Maldito sea Napoleón

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Maldito sea Napoleón

La destitución del gobernador Montes en julio de 1810 se enlaza con un conflicto familiar y amoroso que interpreta la política desde una casa cartagenera.

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El relato

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La marquesa quería mandar en Cartagena y creía tener la manera. Casaría a su hija con el hijo del gobernador, entraría en la casa de gobierno por esa puerta y desde allí gobernaría ella. Se lo dijo a la muchacha sin adornarlo: lo que necesita este gobierno es una mujer que mande, y como tú no vas a serlo por inocentona, lo seré yo; para eso tienes que casarte con Fernando.

El novio era el alférez real Fernando, hijo del gobernador Francisco Montes. Se había criado sin madre y con el padre ocupado en otras cosas. Volvía de servir en una armada con la misma fama que se había llevado: espadachín, pendenciero y grosero, y con la costumbre de decir en voz alta que las mujeres son presa de conquista. La hija lo aborrecía y lloraba a solas en el oratorio de la casa.

Como último recurso pidió amparo en el convento de las clarisas. Las monjas la recibieron, pero sólo como refugiada. No duró mucho: la madre y el gobernador consiguieron del obispo un papel que le exigía obediencia a su madre, y con ese papel la sacaron.

De ahí se pasó a fijar la boda, y se dispuso que la muchacha saliera del convento directamente a la capilla.

Mientras tanto, la ciudad tenía otro asunto entre manos. Napoleón mandaba en España, el rey era su prisionero y en América se gobernaba en nombre de la Junta Central. El veintidós de mayo el Cabildo le había puesto al gobernador dos asesores criollos para atarle las manos, y el gobernador había desconocido la orden.

La noche de la boda la capilla estaba encendida. Las clarisas cantaban en fila. Los novios se arrodillaron ante el sacerdote; él con cara de satisfacción dentro del uniforme, ella temblando, con los ojos rojos y la palidez de una vela. Faltaban los padrinos principales, que eran el gobernador y la marquesa, y la concurrencia llevaba demasiado rato esperándolos.

El sacerdote levantó la voz para preguntar si alguien conocía un impedimento.

La muchacha pareció despertarse. Miró la imagen de la virgen y abrió la boca para decir el suyo, que era su propio horror.

No alcanzó. En la puerta estalló un grito y todo el mundo volvió la cabeza. Era la marquesa, sudorosa y sin color, que entraba gritando:

—¡Yo me opongo, como madre de mi hija, y ya no habrá matrimonio!

Se acercó y le arrancó la mano de la del alférez, que se quedó mirándola sin entender.

—Señora marquesa, ¿puede explicar la causa de su oposición ante el ministro de Dios?

Dudó, y lo que dijo no era lo que había venido a decir.

—Pues… que… mi hija odia a este señor alférez.

—¿Y no lo sabía antes la señora marquesa?

Volvió a dudar.

—No… no lo sabía.

Con la boda deshecha, salió de la capilla llevando a su hija del brazo.

En el caserón, ya a solas, la muchacha se echó en el regazo de su madre llorando de felicidad y le preguntó por qué lo había hecho.

—Lo hemos perdido todo. La razón, hija mía, es que Francisco Montes ya no es gobernador… ¡Maldito sea Napoleón!

Esa misma noche, la del catorce de julio, los ediles se habían reunido y lo habían depuesto.

Maldito sea Napoleón: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Hay oposiciones que se gritan a tiempo por razones que no tienen nada que ver con el amor.”

Territorio

Caribe · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.425° · -75.5167°

Ficha del relato

Contexto histórico

El relato se lee en las páginas 111 a 115 del segundo volumen de «Mitos y leyendas de Colombia», antología investigada y compilada por Eugenia Villa Posse y publicada por el IADAP en Quito en 1993. Está en la sección decimoctava, la que reúne diecisiete piezas de «Cuentos y leyendas de Cartagena», libro que Eustorgio Martínez Fajardo publicó en 1948 con el sello de Editorial Nuevo Mundo y que la nota de la página 65 sitúa entre sus páginas 25 y 177. Esa misma nota explica que el autor tomó narraciones de la tradición oral de su ciudad y las trabajó como literatura antes de imprimirlas.

Lo singular de esta pieza es que el autor marca por dentro dónde termina lo documentado y dónde empieza lo suyo. Abre con la deposición del gobernador Francisco Montes por el Cabildo de Cartagena, el catorce de julio de 1810, y con el motivo: haber desobedecido la orden de aceptar dos asesores criollos. Luego escribe una sola frase de tránsito —dice que al margen de ese hecho ocurrió el episodio novelesco que va a relatar— y a partir de ahí entra la marquesa, su hija y el alférez real.

