AndinaKatíosSéver

Sever

La creación de indios catíos y cunas por Caragabí desata un conflicto legendario.

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Ilustración de Sever

En el principio de los tiempos, cuando el susurro del viento aún acariciaba al mundo recién nacido y las estrellas danzaban en un cielo tan oscuro como la esencia del misterio, existía un dios llamado Caragabí. Un dios cuyo poder podía verterse desde un frágil vaso de totuma para sembrar vida donde antes solo había vacío.

Una noche, Caragabí contempló el abismo de lo inexistente y se concentró en el nacimiento. De su mano surgió una gota de agua. La colocó bajo una totuma nueva y, al amanecer, levantó la tapa para encontrar que la gota había florecido en un indio catío. Tomado por la belleza de su creación, repitió el gesto, y del nuevo recipiente emergió una mujer catía, quien fue entregada por el dios como compañera al primer hombre del mundo.

Caragabí impartió su sabiduría a la mujer, enseñándole a crear gotas similares, enseñándole el potencial escondido en lo diminuto. Pero al intentar imitarlo, ella esparció la gota en forma de una llovizna que caía dulce y tenue, engendrando sin plan ni control a una multitud de indios cunas. Estos cunas, con la piel bañada por la lluvia primordial, pronto se mostraron hábiles con el arco, su puntería era el reflejo del destino que el viento traía consigo.

Sin embargo, como las hojas caen inevitablemente del árbol en otoño, también cayó la ingratitud de los cunas sobre Caragabí, flechándolo un día con arcos que no conocían el respeto hacia su creador. Herido por tal traición, aunque su cuerpo era inmortal y no sangró una sola gota de su majestuosa esencia, decidió desterrar a los cunas del edénico paraje, obligándolos a vagar hasta establecerse en las márgenes del atraciante río Atrato.

Bajo el manto de su ira y para mantener a raya a los ingratos cunas, Caragabí forjó un héroe, Séver, de la conjunción de otra gota y la savia del propio tronco del árbol sagrado Genené. Infundido con habilidades guerreras desconocidas, Séver aprendió a frotar su piel con el polvo de ojos de tigre para alcanzar una agilidad que convertía su carne en un viento salvaje, y para ver en la oscuridad como si fuera día, se aderezaba con ojos molidos de venado, de león y de guagua.

Séver tuvo cinco hijos, héroes ellos también, que llevaron en su sangre las extraordinarias facultades de su padre. Con la piel sagrada, Séver se dirigió al poblado de los cunas en una noche vestida de sombras. A pesar de las animosidades, pudo escabullirse gracias a la visión que había adquirido y regresar, indemne pero frustrado, a su hogar invisible a la noche.

En este juego del destino, los cunas lo persiguieron aguas arriba del Atrato, veinte guerreros resueltos a terminar con la amenaza. Pero Séver se replegó a su bohío y, como forjador del silencio y la guerra, amasó un armamento con el mismo fervor con el que la luna dibuja mareas. Armado de nuevo, descendió el Atrato y sumió al gran bohío de los cunas en un silencio eterno, regresando río arriba con el botín ricamente adornado por la victoria.

Su furia y su arte en la guerra no encontraron tregua, pues un mes después, nuevamente se enfrentó a otro ejército de canoas cuna. Vencedores Séver y su prole, regresaron río arriba como por encantamiento, a su bohío lejos de donde el río toma aliento.

Sin embargo, en las siguientes estrellas, los cunas regresaron con veinticinco canoas, y aunque su corazón había sido perforado cruelmente por la pérdida de Chiano, su tercer hijo, Séver cobró venganza convirtiendo aquel cañaflechal en un infierno chispeante que obligó a sus enemigos a caer bajo sus flechas mortales como hojas bajo la lluvia de su propia creación.

