Marineritis sentimental

Caribe · Mestizo

Marineritis sentimental

Lina y Carmelita idealizan a los marineros que llegan al puerto mientras el vecindario juzga sus decisiones y convierte el deseo en diagnóstico social.

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Marineritis sentimental: la entrada del relato

El relato

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En el puerto las muchachas tenían debilidad por los marineros, y era cosa sabida. A los muchachos del barrio les picaba, y la crítica zumbaba en sus corrillos sin que ellas se dieran por aludidas.

Una tarde, de ventana a ventana, Lina le gritó a Carmelita que ya venían los del «Cúcuta». Las dos corrieron al espejo, se alisaron el pelo y se repasaron los labios. Cuando los dos guardiamarinas estaban pegados cada uno a su ventana, los muchachos del barrio pasaron por la calle endomingados y con los ojos golosos. Ninguna los miró.

—¿Y qué se están imaginando esos «sin sombreros»? —dijo Carmelita bien alto—. Se creen que pueden enamorarnos con sus groserías de barrio.

Y soltó una carcajada que quedó flameando en la calle.

Un día, en una fiesta de la barriada, se encontraron con el Micho, muchachón porteño de tremendo desparpajo que traía oído todo lo murmurado y entró directo:

—¿No se sienten mareadas, señoritas marinas?

Carmelita se le fue encima. Él explicó que la fiesta era un mar y los parejos, marinos a bordo. Lina, experta en la jerga, contestó al abordaje:

—Oye tú, marinerito de agua dulce, a nosotras no nos gustan los barcos que no zarpan, que se llenan de lapa. A ver, leva el ancla y prueba que lo haces mejor que un grumete.

El Micho pasó al diagnóstico: que a ellas las alucinaba más el uniforme blanco y azul que la ropa corriente de los demás, y que aquello parecía una enfermedad, marineritis.

—¿Y a ti y a la gente qué les importa? —replicó Carmelita, pálida.

Le importaba, dijo, a todos los que creían que ellas podían ser esposas dignas de un hogar tranquilo y no perder el tiempo y la reputación con marinos volantones. Y les desplegó el porvenir. La que se casa en tierra tiene su hogar quieto; la que se engancha con un marino lo tiene sobre las olas. La luna de miel dura lo que la licencia. Él se va, deja un hijo que apenas conocerá a su padre, conoce amores fáciles y, sobre todo, tiene un amor en cada puerto. Y al final envejece varado en un muelle cualquiera, como un barco abandonado.

Las muchachas, que lo habían empezado oyendo con desprecio, terminaron casi con estupor. Las ausencias podían pasar; la vejez y las angustias del golfo, también. Pero lo del amor en cada puerto, eso no.

Entonces rompió un porro y unos marinos las sacaron a bailar.

Pasó el tiempo. El Micho, en los muelles, se las encontró esperando al «Cúcuta». Cada una traía un niño en brazos.

—¿Y cómo se las compusieron con la tragedia de sus marinos?

—La tragedia sólo está en la cabeza de los enamorados de tierra.

El Micho se acomodó sobre unos bultos y Carmelita se explicó. Que sus sermones no les habían servido de nada. Que ella se escapó con un tipo rico de la sociedad, joven y decente, y que aquel hombre le plantaba una mujer nueva cada mes, peor que si un marinero se la plantara en un puerto lejano, porque al menos ojos que no ven. Que cuando vio que todos los hombres eran igualitos, en un barco o en tierra, volvió con su marino. Que el niño era de él.

—¿Que un amor en cada puerto? Ustedes lo hacen peor: un amor en cada barrio, en cada calle, en cada parque. Y encima nos lo pasan por las narices.

Lina la secundó. Que ella, viendo lo que le pasó a su amiga, cogió experiencia: un marino fue su tipo y con su marino siguió, y ahí estaba también su hijo.

