Zequiel

Caribe · Mestizo

Zequiel

Ezequiel Ramos, lechero de Caimán, vive una trama de amor, traición y represalia alrededor de Simonita y de relaciones desiguales de poder.

Leer el relato
Zequiel: la entrada del relato

El relato

Escuchar el relato · 4 min

A una legua de Cartagena, echado como un cocodrilo a la orilla de la ciénaga de Tesca, había un caserío pobre llamado Caimán. Era la primera estación de la línea férrea para quien entraba o salía de la ciudad, y hoy es un barrio más.

Por allí bajaban de madrugada los lecheros de las haciendas de alrededor, en caravana. Ezequiel Ramos venía de Aguas Vivas con dos cántaros todavía tibios, y tocaba la ventanilla del estanco, que era la mejor cabaña del caserío. Simonita abría el tragaluz medio dormida, alumbrándose con una lamparita de gas, y le tendía el primer trago de anís.

Hablaban lo que dura un trago. Que el arroyo venía crecido y había tenido que meterse por un potrero. Que si se casaban se acababan dos penas: la de ella, montando guardia toda la noche para atender a borrachos y viajeros, y la de él, cargando leche sólo para saludarla al pasar. Simonita decía que eso había que pensarlo, que sus viejos la necesitaban todavía.

Ezequiel tenía fama. Ordeñaba veinte y treinta vacas seguidas, maneaba toretes bravos y los hacendados lo ponían de ejemplo. Nunca había pisado la cárcel por aguar la leche, que era la falta de otros lecheros y la que más vigilaban los dueños de potreros. Decía que no había para qué. Tenía ahorrados unos centavos, terneros, un mulo y un lote en las goteras de Turbaco, y ahí pensaba poner la casa.

Le estorbaba el Peluza, que trabajaba en la misma hacienda, le llevaba regalos de la ciudad a Simonita y lo miraba torcido. Ezequiel decidió que no iba a hacerle nada: habían crecido juntos y no quería tener después de qué reprocharse, y menos por celos. Que decidiera ella.

Una tarde el rumor corrió como un rayo por las haciendas: a Zequiel lo había detenido la policía. Le encontraron los dos cántaros con tres cuartas partes de agua y una sola de leche. Lo cogieron con el cuerpo del delito y no hubo escapatoria. Esa noche, al pie de los fogones, los mismos que lo ponían de ejemplo se rieron de él. En Aguas Vivas alguien le insinuó al Peluza que aprovechara la ocasión, que aquello eran dos años de encierro. El Peluza guiñó un ojo y contestó que lo dejara de su cuenta.

Pasaron casi dos años. En la casita de Caimán, una noche, el Peluza le gritaba borracho a Simonita, demacrada, mientras adentro dos ancianos rezaban y lloraban. Le echó en cara que todo venía del día en que él mismo le contó, para herirla, cómo había aprovechado el sueño de Ezequiel para llenarle de agua los cántaros, avisado la víspera de que la comisión de higiene pasaría esa madrugada. Desde entonces ella no había vuelto a querer nada con él. Y ahora le salía con un embarazo. Le preguntó de quién era el hijo y le dijo que si no contestaba la estrangulaba.

Ella contestó que no era suyo, porque no podía tener un hijo de un cobarde. Que era de Ezequiel, de la noche en que el mayordomo viejo de Aguas Vivas pidió verlo antes de morir y él volvía camino de la cárcel. Que le había contado la infamia que el otro hizo para apartarlo de ella, y que no lo mató porque supo vengarse de otra manera. Y se echó a reír como una demente.

Meses después juzgaban al Peluza ante el jurado por haberla matado. Llamaron de testigo a Ezequiel Ramos, y el abogado defensor lo señaló y dijo que el verdadero culpable estaba ahí, que él había obligado a un marido ofendido en su honor a dar muerte a una mujer adúltera. Ezequiel, triste y sardónico, contestó que sus penas eran casi iguales: ese hombre estaba allí por una mujer adúltera y él por una leche adulterada, por ese mismo hombre. Nadie en la sala volvió a nombrar a Simonita.

Zequiel: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Una calumnia pequeña puede acabar costando más vidas que el delito que finge castigar.”

