Antomiá

Andina · Katíos

Antomiá

Antomiá desafía a Caragabí, intenta crear su propia gente y termina transformado y expulsado hacia Edaa.

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Antomiá: la entrada del relato

El relato

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De Antomiá dicen que también fue obra de Caragabí, aunque no saben decir de qué lo formó, y que en sus principios era bueno.

Dejó de serlo un día en que Caragabí se embriagó y quedó desnudo, y Antomiá se burló de él. Cuando el dios volvió en sí y supo lo ocurrido, lo cambió de condición y lo sepultó en Edaa, que está dentro de la tierra, y cerró su puerta para que no pudiera salir jamás. Con él bajaron otros compañeros suyos.

El encierro no lo quitó de en medio. Un día Antomiá se levantó contra Caragabí desafiándolo, diciendo que era tan sabio como él, y a semejanza suya quiso hacer también su gente. Caragabí lo encontró trabajando en esa obra y le preguntó qué hacía. Antomiá no se dignó contestarle. Volvió a preguntarle, y esta vez le respondió malhumorado que estaba haciendo usó, perros. A lo cual repuso Caragabí: pues que sean perros. Antomiá lo desafió, pero en la pelea quedó vencido, y él y los suyos, convertidos en perros, fueron arrojados a Edaa.

No hay un solo Antomiá. Hay dos clases, el blanco y el negro, y los dos tienen sus hazañas. El blanco quiso entrar en competencia con los dioses juzgándose igual a ellos y se metió en la gran olla de la prueba del fuego, pero no pudo soportarlo y salió todo quemado.

El negro era horriblemente ladrón. Atormentaba mucho a una india jaibaná, robándole cuanta comida hacía: a ella le gustaba pasear y dejaba el bohío arreglado con ollas de chicha, plátanos maduros, caldos y pescados, y a su vuelta no encontraba nada. Desde lejos lo veía llegar muy contento, cantando y bailando, y en el canto decía: ¿qué comida me tendrá hoy mi nuerita? Un día la india preparó una gran olla de caldo de pescado y, en lugar de plátano y yuca, le puso raíz de moindú, que parece arracacha y ensancha los intestinos. El ladrón, más contento que nunca, se lo comió todo; se paró junto a la escalera con el estómago inflado, cayó del tablado y se reventó con una explosión grandísima. De su vientre salieron fuego, humo y piedras. Antes no había nada de eso, y si no hubiera muerto así, los ríos serían lisos y no tendrían una sola piedra.

De otros diablos gigantes cuentan que se comían a los niños huérfanos de madre, hasta que un indio hizo una trampa y puso en ella a su propio hijo para que el diablo cayera. Así sucedió, y el indio, que atisbaba de lejos, le dio un golpazo con una barra de hierro. Quedó despedazado, y de sus despojos se formó el ñame.

Y de muy atrás viene otra cosa. Los indios de la primera edad, los burumiáes, andaban desnudos y no tenían herramientas, y se juntaron con mujeres antomiáes. Fue Antomiá quien les enseñó a valerse de sus manos como de unas aspas para sacar el oro de sus filones.

Antomiá: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Una palabra dicha de mal humor puede fijar para siempre la forma de lo creado.”

Territorio

Andina · Katíos

Andina · Katíos

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Katíos
Referencia
6.75611° · -76.18528°

Ficha del relato

Contexto histórico

Los dos episodios propios de esta historia —la burla al dios embriagado y la competencia por hacer gente— están únicamente en Severino de Santa Teresa, y en dos capítulos distintos y distantes: el primero en el apartado que él titula «Los ángeles», al final de la creación del hombre, y el segundo en el capítulo de la metempsicosis. En ninguno de los dos nombra al indio que se lo contó, ni el lugar, ni la fecha, y en ambos traduce de plano: Antomiá es «el demonio» y Edaa es «el infierno». Se leen en la segunda edición, la de 1959, porque la de 1924 no está en acceso abierto.

