Un libertador piedecuestano

Andina · Mestizo

Un libertador piedecuestano

La semblanza de José María Mantilla recorre su carrera militar y política; es memoria biográfica documentada, no mito sobrenatural.

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Un libertador piedecuestano: la entrada del relato

El relato

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En el valle de Piedecuesta el aire es tibio, y de ese aire salió un muchacho rumbo a Santafé para estudiar. Se llamaba José María Mantilla. Cuando la capital se sacudió el 20 de julio de 1810, él tenía 16 años y ese mismo día se presentó como soldado voluntario.

No volvió a soltar el fusil. Marchó con Bolívar desde San Cristóbal hacia Venezuela y peleó en casi todas las acciones de aquella campaña. En Valencia, cercada por Boves, los sitiados oyeron la promesa de que se respetarían sus vidas si se rendían. Mantilla no la creyó. Escapó con otros cinco oficiales, y fueron los únicos que se salvaron de la degollina.

De regreso, la guerra se volvió contra los patriotas. Antes del desastre de Cachirí lo mandaron con una columna a golpear la escolta que llevaba vestuarios a Calzada, y ese mismo día lo derrotaron en Cúcuta. En Casanare no quiso quedarse quieto: se fue al monte con la guerrilla de Ramón Nonato Pérez.

Dos años duró aquello. En octubre de 1818 cayó preso y lo llevaron a Pamplona. Un Consejo de Guerra lo condenó a la horca y le confiscó los bienes. El gobernador José Bausa quiso más: que su cabeza quedara expuesta en la plaza, para escarmiento de quienes todavía abrigaban la infidencia.

Lo salvó el papeleo. Anselmo de Bierna, asesor de Sámano, devolvió la causa por vicios de procedimiento. Se repitió el juicio y salió otra sentencia de muerte. Bierna la objetó también, porque los cargos eran anteriores al indulto, y Sámano acabó dándole la razón. Esa noticia nunca llegó a la celda.

La noche del 31 de julio de 1819, una semana antes de Boyacá, Mantilla dejó de esperar. Se amotinó en la cárcel, liberó a los otros presos, asaltó la guardia y repartió los fusiles. Reunió gente, tomó las cajas reales y se proclamó gobernador de la provincia. Miguel de La Torre, que venía a relevar a Barreiro, encontró cerrados los caminos, tuvo que detenerse en Cúcuta y le escribió a Sámano que no le quedaba ninguno seguro para marchar.

Tras la victoria, Santander lo nombró gobernador de Mariquita. Hubo quien lo miró con recelo: Córdova preguntó por carta cómo podía llevar la orden de los libertadores de Venezuela. Él siguió adelante y llegó a general.

Después cambió el campamento por el Congreso. Fue durante años la voz de Pamplona, temido por su sátira y por sus anécdotas crueles. Juntó a los artesanos arruinados en una sociedad de rojos. En la sesión que eligió a López azuzaba a las barras para que gritaran su nombre, y apenas posesionado el nuevo presidente fue a exigirle la expulsión de los jesuitas.

En 1854 aconsejó al general Melo. Cuando Melo cayó, los dos compartieron prisión. Al verlo con un par de grillos recién remachados, Mantilla le dijo con sarcasmo que su plan de campaña se le había bajado a los tobillos. Lo juzgaron y lo indultaron porque lo pidió la ciudad entera. Murió retirado en Bogotá el 22 de enero de 1860, lejos del valle tibio donde había empezado todo.

La enseñanza

“Un expediente lento puede salvar la vida que una sentencia ya había dado por perdida.”

Territorio

Andina · Mestizo

Andina · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
6.991882° · -73.051056°

Ficha del relato

Contexto histórico

Esta semblanza sale de un discurso de academia. Ricardo Ortiz McCormick, periodista de El Tiempo y natural de Piedecuesta, lo leyó el 29 de abril de 1975 al tomar posesión como miembro de número de la Academia Colombiana de Historia, en la silla que había dejado Andrés Soriano Lleras. El Boletín de Historia y Antigüedades lo imprimió en su número 709, de abril a junio de ese año, con el título «José María Mantilla, combatiente y caudillo», entre las páginas 182 y 199. En la página 198 el orador llama a su tema «la parábola humana» del prócer.

