En el tiempo sin tiempo, cuando las palabras aún no conocían el borde de la mentira, existía una vasta extensión llamada Nupisu, Piendamó, el corazón pulsante en el centro de una sabana que era al mismo tiempo páramo y matriz. Era un hueco profundo, un Nupirrapu, que albergaba el aliento primigenio del mundo: el agua. El agua, ni buena ni mala, simplemente era. En su ciclo eterno, jugaba con el destino de todo lo creado, dando y quitando en su danza sin fin.
Allí, en las alturas azules donde los pensamientos son casi nubes, convivían el Pishimisak y el Kallim, reflejo el uno del otro, solitarios y completos. Pishimisak, en su esencia blanca y fresca, era tanto masculino como femenino, la dualidad perfecta que había existido desde el principio. De su unión con el agua nació Kosrompoto, el arcoíris, su luz tejida de vivos colores que iluminaba los cielos y hacía visible la danza de la creación.
A veces, el cielo desbordaba y la tierra se humedecía hasta colmársele el alma; así, llegaron las primeras lluvias, aguaceros que rugían con la intensidad de la vida misma. Ríos cargados de furia descendían de lo alto, desgajando los cerros, arrastrando tanto piedra como historia, trazando con sus dedos líquidos las guaicadas que aún hoy despiertan respecto y misterio. Así fue como el agua moldeó la faz de las montañas, dejando tras de sí heridas que eran promesas de futuro. Las mismas aguas que en ocasiones se convertían en océanos de calma, descienden suaves como caricias, regalando vida y sustento.
Con cada tempestad, cuando la tierra resbalaba de las manos de los cerros, emergieron los Pishau, los hijos de la lluvia, los primeros humanos. Al llegar el derrumbe, se decían palabras secretas: pirran uno, parir el agua. Su nacimiento fue caótico, como todo acto de creación; venían entrelazados en ramas, lodo y la palizada que flotaba sobre las corrientes. En la llegada de aguas sucias, sobre las rocas y bajo ellas, los Pishau se presentaban al mundo: niños, apenas sueños envueltos en la urdimbre del universo.
Eran gigantes y sabios, con ojos que miraban hacia adentro, comían la sal de sus propias lágrimas aún no lloradas. Sin la marca de bautismo, reconocían la tierra que les pariera. Esta tierra vasta y rica había florecido bajo sus pies antes de que los conquistadores soñaran su ambición. Ellos, los ancestros guambianos, construyeron Nupirau, la tierra ancestral salpicada de oro que brillaba en Chisquío, San José y Corrales. Estas tierras ofrecían maderas nobles, peces que surcaban ríos como estrellas fugaces, y animales que eran hermanos más que presas.
Allí estaban los guambianos, forjando una vida en equilibrio con lo elemental, compartiendo su ser con lo que la tierra generosa les brindaba. Su mundo era el agua y era la tierra, era un espejismo tangible del principio de todas las cosas. En el ciclo eterno de dar y recibir, de flores que nacen y mueren sólo para volver a nacer, ellos eran la raíz y la rama, la historia jamás contada del agua buena y del agua mala. Era su dualidad, su vibración en el corazón del universo, el recordatorio de que del caos, siempre surge la vida, siempre surge la esperanza. Y así, en el eco de la creación, los Pishau continúan su danza por la eternidad.
Historia
El mito se origina con una narrativa sobre el agua y la tierra como elementos primordiales. La mayor laguna, llamada Nupisu o Piendamó, es central en esta narrativa y simboliza el origen y el corazón del mundo. El agua es una fuerza dual que puede ser buena o mala, manifestándose en lluvias intensas y grandes crecientes que formaron las características geográficas de la zona, como las guaicadas y las peñas. El Pishimisak, una deidad que es simultáneamente masculina y femenina, controla todos los alimentos y es parte de las fuerzas naturales que moldean el mundo. Del agua también nace el arcoíris, kosrompoto, que trae vida y luz.
A través de derrumbes causados por las fuerzas básicas del agua, surgen los primeros humanos llamados Pishau, considerados los ancestros de los guambianos. Estos Pishau emergen de las aguas y vegetación que arrastra la corriente, simbolizando el nacimiento de la humanidad a partir de la tierra y el agua. Se les describe como sabios gigantes que vivían en el territorio con abundantes recursos naturales antes de la llegada de los españoles.
Versiones
El mito presentado centra su narrativa en el ciclo de la tierra y el agua, destacando su dualidad como fuerzas de creación y destrucción en el mundo de los guambianos. En esta versión, hay una fuerte conexión entre el agua, los derrumbes y la creación de la humanidad, especialmente a través de los Pishau. Se enfatiza que el agua puede ser tanto buena como mala, con su capacidad de nutrir la tierra y, al mismo tiempo, causarla a desplomarse, dando lugar a otro nacimiento: el de los humanos. Esta variabilidad del agua, como fuerza vital y destructiva, está personificada en las figuras míticas de Pishimisak y Kallim, ilustrando la idea de un ciclo interminable en el que el agua sube a las montañas como lluvia antes de retornar al mar.
En contraste, el relato también destaca el papel de los Pishau, estos seres primordiales descritos como gigantes muy sabios que compartieron íntima conexión con su entorno y recursos abundantes en la tierra guambiana. Antes de la llegada de los españoles, eran los guardianes de un territorio vasto y rico en minerales y flora, usando responsablemente estos recursos. Este aspecto histórico-cultural añade una dimensión de pérdida y resistencia, ya que la llegada de los colonizadores afectó la autonomía y riqueza de esta comunidad. La narrativa guambiana mezcla elementos mitológicos con eventos históricos, sugiriendo que la existencia humana y su paisaje fueron moldeados por estos cataclismos naturales que no solo destruyeron, sino también crearon las condiciones para la vida.
Lección
Del caos surge la vida y la esperanza.
Similitudes
Se asemeja a mitos de creación como el de Deucalión y Pirra en la mitología griega, donde el agua juega un papel crucial en la regeneración de la humanidad.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



