En el tiempo en que el poblado de Caimán era aún el eco de un pasado más vívido, donde sus casas de palma y barro dormían junto a la Ciénaga de Tesca, había un lechero que atravesaba los campos con el rocío aún fresco en el aire. Ezequiel Ramos, envuelto en nieblas de madrugadas eternas, guiaba su mulo por senderos de lodo y secretos, hasta que el amanecer se posaba sobre el humilde caserío y su sombra se dibujaba en la casa del estanco.
Simonita, esa joven de ojos sueños que filtraban luces ya extinguidas, sostenía firme el paso de los días detrás de una ventanilla. Al ver el regreso de su más constante visitante, una sonrisa, ligera y fugaz como el viento entre el arroz, se dibujaba en su rostro. Ezequiel le contaba historias que el río le susurraba al cruzarlo, y Simonita respondía con destellos de palabras que desprendían nostalgias de tiempos nunca vividos.
Era un amor silencioso y férreo, forjado entre el caminar de los astros y el vaivén del agua, aunque pendía siempre en el horizonte la sombra del "Peluza". Este, otro lechero de la comarca, era como esos musgos que se aferran al árbol, ásperos y persistentes. Su interés por Simonita, sabido y nunca oculto, inquietaba el corazón de Ezequiel, alimentando celosos fantasmas en las noches estrelladas.
Los días se sucedían con la misma cadencia de cucharas hundiéndose en una olla de sancocho. Ezequiel seguía soñando con un hogar donde Simonita arrullaría a sus hijos en un rincón de Turbaco, y cada peso ganado con el sudor de la frente era guardado con mimo y esperanza en una caja bajo su caballete. Sin embargo, las palabras siempre pospuestas de Simonita mantenían el desenlace en suspenso, como preámbulo de un discurso que nunca termina de llegar.
Una mañana oscura se levantó, como una serpiente que acecha a su presa desde la hierba alta. "Zequiel" nunca llegó a su destino aquella vez, pues en Cartagena le sorprendió una infame acusación. Los cántaros que portaba contenían leche tan aguada como las lágrimas del río Matute al reencontrarse con el mar. La justicia, dura e implacable en su ceguera, condenó a Ezequiel con la crueldad de quienes danzaban sobre el eco de sus hazañas de otrora.
El rumor del pueblo voló más rápido que cualquier veloz mensajero. Los cuchicheos convertieron verdades en ficciones, y la culpa en entretenimiento. Ezequiel, aquel hombre que nunca había adulterado más que el suspiro de un sueño roto, pagó con prisiones que el tiempo de Caimán volvió leyenda.
Entretanto, en la pequeña casa donde Simonita vivía, la tristeza había tomado forma de sombra que lamía las paredes. El "Peluza", con el alma embebida por aguardiente y resentimientos, se tornó el protagonista de un drama de locura y celos. Simonita, demacrada pero desafiante, soportó la ira de un hombre que había traicionado su amor y su confianza. En una cruel noche de revelaciones, el "Peluza", creyendo poseer la malicia justa, comprendió demasiado tarde el estupor de su venganza oscura; Simonita, con una fuerza nacida de la dignidad ultrajada, reveló su secreto y convirtió el odio en una risa rota por el dolor de tantas injusticias.
Al final, otra escena de justicia sombría despertó al pueblo una vez más. Los roles se cambiaron, las ironías se afirmaron: el asesino de una mujer adúltera fue juzgado; y Ezequiel, llamado a la tribuna, estiró una mano que aún temblaba al sentenciar: "Nuestras penas son casi iguales. Iguales nuestras tristezas". Así, ante un jurado que nunca terminó de escuchar la hondura del río y del amor, se enconaron las verdades universales de pasión y venganza, en una tierra donde la realidad, siempre mezclada con magia y destino, seguía trazando caminos secretos entre el agua y el lamento.
Historia
Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.
Versiones
El mito narra un evento trágico centrado en el personaje de Ezequiel Ramos y las personas cercanas a él en el pueblo de Caimán. La historia se enfoca en temas de amor, traición y justicia, con un trasfondo que refleja las tensiones socioeconómicas y personales de la época. En la primera parte de la narración, se presenta a Ezequiel como un lechero honesto y trabajador, que sueña con un futuro junto a Simonita, una mujer de la ciudad que administra el estanco de sus padres. Ezequiel se siente celoso de un rival, el "Peluza", a quien percibe como una amenaza a su relación con Simonita. La historia destaca las virtudes de Ezequiel, retratándolo como un personaje íntegro, tanto en su vida personal como laboral, y construye un escenario idealizado de sus aspiraciones.
La segunda parte del relato introduce un giro trágico cuando Ezequiel es incriminado por adulterar la leche, delito por el que es condenado a prisión. Se revela que el "Peluza" fue el responsable de la adulteración, orquestando el acto en un intento de deshacerse de Ezequiel y conseguir a Simonita. Este conflicto culmina en una confrontación violenta entre Simonita y el "Peluza", resultando en la muerte de Simonita, por la cual el "Peluza" es juzgado. Las diferencias entre ambas secciones son notables: la primera resalta un ambiente de aspiraciones y sueños interrumpidos únicamente por celos y dudas, mientras que la segunda sumerge en una realidad más sombría de traición y venganza, revelando la vulnerabilidad de Ezequiel a las manipulaciones de su entorno. Finalmente, el relato presenta una crítica social y moral subyacente, donde las acciones motivadas por la codicia y el deseo terminan dictando el destino de los personajes, contrastando dramáticamente con la vida honesta y laboriosa que Ezequiel intentaba construir.
Lección
La injusticia y la traición pueden destruir vidas honestas.
Similitudes
Se asemeja a mitos griegos como el de Edipo, donde el destino y la injusticia juegan un papel crucial, y a mitos nórdicos donde la traición y venganza son temas centrales.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



