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María Centeno

Las historias de María Centeno reflejan un símbolo de advertencia contra la codicia, mostrando cómo su ambición desafió la naturaleza y el tiempo.

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Ilustración de María Centeno

En el corazón de las montañas antioqueñas, donde las palabras y los susurros del viento se entrelazan formando historias que desafían al tiempo, existió una vez una mujer cuyo nombre resonó como un canto ancestral: Doña María Centeno, también conocida como María de Zafra y en algunos rincones como María del Pardo. Su figura, a veces descrita como una sombra imponente, recorría las tierras con una voluntad que parecía desafiar las leyes de la naturaleza, persiguiendo el oro como una sacerdotisa temeraria del fuego.

El pueblo que rodeaba su hacienda se acostumbró a vivir bajo el eco de sus proezas y leyendas. Decían que su riqueza se forjó al recibir en herencia una mina de oro en Buriticá, pero su fortuna era también el fruto de una ambición insaciable. Entre los murmullos de las comadres y el zumbido de las mulas, se contaba que había enviudado cuatro veces, como si el destino mismo de sus esposos fuera ser las sombras de su voraz deseo de poder.

Ahí donde se oía el rumor de vetas doradas o de arenales relucientes, aparecía inevitablemente María Centeno, con su ejército de esclavos y sus mulas repletas de herramientas, listas para arrebatar tesoros escondidos desde la creación del mundo. Algunos aseguraban que tan poderosa era su determinación, que fundó Sabanalarga y erigió su iglesia en una sola noche, mientras otros decían haberla visto cruzar el río Cauca volando sobre su mula, cuyas herraduras hasta hoy permanecen marcadas en antiguas quebradas.

En sus viajes a través de vastas tierras, acompañada sólo por el aliento fiel de los esclavos y el cansancio de las mulas, llegó un día a un lugar donde la tierra susurraba promesas doradas bajo sus pies. Allí, en un rincón perdido, cerca del río Hurrunduno, el peso de su codicia fue más grande que la resistencia humana. Fue allí mismo, según ella misma lo entendía como un designio del Todo poderoso, que decidió enterrar su fortuna. Ordenó entonces a un esclavo: “¡Haz aquí mi hoyo!”, y desde ese momento se dice que las gentes de aquel lugar han pisado sobre montañas silenciosas de oro. Ese oro, decían sus contemporáneos, allí se quedaría para siempre, protegido por la señora de la noche y sus poderes insospechados.

Se cuenta, sin embargo, que no fueron sólo las riquezas las que quedaron atrapadas en las entrañas de la tierra, sino también su propia esencia, impregnando el aire de aquel rincón del mundo. María Centeno se transformó en un mito viviente, un fantasma protector y castigador que devoraba con su terrible apetito a quienes intentaban desenterrar sus secretos.

Años después, entre las empinadas montañas antioqueñas, una joven muchacha creció con las historias de aquella mujer cuya ambición rivalizaba con la misma naturaleza. Su abuelo le hablaba de un ternero de oro que aparecía solo en ciertas épocas del año, guiando al incauto hacia las riquezas escondidas de la Centeno. Inspirada por estas leyendas, la muchacha, deseosa de emular la grandeza de María, esperó el momento adecuado para encontrar su destino.

En una tarde donde el sol se posaba en el horizonte como un testamento de secretos antiguos, la muchacha se adentró en la cañada, siguiendo con los ojos brillantes al ternero dorado que danzaba sobre las piedras. Lo siguió con un fervor que desafiaba su entendimiento, hasta que el animal se escabulló por un túnel casi invisible entre las rocas. Sin dudarlo, la joven se adentró en aquel pasaje de oscuridad, guiada por el resplandor tenue de un destino que prometía más de lo que ella podía comprender.

Al final del túnel, la cueva se abrió a un tesoro inimaginable: oropeles que relucían como soles enjaulados, coronas que resplandecían con la luz de la antigua, figuras de pájaros y jaguares que parecían a punto de cobrar vida. Y en el centro de todo, la estatua dorada de María Centeno vigilaba con ojos de esmeralda aquel reino de quimeras.

