El ánima Coy

Andina · Mestizo

El ánima Coy

El romance de Benedicta Rovira recorre San Antonio entre lamentos y pide oraciones por Rosario, dentro de una acusación poética.

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El relato

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Los miércoles y los sábados, a la medianoche, cuando suenan las campanas de la iglesia de San Antonio, sale por las calles del pueblo el ánima de Benedicta Rovira.

Va envuelta en una túnica de llamas que arde sin consumirla, y lleva en la mano una antorcha, la única luz que la alumbra. Camina con un vaivén extraño, como si flotara. Tiene la cara transparente y dolorida, y mientras avanza murmura oraciones que se le van volviendo suspiros largos.

Los vecinos aprendieron a reconocer sus lamentos entre todos los ruidos de la noche. Don Policarpo Avendaño era siempre el primero en advertir que venía, porque sus pasos sonaban como cascos de mula. «Es ella, sin duda», decía, pálido. «Es Benedicta».

Las señoras devotas, con las puertas bien cerradas, rezan credos y salves mientras pasa, aunque más de una quisiera asomarse a verla. Hay noches en que Benedicta pasa brincando, como un chulo o un cabro. Otras arrastra los pies, como si cargara el peso de sus culpas.

La desgracia ocurrió hace veinte años. En un arranque de locura y de terror, Benedicta echó a su hija, la pequeña Rosario, al pozo que en tiempos de sequía había sido su única salvación. Desde entonces anda por las calles suplicando a las almas piadosas que la ayuden. «Ayúdenme», grita entre alaridos. «Ayúdenme a rogar por mi Rosario, mi niña. Ayúdenme a salir de los infiernos, donde mi pena no tiene fin». Pide oraciones, y pide limosnas que le alivien la condena.

Por donde pasa queda un olor espeso a azufre, una bruma agria que se le pega a la piel a quien se atreve a mirarla desde detrás de las cortinas. Los serenos hacen la ronda con sus bastones, y los hombres más valientes han intentado salirle al paso, pero nadie ha podido quitarle al pueblo el miedo que siembra.

Y así, cada miércoles y cada sábado, a la medianoche, el pueblo la vuelve a oír pasar.

El ánima Coy: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Una culpa que nadie ayuda a reparar sigue caminando de noche, aunque pasen muchos años.”

Territorio

Andina · Mestizo

Andina · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
6° · -73°

Ficha del relato

Contexto histórico

El ánima Coy no tiene un registro publicado que pueda consultarse. Se la vincula con el cronista piedecuestano Vicente Arenas Mantilla y con su libro «Crónicas y romances», que Ediciones UIS reeditó en 2012 en la Biblioteca Mínima Santandereana. Pero el sumario que publica la editorial, quince piezas de costumbres, no incluye ningún romance del ánima Coy, y el catálogo de la editorial advierte que no está disponible ni se puede descargar. La otra obra conocida de Arenas, «Estampas de mi tierra» (1941), tampoco se ha podido consultar. Fuera de una nota de prensa digital de 2019 que asocia el título con Arenas, el relato no aparece escrito en ninguna parte.

El motivo, en cambio, tiene registro en Santander. Juan de Dios Arias anotó en «Folclor santandereano» (1954) que en algunas comarcas del departamento el grito nocturno del mochuelo se atribuye también a la Llorona, «mujer salvaje que recorre de noche las quebradas y riachuelos en busca de un hijo que ella misma ahogó». La madre que mata a su criatura en el agua y queda condenada a vagar de noche es el núcleo de la historia de Benedicta.

Javier Ocampo López («El pueblo boyacense y su folclor», 1977) describe la Llorona de los campos de Boyacá como una mujer de largas vestiduras y rostro de calavera que lleva en brazos un niño muerto. En el mismo capítulo recoge el toque de ánimas de San Francisco de Tunja: un sacerdote muerto, alma en pena, que se aparecía en el altar hasta que un lego se atrevió a ayudarlo, y que pedía a la comunidad que comulgara por su redención. Es la otra mitad del relato: el ánima que necesita de los vivos para salir de penas.

El libro «Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano» (El Tiempo, 2004), que se declara recopilación de documentos imaginarios, dedica a la Llorona una ficha técnica que la sitúa en todos los pueblos y campos del país, con hábitat en ríos, quebradas y pozos profundos.

Resonancias con otros mitos

La pariente más próxima es la Llorona. Arias la registra en Santander como la madre que ahogó a su hijo y recorre de noche las quebradas. En México, donde la tradición es más antigua y más estudiada, la Llorona es el espectro de una mujer que mató a sus hijos en el agua y los llora por las noches. Benedicta comparte el crimen, la hija echada al pozo, y la condena nocturna, pero no el llanto por la criatura perdida: su súplica es por su propia salvación y por el alma de Rosario.