Territorio

Caribe · Mestizo

Caribe · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.4° · -75.5°

Ficha del relato

Contexto histórico

El texto ocupa las páginas 74 a 78 de la selección cartagenera que Eugenia Villa Posse incluyó en el segundo tomo de «Mitos y leyendas de Colombia» (IADAP, Quito, 1993), donde se reproducen páginas de «Cuentos y leyendas de Cartagena», el volumen que Eustorgio Martínez Fajardo publicó en 1948 con la Editorial Nuevo Mundo. La nota de procedencia de la página 65 sitúa el original entre sus páginas 25 y 177 y aclara la naturaleza del conjunto: son narraciones de tradición popular oral de la ciudad, pero el material está elaborado literariamente. Ésta es una de las piezas donde esa elaboración más se nota, porque tiene estructura de novela corta y desenlace de sala de audiencias.

El interés documental está en el oficio. Antes de empezar la historia, el autor se detiene en el lechero como tipo del extrarradio cartagenero «sobre el cual no se ha detenido aún el pincel»: bajaba en caravanas desde las haciendas de alrededor antes de que la pasteurización industrializara el producto, y en el momento en que se escribe ya estaba en decadencia por el monopolio. Ese párrafo fecha el relato mejor que cualquier año: cuenta un mundo laboral en trance de desaparecer.

El segundo aporte es jurídico y es el motor de la trama. El texto explica que adulterar la leche con agua sucia del arroyo era delito perseguido por una comisión de higiene que rondaba de madrugada, «unas noches sí y otras no», y que el código lo castigaba con rigor cuando se cogía al lechero con el cuerpo del delito en los cántaros. La inocencia del protagonista es imposible de probar precisamente porque el sistema funcionó como estaba diseñado.

Queda decir en qué registro está escrito el final, porque es duro y la obra no lo suaviza. El relato termina con el asesinato de una mujer embarazada a manos de su pareja y con un juicio por uxoricidio en el que la defensa presenta el crimen como derecho del marido ofendido. El narrador no desmiente ese alegato ni lo comenta: pasa directamente al juego de palabras del testigo, que equipara a la mujer muerta con la leche adulterada. Es el remate que el autor eligió en 1948 y sobre esa equiparación está construido.

Resonancias con otros mitos

El parentesco más directo está en la misma selección, cinco relatos más adelante. «La muerte de los ojos verdes» termina también con un hombre que estrangula a su mujer por una sospecha de adulterio y con un procedimiento judicial en el que el acusado reclama haber obrado con legítimo derecho. Los dos textos comparten el vocabulario de la época —uxoricida, marido ofendido, deshonra— y los dos dejan que sea el propio culpable o su abogado quien nombre el crimen. La diferencia es que allí el error se demuestra y aquí no llega a discutirse.

El segundo paralelo es de argumento y viene de muy lejos. El hombre honrado al que un rival incrimina en un delito menor para quitarle la novia, y que sale de la cárcel cuando ya es tarde, es el esqueleto de «El conde de Montecristo» y de docenas de folletines que circularon por la prensa caribeña en entregas. Lo que aquí se le quita al modelo es la venganza: el protagonista no toma ninguna, y la única represalia que se menciona ocurrió antes y la cuenta ella.

El tercero es de contexto legal y está documentado fuera de la literatura. La atenuación del homicidio cometido por el marido que alega honor ofendido fue doctrina corriente en los códigos penales latinoamericanos de la primera mitad del siglo XX, y los alegatos por uxoricidio la invocaban de forma rutinaria ante los jurados de conciencia. Lo que en el cuento suena a exceso retórico del defensor era, en las salas de la época, una estrategia con jurisprudencia detrás.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Sobre lo que pasó aquella madrugada con los cántaros circulan dentro del relato tres explicaciones, y el orden en que aparecen es lo que sostiene la pieza.

  2. La primera es la de la comisión de higiene y la del código, que no necesitan explicación ninguna: hay agua en la leche y hay un hombre al lado, luego hay un culpable. Es la única versión que produce efectos, y produce dos años de cárcel.

