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Creación

El mito describe la creación del hombre y su organización en la Tierra, vinculada con elementos celestiales y naturales.

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Ilustración de Creación

En tiempos remotos, cuando la tierra pertenecía solo al reino de los animales y el silencio era la música del mundo, un fenómeno sin precedentes sacudió la selva con su esplendor ensordecedor. Al caer el crepúsculo, el cielo comenzó a retumbar con un crujido profundo que fue creciendo hasta que, de repente, un rayo de una fuerza inexplicable rasgó el firmamento. La herida celestial sangró en un torrente escarlata que fluía con la pureza de aquellas antiguas sangrías que la tierra ya no recordaba.

El relámpago, con su hilo de luz etérea, absorbió la sangre como un amante ansioso, y su calor abrasador la secó en una danza de fuegos crepitantes. Lo que alguna vez había sido líquido vital se transformó en una costra seca, una cáscara fragante que el cielo arrojó a la selva al compás de un viento susurrante.

Al romper el alba, esos pedazos de costra celeste se desmoronaron sobre las copas de los árboles y el suelo cubierto de hojas. Cada fragmento, al romperse, liberó una nueva forma de vida. Así, el primer hombre apareció en la tierra, no concebido desde vientres ni moldeado por manos divinas, sino nacido de la unión de la sangre del cielo y el fuego del rayo.

Los hombres, jóvenes como la neblina que despertaba con el sol, se observaron unos a otros, embelesados por la novedad indescifrable de su propia existencia. Jamás se habían visto, jamás habían sentido el roce del aire en la piel, pero poco a poco comenzaron a encontrarse, hilando con tímidas palabras la tela de una comunidad primigenia. La noche los acogió en el seno de una cueva espaciosa, un vientre en la tierra donde meditaron sobre su propio ser y aguardaron a que el universo los nombrara.

Con el amanecer, la luz del sol, un disco dorado más antiguo que los recuerdos del suelo, iluminó sus rostros y les mostró un mundo vibrante y nuevo. A medida que caminaban, despidiendo el rocío con cada paso, un cansancio dulce y voraz comenzó a apoderarse de ellos, seguido por la opresión del hambre, una suerte de eco del vacío plasmado en sus cuerpos nuevos.

Reposaron bajo la espesura de los árboles, donde el zumbido suave de las hojas les susurraba secretos. Fue en ese instante cuando uno de ellos alzó la vista y contempló un espectáculo de esplendor simple pero revelador: aves de mil colores revoloteaban entre las ramas, picoteando los frutos dorados y carnosos que pendían, indulgentes, de los árboles.

Animado por la visión, el hombre se levantó con un grito que rasgó la tranquilidad de la tarde. Él, emocionado y palpitante, señaló el festín del cielo en los árboles; los demás hombres, atrapados por la comprensión repentina, subieron con agilidad para recoger lo que los pájaros les habían mostrado: mangos brillantes, jugosos, cuyas primeras mordidas saturaron el aire con la promesa de la saciedad. La alegría simple del descubrimiento se propagó entre ellos, uniéndolos con la complicidad de una danza antigua.

Los días avanzaron como un río de aguas continuas, y los hombres, veloces para aprender lo que su entorno les ofrecía, comenzaron a identificar plantas y frutos, a distinguir lo que les resultaba útil y lo que debían evitar. Entre ellos surgió un líder natural al que llamaron Boupé. A través de él, la organización adquirió forma, y así las tierras fueron repartidas con la justicia que sólo la inocencia podía concebir.

Bajo la guía perspicaz de Boupé, conocieron el arte de la caza, fabricaron arcos y flechas, se dispusieron a cocinar y a saborear las carnes sobre el fuego vivaz, a cultivar y a nutrir la tierra que les ofrecía sus dones. Aprendieron a bañarse en las frescas aguas de los ríos que serpenteaban por la selva, reconociendo en el líquido el mismo origen que latía en sus venas.

Con la llegada de la segunda noche en sus precarias existencias, Daimú, la diosa del sueño, descendió silenciosamente sobre ellos, peinando el viento con sus dedos invisibles. Descendió con el sigilo de una sombra, cerrando sus párpados con el descenso sereno de las hojas al caer, y así les enseñó la calma apacible del descanso. Por primera vez, los hombres probaron el balsámico poder del sueño y el vasto universo de los sueños, universos paralelos donde cada estrella y cada río eran al mismo tiempo reales e imaginados.

Y así, los hombres iniciaron su vida sobre la tierra, nacidos del choque entre el cielo y la tormenta, hilvanando su existencia a través de las enseñanzas de la naturaleza y los murmullos del espíritu, forjando un mundo que nunca dejaría de transformarse bajo sus pasos. En esa simbiosis mágica, comprendieron que eran tanto hijos del trueno como hermanos de la tierra, destinados a caminar entre lo mágico y lo real en un mundo que latía al compás de leyendas inquebrantables.

Historia

El mito relata que hace muchos años, en la Tierra solo vivían los animales. Un día, un ruido ensordecedor de truenos y un rayo que partió el cielo marcaron el inicio de algo extraordinario. De la herida en el cielo brotó sangre, que fue absorbida y secada por el calor del rayo. La sangre, al secarse, se convirtió en costra, y al caer en la selva, se rompió en pedazos; cada fragmento se transformó en un hombre. Inicialmente, los hombres se miraron extrañados, pero eventualmente se relacionaron y decidieron permanecer juntos en una cueva. Al amanecer, salieron a explorar y sintieron cansancio y hambre. Observando a los pájaros comer frutos de los árboles, aprendieron a hacer lo mismo y hallaron alegría en ello. Con el tiempo, comenzaron a distinguir qué podían comer y nombraron a su primer jefe, Boupé, quien les enseñó a vivir en comunidad, cazar, cocinar carnes, cultivar y bañarse. Daimú, la diosa del sueño, les enseñó a dormir y descansar. Así se originó el hombre y su organización en la Tierra.

Versiones

El mito presentado describe la creación del hombre y su organización en la Tierra, con una construcción narrativa que resalta elementos sobrenaturales y una evolución cultural progresiva. En esta única versión se observa una particular manera de explicar el origen de la humanidad vinculada con elementos celestiales y naturales. El relato comienza con una serie de acontecimientos extraordinarios: un rayo que parte el cielo y permite que la sangre celestial se transforme en seres humanos al contacto con la tierra. Este proceso de creación utiliza imágenes visuales fuertes, como la sangre que se convierte en costra y luego en humanos, para enfatizar una conexión entre lo divino y lo terrenal.

La versión también se centra en la evolución social y la adaptación cultural de estos primeros hombres. A medida que los humanos comienzan a explorar su entorno, pasan de la ignorancia inicial sobre cómo sobrevivir, simbolizado por su aprendizaje de alimentos observando a los pájaros, hasta la formación de una estructura social bajo el liderazgo de Boupé. La transición de un estado de necesidad primaria a un estado de organización social indica un enfoque en la institucionalización del conocimiento y la cooperación comunitaria, destacando acciones como la repartición de tierras y prácticas como la caza y la agricultura. La aparición de Daimú, la diosa del sueño, introduce un elemento de divina intervención final que proporciona el don del descanso, completando así una narrativa de humanización que conecta los elementos espirituales iniciales con una estructura social organizada y consciente.

Lección

La humanidad nace de la unión de lo celestial y lo terrenal.

Similitudes

Se asemeja al mito griego de Prometeo por el uso del fuego y al mito nórdico de la creación de los hombres a partir de elementos naturales.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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