Esa frase es la que permite leer el texto con la precisión debida. El Cabildo, el veintidós de mayo, el catorce de julio y el gobernador Montes pertenecen a la historia de la ciudad. La marquesa, la muchacha encerrada en el convento de las clarisas y el novio que vuelve de una armada son composición del autor, y los nombres que les pone no aparecen en ninguna otra parte.

El texto intercala además, en su tramo final, un recuento del contexto europeo —Napoleón dominando España, el rey preso, el gobierno americano en nombre de la Junta Central— que sirve para que el lector entienda la última línea. Sin ese recuento, la exclamación del título quedaría sin causa.

Resonancias con otros mitos

El paralelo más cercano no está en esta sección sino en otra del mismo volumen. Las páginas 359 a 413 reproducen «Al filo de la leyenda», de Judith Porto de González, impreso en Cartagena por la Imprenta Departamental en 1982, y ese conjunto abre casi con «Al convento», página 363: otra muchacha cartagenera y otro encierro monástico decidido por su familia. Las dos piezas usan el convento del mismo modo, como pieza del tablero doméstico antes que como vocación, y ninguna de las dos protagonistas elige entrar.

El segundo parentesco está en «La abadesa arrodillada», páginas 95 a 97 de esta misma sección. También allí una comunidad de monjas queda atrapada entre la política y la fuerza, y también allí la decisión que desencadena el desenlace la toma una mujer bajo presión. La diferencia de tono es completa: aquella pieza es una hagiografía trágica y esta es una comedia de intereses, escritas por el mismo autor y separadas por quince páginas.

Hay, por último, un tipo narrativo al que el relato pertenece sin disimulo: el matrimonio por conveniencia interrumpido en el altar, con la pregunta ritual del impedimento como mecanismo de suspenso. Lo que el autor hace con ese molde es lo interesante, porque invierte quién lo usa. La novia tiene el impedimento y no llega a decirlo; quien grita la oposición es la misma madre que había armado la boda, y lo hace por una razón que nada tiene que ver con la muchacha. El molde es antiguo y el chiste es enteramente suyo.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El propio autor distingue dos registros dentro de la misma pieza, y conviene no fundirlos. Lo que cuenta de la deposición del gobernador está contrastado con la historia de la ciudad: el nombramiento de los dos asesores criollos por el Cabildo el veintidós de mayo, la negativa del gobernante y la reunión de los ediles la noche del catorce de julio de 1810. Lo que cuenta del sarao, del convento y de la boda interrumpida no tiene ningún respaldo fuera de estas cinco páginas, y él mismo lo anuncia antes de empezar.

  2. Hay además un desajuste de calendario dentro del relato que no se corrige aquí ni se promedia. El baile de la marquesa se sitúa «en la noche de Año Nuevo de ese mismo año», la huida al convento «aquella noche de principios de Abril» y la boda la noche del catorce de julio; mientras tanto, la deposición que el texto fecha ese mismo catorce de julio abre la pieza como antecedente de todo lo demás. La secuencia se cuenta tal como la da la fuente, con ese pliegue incluido.

  3. El título admite dos lecturas y sólo una funciona. Leída como exclamación patriótica, la frase final parecería una queja contra la ocupación francesa de España; leída en su sitio, la dice una mujer que acaba de perder un yerno con poder porque esa misma ocupación terminó tumbando al gobernador de la ciudad. No es un grito político: es una cuenta de resultados.

  4. Queda una discrepancia sobre la obra reproducida. El pie que cita Villa Posse dice «Editorial Nuevo Mundo, Cartagena, 1948»; el catálogo de la Biblioteca Nacional de Colombia registra para ese año «Mundo Nuevo», y añade una impresión anterior, de 1946, en la Tipografía Esfuerzo. Ambas se declaran segunda edición.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
9
Última revisión
21 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, vol. II · sección 18, «Cuentos y leyendas · Cartagena, Departamento de Bolívar», pp. 65-123

    flacso.edu.ec

    Reproduce las páginas 111 a 115, y sólo ahí se puede leer el gesto que hace singular a esta pieza: el autor marca por dentro, con una frase de tránsito, dónde acaba lo que toma de la historia de la ciudad y dónde empieza lo que inventa. Del lado documentado quedan el Cabildo, el gobernador Francisco Montes y su deposición; del otro, la marquesa, la hija encerrada con las clarisas, el alférez real, el sarao de Año Nuevo y la boda interrumpida. También aquí, en la página 65, está la nota que declara el material elaborado literariamente, que en este caso es casi redundante porque el propio texto lo confiesa.

  2. «Once de noviembre» (Enciclopedia Banrepcultural)

    enciclopedia.banrepcultural.org

    Sostiene el único hecho verificable del relato, que es su punto de partida. Narra la deposición del gobernador Montes con el detalle que el cuento comprime: un grupo de hombres de Getsemaní, Santo Toribio y Santa Catalina, armados con machetes y respaldados por una multitud, se congrega ante el palacio del gobernador, donde sesionaba el cabildo, y el cabildo vota entonces la destitución y el destierro a La Habana. Confirma además que en esa Cartagena existía el Regimiento de Pardos Patriotas de Getsemaní al mando de Pedro Romero. Con eso, la ficha puede nombrar al gobernador sin nombrar a la marquesa.