—Y te digo una cosa: el marino algún día regresa, mientras pueda. Un hombre de tierra, mijito, sin irse a ninguna parte, a lo mejor no vuelve nunca.

Ante aquel fuego de ametralladora el Micho tocó retirada aprovechando la llegada de un amigo.

Marineritis sentimental: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Un consejo que promete evitar el daño suele olvidar que el daño también vive en casa.”

Territorio

Caribe · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.6° · -75.3°

Ficha del relato

Contexto histórico

Son cinco páginas, de la 88 a la 92, dentro de la selección cartagenera del segundo tomo de «Mitos y leyendas de Colombia» que Eugenia Villa Posse compiló para el IADAP (Quito, 1993). Proceden de «Cuentos y leyendas de Cartagena», el libro que Eustorgio Martínez Fajardo publicó en Cartagena en 1948 con la Editorial Nuevo Mundo, y la nota de la página 65 deja constancia de que el autor tomó narraciones de la tradición oral de la ciudad y las trabajó literariamente.

Es la pieza más larga de la selección y la que menos se parece a una leyenda. No hay suceso extraordinario, ni crimen, ni aparición: hay una discusión sobre con quién conviene casarse, sostenida en dos tiempos por tres personajes de barrio, y el texto se aguanta entero sobre el diálogo.

Lo que la obra conserva y vale la pena es una lengua. El autor transcribe la jerga marinera que los jóvenes del puerto usaban para coquetear y para insultarse —zarpar, lapa, levar el ancla, línea de flotación, mesana, botadura, grumete— y la pone en boca de las muchachas con la misma soltura que en la del muchacho, de modo que la conversación funciona como un pulso de ingenio. La palabra del título es una invención del propio personaje: forma «marineritis» a la manera de un nombre de dolencia para ridiculizar lo que ellas quieren.

Queda declarar el marco, porque el argumento que se les opone es de su época y mide a dos mujeres por su reputación. El muchacho dice, con todas las letras, que a él y a otros les importa porque ellas «pueden ser esposas dignas de un hogar tranquilo y amoroso» en lugar de perder tiempo y reputación con marinos. Ese es el suelo desde el que habla. Lo que hace singular al relato es que no lo deja en pie: en el segundo tramo las dos mujeres contestan con su propia experiencia y el moralista se retira sin respuesta.

Resonancias con otros mitos

El primer parentesco está a quince páginas de distancia, en la misma selección, y es literal. «El mal del mar» arranca con la copla «un amor en cada puerto» puesta como epígrafe y construye sobre ella el monólogo entero de un marino español. Aquí la misma copla aparece como argumento en una discusión de barrio, y las dos piezas dan versiones opuestas de lo que significa: allí es una condena que el propio marino padece, aquí es un reproche que las mujeres devuelven ampliado. El autor usó dos veces el mismo material popular con dos conclusiones contrarias.

El segundo paralelo es de forma. La disputa en verso o en réplica rápida entre un hombre que amonesta y una mujer que contesta mejor es un molde muy antiguo en la lírica popular hispánica, del debate medieval a los piques de coplas y a la controversia cantada del Caribe. Su regla de oro es que gana quien tiene la última palabra, y el relato la respeta: la última palabra la tienen ellas.

El tercero es de repertorio urbano. El marinero como novio deslumbrante y poco fiable, y el vecino de tierra que lo envidia mientras lo critica, son dos tipos fijos del costumbrismo de puerto, de Cádiz a Valparaíso, y suelen aparecer emparejados. Lo que aquí se sale del molde es el final: la costumbre pedía escarmiento para las muchachas, y el texto les da la razón.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El relato contiene dos pronósticos sobre el mismo porvenir y los enfrenta a distancia de unos años, que es su manera de discutir.