El texto tiene dos mitades. La militar va de 1810 a 1833 y se apoya en el expediente del proceso de Pamplona, del que copia la sentencia, el oficio del gobernador Bausa y los dictámenes del asesor Bierna, y en la carta en que Miguel de La Torre confiesa a Sámano que no tiene camino. Cierra con la hoja de servicios completa: los ascensos día por día, los batallones, los cargos. La civil es otra cosa: un alegato sobre los draconianos, las Sociedades Democráticas, la elección de José Hilario López y el golpe de Melo, en el que el orador toma partido abiertamente.

A continuación, en las páginas 199 a 204, viene la respuesta de Rafael Bernal Medina en nombre de la corporación. Recuerda a otros hijos ilustres de la villa, de Fernando Serrano al poeta Abel Karl, y deja constancia de que Ortiz McCormick preparaba una biografía de Mantilla en forma de libro. Bernal Medina insiste en el episodio de Pamplona como el que le da a Mantilla derecho a figurar entre los próceres.

Es la voz de un paisano que, siglo y medio después, reclama para su pueblo un nombre que la historia nacional había dejado en la sombra.

Resonancias con otros mitos

El propio discurso pone al lado del levantamiento de Pamplona otro episodio del mismo mes. Horacio Rodríguez Plata había llamado «momento estelar» a la batalla de Charalá, donde los socorranos detuvieron los refuerzos que debían llegar a Barreiro en los primeros días de agosto de 1819. Pamplona y Charalá funcionan igual en la memoria santandereana: dos acciones de provincia, lejos del campo de Boyacá, que se reclaman como condición de la victoria.

El segundo paralelo es el compañero de calabozo. José María Melo, el general cuyo gobierno de 1854 apoyaron los draconianos, fue desterrado y murió en México combatiendo bajo las banderas de Juárez. El discurso lo dice con cierta envidia: a Mantilla no le tocó esa gloria, sino el indulto y un retiro discreto. Los dos cargan con la misma derrota, y el orador los recuerda juntos en la misma página.

El tercero está en la misma villa. Fernando Serrano, bautizado en Matanza y vecino de Piedecuesta, defendió la villa en 1812 y gobernó la provincia de Pamplona durante la guerra, con Mantilla bajo su mando. El mismo número del boletín lo nombra dos veces como el otro gran hijo de Piedecuesta, y en la respuesta académica se afirma que allí nació. Serrano y Mantilla son la manera en que un pueblo pequeño se escribe a sí mismo dentro de la Independencia: con nombres propios que la historia de Bogotá había dejado al margen.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Del mismo hombre hay retratos que no coinciden. El más favorable es el de José María Baraya en sus Biografías militares de 1874, que el discurso copia al final: un general demócrata, sin ambiciones bastardas, que hablaba como en una conversación seria y familiar y que amaba al pueblo como un padre a sus hijos. Aníbal Galindo, citado en la página 192, lo recuerda por sus «sangrientas anécdotas» y su estilo sarcástico y burlón. Es la misma lengua vista desde la otra orilla.

  2. Baraya y el discurso tampoco cuentan igual la cárcel de Pamplona. Para Baraya, la sentencia de muerte se le conmutó por la de servir de soldado raso en las filas realistas, y así sirvió hasta el 31 de julio de 1819, cuando se libertó sublevando a la tropa que lo custodiaba al grito de libertad. El discurso, que trabaja con el expediente, no conoce esa conmutación: habla de dos condenas a muerte recurridas por el asesor Bierna y de un preso que se amotina en la cárcel y asalta la guardia. Hay diferencias menores. Baraya le da diecisiete años en 1810, no dieciséis, y registra una campaña de Ocaña contra la guerrilla realista de los Colorados que el discurso menciona sin situarla en Ocaña.

