En el esplendor del altiplano cundiboyacense, donde los rayos del sol acarician las cumbres con sus dedos dorados, se erguía la majestuosa ciudad de Hunza. Allí Quemuenchatocha, el venerado Zaque, gobernaba con mano firme y ojos fieros, una mirada que abrazaba el horizonte y penetraba con su intensidad en las almas de quienes lo rodeaban.
Su amigo más cercano, Baganique, un cacique de corazón generoso y plenos huertos de ciruelos en flor, cultivaba una amistad más dulce que la fruta más madura. Entre las ramas de sus arboledas, sus hijos crecían en risas y complicidades, destacando entre ellos Pacanchique. Este joven, como una hoja nueva que se abre al sol, rayaba con el amor que le profesaba a su prometida, la bella Nagantá. Sus ojos grandes y negros eran como pozas profundas donde habitaban secretos antiguos, y su piel morena relucía como la tierra fértil tras la lluvia.
Hunza, en esos días, era una paleta de colores reivindicando la espiritualidad y la unidad de su gente durante las inigualables festividades del soberano. Los caminos se llenaban de sombras en la aurora, como un río de hormigas llevaban las ofrendas de la nobleza chibcha a los pies del Zaque mientras el sol, ese dios generoso, ascendía en la bóveda celeste.
Fue entonces, cuando los cánticos aunaban corazones y energías, que Quemuenchatocha clavó en Nagantá una mirada como un rayo salido de esa misma divinidad que adoraban. Cualquiera hubiese pensado que el sol se había vuelto un espectro cruel, transformando la adoración en temor. La fiesta continuó, pero para Nagantá, esa celebración fue una danza de sombras y espantos, pues bajo cada partición de luz percibía la presencia latente del Zaque, cuyo deseo se posaba en ella como una sentencia.
Al concluir los festejos, sus esperanzas flaqueantes de regresar a casa fueron rotas por una orden que cayó como un hacha: la joven quedaría prisionera en los aposentos del Zaque, convertida en su esposa por el mandato divino del poder terrenal. Quemuenchatocha, con un gesto que rozaba lo sacro, transformó la vida de Nagantá en un sacrificio, y las esperanzas de Pacanchique en cenizas al viento.
Baganique, el padre, regresó a sus tierras con el hijo al lado, ambos portadores de un silencio tan espeso como el pantano del que arrancaban una hierba olvidada por el tiempo, un don antiguo que los espíritus de los chibchas susurraban en los oídos de quienes tenían la pureza de corazón para escuchar. Esa noche, cuando la luna dibujaba siluetas pálidas sobre los bohíos de Hunza, Pacanchique volvió a nivelar su destino furtivamente, urdiendo un plan con las estrellas por testigos y el viento como aliado.
En la transparencia de la noche, como un susurro pausado, Pacanchique cruzó el triple cercado que resguardaba la joya más preciada del Zaque, su amor. Encontró a Nagantá, cuya mirada se filtraba por las lagunas de la distancia, y con una ternura revestida de engaño, la adormeció con las hojas de la hierba sabia. Juntos escaparon, la luna abriendo un camino de plata que los llevó hasta la seguridad del bosque donde les aguardaba Baganique.
El alba les trajo promesas pero también un dolor punzante: las garras del Zaque no se detendrían ante las plegarias ni los ruegos, y ordenó la captura de la doncella y sus secuaces. La unión que los bosques de ciruelos habían bendecido se convirtió en un encuentro funesto contra la cruda realidad. Los soldados del Zaque, sombras alargadas en el amanecer, cercenaron el hilo delicado del futuro de la pareja, separando sueños e imponiendo castigos.
Pacanchique logró escapar, aunque su corazón quedó prisionero con sus seres queridos. Baganique y Nagantá, sin más delito que amar, fueron ajusticiados en la infame Loma de Los Ahorcados. El viento, testigo perpetuo de su nobleza, llevó el último suspiro de Baganique y la lacerante belleza de la juventud truncada de Nagantá hasta las nubes, que lloraron su pérdida como una tormenta silenciosa.
En un destino inexorable, los españoles, atraídos por el brillo ciego del oro, arribaron a aquellas tierras codiciadas. Pacanchique, consumido por el dolor y el deseo de venganza, condujo en su rencor a las fuerzas invasoras hasta el Zaque, entregándoles al soberano y con ello, el sueño de su padre y su amor malogrado.
