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Chía

Chía, diosa de la Luna, simboliza el matriarcado en la historia de los muiscas, reflejando su estructura social matrilineal y su influencia cultural.

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Ilustración de Chía

En el altiplano cundiboyacense, en la encrucijada entre lo humano y lo divino, la historia de Chía, la Diosa-Luna, tejió su delicada urdimbre entre luces de oro líquido y sombras de plata helada. Los muiscas, antiguos habitantes de estas tierras de neblina, narraban un cuento que fluía como el agua entre piedras antiguas, y en ese flujo, la diosa Chía danzaba, danzaba en el firmamento como quien yace entre el sueño y la vigilia.

En tiempos antiguos, cuando la tierra era joven y el cielo aún recordaba su propia creación, Sué, el Sol, y Chía, la Luna, eran amantes en el vasto tapiz del universo. Los chibchas los veneraban como los progenitores de todas las cosas, uniéndose en celestiales ayuntamientos que sembraban la tierra con la semilla de la vida. Chía, en su brillante resplandor nocturno, encarnaba la belleza espléndida de la mujer y la iluminosidad misteriosa del cielo, protegiendo a los suyos con un velo de estrellada penumbra.

La diosa Chía, en su manifestación más humana, fue la encarnación de los placeres de esta tierra. Desde su templo en el poblado que lleva su nombre, atrajo a multitudes con la promesa de danza, música y las artes más sublimes. Donde Chía pisaba, nacían jardines de risas y cantos, y la fertilidad, como una cascada de nuevas promesas, caía sobre campos y corazones, despertando la tierra y el deseo. Cada encuentro de la luna y el sol en el cielo era un recordatorio del flujo y reflujo de la vida, del delicado equilibrio entre las fuerzas que nos crean.

Sin embargo, en el entramado de iglesias sagradas, una sombra emergía. No todos miraron a Chía con devoción; para algunos, su belleza deslumbrante y su predica seductora se tornaron en desafío. Bochica, quien trajo el orden y las leyes al mundo, vio en ella una enemiga, una rebelde de encantos oscuros. Así, en la narrativa compartida entre los fuegos de las noches largas, los nombres cambiaron como las hojas muertas en el viento: Chía fue llamada Huitaca, o Xubchasgagua, exiliada al reino nocturno en forma de lechuza, sus plumas susurrando secretos a quienes sabían escuchar.

Pero Chía nunca desapareció del todo, pues su hegemonía permaneció en el tejido cultural de la población. En la línea matrilineal chibcha, se encontró su perdurable legado, un matriarcado que gobernaba desde las sombras como la luna en el cielo. Su luminosa influencia se adentró en las estructuras de poder, donde clanes se unían bajo su manto femenino y sabían quién debía suceder en el trono: no el hijo, sino el sobrino, nacido del mismo linaje que la diosa, una línea interminable de guardianes de lo femenino.

Entre las aguas sagradas de los muiscas, el eco de la diosa por siempre resonó. Lagunas como la de Guatavita contaban historias de sus ancestros, del amor y el sacrificio, de cómo Bachué, también madre y diosa de aquellos tiempos, emergió de las aguas para sembrar la vida. Y en las ceremonias donde los caciques se sumergían para recibir bendiciones divinas, se susurraba el nombre de Chía junto a las plegarias.

Chía, en su eterna danza alrededor del mundo, reflejó la esencia de un pueblo que nunca dejó de mirar al cielo en busca de respuestas, que entendió que la verdadera unión de opuestos —el sol y la luna, el día y la noche— era el tejido mismo de la existencia. Así seguía la historia, en la voz de los ancianos y el canto de los niños, uniendo el brillo del sol y el destello de la luna hasta que el mundo, un día, descansara finalmente en paz bajo su celeste manto.

Historia

El mito de Chía tiene sus orígenes en la mitología y religión de los muiscas o chibchas, quienes eran un grupo indígena que habitó la región del altiplano cundiboyacense en lo que hoy es Colombia. Chía, también conocida como Chíe, era venerada como la diosa de la Luna y era la representación de la belleza femenina y la luz nocturna. Era considerada esposa de Sué, el dios del Sol, y juntos eran vistos como los progenitores de todo por los muiscas, quienes los concebían como una pareja casada.

Chía, como deidad, estaba asociada a los placeres mundanos, la diversión y las artes, y simbolizaba el matriarcado, defendiendo esta estructura social frente al patriarcado representado por Bochica, otro dios muisca. El culto a Chía reflejaba una organización social matriarcal entre los muiscas, donde la línea de sucesión era matrilineal. Los templos dedicados a la diosa estaban ubicados en el municipio de Chía y en otros lugares como Tunja, donde las ceremonias incluían ofrendas de oro y cerámica.

Además, el culto a Chía estaba asociado con la fertilidad de la tierra y la fecundidad sexual, uniendo los mitos de deidades femeninas y el culto a las aguas y lagunas sagradas. La historia de la diosa Chía también menciona su transformación en otra deidad, Huitaca, que se oponía a las enseñanzas tradicionales de los dioses civilizadores. Así, el mito de Chía integra elementos de la cosmología, la estructura social y las prácticas religiosas de los muiscas.

Versiones

Las dos versiones del mito de Chía presentan diferencias clave en su enfoque y detalles narrativos. La primera versión, recopilada por el cronista Gonzalo Jiménez de Quesada, enfatiza el papel de Chía como la Diosa-Luna, al tiempo que describe su transformación en Huitaca, una figura desafiante frente a los dioses civilizadores, especialmente Bochica. Esta versión destaca el conflicto entre el matriarcado, simbolizado por Chía, y el patriarcado representado por Bochica, vinculando el mito con la estructura social chibcha marcada por la línea matrilineal y el culto a las deidades femeninas.

Además, se detalla la importancia de las prácticas religiosas y ceremonias en torno a las lagunas, reflejando la interconexión entre deidades, agua y fertilidad en la cosmovisión chibcha. La segunda versión, en cambio, se centra menos en la narrativa del conflicto y más en el rol cultural y ceremonial de Chía como símbolo de placeres mundanos y la protección del matriarcado. Aunque reafirma la asociación con Sué, el dios Sol, presenta también a Bachué, madre del pueblo muisca, como una figura de transformación relacionada con la luna.

Resalta las ubicaciones geográficas de los templos dedicados a Chía y su relevancia religiosa, junto con las funciones de los chyquys, los sacerdotes encargados de las ceremonias y ofrendas, sugiriendo un enfoque más ceremonial y cultural. Así, la segunda versión ofrece una perspectiva más extendida de la influencia de Chía dentro de la mitología muisca/chibcha, destacando la coexistencia y complementariedad de lo divino y lo terrenal en su culto.

Lección

La unión de opuestos es esencial para el equilibrio de la vida.

Similitudes

Se asemeja al mito griego de Selene y Helios, y al mito japonés de Amaterasu y Tsukuyomi.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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