  3. El gobernador realista José Bausa, en el oficio de 1818, lo pinta como un hombre de gran influencia durante el desorden y pide su cabeza para la plaza. José María Córdova, en carta a Santander de marzo de 1820, duda de que haya estado en Venezuela y le choca verlo firmar como libertador. Ortiz McCormick responde a ambos con la hoja de servicios y llama injusta la carta de Córdova.

  4. La divergencia más viva está en el 9 de marzo de 1849. Los conservadores contaron que el Congreso eligió a López bajo amenaza, con puñales en las barras, y Mariano Ospina dejó escrito en su papeleta que votaba así para que no asesinaran al Congreso. A Mantilla se le acusó de azuzar a la multitud, y un testigo lo confirma sin rencor: Aníbal Galindo, que estaba en la barra, lo recuerda de escrutador, con los brazos cruzados a la espalda para no tocar las papeletas, acercándose cada rato a los muchachos para que no faltara el grito por López. El discurso admite que lo hizo, pero sostiene, con el acta y con Eduardo Rodríguez Piñeres, que en el escrutinio decisivo las barras ya estaban despejadas, y despacha la frase de Ospina como una truculencia.

  5. También difiere el peso que cada lector da al episodio de 1819. Para Bernal Medina es lo que convierte a Mantilla en prócer; para Ortiz McCormick es sólo el pico de una vida cuya faceta civil importaba más.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Santander · Andina
Referencias
10
Última revisión
22 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. José María Mantilla, combatiente y caudillo (discurso de posesión) y respuesta de Rafael Bernal Medina

    academiahistoria.org.co

    Es el texto que fija la vida contada en la página. En las pp. 184-192 sigue a Mantilla desde el valle de Piedecuesta y el voluntariado de 1810, con 16 años, hasta el generalato de 1827; en las pp. 189-190 copia del expediente la condena a la horca, el oficio del gobernador Bausa que pide su cabeza para la plaza de Pamplona, los dos dictámenes del asesor Bierna y la insurrección del 31 de julio de 1819 en la cárcel, que cerró los caminos a La Torre. Las pp. 192-198 cubren la Sociedad Democrática de los rojos, la sesión del 9 de marzo de 1849, el calabozo compartido con Melo, el indulto y la muerte en Bogotá el 22 de enero de 1860. La respuesta de Bernal Medina (pp. 199-204) sitúa a Mantilla entre los hijos ilustres de Piedecuesta.

  2. Biografías militares, o Historia militar del país en medio siglo

    archive.org

    El capítulo «Jeneral Mantilla» (pp. 53-55) es el retrato más antiguo del personaje: hijo de la villa de Piedecuesta, estudiante de 17 años en la capital en 1810, en las acciones de la primera campaña de Venezuela y en el primer sitio de Valencia, guerrillero con Nonato Pérez, preso en 1818. Da otra versión de 1819: la pena de muerte conmutada por servir de soldado raso en filas realistas y la liberación «sublevando la tropa que lo custodiaba». Añade la campaña de Ocaña contra los Colorados y cierra con el elogio del demócrata que «amaba al pueblo» y la muerte el 22 de enero de 1860.

  3. Recuerdos históricos, 1840 a 1895

    archive.org

    Es el testigo presencial de la sesión del Congreso de 1849 que eligió a José Hilario López. En la p. 31 describe a Mantilla como escrutador, «perpetuo Senador por la provincia de Pamplona», uno de los pocos que escaparon de Valencia en 1814 y «célebre en nuestros anales parlamentarios por sus sangrientas anécdotas». Cuenta que se mantenía con los brazos cruzados a la espalda para no tocar las papeletas y que se acercaba a la barra a pedir a los muchachos que no faltara el «gritico» por López. Es la fuente de la frase que cita el discurso de 1975.

