Tal para cual

Andina · Mestizo

Tal para cual

Explora el relato folklórico colombiano de don Anselmo y su curioso pacto con Cirilo, lleno de humor y sátira, en la ciudad de San Juan...

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El relato

En la antigua y resonante ciudad de San Juan de Girón, donde los ecos del pasado se entrelazan con los murmullos del presente, vivía un hidalgo peculiar, don Anselmo Landínez de Chinchánchez. Sus días transcurrían con la indolencia melódica de un bolero, navegando mares de chocolate aromático al amanecer y al atardecer, regocijándose en banquetes suculentos, compartiendo siestas regadas con el roncar de los tiempos coloniales, acariciando el humo de un buen tabaco veguero y dejándose llevar por el tintineo sereno del agua fresca en sus jarros de plata. Esta vida de placidez la sustentaba un cacaotal heredado, cuyos árboles alzaban sus copas como si quisieran tocar las nubes en el risueño valle del Riodeoro, y una casona bañada de sol, acompañada en su soledad por el canto de un turpial y las travesuras de un gato.

Pero más notable que sus propiedades era el apéndice que adornaba el cuello de don Anselmo, un coto que la ciencia nombraba bocio y el lenguaje del pueblo, maraca. Este no era un simple coto, sino el coto de todos los cotos, con una majestuosidad que envidiaban todos los cotudos de la comarca, especialmente el sacristán de San Juan, maese Cirilo. Ah, maese Cirilo, cuya voz resonaba en la parroquia y quienes aseguraban que sus cánticos se escuchaban a cincuenta leguas a la redonda. Él también era cotudo y, por consiguiente, como dicía la coplilla popular, bobo:

"Lalalá, entre cotudo y bobo, lalá, la diferencia descubro. Lalalá, el cotudo es un bobo, lalá, y el bobo es también cotudo."

Y así sucedió, como caen las hojas en el susurro del otoño, que don Anselmo, asaltado por una dolencia tempestuosa y persistente como una tormenta en el corazón de la selva, fue empujado a las puertas de la eternidad. El cirujano pronto declaró el caso más perdido que una quimera en la niebla, retirándose en silencio sólo para dejar su lugar al cura, quien administró con piedad sacrosanta y santos óleos, dejándolo listo para emprender el camino, aquel angosto sendero que se extiende hacia el paraíso.

Sin embargo, pese a la serenidad aportada por los sacramentos, en el corazón del bueno de don Anselmo, la duda se arraigaba como una enredadera. ¿Me salvaré?, se preguntaba en el silencio inquieto de sus pensamientos. ¿Será que algún pecado quedará escondido, rezagado como una sombra en la esquina del alma? Atormentado por visiones infernales y por las garras del diablo, encontró consuelo en una astuta idea que pronto compartió con su compadre Cirilo, el sacristán fiel.

"Compadre," dijo don Anselmo con la voz quebrada por la necesidad de certeza, "he cumplido con devoción todos los sacramentos, pero el miedo de que quede algún pecado no confesado me atormenta. Te pido que te hagas cargo de todos mis pecados, pasados y futuros, y en pago te daré la mitad de mi cacaotal. Vivirás en paz y sosiego con la providencia de su fruta."

Cirilo, movido entre el deber cristiano y la ambición terrenal, rascó su coronilla, acarició su coto, y luego, en un acto de devoción precipitada, juró ante el Cristo crucificado que aceptaba la carga eterna de los pecados de su compadre. El escribano público de la ilustre ciudad selló el contrato, vinculando destinos como los ríos atan a las tierras que recorren.

Radiante, Cirilo corrió a casa para compartir la noticia con su esposa, quien, lejos de alegrarse, contempló a su esposo con el ceño fruncido por las sospechas. "Algo ha debió esconder don Anselmo,” le dijo, "y aunque no fuera así, ¿qué tonto se hará cargo de las culpas de otro? Responde, Cirilo, si no fallece."

Aquellas palabras resonaron en el corazón de Cirilo como el estruendo de un trueno en la montaña. Precipitado y nervioso, se apresuró de regreso a casa de don Anselmo, sólo para encontrarlo de súbito animado, lleno de un vigor inesperado.

"¡Compadrito!" exclamó don Anselmo, "me encuentro mejor que nunca. No hay razón entonces para deshacer nuestro negocio. Yo sigo siendo un hombre de palabra."

Ambos compadres vivieron así con sus bobos y sus cotos, enredados en pactos y en palabras nunca deshechas. Quizás, pensó la gente, al final la misericordia de los cielos los acogió juntos, pues los bobos y los cotudos, de alguna forma, siempre encuentran su camino hacia la luz, guiados por la verdad de su peculiar sabiduría. Y así, la leyenda de don Anselmo y Cirilo se deslizó en el río del tiempo, fluyendo en las voces de aquellos que, recordaron, que entre lo sublime y lo risible no hay más que un acorde perdido, tocado por el viento en el tinte de un coto.

La enseñanza

La ingenuidad y la astucia pueden estar entrelazadas en la búsqueda de redención.

Territorio

Andina · Mestizo

Andina · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
7.070833° · -73.173056°

Contexto histórico

Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales para quien quiera profundizar.

Procedencia

Recopilado de la tradición oral de Mestizo, Andina · Andina > Santander > Mestizo.

Cómo documentamos cada relato

Fuentes y revisión editorial

La procedencia cultural está clasificada, pero la referencia bibliográfica primaria aún está pendiente de publicación en esta ficha. No presentamos esa clasificación como si fuera una cita documental.

Última revisión: 22 de julio de 2026Aportar o corregir una fuente

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