Los dientes arrancados a sus enemigos colgaban como campanillas a la entrada del humilde bohío de Séver. Eran aquellas reliquias sonoras las que auguraban victoria en cada mirada al río, donde los altivos cunas navegaran una y otra vez tras la sombra de Séver.

Fue así que un día, Emágai, el hijo menor, salió a cazar a las fértiles márgenes del Atrato. Reconocido y perseguido por los cunas, fue herido, pero su elusiva agilidad y una voluntad que corría tan firme como el propio río, le permitieron refugiarse y, eventualmente, escapar de sus captores.

Cuando Séver escuchó el rugido del río en sangre y fuego, supo que la voz de su hijo clamaba desde el interior del bosque profundo. Con la noche como amiga y el ardor de un dios tras sus acciones, incendió el pueblo de los cunas, propiciando la libertad de Emágai, quien retó y venció al capitán cuna en un duelo que hizo temblar a la luna y romper su reflejo en el río, volviendo a casa en la penumbra majestuosa de su linaje.

El tiempo y la eternidad cruzaron destinos como los hilos de un telar mágico en la urdimbre de otra expedición contra los cunas. Entre ellos, las cincuenta canoas que navegaban como sombras sobre el Atrato fueron destruidas por el filo del día que los descendientes de Caragabí portaban en sus corazones.

Así fue como los hijos de Séver, más allá del dolor y bajo la férrea luz de la retribución, honraron la promesa de su padre y reclamaron como suyo el más profundo latido del Atrato. Y se dice que en el murmullo del río y el crujir de la lejanía, aún pueden escucharse las notas de una flauta hecha con los huesos de Séver que, desinflándose con el soplo del viento tropical, ríen todavía de quienes osaron subestimar la sagrada descendencia de Caragabí. Y así, en el tiempo que corre como río, entre lo visible e invisible, el mito de Séver y Caragabí reposa en los sonidos del bosque y el eco imperecedero de un pueblo destinado a sobrevivir.

Historia

Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.

Versiones

El mito presenta una narración compleja en la que Caragabí, una figura divina, crea a varias razas y personajes a partir de gotas de agua. La versión se centra en la creación de los indios catíos y cunas, así como en el conflicto resultante entre ellos. En una versión del mito, Caragabí primero crea a un hombre y una mujer catía, quienes son enseñados por el dios a reproducirse mediante gotas de agua. Sin embargo, la mujer dispersa una gota en forma de llovizna, multiplicando a los indios cunas. Este hecho desencadena una serie de enfrentamientos y desavenencias entre los cunas y Caragabí, quien eventualmente destierra a los cunas por su ingratitud al intentar herirlo.

En este contexto, Caragabí también suscita a un héroe llamado Séver, quien lidera una serie de incursiones y batallas contra los cunas, herederos de sus habilidades sobrenaturales y su enemistad con Caragabí. Una diferencia notable en la narrativa es la peculiar creación de las razas y la enseñanza divina conferida a Séver, lo que amplifica su capacidad de liderazgo y combate. En esta versión, se enfatiza la habilidad de Séver para ver de noche y su agilidad, habilidades que le permiten emprender reiteradas incursiones victoriosas contra los cunas.

La narrativa describe un ciclo de violencia, represalias y simbolismo a través de elementos como la construcción de canoas de árboles sagrados y las batallas nocturnas. Otro aspecto distintivo son los ritos y señalamientos divinos que marcan las victorias de Séver y sus descendientes, simbolizado por la utilización de los dientes de los cunas como campanillas augurando nuevos enfrentamientos. Finalmente, el mito culmina describiendo la traicionera muerte de Séver y la continuación del conflicto a través de sus hijos, quienes finalmente triunfan, destacando la resistencia y persistencia en conflictos generacionales que moldean la historia y territorio de estos pueblos míticos.

Lección

La ingratitud puede llevar a la destrucción y el destierro.

Similitudes

Se asemeja al mito griego de Prometeo, donde un ser divino enfrenta consecuencias por su interacción con la humanidad.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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