Contraste y contexto · 7 referencias
  1. Reminiscencias de Santafé y Bogotá, serie 3

    archive.org

    En el capítulo sobre la caída de Melo (pp. 399-400) cuenta que a Melo lo llevaron preso al Colegio de San Bartolomé y le remacharon un par de grillos, y que Mantilla, «su compañero de infortunio», le dijo con sarcasmo que su plan de campaña se le había bajado a los tobillos. Es la escena que la página usa para el calabozo compartido de 1854. El mismo pasaje defiende a los melistas de la acusación de bandidaje y cuenta la deportación de los artesanos a Panamá.

  2. José María Melo

    enciclopedia.banrepcultural.org

    Sostiene el segundo paralelo de «Similitudes»: el golpe del 17 de abril de 1854, la expulsión del país con confiscación de bienes y la muerte de Melo en México, el 1 de junio de 1860, sorprendido por descargas de fusilería mientras servía a la causa de Juárez. Es el destino que el discurso de 1975 contrapone al indulto y al retiro de Mantilla.

  3. Las sociedades democráticas de artesanos y la coyuntura política y social colombiana de 1848

    revistas.unal.edu.co

    Da el contexto de la escena en que Mantilla junta a los artesanos: sitúa hacia 1847 la fundación de la Sociedad Democrática de Artesanos de Bogotá, le atribuye un papel de primer orden en la elección de José Hilario López y cita el reglamento de 1848 firmado por su presidente, Miguel León, el mismo que el discurso de 1975 pone al frente de la sociedad de los rojos. Explica también el desengaño artesano con el librecambismo tras 1854 y la deportación de cerca de 300 socios a Panamá.

  4. Guaches vs. cachacos: la sociabilidad democrática en Bogotá 1845-1876

    historiayespacio.univalle.edu.co

    Sigue la Sociedad Democrática de Artesanos de Bogotá entre 1845 y 1876: la elección de 1848 con Ambrosio López y Miguel León, la escisión entre gólgotas y draconianos, el apoyo draconiano a la candidatura de Obando y los periódicos draconianos de 1852. Permite leer la «sociedad de rojos» del relato dentro de la historia de la sociabilidad artesana, más allá de la versión del discurso.

  5. Fernando Serrano y Uribe, otro prócer de la Independencia colombiana

    urosario.edu.co

    Sostiene el tercer paralelo: Serrano defendió Piedecuesta en 1812, cuando la atacaron fuerzas de Girón en Mensulí, y defendió la provincia de Pamplona como capitán general y gobernador, bajo cuya autoridad sirvió Mantilla según el discurso de 1975. La partida de bautismo que reproduce es de la parroquia del Ecce Homo de la Matanza, no de Piedecuesta.

  6. ¿Qué dejó a la historiografía regional el Bicentenario de la Independencia de Colombia? La resignificación del Socorro y los socorranos

    dialnet.unirioja.es

    Sostiene el primer paralelo de «Similitudes»: en la p. 342 recoge un discurso oficial santandereano del Bicentenario según el cual los charaleños murieron el 4 de agosto de 1819 en el río Pienta para que un regimiento español del Socorro no llegara a apoyar a Barreiro. Es la misma operación de memoria que el discurso de 1975 hace con el levantamiento de Pamplona: una acción de provincia reclamada como condición de Boyacá.

  7. José María Mantilla

    es.wikipedia.org

    Añade lo que ni el discurso ni Baraya cuentan: que el 4 de mayo de 1854 Mantilla aceptó de Melo la Comandancia General de Cundinamarca, que tras la derrota del 4 de diciembre estuvo preso hasta el 19 de julio de 1855 y que Pastor Ospina decretó su indulto tras una solicitud de clemencia firmada por 72 personalidades, remitiendo a la Gaceta Oficial del 2 de agosto de 1855. Concuerda con el «se le indultó por petición de todos los sectores» del discurso.

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Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Un libertador piedecuestano» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Un libertador piedecuestano» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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