Macú y el collar de camarones de oro

Caribe · Mestizo

Macú y el collar de camarones de oro

Macú, vendedor de camarones, queda atrapado en una disputa de devociones y ofrece un collar de camarones de oro para expresar su promesa religiosa.

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Macú y el collar de camarones de oro: la entrada del relato

El relato

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Macú vendía camarones por las calles de Cartagena con la batea en la cabeza. El apodo se lo había puesto el vecindario del Playón del Blanco, un reguero de casuchas levantado al borde del agua salada que se mete en la ciudad y forma lagunas, lejos del mar grande y de las murallas del norte. Era viejo ya, mestizo, entrado en canas, y vivía con su mujer y una hija crecida.

Salía temprano. Recorría calles hasta que el sol apretaba, se sentaba a la sombra de cualquier murallón a comer casabe, sábalo frito y plátano maduro, pedía agua en una puerta vecina, y a media tarde emprendía el regreso pregonando lo que le quedaba por calles distintas de las de la mañana, camino de los puentes y del Playón. Vendía bien y volvía cabizbajo. Tenía una obsesión, y en el barrio la conocía todo el mundo.

Los pescadores discutían cuál de las dos patronas era más milagrera. Unos, la Virgen de las Mercedes; otros, la Candelaria del cerro de la Popa. Macú era de las Mercedes. El Zurdo y el Tiburón, arponeros y dinamiteros de sábalo, eran de la otra, y un día se lo gritaron en la cara: que la Candelaria estaba más alta, que por algo sería, y que a él una vez se le perdieron los camarones y pasó tres días rogando y sin comer hasta que el Zurdo le rezó a la suya y se le rompió el maleficio. Macú oyó la palabra maleficio y se le fue encima. Acabaron los tres con las narices rotas en la policía.

Salió tres días después decidido a demostrar quién tenía la mejor patrona. Los vecinos y las devotas del barrio le explicaron el procedimiento: había que ofrecer un milagro de oro. Quien pide por una pierna manda hacer una pierna; los enamorados ofrecen corazones y flechas; los pescadores, pececitos y botes. A él le correspondía un collar de camarones de oro. Se lo dijeron con la mayor naturalidad, y él se fue a su casa a rumiar de dónde iba a salir ese dinero.

La idea le llegó una noche, entera y de golpe. Le pareció macabra y le pareció una revelación. Estuvo días dándole vueltas hasta convencerse de que se la había mandado la Virgen para que pudiera cumplirle.

Una madrugada subió las gradas de la Ermita del Cabrero con el collar entre las manos toscas, acariciándolo. Le temblaba el pulso cuando lo colgó de una de las paralelas de la aureola. Nunca en su vida había tenido tantas ganas de llorar. Toda su oración fue una ristra de refranes: a quien Dios se lo dio, San Pedro se lo bendiga, y camarón que se duerme se lo lleva la corriente. Salió con la cara desafiante, buscando al Zurdo y al Tiburón para empezar el pulso de peticiones.

Lo demás lo contaron los partes de la policía. Diez noches seguidas se había deslizado en el cementerio a desenterrar muertos y sacarles el oro de las dentaduras. A la décima dio con un cráneo que las tenía todas, y el guardián lo sorprendió a la puerta con el cráneo encima.

Y ahí el asunto se le torció a favor. Una familia española rica llevaba años buscando los restos de su antepasado, un capitalista muerto en Cartagena, y la pista que había venido siguiendo hasta la ciudad era precisamente la de una dentadura de oro. Agradecidos, consiguieron que la profanación no se persiguiera. Cuando supieron para qué quería el oro, decidieron que aquello había sido un milagro, y le dieron dinero para vivir tranquilo el resto de sus días y el collar de camarones que él no había podido pagar.

Macú y el collar de camarones de oro: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Una promesa hecha por orgullo se acaba pagando con lo que sea, y casi nunca con lo propio.”

