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Seiskwisbuche y Yangauki

El mito de Seiskwisbuche destaca el engaño y la codicia como elementos centrales que llevan a su trágica caída.

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Ilustración de Seiskwisbuche y Yangauki

En un rincón olvidado del mundo, donde la bruma se entrelaza con la luz y el río canta secretos en su curso, vivía Seiskwisbuche, el hombre que había desafiado el destino. Su historia comenzó con la memoria de su padre, a quien los ecos del viento acusaban de haber sido vencido por su propia mano. Seiskwisbuche compartía su hogar con su hermana, en un vínculo que la gente del pueblo evitaba mencionar, como si simplemente pensarlo pudiera convocar a los espíritus que habitan los miedos humanos.

Lejos, en un poblado del cual solo se sabía por leyendas, un hombre llamado Nunula, maestro de conocimientos arcanos y secretos antiguos, escuchó el susurro de la historia de Seiskwisbuche. Era ese tipo de hombre que sabía de las piedras que lloran y de las conchas que cantan, por lo que no era de extrañar que Seiskwisbuche, movido por un destino que le persistía, lo llamara a compartir casa, aunque su verdadero objetivo fuera terminar con la vida de Nunula. El destino tiene maneras extrañas de humor en las tramas de la vida.

Desde el día en que Nunula llegó, se encontró atrapado en un laberinto de tareas y labores que Seiskwisbuche ideó para mantenerlo alejado de su hermana. Casa María se convertía en el reino del trabajo sin tregua, donde suspiros y sudorxs se mezclaban sin oportunidad de descanso. Nunula sentía la presión del tiempo y pronto comprendió que su vida era el cuadro de un plan funesto, uno del que debería escapar si deseaba ganarle una partida al destino que parecía idéntico al de su predecesor en ese lugar.

Un día, halló refugio en la naturaleza, en una quebrada coronada por una piedra caprichosa que emergía en el cauce del río. Desde allí, invocó a Anguiskuitse, una piedra que guardaba el poder de engañar con su mana líquido. Al verla, Seiskwisbuche creyó haber terminado su cometido. Sintió el alivio del triunfo y el peso de su propia brutalidad cayendo en el olvido, retornando a su Casa María, como si las aguas mismas hubieran limpiado más que su esfuerzo, su memoria.

Mientras los años se sucedían, los días no fueron más que reflejos en un estanque inmutable para Seiskwisbuche. Su mundo, habitado por mujeres que, cual cucarachas, trabajaban y se apilaban en su silencio, comenzó a desmoronarse cuando el eco de un nuevo ser recorrió las colinas. Era una figura etérea, tejida en ilusiones de blanco y luz, que descendía entre sombras dispersas por la loma.

Esta mujer, fabricada por los susurros de Nunula y las antiguas leyendas de su pueblo, tenía siete rostros entrelazados en una sola existencia. Seiskwisbuche, cautivado por este enigma inexplicable, creyó que de algún modo hasta los cielos, representados en su figura resplandeciente, le enviaban un regalo. Aceptó a la mujer en su hogar, desarmando la arquitectura y las reglas para permitir que ella, con su singular presencia, tomara asiento en su vida.

La mujer ofrecía más que simplemente compañía. De sus largos cabellos caían alimentos: plátanos, maíces y frijoles, desafiando el hambre y aliviando el peso de las responsabilidades del hombre que había olvidado cómo reír sin preocuparse. Y sin embargo, todo don es a menudo un preámbulo de deseo. Un día, demandó la riqueza roja de carne, esa carne que sus dientes no habían probado desde que ella cruzara su umbral. Seiskwisbuche, ansioso por complacer y por miedo a perder este milagro, preparó trampas que solo capturaban sombras.

Pronto, en el caldero que crepitaba en la hoguera, la mujer delgada y digna reveló sus secretos. Un aroma emergía, casi musical, y llamó al hombre con un susurro inmaterial que se deslizó en su oído como la brisa en un campo abandonado. Pero la advertencia del amor siempre llega tarde al oír del herido. Su codicia e imprudencia perdieron la batalla contra las sombras huidizas de un espíritu de chucha que, flaca e intocable, escapó mientras Seiskwisbuche solo tomaba un jirón de su rabo. Así como la paciencia se agotó en sus manos, la mujer de los siete rostros también optó por retornar al rincón de donde había salido.