  2. El primero lo formula el muchacho del barrio en la fiesta y está construido como un catálogo de desgracias: hogar sobre las olas, luna de miel del tamaño de una licencia, hijos que no conocen al padre, amores fáciles en la ruta, un amor en cada puerto y una vejez de hombre varado en un muelle cualquiera. Es completo y es coherente, y de las seis calamidades sólo una hace mella en ellas.

  3. El segundo lo dan las dos mujeres en los muelles, y no es una opinión: es lo que les pasó. Una probó el consejo al pie de la letra y se fue con un hombre de tierra rico, joven y decente, que le cambiaba de mujer cada mes; volvió con el marino. La otra ni lo intentó, aprendió mirando a su amiga y se quedó donde estaba. Las dos llegan a la misma conclusión por caminos distintos, y la formulan sin ilusiones: todos los hombres son iguales, y la infidelidad que no se ve duele menos que la que se tiene delante.

  4. Hay una tercera lectura implícita, la del argumento final. El que se queda en tierra puede irse sin moverse; el que navega, al menos, vuelve mientras pueda volver. Con esa frase termina la discusión y el moralista se marcha aprovechando que llega un amigo.

  5. En cuanto al registro impreso, el texto se conoce por la reproducción de 1993. El libro original arrastra las mismas dudas de catálogo que sus compañeros de volumen: el editor figura como «Nuevo Mundo» en la antología y como «Mundo Nuevo» en la Biblioteca Nacional, con dos tiradas fechadas en 1946 y 1948 y ninguna primera edición conocida.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
9
Última revisión
21 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, vol. II · sección 18, «Cuentos y leyendas · Cartagena, Departamento de Bolívar», pp. 65-123

    flacso.edu.ec

    Cinco páginas, de la 88 a la 92: es la pieza más larga de la selección y la que menos se parece a una leyenda, y sólo se conserva aquí. Lo que el impreso guarda y no hay dónde más buscar es una lengua: la jerga marinera con que los jóvenes del puerto coqueteaban y se insultaban —zarpar, lapa, levar el ancla, línea de flotación, mesana, botadura, grumete—, puesta con la misma soltura en boca de Lina y Carmelita que en la del muchacho, de modo que la conversación funciona como un pulso de ingenio. Aquí está también la palabra del título, que el personaje fabrica a la manera de un nombre de dolencia para ridiculizar lo que ellas quieren, y el segundo tramo en que las dos contestan con su experiencia y el moralista se retira sin respuesta.

  2. Plan Especial de Salvaguardia para la Música Vallenata Tradicional del Caribe Colombiano

    patrimonio.mincultura.gov.co

    Documenta, en la misma región y como práctica viva, el juego que estructura el relato: la piqueria, el duelo verbal improvisado en el que dos contendientes se responden por turnos y gana quien deja al otro sin réplica. El expediente describe sus reglas, su lugar en la fiesta y su continuidad, y con ello permite afirmar que la conversación de los tres personajes no imita un modelo literario europeo sino que reproduce una forma de competencia oral corriente en el Caribe colombiano. Que el cuento termine con la última palabra en boca de ellas no es un capricho del autor: es la regla del género.

  3. Tiempo para la burla obsceno-escatológica. Las sandingas: fiesta, sexualidad e inversión del orden en un pueblo de Andalucía (Boletín de Literatura Oral, vol. 8)

    revistaselectronicas.ujaen.es

    Analiza con trabajo de campo el mecanismo por el que una burla sexual entre vecinos, lejos de humillar sin más, abre un espacio en que el orden habitual se invierte y quien está abajo puede contestar. Ese análisis es lo que permite leer bien el segundo tramo del cuento: la chanza del muchacho sobre la «marineritis» no es un sermón que ellas encajan, es el saque de un juego cuyas reglas autorizan la respuesta, y en él la posición de superioridad moral se pierde si no se defiende. Da además el marco comparativo hispánico del pique verbal entre hombres y mujeres, con bibliografía sobre el tema.

