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La gran inundación

El relato de los Makaguanes muestra cómo las acciones divinas afectan la humanidad, destacando el cambio cultural tras el cataclismo.

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Ilustración de La gran inundación

En el mundo de antiguas selvas donde lo humano y lo divino se entrelazaban con hilos invisibles, habitaban los Makaguanes, un pueblo que prosperaba bajo el verdor interminable. Con el pasar de los tiempos, los Makaguanes se multiplicaron y sus generaciones se tejieron como las raíces que penetran profundo en la tierra virgen.

Desde el más allá, donde las nubes solo son una escalinata hacia dominios celestiales, el padre Tacu, guardián y creador, observaba con una mirada tan profunda como vasta. En un gesto de amor y vigilancia, envió a la tierra un ser especial, un Wiri, el perro celestial con un collar de oro que relucía bajo la luz del sol, como una pequeña estrella en la profundidad de la jungla. El Wiri traía consigo la esencia de lo divino, el susurro de la sabiduría de Tacu.

Una familia Makaguan encontró al Wiri perdido en su camino, y viéndolo como un regalo de los cielos, lo llevaron a su choza, ofreciéndole alimentos sagrados de las cosechas bendecidas. Sin embargo, el Wiri, con ojos serenos que reflejaban los secretos de los ancestros, no probó bocado alguno. Su misión no era comer, sino observar, comprender la vibración de la tierra y los latidos de su gente.

Un día, mientras los Makaguanes trabajaban en el conuco, decidió el destino que al derribar una palma gigante para elaborar vino, esta cayera con un crujido que resonó como un trueno, sepultando al Wiri y apagando el fulgor dorado de su collar. El silencio cayó sobre la selva como un manto pesado; los Makaguanes, atónitos, sintieron que el aire se había detenido.

Desde su trono entre las estrellas, Tacu, al ver el destino trágico del Wiri, decidió intervenir de nuevo. Envió una ardita, una ardilla de poderes extraordinarios, que en un aleteo celestial derribó árboles y montañas en un instante, transformando el paisaje con el aliento de un vendaval. Luego, el cielo se cerró con ceño tormentoso y una lluvia inmisericorde azotó la tierra, cayendo sin descanso como un llanto interminable.

Los Makaguanes, en su desespero, intentaron apaciguar la lluvia con cánticos y súplicas, pero la ira de Tacu era un río incesante que solo obedecía a su fuente. Sin embargo, entre la tempestad, un valeroso guerrero de la tribu junto a su fiel compañera encontró refugio en el monte que la ardita no había logrado abatir. Allí resistieron, envueltos en la bruma, mientras la gran inundación reclamaba a los vivientes, hasta que, finalmente, la lluvia cedió su dominio y las aguas comenzaron a retirarse, exhaustas por su propia furia.

Tacu, movido por una mezcla de desapego y conmoción, llamó a la paloma mensajera para que descendiera a la tierra y verificara si las aguas habían retrocedido por completo. Al tiempo, envió un cangrejo gigante, cuyos pinzas relucían como el carmesí del amanecer, encargado de recoger los huesos de los caídos. El cangrejo se movía al compás de un tambor cuyo eco resonante narraba la historia de fin y renacimiento, de castigo y reconciliación, mientras cumplía su tarea de custodiar el paso entre lo mortal y lo eterno.

Cuando la tierra hubo secado sus lágrimas por completo, el señor Tacu se dirigió a los sobrevivientes, cuyo número se reducía a apenas unos cuantos, con el viento aún goteando sabiduría en su voz: “Les envié al Wiri, un guardián de mi reino, no para perderlo, sino para recordarles su esencia, y sin embargo, lo destruyeron.” Los Makaguanes, humillados ante la grandeza de Tacu, con el corazón encogido por el pesar y el entendimiento, prometieron enmendar sus equivocaciones. Hicieron del Wiri un símbolo de sus ceremonias, convidándolo en sus vidas como una manifestación de la vida que habían dejado atrás y del mañana que debían abrazar.

Así, el mito del Wiri se convirtió en un aliento de cambio entre los Makaguanes, una danza eterna entre lo que fue y lo que podría ser, un recordatorio del delicado lazo que une lo terrenal con lo divino, bajo el cielo siempre vigilante de Tacu. Este relato, inscrito en el murmullo de la selva y en el crepitar de las hogueras nocturnas, se preservó en la esencia misma de un pueblo que una vez más hallaba su lugar bajo las estrellas.

Historia

El mito tiene su origen en la narrativa de los Makaguanes. Según este relato, el padre Tacu envió un perro, llamado Wiri, a la tierra para observarla. Este perro especial tenía un collar de oro. Una familia Makaguan encontró al perro y trató de alimentarlo durante varios días, pero no tuvo éxito. Un día, accidentalmente mataron al perro al derribar una palma gigante mientras trabajaban en su conuco. Como consecuencia, el padre Tacu envió una ardilla para destruir los árboles grandes y montañas, desatando una lluvia interminable que acabó con la vida de todos, excepto un guerrero y su compañera que buscaron refugio en un monte no derribado por la ardilla. Finalmente, Tacu envió una paloma para verificar si la tierra se había secado y un cangrejo gigante para recoger los huesos de los muertos, tocando un tambor mientras lo hacía. Tacu reclamó a los supervivientes por no cuidar adecuadamente al perro. Arrepentidos, los Makaguanes decidieron iniciar una ceremonia en honor al Wiri o perro para que los acompañe en sus vidas.

Versiones

En la única versión del mito presentada, se observa una narración estructurada en torno a las acciones y consecuencias derivadas de las entidades divinas, especialmente Tacu, el padre. El relato establece un ciclo de causas y efectos iniciado por la llegada del Wiri, el perro celestial, quien es enviado por Tacu para observar la tierra. La alteración significativa del equilibrio natural se desencadena cuando un acto de descuido humano, el derribo de una palma, resulta en la muerte del Wiri. Esta falta de cuidado por parte de los Makaguanes provoca una respuesta contundente de Tacu, simbolizada por el envío de una ardilla mágica para devastar el mundo con una destrucción catastrófica, seguido de una lluvia interminable. La resistencia de un guerrero y su compañera, quienes logran subirse a una montaña no derribada, introduce un elemento de supervivencia y esperanza humana, a pesar del juicio divino.

Otra faceta del mito es el simbólico retorno a la normalidad tras el cataclismo, destacado por la misión de la paloma y el cangrejo gigante, elementos que Tacu emplea para reconstruir el nuevo orden y reforzar su autoridad. Es importante señalar que este mito enfatiza un cambio cultural subyacente entre los Makaguanes: el incidente del Wiri lleva a una transformación espiritual y cultural, manifestada en el establecimiento de una ceremonia para honrar la presencia del Wiri en sus vidas futuras. A pesar de que hay una sola versión, el mito refleja una estructura narrativa cohesionada en la que las acciones divinas conducen a consecuencias éticas para la humanidad, encapsuladas en un aprendizaje y evolución cultural post-catástrofe.

Lección

La negligencia hacia lo sagrado trae consecuencias divinas.

Similitudes

Se asemeja al mito del diluvio universal presente en la mitología griega y babilónica.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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