El segundo paralelo es el ánima en pena de la tradición católica, que Ocampo López encuentra en la Tunja del siglo XIX: un sacerdote muerto que aparece en el altar de San Francisco y necesita que los frailes comulguen por él. Como ese sacerdote, Benedicta depende de los vivos para salir del castigo, y su aparición tiene hora y lugar fijos.

Lo propio de Piedecuesta es la mezcla: la madre filicida de la Llorona, vestida con los signos del condenado, fuego, azufre y cascos de mula, y convertida en ánima que pide oraciones y limosnas por las calles.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. La Benedicta de Piedecuesta se aparta de la Llorona común en varios puntos. La Llorona que anota Arias recorre quebradas y riachuelos buscando al hijo que ahogó; la de Ocampo López lleva al niño muerto en los brazos. Benedicta no busca a Rosario: sabe dónde está y pide que recen por ella. No anda por los ríos sino por las calles del pueblo, y no en cualquier noche sino los miércoles y los sábados, al toque de medianoche de una iglesia con nombre propio.

  2. Su figura también es otra. La Llorona de las descripciones regionales es una mujer desgreñada, de vestido largo y sucio y rostro de calavera. Benedicta viste una túnica de llamas, lleva antorcha, huele a azufre y suena a cascos de mula: los signos del condenado del infierno, no los del alma que vaga junto al agua.

  3. Por eso el relato se acerca más al ánima en pena que pide sufragios que a la Llorona. En la leyenda tunjana que recoge Ocampo López, el alma se aparece en el altar hasta que alguien se atreve a ayudarla, y entonces descansa. En Piedecuesta nadie la ayuda: las devotas rezan con la puerta cerrada, los serenos hacen ronda, los valientes no consiguen nada, y el ánima vuelve dos veces por semana.

  4. El apodo de Coy, que da título al relato, no se explica en ninguna parte de la historia.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Santander · Andina
Referencias
6
Última revisión
22 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Crónicas y romances (ficha de catálogo de Ediciones UIS, Biblioteca Mínima Santandereana)

    ediciones.uis.edu.co

    Es la obra a la que se atribuye el ánima Coy: crónicas y romances de un piedecuestano, reeditados por la Universidad Industrial de Santander con ISBN 978-958-8777-15-3. La ficha publica el sumario completo, quince piezas de costumbres de Piedecuesta y Bucaramanga.

  2. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II, sección 19: Juan de Dios Arias, «Folclor santandereano» (1954), «La Mancarita», nota 5, folio 142

    flacso.edu.ec

    Es el único registro santandereano del motivo central: en algunas comarcas del departamento el grito del mochuelo se atribuye a la Llorona, «mujer salvaje que recorre de noche las quebradas y riachuelos en busca de un hijo que ella misma ahogó». Documenta en Santander a la madre filicida condenada a vagar de noche.

  3. El pueblo boyacense y su folclor, cap. 8 «Mitos, leyendas y creencias populares en Boyacá», pp. 121-123 («La Llorona» y «El toque de las ánimas»)

    babel.banrepcultural.org

    Da las dos piezas que el relato junta: la Llorona boyacense, mujer de largas vestiduras y rostro de calavera con un niño muerto en brazos, y el toque de ánimas de San Francisco de Tunja, donde un sacerdote muerto aparece en el altar hasta que alguien lo ayuda y pide a la comunidad que comulgue por su redención.

Contraste y contexto · 3 referencias

  1. Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano, «La Llorona» (pp. 3-4) y «El ánima sola» (pp. 53-54)

    archive.org

    Su ficha técnica de la Llorona la da por presente en todos los pueblos y campos colombianos, con hábitat en ríos, quebradas y pozos profundos, figura de mujer de vestido largo y sucio y rostro de calavera. Sirve para contrastar la iconografía común de la Llorona con la túnica de llamas de Benedicta.

  2. La Llorona

    es.wikipedia.org

    Resume la tradición hispanoamericana de la Llorona, con su centro en México: el espectro de una mujer que mató a sus hijos ahogándolos y los llora por las noches. Es el paralelo continental de Benedicta, que echó a su hija al pozo y vaga de noche.

  3. Piedecuesta: historia, datos generales, economía (página municipal del Área Metropolitana de Bucaramanga)

    amb.gov.co

    Da el marco del pueblo al que se atribuye el relato: el origen del nombre en el paraje del «Pie de la Cuesta», lugar de parada de arrieros y viajeros hacia Pamplona y el Socorro, y su reconocimiento como Villa de Piedecuesta en 1825.

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«El ánima Coy» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

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Todavía nadie ha dejado la suya. «El ánima Coy» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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