Yo ya tengo la espalda doblada de tanto remar por el Satinga y el Sanquianga, pero la memoria, esa sí, todavía camina derechita. Cuando el mundo estaba recién despierto, el cielo era una hamaca sin nudos y la tierra era un barro sin nombre. Arriba vivía Tachi Akhore, que es como decir Nuestro Padre, el que mira sin parpadear para que la vida no se desordene. Y en la tierra, donde pisamos, andaba Tachi Nawe, Nuestra Madre, la que enseña a amarrar el corazón con respeto. Abajo, en el mundo hondo, se movían los tapanos, que son como sombras con hambre: si uno les abre la puerta con malas acciones, se meten a la casa y a la cabeza. Una vez, en la boca de un estero de mangle, llegó un joven con ojos brillantes. Traía una canoa nueva y un machete que sonaba bonito. Dijo que iba a tumbar más monte del que su familia necesitaba, porque quería ser el primero en tener de todo: plátano, papachina, coco, pescado seco colgado como cortina. Se rió de los consejos del jaipana y dijo que los espíritus no llenaban la barriga. Esa noche, el sol se escondió temprano, como si Tachi Akhore hubiera volteado la cara. El agua del estero se puso negra y espesa, y los mangles empezaron a crujir como huesos. El joven soñó que su machete cortaba y cortaba, pero cada golpe abría una boca en la tierra. De esas bocas salían tapanos con manos de humo, y le pedían pago: primero su sueño, luego su palabra, luego su familia. Al amanecer, el jaipana lo llamó a la Casa Grande. Allí, con biche y canto, le mostró un cuenco con agua clara. Le dijo: mira, muchacho, el agua es como la palabra: si la ensucias, nadie bebe; si la cuidas, todos viven. Entonces la Tachi Nawe, sin gritar, le puso una semilla de mangle en la palma y le dijo: la ambición es un fuego que no cocina, solo quema. Si quieres ser grande, sé grande para la comunidad. El joven volvió al estero y, en vez de tumbar, sembró. Repartió su pesca, pidió perdón a los mayores, y cada vez que el deseo de acaparar le mordía el pecho, se lavaba las manos en el río y repetía bajito: mi palabra no será cuchillo. Desde entonces, cuando alguien habla con rabia o trabaja con codicia, el mangle se pone triste y el agua se oscurece. Pero cuando la gente comparte, el estero canta, y dicen que arriba, en su hamaca de cielo, Tachi Akhore vuelve a mirar de frente para que el mundo no se desbarate.
Historia
Este relato nace en el litoral pacífico nariñense, en territorios de ríos y esteros donde la vida depende del equilibrio entre selva, mangle y agua. La figura de Tachi Akhore se entiende como principio ordenador: no solo creador, sino guardián del balance. Su enseñanza se vuelve práctica cotidiana: medir la ambición, cuidar la palabra, y no romper la relación con los seres visibles e invisibles. La historia se apoya en elementos culturales coherentes con el pueblo Eperara Siapidara: la presencia de autoridades espirituales (Tachi Nawe) y de salud tradicional (jaipana), la Casa Grande como espacio de reunión y consejo, y la idea de que los comportamientos humanos tienen consecuencias en el mundo espiritual y en la salud del territorio. El escenario del estero de mangle funciona como espejo moral: el agua clara o turbia refleja la limpieza o la contaminación de la palabra y de las acciones. Así, Tachi Akhore no aparece como castigo inmediato, sino como una mirada que se retira cuando la comunidad rompe el equilibrio, y vuelve cuando se restablece la armonía.
Versiones
1) Versión del estero: el joven no sueña con tapanos, sino que los escucha en el crujido del mangle; la señal es que los peces desaparecen hasta que él comparte su primera cosecha. 2) Versión del río grande: el conflicto ocurre en una travesía; la canoa se queda varada porque el muchacho llevaba carga de más. Solo flota cuando reparte lo que llevaba. 3) Versión de la Casa Grande: la enseñanza central es un consejo de Tachi Nawe: la palabra debe caminar antes que el machete. Quien habla primero con respeto, corta menos selva. 4) Versión del fogón: el jaipana cura al joven soplando humo de plantas y cantando; la enfermedad no es del cuerpo, sino del deseo. La cura es prometer trabajo comunitario. 5) Versión de los niños: se cuenta como advertencia escolar: si uno miente o se burla de los mayores, el agua del patio amanece amarga y nadie puede cocinar.
Lección
La enseñanza de Tachi Akhore aquí es ética y espiritual a la vez: - La palabra es medicina o veneno: hablar con rabia, mentira o burla contamina la convivencia como si ensuciara el agua. - La ambición sin medida abre puertas a la desgracia: no por magia caprichosa, sino porque rompe redes de apoyo, agota recursos y debilita el espíritu. - El territorio no es bodega: selva, mangle y río son parientes; cuidarlos es cuidarse. - La autoridad espiritual y los mayores no mandan por fuerza, sino por responsabilidad: su consejo busca mantener el equilibrio para todos. En síntesis: ser fuerte no es acaparar, es sostener la vida compartida.
Similitudes
Este mito dialoga con motivos comunes en el Pacífico y en otras tradiciones indígenas: - La naturaleza como espejo moral: el agua clara/turbia refleja conducta humana, similar a relatos donde ríos o lagunas reaccionan ante faltas. - La presencia de seres del mundo de abajo que se alimentan de errores humanos, comparable a figuras de sombras o espíritus que castigan la transgresión. - El aprendizaje mediante sueño o visión, frecuente en relatos chamánicos donde el error se corrige con consejo ritual. - La figura del guardián del equilibrio (padre/sol) y la guía materna (madre/luna o madre espiritual), un patrón extendido en cosmologías de la región. Aun así, la historia mantiene su sello local: estero de mangle, vida ribereña y el énfasis en la palabra como agua compartida.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