Territorio

Caribe · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.4242° · -75.5144°

Ficha del relato

Contexto histórico

El relato ocupa las páginas 71 a 73 del tomo segundo de «Mitos y leyendas de Colombia», la antología que Eugenia Villa Posse publicó con el IADAP en Quito en 1993 y en la que reproduce una selección de «Cuentos y leyendas de Cartagena», el libro que Eustorgio Martínez Fajardo sacó en 1948 por la Editorial Nuevo Mundo. En la página 65 la compiladora copia la ficha del original —páginas 25 a 177— y deja constancia de que los textos vienen de la tradición popular oral de la ciudad, pero que el autor los trabajó literariamente antes de imprimirlos. Es decir: la materia es de puerto y la prosa es suya.

Lo que el libro aporta aquí es sobre todo etnográfico, y es la razón por la que el cuento se sostiene. Martínez Fajardo se detiene a explicar en qué consiste un «milagro», que es como el pueblo llama al ex-voto: una figura de oro o de plata con la forma de lo que se pide o de lo que se agradece. Enumera las variantes por oficio y por asunto, y sólo después de dejarlo claro vuelve al personaje. Sin esa página, la promesa del título no tendría medida ni precio, y el delito que viene detrás no tendría motivo.

El segundo aporte es de topografía. El texto describe el Playón del Blanco como barrio de casuchas viejas al borde del «mar muerto», que es como los cartageneros llamaban a las entradas de agua salada que forman lagunas dentro de la ciudad, y lo distingue del «mar grande» que queda al otro lado de las murallas y los malecones del norte. Alrededor nombra el Cabrero, La Boquilla y el cerro de la Popa, de modo que el recorrido diario del vendedor puede seguirse en un plano.

Hay un tercer rasgo que conviene señalar antes de leer. El autor escribe desde arriba: llama al protagonista «viejo mestizo», describe a los pescadores como gente sencilla y de piel oscura, y califica la disputa entre las dos advocaciones de aberración absurda e incomprensible. Ese desdén es de 1948 y es del narrador, no de los personajes, que en el texto discuten con argumentos perfectamente coherentes dentro de su propia devoción.

Resonancias con otros mitos

La práctica que el cuento explica está documentada muy por fuera de Cartagena. El ex-voto de metal con forma de lo pedido —piernas, ojos, corazones, barcos— es un uso mediterráneo llevado a América con la colonización, y en los santuarios marianos del Caribe convive con el retablo pintado y con la ofrenda de cabello o de muletas. Que en un barrio de pescadores la figura adecuada sea un camarón no es una ocurrencia del autor: es la regla del sistema aplicada al oficio de quien promete.

El segundo paralelo es de tipo narrativo. El robo de oro a los muertos que acaba premiando al ladrón pertenece a una familia de cuentos de fortuna invertida en la que la profanación queda absuelta porque sirve, sin saberlo, a un interés más poderoso que la ley. La mecánica es la misma que en los relatos de tesoros de difunto: quien cava por codicia encuentra castigo, quien cava por promesa encuentra recompensa, y el criterio lo fija siempre alguien de arriba.

El tercer parentesco está dentro de la misma selección. «El talismán fúnebre», cuatro relatos más adelante, vuelve a poner un objeto de entierro en el centro de la escena y vuelve a negarle cualquier poder propio: allí un ataúd vacío sirve de amuleto porque hace pensar, no porque obre. Los dos cuentos tratan la muerte como mobiliario disponible del pobre, y en ninguno de los dos ocurre nada sobrenatural.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El desenlace llega contado tres veces y por tres bocas distintas, y las tres versiones no dicen lo mismo aunque no se contradigan en los hechos.

  2. La primera es la del propio protagonista. Para él la idea de entrar en el cementerio fue «una revelación», algo que la patrona le sugirió para que pudiera cumplirle la promesa. Lo pensó durante días y terminó convencido. En su relato interior no hay delito: hay un encargo.

  3. La segunda es la de los partes de policía, que Martínez Fajardo cita como fuente del final y que resumen el caso en el lenguaje del expediente: un ciudadano exhuma cadáveres, busca oro en las dentaduras, es sorprendido por el guardián y conducido a la Central con el cráneo. Ahí es un profanador y nada más.

