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Yepá abandona la tierra

Yepá establece normas sociales fundamentales, prohibiendo el matrimonio dentro de la tribu y prescribiendo alianzas con otras tribus.

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Ilustración de Yepá abandona la tierra

En tiempos inmemoriales, cuando la niebla que abrazaba las cumbres de la cordillera Oriental aún se entrelazaba con los sueños de los seres humanos, los tukanos habitaban un mundo tejido con hilos invisibles de misterio y tradición. Fue entonces cuando Yepá, el guía y protector, envió a los vigorosos indios de su pueblo hacia las alturas donde el aire vestía un frío cristalino. Llevaban en su misión la esperanza encarnada en una caja que recibirían de un cacique, una caja que no contenía joyas ni riquezas, sino pepitas doradas que resplandecían con la promesa de un sueño profundo.

Estas pepitas, engarzadas con polvo de estrellas y bendecidas por el brillo de la luna, poseían la magia de adormecer al ser más inquieto. Sin embargo, antes de compartir el secreto de su uso, Yepá reunió a su pueblo bajo el techo celeste teñido de crepúsculo para entregarle leyes que habrían de guiar su destino. "Los tukanos", proclamó con la voz impregnada de sabiduría ancestral, "no pueden unirse con mujeres de su propia tribu. Deben buscar esposas en tierras forasteras."

Los tukanos asintieron, sus mentes entrelazando los ecos de las palabras de Yepá. Con la mansa confianza de quien entiende el entramado cósmico del que son parte, recibieron también la orden de tomar a su primera esposa con la fuerza del río que arrastra sus piedras, pero sin derramar sangre, para luego enviar a sus hermanas como embajadoras de paz a aquellas lejanas tierras. Así, entre tribus, se desecharían las armas y crecerían los lazos de alianza y amor.

A Yúpuri Baúro, Yepá le otorgó una dignidad singular: lo nombró supremo cacique de los tukanos, confeccionando su autoridad de las mismas costillas y huesos con los que había formado a la primera mujer. Con palabras que hacían vibrar el aire, le instruyó en los caminos de la guerra justa y la paz duradera, dibujando sobre la arcilla del tiempo el mapa de las tierras donde los tukanos labrarían su supervivencia y donde sus malocas, guaridas de familia y comunidad, se erigirían entre las sombras del bosque como eternas guardianas del pasado.

Pero como todo espíritu que trasciende su forma terrenal, Yepá se preparó para su partida. Observó a su pueblo con un adiós tejido en los ojos y nuevamente, desde lo alto de la montaña, alzó su comando hasta que cada indígena, cada hombre, mujer y niño, se puso de pie, expectante, en la tierra que los arraigaba. Fue allí cuando, contra todo poder conocido, el cuerpo de Yepá empezó a elevarse, desafiando las leyes de la pesadumbre, y se perdió entre las nubes que flotaban como suspiros en el firmamento. El cielo lo recibió mientras los tukanos, desconcertados y afligidos, dejaron que las lágrimas limpiaran su tristeza.

Pasaron el día y la noche como un río interminable; la fatiga abrazó sus huesos, pero el sueño no visitó sus párpados. La demanda de consuelo los hizo recordar, y así, al amparo de las estrellas que tañían la noche, los tukanos se dirigieron a Yúpuri, quien ahora cargaba con el legado del gran protector. "Tú, que has tomado el lugar de Yepá, posees las pepitas del sueño", dijeron, dejando que la esperanza titilara tenue en el aire.

Con una sonrisa hecha de las certezas que se tejen sólo en los sueños más profundos, Yúpuri distribuyó las preciadas pepitas. Cada tukano, al acariciar con la vista su propia pepita, descubría en ella un destello intangible, una promesa aún no revelada. Pero incluso con ese prodigio en sus manos, el sueño no acudía a su llamado.

Yúpuri, con la paciencia que custodian los guardianes del misterio, observó sus rostros marcados por la vigilia y, con serenidad, reveló la última línea de aquel encantamiento: "Hay que ponerlas sobre los párpados."

La noche, que hasta entonces había sido un tapiz de interrogantes sin respuesta, trajo consigo un murmullo de asombro. Uno a uno, los tukanos obedecieron el consejo, y al instante, el susurro del viento entre los árboles fue sustituido por el coro armonioso de sus ronquidos. Así, el sueño, como un río oscuro, los arrastró hacia sus corazones, reconectándolos con Yepá, fluían juntos en aguas donde el tiempo no transita y la eternidad susurra al oído de quienes se entregan a su abrazo sagrado.

Historia

Este mito parece originarse de una tradición oral de los tukanos, un pueblo indígena. La narrativa describe a Yepá, una figura que actúa como un protector y líder ancestral. Yepá envía a los robustos indios a obtener pepitas de un cacique, que tienen la capacidad de inducir sueño. Aunque las pepitas no se utilizan eficazmente al principio, Yúpuri, quien reemplaza a Yepá, enseña cómo usarlas. Este relato incluye aspectos culturales como las reglas sobre el matrimonio y la organización social, así como elementos mitológicos, como la creación de una mujer a partir de huesos y la ascensión de Yepá al firmamento. La historia refleja la importancia del liderazgo, las normas sociales y los elementos sobrenaturales en las historias originarias de esta comunidad.

Versiones

En el mito proporcionado, se presenta una narrativa singular acerca de los tukanos y su interacción con Yepá, el ser divino. En esta versión, Yepá no solo entrega pepitas que inducen sueño, sino que también establece normas sociales fundamentales: prohíbe el matrimonio dentro de la tribu y prescribe un método particular para formar alianzas matrimoniales con otras tribus, asegurando así la paz social. La autoridad de Yúpuri Baúro destaca, siendo este personaje designado como el líder supremo encargado de la guerra, la paz y la administración de las tierras para el beneficio de la tribu.

Esta versión introduce un elemento de aprendizaje y dependencia, ya que los tukanos inicialmente fallan en el uso correcto de las pepitas somníferas, requiriendo la guía de Yúpuri para emplearlas propiamente. Lo interesante es cómo se subraya la transición de liderazgo: tras la ascensión de Yepá, que deja a los tukanos en un estado de desamparo temporal, Yúpuri asume plenamente su papel al resolver el problema de las pepitas, simbolizando que el conocimiento, más que el simple don, es la clave para el bienestar del pueblo. Así, se resalta el mensaje de que las reglas y herramientas tienen utilidad solo cuando se comprenden correctamente, y la importancia de los roles asignados para el mantenimiento del orden y progreso entre los humanos.

Lección

El conocimiento y la correcta aplicación de las normas son esenciales para el bienestar comunitario.

Similitudes

Se asemeja al mito griego de Prometeo, quien entrega el fuego a la humanidad, y al mito nórdico de Odin, que transmite sabiduría a su pueblo.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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