Conviene decirlo con todas sus letras: ninguna de las demás fuentes de esta lista trata esos dos episodios. Vasco Uribe (1985), que es el tratamiento más extenso publicado del personaje y recorre sus apariciones bajo los nombres antomiá, antumiá, tumiaw y tumí, no trae ni la burla ni la disputa por crear, y no menciona a Antomiá paima. Cardona y Guerra (2013) tampoco, y su única referencia ligada a territorio katío es la del río Sinú. Pardo Rojas (1986) describe a los /atomiá/ del alto Baudó y no recoge relato alguno. Rosique-Gracia y otros (2020) nombran a Antumiá una sola vez, dentro de un inventario de quienes transitan los sitios sagrados de Chigorodó. La ficha descansa, para su núcleo, en un solo texto.

Lo que sí añaden las notas de 1929 es el desdoblamiento del personaje y la historia del ladrón: distinguen «Antomiá torro (diablo blanco)» y «Antomiá paima (diablo negro)», y cuentan la muerte de este último por la raíz de moindú, de la que salen el fuego, el humo y las piedras. Las propias autoras avisan, en su introducción, que sus tradiciones a veces se contradicen y ponen como ejemplo precisamente el origen del fuego, «producido éste, como se verá en su lugar, por la muerte de Antomiá paima». Ese material lo recogieron las Hermanas misioneras de la Inmaculada Concepción y Santa Catalina de Sena; Rochereau lo remitió y Rivet lo publicó advirtiendo que ya se había usado en parte para el libro de 1924, así que no corrobora a Severino: sale del mismo fondo.

Contra la traducción misionera hay dos lecturas explícitas y verificables. Cardona y Guerra: «con la influencia cristiana ha tomado la categoría de diablo, señor del mal. Pero en las leyendas ancestrales, Antomiá no es bueno ni es malo, sencillamente rige el bien y el mal, a él debe aliarse el jaibaná para obtener jais para sus labores mágicas y de curación». Y Vasco, más seco: «la relación entre el mal y el bien está distante de la creencia católica de la lucha entre el diablo y Dios». Vasco (2001) añade el vínculo con el oro que el episodio de los burumiáes ya insinúa, y Pardo sitúa a los /atomiá/ como dueños de agua controlables por el jaibaná, que es exactamente lo contrario de un condenado tras una puerta cerrada.

Resonancias con otros mitos

Entre los emberá del golfo de Tribugá, en Nuquí, Cardona y Guerra recogieron en 2012 un Antomiá que no está encerrado ni vencido: vive con su Antomiá wera, más poderosa que él, y el jaibaná debe aliarse con él para obtener los jais con que cura, porque «si fuera malo no se los daría para curar». Y entre los emberá del río Sinú se aparece «en la forma de un niño tierno, hombre o mujer, sentado entre las aguas jugueteando con los peces». Comparte el nombre y el campo de acción, pero no la caída: allí no hay burla, ni competencia por crear, ni puerta cerrada.

Entre los emberá del alto Baudó, Pardo Rojas registró a los /atomiá/ como «madre de agua», hombres monstruosos que habitan en el río y que los jaibaná pueden controlar, y anotó que los personajes de los relatos se desplazan entre el mundo de abajo y el de la gente sumergiéndose por las quebradas. El mundo inferior se comunica con este por el cauce de los ríos, no por una entrada que alguien selló, y quien manda en el trato no es el dios sino el especialista.

Entre los emberá eyábida de Chigorodó, en Urabá —la misma región del libro de 1924—, un estudio firmado también por jaibanás y sabias de la comunidad describe los parajes de drua wãndra como puntos liminales, «cuevas, rocas, pozas, cabeceras, cascadas», que «permiten el ingreso espiritual de los jaibanás, la movilización de espíritus de algunos muertos, del temido Antumiá del mundo de abajo». Sigue siendo temido, pero circula: en el mismo territorio donde el misionero lo dio por sepultado, hoy se lo nombra entre quienes van y vienen por pasajes conocidos.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El mismo expediente de 1929 trae la borrachera de Caragabí contada de otro modo, y sin Antomiá. Ahí el dios se embriaga y queda desnudo, y quien se burla es uno de sus hijos; el segundo apenas se sonríe y el tercero lo cubre y después le cuenta lo sucedido. Caragabí maldice al primero y a su descendencia, se enoja con el segundo y premia al tercero, y de ese reparto salen, según el texto, los tres grupos humanos. No hay conversión en demonio, no hay Edaa y no hay perros: el episodio se ha convertido en una explicación del origen de los pueblos calcada de un relato bíblico y ordenada en jerarquía racial. Es el marco de quienes escribieron, y así hay que leerlo.