La avaricia de la joven la llevó a llenarse los bolsillos y un costal con todo lo que podía cargar, ansiosa por convertir en realidad los cuentos de su infancia. Sin embargo, cuando intentó regresar por donde había venido, pensó que los tesoros le impedían avanzar. Desesperada, soltó los objetos acumulados, pero fue en vano: una fuerza inexplicable parecía sostenerla en aquel mundo enterrado.

El tiempo se distorsionaba en la oscuridad del túnel, donde la única respuesta a sus súplicas era el eco burlón de su propia voz. Durante eones lloró y tembló ante la sombra sonriente de la Centeno, comprendiendo al fin que le era imposible obtener más que lo que su vida le permitiera cargar.

Finalmente, tras rendirse y dejar ir aquello que simbolizaba la codicia desenfrenada, logró avanzar hacia una luz que se tornaba real nuevamente. Emergió de la cueva, tambaleante y transformada no sólo por el exterior, sino también por el paso implacable de los años, esos años que parecían haberse escabullido entre sus dedos como oro fugitivo. Notó con terror que el mundo a su alrededor había cambiado: su hogar era un espectro ruinoso, su madre, una anciana encorvada por la espera.

En el bolsillo, mordaz y brillante, aún guardaba una simple moneda de oro. Pero la lección de su travesía, ese oscuro tributo al mito de María Centeno, dejó en su corazón la certeza de que la verdadera riqueza es el tiempo mismo, resbaladizo y eterno, que entrega y arrebata, que castiga y perdona, siempre acechante como el espíritu inquieto de una mujer que desafió la eternidad.

Historia

El mito de María Centeno tiene sus orígenes en la figura histórica de una mujer llamada María de Zafra y Centeno, también conocida como María Centeno o María del Pardo, quien vivió en la región de Antioquia hace aproximadamente 450 años y fue rica y ambiciosa. Heredó una mina de oro en Buriticá y su vida estuvo marcada por su afán de acumular más riquezas. Su leyenda se teje a partir de sus diversas acciones, como supuestamente haber fundado Sabanalarga, construir una iglesia en una noche, y enterrar sus tesoros en diferentes partes del territorio antioqueño. Las versiones del mito destacan su asociación con lo sobrenatural, donde ella y su espíritu protegen el oro que dejó oculto. El elemento del misticismo se refuerza con historias locales que narran la posible aparición de un ternero de oro guiando a un tesoro. La figura de María Centeno se convierte así en un símbolo de advertencia contra la codicia, ya que sus tesoros escondidos están protegidos por encantamientos y pueden llevar a quienes los buscan a perder lo más valioso: el tiempo de sus vidas.

Versiones

Las dos versiones del mito de María Centeno presentan diferencias notables en términos de énfasis narrativo, contexto histórico y elementos sobrenaturales. La primera versión se centra en describir la historia de Doña María Centeno como una protectora espectral de su pueblo; una vez muerta, su espíritu vela por las riquezas enterradas y sobre las cuales la localidad prospera. Esta narrativa subraya la acumulación de riqueza a través de la perseverancia y tenacidad de Doña María, pero también enfatiza el peligro asociado a intentar reclamar estos tesoros, señalando que cualquier intento de sacar el oro será castigado por su espíritu protector. En este relato, María Centeno se presenta como una figura casi mitológica que dejó su huella en su localidad mediante la creación de riquezas que asegura a través de su poder sobrenatural.

En contraste, la segunda versión del mito se enfoca más en la historia personal y las hazañas de María Centeno, descrita como una mujer rica, ambiciosa y en algunos relatos, cruel. Esta versión incluye un relato paralelo de una joven fascinada por las leyendas de María Centeno que termina entrampada por su propia ambición al encontrar el tesoro. Aquí, lo sobrenatural se manifiesta a través de encantamientos y la presencia de una estatua dorada de María Centeno, reflejando su vigilancia sobre el oro escondido. Esta narrativa pone de relieve la advertencia moral sobre el peligro de la codicia, representada por la transformación temporal de la joven en una mujer mayor. Ambas versiones comparten la figura de María Centeno ligada a tesoros ocultos, pero difieren en su interpretación de ella: una como una figura protectora y la otra como un símbolo de advertencia contra la avaricia desmedida.

Lección

La verdadera riqueza es el tiempo, no el oro.

Similitudes

Se asemeja al mito del Rey Midas de la mitología griega, donde la avaricia conduce a consecuencias inesperadas.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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