  4. La tercera es la de la familia española que reclama los restos. Al enterarse de para qué buscaba el oro, resuelve que lo ocurrido fue providencial, pide que no se dé gravedad a la profanación y paga. Esa lectura es la que gana, porque es la que tiene dinero, y el autor la deja ganar sin comentarla.

  5. A la variación interna se añade la bibliográfica, que afecta por igual a todas las piezas del mismo libro. El pie de imprenta aparece como «Nuevo Mundo» en la antología de 1993 y como «Mundo Nuevo» en los catálogos de la Biblioteca Nacional, donde además figuran dos tiradas —1946 y 1948— declaradas ambas segunda edición. Mientras no se coteje ejemplar contra ejemplar, la paginación segura es la del tomo que reproduce el texto, no la del libro reproducido.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bolívar · Caribe
Referencias
10
Última revisión
21 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, vol. II · sección 18, «Cuentos y leyendas · Cartagena, Departamento de Bolívar», pp. 65-123

    flacso.edu.ec

    Reproduce el cuento en las páginas 71 a 74 y conserva las dos páginas de explicación sin las cuales no se sostiene. La primera es etnográfica: el autor se detiene a definir qué es un «milagro» en el habla de la ciudad —la figura de oro o de plata con la forma de lo que se pide o se agradece— y a enumerar sus variantes por oficio y por asunto, de modo que la promesa del título adquiere medida y precio. La segunda es topográfica: el Playón del Blanco como barrio de casuchas al borde del «mar muerto», distinguido del «mar grande» de más allá de las murallas, con el Cabrero, La Boquilla y el cerro de la Popa alrededor. Sólo aquí consta, además, que el desenlace se cuenta tres veces —por el protagonista, por los partes de policía y por la familia española que paga— y que el autor deja ganar a la tercera.

  2. Historia del Cerro de la Popa (Macroproyecto de Recuperación Integral del Cerro de la Popa, Producto 3)

    observatorio.epacartagena.gov.co

    Confirma, fuera del cuento, que la palabra «milagro» significaba en Cartagena una pieza de metal y no un prodigio. Documenta los exvotos de oro y plata que en el cerro se llamaban así, la fiesta del 2 de febrero con novena desde el 24 de enero, la procesión hasta la ermita del Pie de la Popa y el auge de la romería hacia 1930, con bestias alquiladas para la subida. Con eso, la definición que el autor da en sus dos páginas etnográficas deja de depender de su sola palabra y el collar de camarones de oro queda situado dentro de un sistema real de ofrendas tasadas.

  3. La virgen de la Candelaria: fiesta, idoloclastía y colonización de imaginarios en Cartagena de Indias

    dialnet.unirioja.es

    Da el fondo de la disputa que el autor despacha como aberración y que en el texto los pescadores discuten con argumentos coherentes. Reconstruye la implantación de la Candelaria en Cartagena como operación sobre imaginarios indígenas y africanos —con la idoloclastía como método y el proceso inquisitorial contra el mestizo Luis Andrea como caso— y muestra que alrededor de esa advocación se organizaron formas de devoción popular con su música, su baile y su comida. Que dos grupos de un barrio de pescadores defiendan cada uno a su patrona no es entonces una rareza incomprensible: es el resultado previsible de un culto impuesto y reapropiado por varias vías a la vez.

Contraste y contexto · 7 referencias
  1. A Corpse Claims Its Property: Ghost Stories of Aarne-Thompson-Uther Type 366

    sites.pitt.edu

    Reúne la familia internacional a la que pertenece exactamente lo que hace el protagonista, y con los dos objetos del cuento. El tipo agrupa relatos en que alguien roba a un muerto una parte de su cuerpo o de su ajuar y el muerto viene a reclamarla, y entre los textos editados figuran «The Golden Leg», «The Golden Arm» y —lo más literal posible para esta ficha— «Give Me My Teeth», junto a versiones de Islandia, Rusia, Polonia, Alemania, Dinamarca, Italia, Inglaterra y dos afroamericanas recogidas por Joel Chandler Harris y Mark Twain. Sirve para medir por dónde se aparta el relato cartagenero del molde: aquí el muerto no vuelve, no hay castigo, y el oro de la dentadura acaba financiando un exvoto bendecido por los herederos.

