En los tiempos antiguos, cuando el mundo era aún joven y los sueños de los hombres se mezclaban con las leyendas susurradas por el viento, surgió un evento que cambió el destino de todos los seres vivientes. En ese entonces, los primeros guambianos habitaban una vasta meseta, donde las aguas corrían con dulzura sobre la tierra amplia y susurrante. La sabana, adornada con el verdor de los frailejones y el cantar de los sauces, se tendía serenamente a los pies del imponente páramo, mientras los sauces y robles danzaban al ritmo de los ventarrones que acariciaban sus ramas.
Pero el plácido mundo tejido por el Gran Duende y la Mama Grande estaba destinado a transformarse. Un día, llegó un hombre extraño, vestido con los colores del horizonte, que dijo llamarse Pedro. Traía consigo una magia que hacía vibrar la atmósfera. Poco después de su arribo, los arroyuelos crecieron con un ímpetu insospechado, las quebradas se convirtieron en tumultuosos ríos que devoraban el paisaje, y la serenidad del lugar quedó sepultada bajo una interminable extensión de agua. La colosal inundación cegaba el horizonte, tragando vidas, arrastrando consigo casas y esperanzas.
Los pocos sobrevivientes se refugiaron en la colina más alta, miraron con asombro a Pedro, quien flotaba majestuoso en un gran tambor que parecía desafiar las aguas embravecidas. Pedro, con sabia previsión, había reunido a una pareja de cada especie de animal, junto a un hombre y una mujer, embarcándolos para perpetuar la vida sobre la Tierra. Navegaron por un tiempo que pareció eterno; las aguas se mecían bajo el tambor y el cielo se cerraba con nubes a veces sombrías, otras luminosas como un atisbo de esperanza.
Finalmente, cuando las aguas habían contado con su voz historias de renovación, Pedro, con un gesto solemne y mágico, quebró el velo de las nubes, y el sol, con su dorado esplendor, se derramó sobre el vasto océano. Las aguas, obedientes, comenzaron a retirarse, esculpieron el paisaje con su fuerza, dibujando valles profundos, majestuosas cascadas y páramos con cimas nevadas que parecían tocar el firmamento. Los pasajeros del tambor encontraron entonces tierra nueva, fértil y esperanzadora, donde asentaron raíces profundas y dieron vida a nuevas generaciones.
A medida que los años pasaban, Pedro se volvió anciano, su sabiduría tan vasta como el horizonte que una vez había dominado. Un día, el mago del tambor amaneció inerte, su cuerpo rígido como la piedra de la que nacen los dioses. Los guambianos, con reverencia, prepararon una tumba de roca y depositaron en ella a Pedro, su espíritu dormido entre el polvo y los lamentos del adiós.
Sin embargo, el astuto Pedro había preparado su último truco. Había dejado una de sus piernas fuera del ataúd, una cuerda de fibras de cabuya atada a su tobillo, cuyo extremo se enroscaba firmemente a la raíz de un árbol colosal. Aún en su descanso eterno, Pedro jugueteaba con la cuerda, lleno de la alegría traviesa de un niño. Y cada vez que deseaba asustar a los habitantes del nuevo mundo, tiraba fuertemente, provocando temblores que agitaban bosques y montañas. Los guambianos, asombrados, sentían la tierra temblar, y sabían que era Pedro, riendo desde el más allá, recordándoles con cariño que la magia nunca desaparece por completo, sino que habita en los latidos de la tierra y el susurro de sus recuerdos más antiguos.
Historia
El mito se origina en una narrativa que describe la transformación de un paisaje debido a la aparición de Pedro, un hombre con poderes mágicos. Según el relato, Pedro llega a una vasta meseta habitada por los guambianos y, poco tiempo después, provoca un cambio drástico al hacer que las aguas aumenten, convirtiendo arroyos y quebradas en ríos poderosos que inundan la sabana. Para salvar la vida y las especies, Pedro construye un gran tambor en el que alberga una pareja de cada tipo de animal y un hombre y una mujer, a quienes lleva en un viaje sobre las aguas. Al final, Pedro manipula las fuerzas naturales para reformar el paisaje, creando un terreno accidentado con valles y ríos que los sobrevivientes poblan. Años después, en un acto final de engaño y travesura, Pedro finge su muerte, queda enterrado pero permanece activo bajo tierra, causando temblores y sacudidas al mover una pierna amarrada a una cuerda, asustando a los habitantes. Este mito probablemente sirve para explicar la formación del terreno actual de los guambianos y para contar las peripecias de un héroe cultural que, aunque parezca muerto, sigue influyendo en el mundo.
Versiones
La versión presentada del mito de Pedro el Mago se centra en su aparición en un mundo inicialmente tranquilo y cómo sus poderes mágicos provocan un cambio catastrófico en el entorno natural y en la vida de los guambianos. El relato describe un mundo creado por el Gran Duende y la Mama Grande como una vasta meseta, que se transforma en un paisaje accidentado y diverso tras la inundación provocada por Pedro. Este cambio es tanto una devastación como una oportunidad para un nuevo comienzo, simbolizado por Pedro colocando en su arca improvisada una pareja de cada especie para asegurar la continuidad de la vida.
No hay otras versiones ofrecidas para una comparación directa en este caso específico. Sin embargo, dentro de esta narrativa única, se destaca un ciclo de creación-destrucción-renovación. El personaje de Pedro, aunque inicialmente parece ser un agente de destrucción, también actúa como un salvador, garantizando la regeneración de la vida. Se presenta un elemento de engaño y travesura en la figura de Pedro, incluso en su destino final, cuando simula su propia muerte y continúa influyendo en el mundo a través de temblores ocasionados por la cuerda atada a su pierna, infundiendo temor pero, al mismo tiempo, manteniendo viva su presencia mágica.
Lección
La destrucción puede ser un preludio para la renovación.
Similitudes
Este mito se asemeja al relato del diluvio universal en la mitología bíblica y a la historia de Deucalión y Pirra en la mitología griega.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



