En un rincón escondido de Paz de Aríporo, donde los ríos Aríporo y Tate se abrazan para compartir sus nevadas historias, las palabras se entrelazan en el viento, trayendo consigo cuentos de magia y carcajadas. Allí, en la finca cubierta por el manto del tiempo, llegó arrastrando los pies un hombre cuya historia era un eco de sueños entremezclados con la realidad. Era don Agapito, un nombre pesado con el peso de pecados nunca confesados y, según susurros de los guaduales, perseguido por la justicia por crímenes inciertos.
—Necesito remedios para un dolor que se esconde en mi garganta como un pájaro asustado —dijo, y su voz se deslizó como una sombra al oído del dueño de la finca.
—Te traeré los remedios del pueblo —respondió el hacendado, en un tono que el viento se llevó, como si nunca se hubiera pronunciado.
Al día siguiente, cuando la niebla aún jugaba a esconderse entre los maizales, don Agapito aguardaba en el portón. Recibió las medicinas con la devoción de un alma perdida que roza la redención, y habló de un célebre curandero llamado Piriachi, habitante de las sombras cerca de San Luis de Palenque, el mismo que había revivido al gran hacendado don Lisandro vaciando sobre él ríos de leche de higuerón y cántaros de brandy, bañándolo en espuma de misterioso jabón mientras lo envolvía en palabras de lenguas antiguas.
Las leyendas narraban que el réplica de un cocodrilo latía en las entrañas de don Lisandro, haciéndolo volar entre estados de vigilia y desmayo, hasta que don Abelardo lo devolvió a la vida a cambio de diez espléndidos toros de marfil en edad de florecer, sus cuernos resonando como trompetas en un amanecer despejado.
Don Agapito, cautivado por tales prodigios, repitió al viento que iría al brujo, hablando de vecinos envidiosos que manejaban la brujería con dedos de sombra, susurros que incomodaban al día. Cierto era, según las habladurías, que su cuerpo se inclinaba más cada día como un árbol vencido por el viento y que disparaba su revólver a cualquier cosa que perturbara su paz. El destino iría a encontrarse con él en una noche de luna triste, cuando identificado al que creía ser su enemigo, descargó el metal fatal que le llevó al fin del camino, muriendo poco después, no por el plomo, sino por un fuego ardiente que no era sino el cáncer que llevaba dentro.
Mas las aguas del destino seguían su curso, y yo, el dueño de aquella finca septentrional, viajé hacia el corazón de la comarca, San Luis de Palenque, acompañado por los hermanos Ortega, dueños de Las Tigras. Allí, en la confluencia de tiempos de paz y espaldas partidas por el machete del conflicto, nos recibió un halo de celebridad. La hija del Presidente, con planes de bienestar y un río de monedas, dispersaba la esperanza como simiente al viento.
En ese mar de calor humano y promesas efímeras, una invitación a celebrar nos llevó a la vereda de Maporal del Pauto. El festejo, llamado Los angelitos, era un torrente de música y danzas, un homenaje a los campos santos de la inocencia perdida, donde se honraba la memoria de los más pequeños con el tintineo de maracas y tiples.
Se había cimentado una leyenda de la resistencia, donde el sol nacía y moría al ritmo de los pies danzantes, mientras las hayacas, carne y recuerdos envueltos en hojas de plátano, llenaban los estómagos y avivaban los corazones. El guarapo, fermento dorado y alegremente embriagante, se derramaba como agua bendita, e iluminaba las almas como faroles flotantes en la noche llanera.
Allí conocí al célebre Abelardo Piriachi, figura de luces y sombras, quien con gestos toscos desmentía el halo mágico de las habladurías. Sin embargo, en sus palabras y susurros se entreveían riquezas ocultas con las que había sanado y destruido por igual. Y la bruma de comentarios danzaba entre las gentes, describiendo cómo, antaño, intentó salvar a un niño utilizando métodos que parecían apropiados más para un trauma que para la vida.
Piriachi, conocido por levantar a los enfermos del lecho de niebla, buscó en mí una figura misteriosa, y con su petición de un trago trazó un hilo invisible entre ambos. Pero las palabras que salieron de mi boca lo trasladaron a un miedo atávico: ‘Mata Jugando’, lo llamé, un juego cruel de mi invención para contener en olas de un río difuso al hombre que decía sanar a los hombres. A Abelardo lo seguí entre renglones de tristeza y lo até bajo el cielo de la vereda del Mangal, permitiendo que escuchase la llegada de un juicio que no habría de cumplirse. Apenas el sol cruzó sus ojos escocidos, libertado por su desesperación, alcanzó las aguas del río.
Abelardo desapareció como la espuma blanca de la mañana al sol, mas como todos los cuentos, regresó al día siguiente, temeroso y quebrantado, en busca de su mula y aquel sensato niño, cargando un mensaje de arrepentimiento. En la placenta de los campos y la cadencia de las fiestas, circuló el rumor de Piriachi, sin magia pero cargado de memorias.
El mito de Abelardo Piriachi y su danza con la ciencia y la superstición subsiste como la marea que lame la tierra, revelando en el reflejo de un río las caras de don Agapito, de don Lisandro y de tantos otros, ligados indisolublemente a los cuentos y murmullos de aquellos paisajes llaneros donde las plantas, las canciones y las estrellas se embriagan cada noche, creando un coro de realismo mágico que resuena en el corazón de quienes saben escuchar.
Historia
Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.
Versiones
El relato parece ser una única versión extensa de un mito, con detalles y subtramas entrelazadas, ambientada en el contexto de una comunidad llanera. La narrativa principal se centra en dos historias de brujería relacionadas con dos individuos que buscan curación mediante métodos tradicionales y las consecuencias que esos encuentros con los brujos tienen en sus vidas. La figura del brujo, don Abelardo Piriachi, se presenta inicialmente con un halo de misticismo y poder sobrenatural, capaz de realizar curaciones que desafían la lógica médica. En el relato del primer enfermo, don Lisandro, se ilustra un tratamiento que, interpretado por el narrador como un engaño, resulta útil debido a las propiedades purgantes de los ingredientes usados, mostrando un equilibrio entre creencias tradicionales y explicaciones racionales.
La historia de don Agapito y su trágico desenlace introduce un giro violento marcado por suspicacias y la búsqueda de culpables bajo la percepción de brujería, culminando en un asesinato y su misma muerte debido a causas naturales erroneamente combatidas. En la continuidad narrativa, la figura del narrador como "Niño Mentiroso" (o Mata jugando) y su encuentro con el brujo en un baile, refleja la permeabilidad de los mitos en la vida social de la comunidad, donde la identidad y experiencias personales se mezclan con el folclore y la representación de lo inusual, acentuando a la vez el escepticismo y el poder intimidante del conocimiento sobrenatural. En esencia, esta versión del mito encapsula las tensiones entre creencias populares, medicina tradicional y justicia llanera.
Lección
La búsqueda de soluciones mágicas puede llevar a consecuencias inesperadas.
Similitudes
Este mito se asemeja a las historias de chamanes en la mitología nórdica y a los cuentos de curanderos en la mitología africana.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