En una desesperanza medida por las sombras del crepúsculo, el hombre emprendió el camino en pos de ella, llevando ofrendas que apenas tenían peso del valor que él intentaba descubrir. Las piedras que cargó sobre una simple mesita habían dejado de cantar su riqueza. En la última frontera del agua, la mujer se detuvo y el aire se llenó de misterio. Si Seiskwisbuche no miraba, le prometió uno más de sus secretos.

El hombre cerró los ojos al mundo, y cuando el sonido del universo fue desvelado en un simple pito, cada una de las siete mujeres dejó el refugio del mar. Él, arrastrado por su asombro y deseo de entendimiento, socavó con la vista allá donde la magia callaba, y nada quedó para él, salvo un cuerpo mortal que ni sombra proyectaba ya.

El destino cayendo oscuro sobre la luz, regresó a Seiskwisbuche a su Kansa María, a una muerte lenta que no lo redimiría ni el destino generoso. Mientras su ser se desintegraba, las criaturas de la noche emergieron reclamando el banquete de la carne atrapada por la eternidad en una pantomima inmortal.

La mujer que había sido conjurada desde siete nombres, reinaba en lo alto de su torre de madera, lanzando sus siete chipi-chipi en el oscuro abismo, para evitar que su silencio fuera invadido por voces monstruosas. Cuando la guirnalda de la lengua cambió el color del horizonte, solo el polvo inerte y el eco de las bestias quedaban en la Casa María de Seiskwisbuche, y el mundo rotó una vez más hacia la indiferencia de un nuevo amanecer, ahora plagado de otros susurros, miedosos de ser nombrados.

Historia

El mito de Seiskwisbuche parece originarse de la creación o invención de un personaje, Yanguaki, por parte de los padres con el propósito de matar a Seiskwisbuche. Seiskwisbuche había asesinado a su propio padre y vivía con su hermana, lo que llevó a un conflicto con Nunula, un hombre que sabía mucho, a quien Seiskwisbuche intentó matar al invitarlo a casarse con su hermana. Nunula, que también es parte del origen del mito, inventó siete mujeres en una sola y utilizó su ingenio para confundir y derrotar a Seiskwisbuche. Este mito se presenta con varios elementos fantásticos, como la transformación repetida de una mujer en múltiples entidades, y termina con la derrota y muerte de Seiskwisbuche.

El mito parece contener elementos culturales y posiblemente educativos del entorno social del que proviene.

Versiones

La versión presentada del mito de Seiskwisbuche se destaca por su enfoque detallado en la vida de este personaje y su interacción con Nunula y la mujer mágica. El relato presenta a Seiskwisbuche como un personaje complejo que mantiene relaciones incestuosas con su hermana y conspira para asesinar a Nunula. Sin embargo, Nunula evade la muerte mediante un truco con una piedra que simula el flujo de sangre, demostrando astucia y habilidad. Esta parte del relato subraya un tema común en los mitos: el engaño como forma de sobrevivencia y superación de amenazas. La introducción de la mujer mágica, que se transforma en siete mujeres y luego en un solo ser humano al bañarse, acentúa los elementos fantásticos y sobrenaturales, así como la avaricia de Seiskwisbuche, quien busca apropiarse de estos dones para su beneficio.

Por otra parte, la interacción entre Seiskwisbuche y la mujer mágica termina en su caída. A pesar de sus esfuerzos para satisfacer las demandas alimenticias de ella, fracasa al intentar atrapar un animal que escapa, dejando una marca semipermanente en su cola, explicando un rasgo de los animales en el mito. La narrativa finaliza con una transformación trágica de Seiskwisbuche: al intentar seguir a la mujer a su casa, se encontró con su propia destrucción. Los aspectos mágicos culminan en una demostración de cómo la codicia puede llevar a la ruina: la muerte de Seiskwisbuche se presenta de forma brutal con su cuerpo hundido mientras los animales místicos beben de su sangre. Esta variante del mito ofrece una moraleja sobre los peligros del deseo desmedido y la codicia, encapsulados en un final dramático donde la mujer mágica sobrevive y transforma todo en una ilusión.

Lección

La codicia y el deseo desmedido conducen a la ruina.

Similitudes

El mito se asemeja a las historias griegas de transformación y engaño, como la de Proteo, y a los mitos nórdicos donde la codicia lleva a la destrucción.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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