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Maldito sea Napoleón

El 14 de julio de 1810 en Cartagena, la destitución de Montes se entrelaza con un drama familiar de poder y amor.

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Ilustración de Maldito sea Napoleón

El 14 de julio de 1810, la ciudad de Cartagena se vio envuelta en un episodio de intrigas y resplandores inesperados. En una noche cargada de presagios, el Cabildo, órgano del poder local, decidió destituir de su cargo al Gobernador Francisco Montes, un hombre cuya causa era tambaleante bajo el manto de alianzas traicioneras y sueños imperialistas. La destitución vino antecedida por el fracaso del Gobernador al nombrar dos asesores criollos, una orden que, por su confusa interpretación, condujo a su caída.

Al margen de la gélida política se desarrollaba la cálida trama de una joven atrapada entre las exigencias del corazón y las del poder. La historia que habría de unir los destinos de la familia Montes con el marquesado Lamadrid de Vaca Sierra era uno que aún aguardaba su desenlace en las sombras de los salones de baile.

Aquella noche de Año Nuevo, la marquesa Inés Lamadrid de Vaca Sierra, dama de estirpe y abolengo, había abierto su mansión a toda la nobleza de Cartagena. Entre sonrisas y copas de vino especiado, declaraba su amor por el vigoroso (aunque a veces incierto) ambiente de las Indias, un amor teñido de deseos de poder que ocultaban su avidez detrás de terciopelos carruajes y reverendos bullicios de oscuros frailes.

En uno de esos salones iluminados con candelabros de cristal, se fraguaba un destino controvertido. La marquesa tenía un plan bien delineado para sus intenciones: casar a su hija Celina con Fernando Montes y Villahermosa, el joven hastiado de virtudes y rebosante de vicios sin nombre, único heredero del gobernador Montes. Esta unión no solamente prometía riquezas, sino también una poderosa influencia sobre los senderos del poder colonial.

Con un suspiro, la marquesa le decía a Celina, "Lo que necesita este gobierno es una mujer que mande. Y, ya que no puedes ser tú, seré yo. Tu destino encadena mi aspiración a la grandeza." La joven, sufriendo las injurias del mandato materno sin cuestionar jamás en voz alta, se refugiaba en lágrimas que se mezclaban con sus plegarias, mientras la amenaza de un matrimonio forzado se cernía como juicio inaplazable.

El destino, no obstante, parecía hallarse enredado entre las telarañas del azar y el capricho. En una desesperada tentativa por escapar de lo ineludible, Celina buscó refugio en el convento de las clarisas, envuelta en su luto de negros velos y plegarias susurradas, esperando que las paredes monacales la guardaran del monstruo de esa unión infeliz. Sin embargo, las puertas de aquel santuario no lograron resistir el mandato del Gobernador y las monedas relucientes de doña Inés.

El día de la boda, la capilla resplandecía como un relicario cargado de esperanzas. Las clarisas entonaban himnos suavemente amargos, mientras el sacerdote preguntaba con voz solemne si alguien se oponía a aquel matrimonio. Y fue en esa pausa de expectación donde aconteció lo impensable. Un grito resonó en la capilla, un grito que rompió sus cimientos invisibles. Era la marquesa, la misma que había sido arquitecta de aquella condena, quien ahora reclamaba para sí el poder de anularla.

Con una convicción que tropezaba con titubeos inexplicables, arrancó la mano de su hija de aquella del Alférez Montes, declarando el odio incondicional de Celina hacia su pretendiente de infierno. Nadie anticipó el cambio de rumbo de la marquesa, quien se convirtió repentinamente en salvadora de su hija. Con paso firme, se retiró llevándola consigo, sosteniendo su frágil destino lejos del altar eclesiástico.

Aunque los presentes no se explicaban el porqué de su abrupta oposición, la respuesta se hallaba entre el tumulto de la ciudad. Aquella misma noche del 14 de julio, mientras las cadenas políticas se desenlazaban, se desencadenaba el destino personal de la marquesa y su hija. La noticia se había esparcido como un incendio en la savana: el Gobernador Montes había caído en desgracia. Ya no había trono para el alférez; el palacio de sus ambiciones era ahora polvo encadenado al viento.

En la intimidad de su cámara, de vuelta en su morada colonial, la joven Celina lloraba el desenlace afortunado aunque inesperado, mientras buscaba en el rostro de su madre la razón del milagro que había acontecido. Llorando con cada palabra, la marquesa reveló, "Lo hemos perdido todo. Francisco Montes ya no es Gobernador... maldito sea Napoleón."

Y así, aunque la burbuja de la ambición se había roto, el relieve de Cartagena reverberaba aún con la sombra ahogada de silencios, luces y promesas de un futuro tejido en las complicadas danzas del poder y amor, eternamente perpetuadas entre lo real y lo maravilloso.

Historia

El mito tiene su origen en los sucesos históricos ocurridos el 14 de julio de 1810 en Cartagena, cuando el Cabildo local depuso al gobernador español Francisco Montes debido a su desobediencia al mandato de nombrar asesores criollos. Paralelamente, se desarrolló el episodio de Celina, cuyo matrimonio forzoso con Fernando Montes y Villahermosa fue interrumpido por su madre, la marquesa, tras enterarse de la destitución del gobernador y la pérdida de su poder e influencia.

Versiones

La versión más destacada del mito se centra en la destitución del gobernador Francisco Montes por el Cabildo de Cartagena el 14 de julio de 1810, debido a su desobediencia a la orden del Cabildo de nombrar dos asesores criollos. En esta narrativa, se incorpora un episodio novelesco que tiene como telón de fondo las tensiones políticas de la época, cuando Napoleón dominaba en España y el Rey era prisionero. Se describe cómo la marquesa doña Inés Lamadrid de Vaca Sierra, al margen de las intrigas políticas, intenta casar a su hija, Celina, con el hijo del gobernador Montes, Fernando. Esta unión está motivada por la ambición de poder de la marquesa, quien busca influir en el gobierno mediante un matrimonio forzado. Sin embargo, al final, el intento de matrimonio es interrumpido cuando la marquesa se opone repentinamente a la boda, explicando a su hija que ha cambiado de idea debido a la caída del gobernador Montes.

Las diferencias en la comprensión del mito residen en la motivación y resolución del conflicto. Mientras la trama personal del matrimonio forzado domina la narrativa inicial, el desenlace conecta estrechamente la resolución personal con los eventos políticos más amplios, mostrando cómo el cambio de poder impacta decisiones familiares. Inicialmente, la marquesa está dispuesta a sacrificar la felicidad de Celina por ambición personal, reflejando una crítica a las estructuras de poder y el rol de las mujeres en ellas. Al final, sin embargo, el cambio en la situación política —la destitución de Montes como gobernador— altera las dinámicas de poder, proporcionando a la vez una salida al dilema personal de Celina. Esto enfatiza cómo las decisiones individuales no pueden aislarse del contexto político y social, revelando una tensión entre las aspiraciones personales y las circunstancias históricas.

Lección

Las decisiones personales están intrínsecamente ligadas al contexto político y social.

Similitudes

Este mito se asemeja a las tragedias griegas donde el destino personal se entrelaza con eventos políticos, similar a las historias de Antígona o Electra.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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