En los albores del tiempo, cuando el mundo aún se hallaba en el tierno abrazo de la creación, Caragabí, el dios supremo y artífice de la vida, modeló el cosmos y sus criaturas con manos llenas de poder y plenitud. Entre estas creaturas sobresalía Antomiá, en un principio una entidad benévola, adornado con cualidades que le conferían un destello singular entre los seres que poblaban la tierra primigenia.
La leyenda de los catíos susurra que Antomiá, inicialmente noble y puro, fue arrastrado hacia la senda del desdén y el desafío tras un episodio insólito. Cuentan los ancianos que, una vez, Caragabí, en un arranque de divino descuido, sucumbió al vino celeste y yació, inconsciente y desnudo, bajo la bóveda estelar. Antomiá, al descubrir esta vulnerabilidad en el gran creador, no pudo resistir la tentación de la burla, riéndose a mandíbula batiente junto a unos cuantos compañeros.
Cuando Caragabí recobró la conciencia y advirtió el ultraje, su furia estalló con la potencia de una tormenta cósmica. Decidió, en su dictamen, metamorfosear a Antomiá y sus secuaces en demonios, y los arrojó sin miramiento alguno al Edaa, el infierno cavernoso que palpita en el corazón de la tierra. En ese umbral oscuro, Caragabí selló sus destinos, atrancando la puerta con un cerrojo eterno, aislándolos para siempre de la luz del mundo.
Pero las aguas del antagonismo no permanecieron quietas. El orgullo de Antomiá, imbuido de una chispa soberbia, creció como lava bajo la corteza de un volcán. Con la osadía que sólo posee aquel que no conoce el miedo, desafió al mismo Caragabí, reclamando para sí el título de ser tan sabio y poderoso como el creador. Envuelto en un fervor creativo, Antomiá se afanaba en forjar su propia creación, modelando demonios que se agitaban bajo sus manos.
Caragabí, como un padre paciente que descubre la travesura de un hijo, lo avistó en su obra un día. "¿Qué estás haciendo?", inquirió con voz de trueno silente. Antomiá, en un arrebato de impaciencia, replicó bajo un tono malhumorado: "Estoy haciendo unos perros". Su desafío pronto condujo a un enfrentamiento de voluntades, pero la sabiduría del dios era un horizonte inasequible para Antomiá. Vencido, fue transformado junto a los suyos en una jauría de perros eternos, sus aullidos resonando en la lejanía del infierno, donde fueron lanzados por orden de Caragabí.
En tiempos remotos, antes de que los relatos se plasmaran en la memoria del pueblo, demonios gigantes conocidos como yaedés también acechaban la tierra, sembrando el terror con su apetito insaciable por los huérfanos. Se alimentaban de infancias rotas, despojando del mundo a aquellos que no hallaban más abrazo que el viento.
No obstante, en una remota aldea catía, un valiente hombre osó poner fin a los infortunios sembrados por tan siniestras criaturas. Fue entonces que ideó una astuta trampa, sacrificando el confort temporal de su propio hijo como cebo. Cuando el yaedé lanzó su sombra ominosa sobre el niño, el padre, con el poder de su convicción y una macana que devoraba el viento, descargó un golpe tan feroz que el monstruo se desmoronó en mil fragmentos.
Y como si la sangre misma de la tierra hubiese recogido la esencia del yaedé abatido, de sus restos nació una cosecha de ñames, alimentando con su carne el suelo catío desde entonces. En cada bocado, la memoria de aquel audaz instante pervive en los corazones de quienes recuerdan, fundiendo la historia y el mito en el manto inmaterial de su cultura.
Así, en la encrucijada del destino y la voluntad, los catíos tejen sus mitos, hechizando el mundo tangible con espíritus y sombras que habitan en el límite de lo visible, en un continuo danzar entre lo humano y lo divino. En cada relato, los ecos de Caragabí y Antomiá resuenan bajo el mismo cielo que alguna vez compartieron, salpicando el presente con la magia de lo eterno.
Historia
El mito de Antomiá, según la tradición de los catíos, se deriva de la creación inicial de seres por Caragabí, una figura creadora. Dentro de este relato, Antomiá, que es considerado un demonio, se originó como un ser inicialmente bueno creado por Caragabí. Sin embargo, su transformación en un ser maligno ocurre tras un incidente donde se burla de Caragabí mientras este se encuentra en estado de embriaguez y desnudez. Debido a esta falta de respeto, Caragabí castiga a Antomiá y a sus compañeros convirtiéndolos en demonios y arrojándolos al infierno llamado Edaa.
Otro aspecto del mito relata el intento de Antomiá de igualar la sabiduría creativa de Caragabí al tratar de crear seres propios, los cuales resultan ser demonios. Caragabí lo descubre y tras un enfrentamiento, convierte a Antomiá y a sus seguidores en perros y los envía al infierno. Además, el mito también menciona a gigantes demoníacos llamados yaedé que atacan a los niños huérfanos, y su derrota a manos de un catío que transforma a uno en ñame, dando origen a ese tubérculo en la región.
Versiones
El mito de los catíos presenta diversas narrativas sobre el demonio Antomiá, todas centradas en su caída de la gracia y las consecuencias de su desafío a Caragabí, el creador divino. La primera versión destaca cómo Antomiá, inicialmente un ser con excelentes cualidades, se convierte en demonio a causa de su burla hacia un Caragabí borracho y desnudo. Esta falta de respeto lleva a su condena y al exilio en el Edaa, el infierno subterráneo, junto con sus compañeros.
En esta versión, la figura de Antomiá establece el trasfondo para el papel de los espíritus malignos (mabs) en el jaibanismo, donde los brujos llamados jaibanaes ejercen un poder indirecto sobre las enfermedades al controlar a los jaies o demonios. Este aspecto subraya cómo la caída de Antomiá se vincula a las prácticas culturales y religiosas de los catíos.
Una versión alternativa profundiza en la arrogancia de Antomiá, quien no solo rehúsa responder a Caragabí sobre sus actividades clandestinas, sino que intenta emular la creación misma, haciendo seres que resultan ser diablos. Esta narrativa termina con un conflicto directo entre Caragabí y Antomiá, en el que este último es humillado al ser convertido en perro junto con sus seguidores.
Posteriormente, se presenta otro relato de demonios en forma de gigantes devoradores de niños, los yaedé, quienes son vencidos por la astucia de un indio catío, dando origen a los ñames. Esta última historia introduce una dimensión heroica y de ingenio humano frente a lo demoníaco, en contraste con las narrativas donde el poder divino de Caragabí es el principal agente de justicia y retribución. En conjunto, las variaciones enfatizan diferentes aspectos de justicia divina, orgullo demoníaco, y la capacidad tanto divina como humana de enfrentar el mal.
Lección
El orgullo y la burla hacia lo divino conducen a la perdición.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de Prometeo, quien desafía a los dioses, y al mito nórdico de Loki, quien también enfrenta castigos por sus acciones.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