  2. También cambia quién enseñó el jaibanismo. Severino lo recogió de Donungubi Domicó como obra de una diabla que se llevó a dos niños al monte; las notas de 1929 dicen que fue Antomiá torro, el diablo blanco, y añaden por su cuenta la advertencia: «habíamos visto que era una diabla, pero ésta tradición es distinta de la primera y la cuenta otra tribu».

  3. El episodio de la olla circula con dos protagonistas. Severino pone en ella a Antomiá-Torro, que sale todo quemado; María de Betania recogió la misma escena con un tigre, y en esa versión lo que queda del fracaso es que el barro se volvió frágil, cuando antes era duro como el metal.

  4. Y el ser mismo no tiene una sola figura ni un solo sexo. Pinto lo tuvo por deidad femenina ligada al agua; Loewen por masculino salvo en algunos grupos; Pineda y Gutiérrez por una madre de agua que se lleva a los hombres pero nunca a los jaibanás, que están por encima de ella; Cardona y Guerra dicen que vive con su Antomiá wera, más poderosa que él, y que entre los emberá del río Sinú se aparece «en la forma de un niño tierno, hombre o mujer, sentado entre las aguas jugueteando con los peces». Las grafías acompañan esa dispersión: Antomiá, Antumiá, Tumiaw, Tumí, /atomiá/, y en el ejemplar digitalizado de 1929 el nombre no conserva sus tildes.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Katíos · Andina
Referencias
10
Última revisión
17 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Creencias, ritos, usos y costumbres de los indios Catíos de la Prefectura Apostólica de Urabá

    archive.org

    Reúne el corpus histórico más amplio consultado sobre Caragabí, Genené, Antomiá, Séver, los Domicó, la escalera, Herupotoarra, Baha, Aribamia y Dabeiba. La primera edición de 1924 no está en acceso abierto; el Libro Primero de «Los indios catíos, los indios cunas» (Medellín, 1959) es esa obra, según declara el propio autor en su razón de la segunda edición.

  2. Nociones sobre creencias, usos y costumbres de los Catíos del occidente de Antioquia

    persee.fr

    Publica notas reunidas por religiosas entre grupos del occidente antioqueño y conserva variantes de Caragabí, Genené, Antomiá, Costé, Séver, Herupotoarra, la escalera, Aribamia y el cerro Musinga. La nota inicial de Rivet aclara quién recogió el material: Rochereau lo remitió, no lo recogió.

  3. Mitos y leyendas de Colombia, volumen III

    flacso.edu.ec

    Facilita una transcripción consultable de capítulos de Severino 1924 y distingue el relato Chamí de Surranabe del conjunto atribuido a los antiguos Catíos de Urabá.

Contraste y contexto · 7 referencias
  1. Misiones, región y clasificación indígena en Urabá

    biblioteca-repositorio.clacso.edu.ar

    Explica que la categoría regional Catío fue parcialmente consolidada por el proyecto misionero en el occidente de Antioquia, Urabá y Chocó.

  2. Embera Katío

    onic.org.co

    Ofrece contexto contemporáneo sobre pueblos, territorios y diversidad Emberá sin reducirlos a una sola tradición.

  3. Jaibanás. Los verdaderos hombres

    luguiva.net

    Es el tratamiento más extenso publicado del personaje y la mejor defensa de lo que esta ficha sostiene. Recorre todas sus apariciones bajo los nombres antomiá, antumiá, tumiaw y tumí: marido de la 'diabla' que inicia al primer jaibaná en uno de los mitos de origen del jaibanismo, causa de la locura —'basta con que Antumiá pase al lado de una persona para que esta enferme'—, y espíritu invocado por el jaibaná junto con los Dojura en la curación de la tierra y en el mito de la Jepá, en la narración de Clemente Nengarabe. Registra la discrepancia entre fuentes: Pinto lo tiene por deidad femenina ligada al agua, Loewen por masculino salvo en algunos grupos, Pineda y Gutiérrez por madre de agua que se lleva a los hombres pero nunca a los jaibanás, 'estando, al contrario, bajo sus órdenes'. Y concluye que el jaibaná no invoca sólo jais sino 'un ser mucho más poderoso, incluso con poder sobre los primeros, llamado Antumiá'. Sobre la traducción misionera es explícito: 'la relación entre el mal y el bien está distante de la creencia católica de la lucha entre el diablo y Dios'. Recoge además el episodio del tigre Antomiá torro quemado dentro de la olla, de donde el barro quedó frágil.