  3. La segunda es la de las haciendas. Esa misma noche, al pie de los fogones, los vecinos deciden que el acusado era un hipócrita y un presuntuoso, y recuerdan que se ponía furioso cuando alguien aguaba la leche en el camino. La murmuración no aporta un dato nuevo; reinterpreta los viejos hacia atrás, que es lo que suele hacer.

  4. La tercera la da el culpable real casi dos años después, borracho y para hacer daño: aprovechó el sueño del otro y le llenó los cántaros sabiendo, por aviso de un compadre, que la comisión pasaría esa madrugada. Es una confesión sin testigos útiles, hecha en una discusión doméstica, y llega cuando ya no sirve para nada judicialmente.

  5. A esas tres se suma la del abogado defensor en el juicio, que rehace la historia entera para quedarse con una sola frase —el marido ofendido en su honor— y para trasladar la culpa al testigo. Es la versión más reciente y la más falsa, y el texto la deja sin réplica directa.

  6. En cuanto al registro impreso, sólo se conoce el de Martínez Fajardo, con la salvedad bibliográfica que arrastra todo el libro: la antología de 1993 cita «Editorial Nuevo Mundo» y los catálogos de la Biblioteca Nacional dan «Mundo Nuevo», con dos tiradas de 1946 y 1948 que se declaran ambas segunda edición.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
9
Última revisión
21 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, vol. II · sección 18, «Cuentos y leyendas · Cartagena, Departamento de Bolívar», pp. 65-123

    flacso.edu.ec

    Ocupa las páginas 74 a 78 y conserva las dos cosas que sostienen la ficha entera. La primera es el retrato del oficio con que el autor abre antes de contar nada: el lechero como tipo del extrarradio cartagenero «sobre el cual no se ha detenido aún el pincel», que bajaba en caravanas desde las haciendas de alrededor antes de la pasteurización y que en el momento de escribirse ya estaba en decadencia por el monopolio. La segunda es el mecanismo jurídico: aguar la leche con agua sucia del arroyo era delito perseguido por una comisión de higiene que rondaba de madrugada «unas noches sí y otras no», y el código castigaba con rigor a quien apareciera con el cuerpo del delito en los cántaros. Sin esas dos páginas el relato no tiene ni mundo ni motor.

  2. Proceso de institucionalización de la higiene: estado, salubridad e higienismo en Colombia en la primera mitad del siglo XX (Estudios Socio-Jurídicos, vol. 12, n.º 1)

    scielo.org.co

    Documenta que la comisión de higiene del relato corresponde a un aparato real y fechado. Muestra que a lo largo del periodo higienista los laboratorios de higiene fueron «una preocupación importante, sobre todo como órgano consultor en cuanto a alimentos, bebidas alcohólicas, aguas y leches», que la Junta Central de Higiene informaba al Congreso ya en 1916 y que se quejaba de que las autoridades departamentales y municipales no hacían cumplir sus disposiciones. Describe además cómo el servicio se organizaba por ramos —matadero público, higiene municipal, hoteles y casas de asistencia—, que es la estructura de la que saldría una ronda nocturna a inspeccionar cántaros. La leche estaba, en efecto, entre los primeros productos regulados del país.

  3. El uxoricidio por adulterio en el Código Penal colombiano (Estudios de Derecho, Universidad de Antioquia)

    revistas.udea.edu.co

    Es la prueba de que el alegato del abogado defensor no era retórica de novela. Expone el uxoricidio por adulterio tal como lo recogía el Código Penal colombiano: rebaja de pena para el cónyuge que mata a la mujer sorprendida en trato carnal ilícito, y también para el que obra en estado de ira o intenso dolor causado por esa ofensa aun sin sorprenderla. Con este texto delante, la defensa que presenta el crimen como derecho del marido ofendido deja de ser un exceso del personaje y pasa a ser la estrategia procesal ordinaria ante un jurado de conciencia, con articulado detrás. Eso explica, además, que el narrador no la desmienta.