Contraste y contexto · 6 referencias

  1. Tres siglos de historia demográfica de Cartagena de Indias

    banrep.gov.co

    Explica por qué en ese barrio se hablaba así. Reconstruye la recuperación portuaria de Cartagena en la primera mitad del siglo XX, cuando la ciudad vuelve a vivir del tráfico marítimo después de un siglo largo de decadencia, y esa es la condición material de la pieza: una población joven cuyo horizonte laboral y sentimental pasa por los barcos que atracan, y para la que el léxico de a bordo es lengua de todos los días y no tecnicismo. Sin ese dato, la jerga que el autor transcribe parecería una ocurrencia estilística.

  2. La sexualidad y la reproducción humana en el proceso de secularización. Colombia: décadas de 1960 y 1970 (Revista Colombiana de Sociología, vol. 37, n.º 1, pp. 177-191)

    revistas.unal.edu.co

    Mide por contraste lo temprano que es el desenlace de este cuento. Reconstruye cómo en Colombia la autoridad sobre la conducta sexual y reproductiva de las mujeres empezó a desplazarse del control religioso y familiar hacia decisiones propias, y fecha ese desplazamiento en los años sesenta y setenta. El relato de 1948 termina con dos muchachas que rechazan el argumento del «hogar tranquilo» y eligen con pleno desengaño: eso ocurre en la página quince años antes de que el proceso que describe el artículo empiece siquiera, y por eso el final es más raro de lo que parece.

  3. Degeneración y mejoramiento de la raza: ¿higiene social o eugenesia? Colombia, 1920-1930 (História, Ciências, Saúde-Manguinhos, vol. 25, supl. 1, pp. 145-158)

    redalyc.org

    Nombra la doctrina desde la que habla el personaje que amonesta. Describe la «higiene social» como el programa dirigido a incorporar a los sectores populares a los patrones comportamentales y morales de la vida moderna, con el matrimonio estable y la maternidad sana como objetivos declarados. El argumento del muchacho —que estas dos podrían ser «esposas dignas de un hogar tranquilo y amoroso» en vez de perder tiempo y reputación con marinos— es esa política convertida en conversación de esquina, y el artículo permite fecharla y atribuirla en vez de tratarla como machismo genérico.

  4. «Historia del Barrio Getsemaní» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Aporta lo único que hay en abierto sobre el arrabal del puerto donde esta conversación puede ocurrir: una nota etimológica y una lista de veintisiete nombres de calles del barrio. Es poco, pero es el callejero del vecindario extramuros pegado al Arsenal y a los muelles, el sitio donde vivían quienes trabajaban con los barcos, y permite comprobar que el escenario implícito del relato —una esquina de barrio a un paso del agua— existe y tiene nombres propios documentados por la ciudad.

  5. «Fiestas de la Candelaria» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Aclara qué clase de autor se tomó el trabajo de transcribir una jerga. Identifica a Martínez Fajardo como el periodista que firmaba «Eumarfa» y describe su obra como recreación fantástica de la imaginación popular de la Cartagena histórica. Un cronista de tipos y de habla urbana es quien escribe una pieza de cinco páginas que no tiene suceso extraordinario alguno y se aguanta entera sobre el diálogo: en el conjunto del libro esta es la más periodística de todas, y esta página explica el oficio que la hace posible.

  6. Archivo Histórico de Cartagena de Indias (página institucional)

    muhca.gov.co

    Es donde habría que buscar el barco. Los movimientos de puerto se publicaban en la prensa cartagenera y las series municipales de la primera mitad del siglo XX están en estos fondos, de modo que la existencia de un buque llamado «Cúcuta» en el cabotaje colombiano y las fechas de sus escalas podrían establecerse allí. La ficha lo declara sin verificar porque el archivo no publica inventario y responde sólo por correo: no es que el dato no exista, es que no hay manera de consultarlo a distancia.

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«Marineritis sentimental» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Marineritis sentimental» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Marineritis sentimental» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

TÚ

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