguna correspondencia entre muertos y enfermos.

  4. El relato se narra con el nombre que usa el impreso de 1945, chimila, porque la correspondencia que anuncia el cacique enemigo está dicha en esos términos. Las fuentes contemporáneas y el propio pueblo prefieren Ette Ennaka, y ese es el nombre que usan las demás capas de esta página.

  5. Esta revisión cambió el título visible, que antes reducía el episodio a una maldición, y sacó de la narración el comentario sobre la ficha antigua y sobre la propia corrección. Conserva la equivalencia uno a uno tal como está dicha y no la traduce a diagnóstico epidemiológico.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Ette Ennaka (Chimila) · Magdalena · Caribe
Referencias
8
Última revisión
17 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y cuentos de los indios Chimila

    publicaciones.icanh.gov.co

    Publica los veintiún relatos del corpus histórico y atribuye su narración al cacique Tangrutaya Mutsu, registrada en castellano durante trabajo etnográfico.

  2. El sol babea jugo de piña: antología de las literaturas indígenas del Atlántico, el Pacífico y la Serranía del Perijá

    babel.banrepcultural.org

    Reedita y contextualiza literatura Ette dentro de una antología nacional, identifica las traducciones y remite a las fuentes etnográficas usadas.

  3. Ciclos de destrucción y regeneración: experiencia histórica entre los ette del norte de Colombia

    journals.openedition.org

    Estudia cómo sueños, memoria histórica, Yunari y la quinta tierra articulan ciclos de destrucción, regeneración y acción ceremonial entre los Ette.

Contraste y contexto · 5 referencias

  1. Entre la inconstancia y la incuria: la experiencia fallida de los pueblos de misión chimilas a finales del siglo XVIII en las llanuras del Caribe

    revistas.uniatlantico.edu.co

    Documenta con archivo el mismo enlace que anuda el cuento, guerra y enfermedad: los chimila depusieron las armas no sólo por la presión militar sino también por las epidemias que los azotaban, con brotes repetidos de viruela y cerca del setenta por ciento de la población desaparecida entre fugas y enfermedad.

  2. Etnografía chimila

    publicaciones.icanh.gov.co

    Registra el armamento de la expedición del cuento, arco, flecha y macana de guerra, y sobre todo que entre los chimila le corresponde al shamán ahuyentar las enfermedades y conjurar maldiciones y desgracias sobre los enemigos: el oficio exacto que el relato pone en boca del cacique del Gran Río.

  3. El tejido del cosmos: tiempo, espacio y arte de la hamaca entre los ette (chimila)

    journals.openedition.org

    Sitúa la guerra dentro del relato de origen ette, con los enfrentamientos entre ette chorida y waacha chorida en las narraciones de creación, y contrasta ese mundo con el firmamento, habitado por seres libres de todo mal corporal, incluidas la enfermedad y la muerte.

  4. Los últimos indígenas chimilas

    publicaciones.banrepcultural.org

    Da un testimonio directo del vínculo entre población chimila y epidemia: al hallar sólo siete personas donde las chozas indicaban más habitantes, el viajero anota que tal vez los otros habían muerto en epidemias de sarampión o de gripa, brotes que el año anterior habían causado muchas víctimas en el Magdalena.

  5. El legado del último kraanti: obituario al líder ette Samuel Sánchez

    revistas.icanh.gov.co

    Explica el peso que tiene la palabra del cacique en el relato: kraanti, el término que los ette traducen como cacique, nombra a los ancianos encargados de impedir que el cielo se desplome y de mantener en equilibrio el conjunto cósmico.

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«La enfermedad después de la guerra» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «La enfermedad después de la guerra» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «La enfermedad después de la guerra» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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