Contraste y contexto · 6 referencias

  1. El Código Penal Colombiano de 1890 (Estudios Socio-Jurídicos, vol. 6, n.º 2)

    scielo.org.co

    Sirve para saber con qué ley se condenó al inocente. Reconstruye el Código Penal de 1890, de filosofía ilustrada y Escuela Clásica italiana, que es el marco en que un delito de adulteración de alimentos se castigaba sin necesidad de probar intención y bastaba el cuerpo del delito: exactamente la lógica que deja al protagonista sin defensa posible cuando le aparece agua en los cántaros. Es la pieza que permite decir que los dos años de cárcel no son una arbitrariedad del cuento, sino el funcionamiento normal de un sistema construido sobre la prueba material.

  2. Degeneración y mejoramiento de la raza: ¿higiene social o eugenesia? Colombia, 1920-1930 (História, Ciências, Saúde-Manguinhos, vol. 25, supl. 1, pp. 145-158)

    redalyc.org

    Muestra que la vigilancia sobre los cántaros y la vigilancia sobre las personas eran el mismo programa. Distingue la «higiene de salubridad urbana» —espacios públicos, circulación de animales, control de la alimentación, mataderos, inspección de industrias y aguas— de la «higiene social», dirigida a incorporar a los sectores pobres a los patrones morales de la vida moderna. El lechero del relato cae en las dos a la vez: lo persiguen por el agua del arroyo y lo juzgan por lo que las haciendas murmuran de su carácter. El artículo nombra esa doble pinza y la fecha.

  3. Tres siglos de historia demográfica de Cartagena de Indias

    banrep.gov.co

    Da la relación entre la ciudad y su corona de haciendas, que es la geografía completa del relato. Reconstruye cómo el crecimiento de Cartagena en la primera mitad del siglo XX dependía de un entorno rural que la abastecía y del que llegaba también la gente, y permite entender el viaje nocturno de las caravanas de lecheros como un flujo económico regular y no como un detalle pintoresco. También sitúa el momento en que la industrialización del abasto —la pasteurización, el monopolio— empieza a cortar ese flujo.

  4. Modernización urbana y exclusión social en Cartagena de Indias, una mirada desde la prensa local (Territorios, n.º 36, pp. 159-188)

    revistas.urosario.edu.co

    Reconstruye la campaña de higiene tal como la vivió Cartagena y no como la escribieron los ministerios. A partir de los periódicos locales muestra que la retórica de la ciudad antihigiénica se usó para señalar personas y no sólo productos, y que el vocabulario sanitario funcionaba como instrumento de reputación. Es lo que explica que la condena del protagonista no acabe cuando sale de la cárcel: lo que lo hunde no es la pena, es que la murmuración de las haciendas ya lo había reinterpretado como hipócrita y presuntuoso.

  5. «Fiestas de la Candelaria» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Explica la frase con la que arranca el relato. El autor dice del lechero que es un tipo «sobre el cual no se ha detenido aún el pincel», y esta página aclara quién hablaba así: un periodista, Eustorgio Martínez Fajardo, que firmaba «Eumarfa» y cuya obra se describe como recreación fantástica de la imaginación popular de la Cartagena histórica. Reclamar un oficio para el retrato costumbrista es un gesto de columnista de tipos urbanos, y sitúa la pieza en esa tradición antes que en la de las leyendas.

  6. Archivo Histórico de Cartagena de Indias (página institucional)

    muhca.gov.co

    Es la dirección a la que habría que escribir para cerrar los cuatro huecos de esta ficha. Sus fondos van del siglo XIX a la primera mitad del XX, que es el periodo de la comisión de higiene, del ferrocarril de Cartagena a Calamar y de las haciendas del entorno, y guardan la documentación municipal donde constarían las ordenanzas sobre la leche y los partes de las rondas. Nada de eso se ha podido mirar porque no hay inventario publicado: el archivo se consulta por correo y sin saber qué hay dentro.

Voces de la comunidad

Conversación

¿Así te la contaron?

0 publicadas0 en revisión

«Zequiel» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Zequiel» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Zequiel» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

TÚ

Deja tu versión

Desde 10 caracteres. Sin enlaces: los descartamos.

No se publica. Sólo lo usamos si necesitamos preguntarte algo.

Cada versión la lee una persona antes de publicarse. Verás la tuya aquí mismo mientras esperas.