  4. Mitología Embera. Principales mitos, características y funciones

    bioetnia.iiap.org.co

    Formula con claridad lo que la ficha declara sobre el filtro cristiano: 'Antomiá o Antumiá para otros, que vive con su Antomiá wera, más poderosa que él. Con la influencia cristiana ha tomado la categoría de diablo, señor del mal. Pero en las leyendas ancestrales, Antomiá no es bueno ni es malo, sencillamente rige el bien y el mal, a él debe aliarse el jaibaná para obtener jais para sus labores mágicas y de curación. Si fuera malo no se los daría para curar, es el hombre el que decide y dispone entre el bien y el mal y no Antomiá'. Añade una forma que desmiente cualquier iconografía demoníaca: 'entre los embera del río Sinú Antomiá se les aparece a los hombres en la forma de un niño tierno, hombre o mujer, sentado entre las aguas jugueteando con los peces'. Y lo sitúa rigiendo a los yamberas, nusi, aribada, guangano y madres de agua.

  5. «Todos en el mismo pensamiento»: las relaciones del pueblo embera con los sitios sagrados de los resguardos de Polines y Yaberaradó en Chigorodó (Antioquia)

    revistatabularasa.org

    Documenta a Antumiá vigente entre emberá eyábida (katío) del Urabá antioqueño, la misma región del libro de 1924, y con jaibanás y sabias de la comunidad firmando como coautores. En los parajes de drua wãndra los puntos liminales —cuevas, rocas, pozas, cabeceras, cascadas— 'permiten el ingreso espiritual de los jaibanás, la movilización de espíritus de algunos muertos, del temido Antumiá del mundo de abajo, sin olvidar a los hombres y mujeres pertenecientes al pueblo Yhaberará'. Antumiá no está encerrado tras una puerta sellada como en la versión misionera de Edaa: circula por pasajes conocidos y nombrados del territorio, y el mundo de abajo del que viene es también de donde se espera sabiduría y conocimiento sobre las plantas.

  6. La escalera de cristal: términos y conceptos cosmológicos de los indígenas Emberá

    revistas.unal.edu.co

    Da la ubicación cosmológica y la glosa del nombre sin pasar por la traducción misionera. Describiendo el mundo de abajo del alto Baudó, /yhábera/, dice que allí moran 'algunas 'madres' o 'dueños' de algunas especies... o los /atomiá/ o 'madre de agua' que son como unos hombres monstruosos que habitan en el río y que los jaibaná pueden controlar', y que los personajes de los relatos se desplazan entre ese submundo y el de la gente sumergiéndose por las quebradas. Es la lectura opuesta a demonio e infierno: /atomiá/ es un dueño de agua, controlable por el jaibaná, y el mundo de abajo se comunica con éste por el cauce de los ríos, no por una entrada que alguien cerró.

  7. El oro y la plata entre los embera y waunaan

    publicaciones.banrepcultural.org

    Liga a Antomiá con el oro y con el mundo de abajo, una relación que la ficha no tiene. Por un lado, las «mujeres antomiáes» casadas con los burumiás fueron quienes «les enseñaron a valerse de las manos para sacar oro de los filones». Por otro, en los relatos chocoanos de Ventura, cuando éste «es raptado por los Antumiás y llevado al mundo de abajo y navega por los ríos, ve a su alrededor una gran abundancia de cántaros rebosantes de oro». Antomiá aparece así como dueño o vecino de la riqueza del mundo inferior, no como un derrotado sin bienes.

Voces de la comunidad

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«Antomiá» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Antomiá» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Antomiá» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

TÚ

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