  3. «Fiestas de la Independencia» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Da el segundo asalto al mismo palacio, el que la ciudad sí conmemora, y sirve para ver qué eligió contar el autor y qué no. Reconstruye a Pedro Romero al frente de los Lanceros de Getsemaní irrumpiendo el 11 de noviembre en la sala donde sesionaba la junta, con el pliego completo de exigencias, y fecha en 1812 la primera conmemoración. Entre ese episodio y el de 1810 que abre el relato hay dieciséis meses y la misma mecánica: la calle armada entrando donde se delibera. El autor escogió el primero, que es el menos célebre, y le colgó encima una comedia de intereses.

Contraste y contexto · 6 referencias

  1. Palacio de la Inquisición (Ciudades Patrimonio · Cartagena de Indias, «De paseo»)

    cvc.cervantes.es

    Recuerda qué clase de ciudad era la que el relato pinta como salón de baile. En la Cartagena de 1810 seguía en pie y en funciones el tribunal del Santo Oficio, con su sede en la plaza de Bolívar, y su presencia es la que explica por qué encerrar a una muchacha en un convento era una decisión con fuerza ejecutiva y no un gesto sentimental: la autoridad eclesiástica era parte del aparato de gobierno. La ficha describe el edificio y la institución, y con ello da el tercer poder de la escena, junto al Cabildo y al gobernador.

  2. La reconquista de Cartagena: Estampas de su martirio (Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 7, n.º 10, pp. 1801-1803)

    publicaciones.banrepcultural.org

    Cuenta cómo terminó el mundo en que transcurre la comedia. Cinco años después del sarao y de la boda frustrada, la escuadra de Morillo fondea en los primeros días de agosto de 1815 con 10.642 veteranos, cierra el bloqueo por tierra y mar y reduce a la ciudad al hambre —caballo y burro en salmuera, perros, ratas, el cuero de las correas—. Leído junto al relato, el artículo pone la fecha de caducidad a las marquesas, los alféreces reales y los conventos que el autor maneja como piezas de un tablero doméstico: en 1815 ese tablero desaparece.

  3. Tres siglos de historia demográfica de Cartagena de Indias

    banrep.gov.co

    Permite saber cuánta gente cabía en la clase que el relato retrata. Su reconstrucción de la Cartagena de finales del periodo colonial a partir del censo de 1777 muestra una ciudad donde el grupo de familias blancas acomodadas era numéricamente pequeño y estaba muy trabado por parentesco, lo que hace verosímil que una boda se negocie entre dos casas y que todo el mundo esté en el mismo sarao. Aporta además el desenlace demográfico de la década siguiente, con los dos mil muertos del sitio y el fusilamiento de Martín José Amador el 24 de febrero de 1816.

  4. «Títulos de Cartagena» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Muestra cómo quedó fijada la memoria oficial del periodo que el relato convierte en enredo de salón. Repasa los títulos con que la ciudad se nombra a sí misma, encabezados por el de «Ciudad Heroica» ganado en el sitio de 1815, y con ello deja ver qué versión de 1810-1815 se conservó: la del sacrificio colectivo. El cuento hace lo contrario, coloca la independencia como telón de fondo de una boda arruinada y deja la exclamación patriótica en boca de una madre despechada. La distancia entre las dos memorias es lo que la pieza explota.

  5. «Fiestas de la Candelaria» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Explica de dónde sale el procedimiento de esta pieza. Identifica al autor como el periodista que firmaba «Eumarfa» y caracteriza su libro como recreación fantástica de la imaginación popular de la Cartagena histórica: la costumbre de arrancar de un hecho fechado y seguir con invención libre es la de quien escribe columnas, no monografías. Ese perfil respalda la lectura de la ficha, que separa el gobernador Montes —histórico— de la marquesa y su hija —composición—, porque es el propio autor quien marca la costura y su oficio el que la explica.

  6. Archivo Histórico de Cartagena de Indias (página institucional)

    muhca.gov.co

    Explica por qué la parte inventada del relato no puede ni siquiera descartarse. La página declara que Cartagena perdió la mayor parte de su memoria documental de los siglos XVI a XVIII y que sus fondos empiezan en el XIX: los libros parroquiales de matrimonios, los expedientes de profesión de las clarisas y los padrones de la nobleza local de 1810 caen en el borde mismo de lo que sobrevivió, y lo que sobrevivió no tiene inventario en línea. Buscar a la marquesa exige escribir un correo, sin saber de antemano si hay dónde mirar.

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«Maldito sea Napoleón» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Maldito sea Napoleón» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Maldito sea Napoleón» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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