  2. Tres siglos de historia demográfica de Cartagena de Indias

    banrep.gov.co

    Da el mapa de los bordes de agua por los que se mueve el vendedor y deja al descubierto el hueco de la ficha. Documenta la cadena de asentamientos entre la bahía, las ciénagas y el mar —Boquetillo, Pueblo Nuevo, Pekín, Canapote, La Boquilla, Chambacú—, sus poblaciones y sus traslados, lo que permite situar el recorrido diario del protagonista en una ciudad anfibia real. Y al mismo tiempo, en sus casi trescientos mil caracteres, la palabra «Playón» no aparece ni una vez: el barrio donde vive el personaje no está en el estudio más extenso sobre la población histórica de Cartagena.

  3. Geografías del destierro: los barrios afro y populares de Cartagena de Indias, 1844-1885 (Nómadas, n.º 48)

    nomadas.ucentral.edu.co

    Fecha la aparición de los arrabales de agua en los que vive el protagonista y explica de dónde salieron. Sitúa hacia 1885 la creación de los primeros barrios afro y populares extramuros y sostiene que la separación racial del espacio no se heredó de la colonia sino que se programó después como proyecto urbanístico. Con ello, el «viejo mestizo» al que el autor mira desde arriba y el vecindario de casuchas al borde del mar muerto dejan de ser un resto pintoresco y pasan a ser el producto reciente de una decisión de la ciudad.

  4. La Boquilla y Cartagena: historias de luchas territoriales, ciudadanía y etnicidad, en «Etnohistorias de América Latina y el Caribe» (pp. 207-233)

    sistemas.pedagogica.edu.sv

    Documenta uno de los tres lugares que el cuento nombra como marcas del recorrido, y el único que sigue existiendo. Reconstruye cómo hacia 1885 familias venidas de San Onofre, Villanueva y Rocha se asentaron entre el Caribe y la Ciénaga de la Virgen, y cuenta 257 viviendas en 1929: un caserío de pescadores en la misma orilla y de la misma época que el barrio del protagonista. Es lo que permite decir que la economía de camarones y de pesca menuda que el collar del título convierte en símbolo era el sustento real de esa franja de costa.

  5. Convento de la Popa (Ciudades Patrimonio · Cartagena de Indias, «De paseo», n.º 35)

    cvc.cervantes.es

    Describe el destino de la promesa: el convento, el claustro y la capilla de Nuestra Señora de la Candelaria en la cima del cerro que el relato nombra como referencia del paisaje, con su fundación de 1607, la capilla primitiva de madera y palma y el nombre tomado de la forma de galera del monte. Es la fuente que da el edificio concreto adonde subiría a colgarse un collar de camarones de oro, y que confirma que la advocación por la que discuten los pescadores tiene una sede visible desde el barrio.

  6. «Fiestas de la Candelaria» (serie «cartapedia»)

    muhca.gov.co

    Da la posición desde la que están escritas las dos páginas etnográficas del cuento. Identifica al autor como el periodista que firmaba «Eumarfa» y caracteriza su obra como recreación fantástica de la imaginación popular de la Cartagena histórica: alguien que explica a sus lectores del centro qué es un «milagro», porque da por supuesto que ellos no lo saben. Ese lugar de enunciación —el letrado que traduce el barrio— es también el que produce el «viejo mestizo» del comienzo y el desdén con que se despacha la disputa de las advocaciones.

  7. Archivo Histórico de Cartagena de Indias (página institucional)

    muhca.gov.co

    Es donde estarían los partes de policía que el propio relato declara como fuente de su final. Sus fondos cubren el siglo XIX y la primera mitad del XX, es decir, el periodo en que un caso de exhumaciones por oro dental habría dejado expediente y probablemente nota de prensa; y allí estaría también la cartografía municipal que fijaría dónde caía el Playón del Blanco. Que no se haya comprobado nada de eso no se debe a que no exista, sino a que la institución no publica inventario y sólo atiende por correo.

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«Macú y el collar de camarones de oro» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Macú y el collar de camarones de oro» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Macú y el collar de camarones de oro» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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