En la vasta extensión de la vereda de Batero, Riosucio, Caldas, existía un susurro antiguo que resonaba entre los árboles y se grababa en las piedras. La roca, cubierta de musgo y salpicada por el rocío, albergaba un petroglifo, emplazado desde tiempos inmemoriales. Los etno-antropólogos Anielka Gelemur y Guillermo Rendón G. desentrañaron el misterio y encontraron la figura de un jaguar palpitando en la piedra, como si escondiese en sus vetas un antiguo secreto.
La piedra narraba sobre Guakuramá, un pueblo que se erguía como espejo de la luna, donde los días se tejían en hilos de oro y sal. Allí, las mujeres, guardianas del descanso y la tranquilidad nocturna, dormían separadas de los hombres. Sin embargo, entre ellas destacaba una mujer cuya belleza rivalizaba con la misma claridad de la luna llena. En las noches plateadas, un joven de ojos fulgurantes se adentraba en sus sueños, a través del resplandor lunar, y la besaba con caricias que parecían prometidas por las estrellas.
Una noche, compartió con sus amigas el secreto que las sombras nocturnas le confiaban. Ellas, astutas como el cauce del río, le aconsejaron que se untara las manos con beé, un pigmento oscuro y revelador, para así descubrir al visitante que perturbaba su descanso. La luna observó, como siempre lo ha hecho, mientras la joven, aquella noche, giraba hacia su visitante nocturno sus manos teñidas de oscuridad. Él, atrayendo los destellos carmesí del principio del día, se alejó, inconsciente de la marca que ahora cargaba.
Con la llegada del alba, el mundo despertó, invadido por la luz. La muchacha se apostó, ojos abiertos y corazón galopante, a observar el desfile de hombres, buscándolo. Y allí, bajo la caricia del sol naciente, lo divisó. El hombre portaba en su piel las marcas del beé, como un tigre, como el mítico Tasime. El descubrimiento la congeló: aquel que surcaba sus sueños era su propio hermano. Aterrorizada por la revelación y por el fulgor condenatorio que posó en su hombro la misma luna que antes la embelesa, huyó a los brazos del río Cauca y en él se diluyó, dejando solo el eco de su angustia.
El hermano, al verse teñido en sombras trazadas sobre su piel como el jaguar grabado en la piedra, comprendió el juicio que la noche y el destino le habían otorgado. Dejó su humanidad a los vientos del amanecer y se convirtió en lobo, condenado a aullar a la luna, manchada también por el beé, luces imposibles que colgarían eternamente sobre el cielo, testimonio del amor forjado en la raíz equivocada del árbol familiar.
Así, la historia del amor prohibido florecía en la cultura Umbra, una advertencia cristalizada en mito, donde el tabú del incesto custodiaba los valores éticos de la consanguinidad. El relato, tallado por las zozobras y transgresiones humanas, reverberaba con la voz del río y la presencia ancestral del jaguar, un reflejo del castigo eterno y la redención que danza en el bosque bajo la eterna mirada de la luna.
Historia
El mito de Tasime se origina en la Comunidad Batero, vereda de Batero, Riosucio, Caldas. Este mito está representado en un petroglifo que fue estudiado por los etno-antropólogos Anielka Gelemur y Guillermo Rendón G. En el mito, se narra la historia de un pueblo llamado Guakuramá, donde una mujer sueña con un joven que la visita por las noches. Al seguir el consejo de sus amigas, descubre que el joven es, en realidad, su hermano al identificarlo con una pintura negra llamada beé. Este descubrimiento lleva a que la mujer cometa suicidio lanzándose al río Cauca, y su hermano, pintado como jaguar, termina convertido en lobo como castigo. El mito refleja tabúes sociales sobre el incesto en la cultura Umbra y destaca el surgimiento de valores éticos relacionados con la consanguinidad.
Versiones
El mito de Riosucio, Caldas, presenta un relato en el que se exploran temas de incesto y transformación a través de la figura del jaguar y, eventualmente, el lobo. Esta versión resalta cómo inicialmente el hermano es marcado y transformado transitoriamente en un jaguar debido a las acciones de su hermana, que intenta identificar a su agresor mediante el uso de beé, una pintura ritual. La metamorfosis en jaguar es simbólica, pero no permanente, y el relato culmina en una degradación adicional al transformarse en lobo. Este cambio de animal sugiere una pérdida de estatus o un castigo, ya que el lobo puede ser un símbolo menos prestigioso que el jaguar dentro del contexto cultural mencionado. La figura del jaguar, aunque efímera, está conectada con la transgresión del tabú del incesto, marco que los etno-antropólogos Gelemur y Rendón relacionan con valores éticos emergentes en la sociedad Umbra.
La transformación final en lobo, conjuntamente con el suicidio de la hermana al lanzarse al río Cauca, introducen una dimensión de castigo y purificación. La versión sugiere que la luna es un testigo omnipresente, complicando la relación con el ciclo nocturno de conexión romántica con simbolismo lunar, pero también actúa como cómplice pasivo de la transgresión. La conversión última del hermano en lobo puede implicar la retribución final, separando al transgresor del espacio sagrado o humano, mientras el suicidio de la hermana evoca una liberación de culpa a través del sacrificio personal. Esta estructura de doble castigo y transformación destaca cómo el mito emplea símbolos naturales y animales para representar conflictos éticos y tabúes sociales dentro de su narrativa, reflejando preocupaciones culturales sobre el orden social y moral.
Lección
El incesto es un tabú que conlleva castigos y transformaciones.
Similitudes
Se asemeja al mito griego de Edipo en cuanto al tema del incesto y sus consecuencias.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