Quemuenchatocha, otrora emblema del poder, mostró su rostro indomito al afrontar el exilio y el destierro de su realeza. Pero el fuego que consumía los corazones no se aplacó; los mismos españoles que pisaron con pisadas de hierro el templo de Suamox, hallaron allí no solo el oro, sino también la resistencia de almas chibchas que en sus últimos alientos hierrieron el cielo con flechas de esperanza.
Pacanchique, el joven que había soñado con la justicia para su amor, cayó víctima de ese mismo conflicto que su traición había ansiado resolver. En las llanuras de Bonza, entre el caos y el clamor de la batalla, reconoció su propia mortalidad y sacrificó el breve resquicio de alianza con los extranjeros. Despojado del ropaje de conquistador, recuperó el aliento ancestral que le habitaba. Pero su dilema, ese crisol de emociones contrapuestas, fue testigo silente de su caída a manos de las mismas fuerzas que había desatado. Con su último aliento abrazó la tierra amada, tejida de historias y cicatrices que los siglos cubrieron con el olvido.
Resultado de un choque impensable entre la ambición y la tradición, las sombras de esos días de dolor y amor inmensamente intenso proyectaron una verdad sencilla: en los corazones se libran eternas guerras, pero el amor y la esperanza resisten, incluso cuando las hogueras de la historia intentan, incansables, convertirlas en cenizas.
Historia
El mito se origina en la historia de amor y tragedia de Pacanchique y Nagantá, en la época del imperio chibcha liderado por el Zaque Quemuenchatocha. La tragedia comienza cuando Quemuenchatocha se enamora de Nagantá y decide tomarla como esposa, a pesar de que ella ya estaba prometida con Pacanchique, hijo de Baganique, un noble amigo del Zaque. Pacanchique, en un intento desesperado de rescatar a Nagantá de su destino, utiliza una hierba para adormecerla y escapan juntos. Sin embargo, su felicidad se ve frustrada cuando Quemuenchatocha ordena su captura. Finalmente, Nagantá y Baganique son ejecutados y el imperio chibcha cae ante los españoles, con Pacanchique jugando un papel clave en la traición al Zaque y en la revelación del templo del Sol a los conquistadores. Este mito no solo ilustra la problemática personal de los personajes involucrados, sino también el colapso de un imperio debido a la traición, la tiranía y la injerencia extranjera.
Versiones
En la primera versión del mito, Quemuenchatocha ejerce su autoridad de manera implacable, usando su poder para tomar a Nagantá como esposa, ignorando el amor que la une a Pacanchique y la resistencia que ambos sienten. Este relato se centra en el abuso de poder del líder y el sacrificio impuesto a los individuos por el bien del Estado o la divinidad. Nagantá siente miedo y resignación hacia el destino que le impone Quemuenchatocha, lo que resalta la impotencia de los personajes ante los designios supremos y la sumisión a la voluntad de los líderes, sostenidos por una estructura social rígida. El relato también muestra la reacción trágicamente silenciosa y contemplativa de Baganique, quien al final sucumbe al mandato del zaque, resultando en un desenlace fatal para él y Nagantá.
En la segunda versión del mito, se intensifica el tema de la venganza y la traición, que culmina en la caída del imperio chibcha. Pacanchique, con el resentimiento acumulado por la pérdida de su amada y la destrucción de su familia, toma un papel activo al colaborar con los conquistadores españoles para derrocar a Quemuenchatocha. Sin embargo, esta venganza le conduce a una traición aún mayor, no solo hacia el Zaque sino hacia su propio pueblo, lo que lo lleva a su fin trágico al ser abatido por sus nuevos aliados. Esta versión resalta cómo la lucha personal contra la injusticia y el despotismo se entrelaza con la transformación mayor de un imperio en declive, donde la obsesión por la revancha termina en autodestrucción. Las escenas finales enfatizan la desesperación y desconsuelo ante las heridas personales y colectivas, simbolizando el inexorable declive tanto del individuo como de su civilización.
Lección
El amor y la esperanza persisten incluso en la adversidad.
Similitudes
Se asemeja a la tragedia de Romeo y Julieta por el amor prohibido y a la historia de Prometeo por la traición y el castigo.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



