Los tunjos de la Cantera

Andina · Mestizo

Los tunjos de la Cantera

Silvestre busca riqueza en la Loma de la Cantera y captura una criatura dorada que termina enseñándole los límites del oro.

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Los tunjos de la Cantera: la entrada del relato

El relato

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Riverita y don Vicente contaban muchas historias de su tierra. Hablaban de Pedro Rimalas, un espíritu errante que era el terror de las muchachas, y de seres venidos de regiones desconocidas que les hacían bien a los hombres. Y contaban la de Silvestre y el tunjo.

Silvestre era un joven campesino de manos ásperas y piel curtida que vivía con su familia en una choza pobre. Su padre hablaba de pactos con el diablo y de monedas conjuradas que, después de gastadas, volvían solas al bolsillo. Su abuela le hablaba de otra fortuna: la varita de la virtud, un talismán que sólo le revelaba sus secretos a un alma inocente y soñadora, y le susurró la fórmula para usarla. Silvestre se obsesionó con la riqueza, pero en su campo no encontró ninguna señal.

Anduvo entonces por los caminos de los arrieros, entre las montañas, soñando con el oro de los senderos del Socorro. Cuando murió su padre volvió a la casa, y su madre le habló de los tunjos: muñecos vivos de oro macizo que salían como destellos al amanecer del Viernes Santo sobre la Loma. Le dio también las instrucciones del rito para atraparlos.

Silvestre salió a buscarlos en Semana Santa. Una tarde, a la hora del crepúsculo, atrapó un tunjo tocándolo con la mano mojada, y lo sujetó con una trampa y una oración para tenerlo siempre a su servicio. Lo alimentaba con un poco de oro y de bronce, y el tunjo dejaba a su paso escamas doradas. Así empezó a crecer la fortuna del muchacho.

El tunjo le repetía: «Sé humilde de corazón, porque la riqueza del alma pesa más que el oro en cualquier balanza». Pero Silvestre no lo escuchaba: vivía entre los placeres del dinero.

Un día llegó la caída. Silvestre volvió a su casa arruinada, desesperado por la riqueza perdida. Allí encontró que el tunjo se había liberado, y que antes de irse le dejaba un regalo más valioso que el oro: dos lágrimas de diamante, para curar las heridas del alma que ningún tesoro llena.

Entonces Silvestre entendió que su verdadero trato no había sido con el diablo sino con su propia humanidad. El tunjo desapareció en un halo de luz, y el muchacho recordó lo que su madre le había enseñado: trabajar con humildad y guardar.

Riverita decía que los tunjos eran seres del bien, al contrario de los espantos y las brujas, que castigan las faltas graves, y que la recompensa llega a quien sabe esperarla.

Los tunjos de la Cantera: lo que quedó del relato

La enseñanza

“La riqueza que llega sin trabajo se va igual, y sólo deja lo aprendido.”

Territorio

Andina · Mestizo

Andina · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
7.0625° · -73.0192°

Ficha del relato

Contexto histórico

El relato de Silvestre y los tunjos no tiene un registro publicado que pueda consultarse. Ninguna obra abierta lo nombra. No está en lo que se puede leer de los libros de leyendas del piedecuestano Germán Valenzuela Sánchez, ni en las crónicas de Vicente Arenas Mantilla, ni en la antología «Mitos y leyendas de Colombia» de Eugenia Villa Posse, ni en el Boletín de Historia y Antigüedades, ni en la prensa local que se puede fechar. Un libro de memorias que Valenzuela publicó en 2016, con el mismo lugar en el título, es un recuerdo personal de la Piedecuesta de su juventud y no trae el relato. Los narradores, Riverita y don Vicente, no tienen apellido ni fecha.

El tunjo sí está bien documentado, en dos planos. En la arqueología, los tunjos son pequeñas figuras de oro o tumbaga, humanas o animales, que los muiscas depositaban como ofrenda en tumbas, templos, lagunas y ríos; los muiscas comerciaban oro con sus vecinos, entre ellos los guanes de Santander.

En el folclor andino, el tunjo es un ser vivo. Misael Devia, en «Folclor tolimense» (1962), cuenta que aparece como un niño que llora a la orilla del camino, sobre todo en noches de Viernes Santo; quien sabe el secreto lo bautiza con el pulgar mojado en saliva y el niño se vuelve un muñeco de oro que, bien alimentado y guardado en una caja, hace rico a su dueño. Cesáreo Rocha Castilla recoge los tunjitos: muñecos de oro enterrados con los indios, que salen al anochecer a la orilla de las quebradas, cantando o llorando.

En Santander, Juan de Dios Arias (1954) registró otras maneras de hacerse rico de golpe con oro indígena: el Biato que, vencido a golpes, entrega un baúl lleno de oro, y la cueva del Cenicero, donde el codicioso termina enchapado en oro. El libro «Cuentos de espantos» (El Tiempo, 2004), ficción declarada, hace del tunjo una criatura diabólica que tienta con riquezas a un sacerdote cerca de Ibagué.

Resonancias con otros mitos

El paralelo más exacto es Venancio Moncaleano, el campesino del Tolima que Misael Devia retrata en 1962. Como Silvestre, es pobre, quiere hacerse rico de golpe y descarta el pacto con el diablo; busca tunjos en la noche de Viernes Santo y atrapa uno con el pulgar mojado. Como Silvestre, se hace rico mientras alimenta al muñeco. La diferencia es moral: el de Devia se pierde por el descuido de los herederos y se lleva todo en una creciente; el de Silvestre se va dejando un consuelo.

El segundo paralelo es santandereano y viene de Juan de Dios Arias. En la cueva del Cenicero, en Bolívar, Miguel Seco entra con una fórmula al lugar donde los indios guardan su tesoro, y cuando la codicia lo vence lo enchapan en oro. La fórmula secreta, el oro indígena y el castigo de la codicia son los mismos elementos del relato de Silvestre, que recibe su fórmula de la abuela y aprende la lección cuando lo pierde todo.

Detrás de los dos está el tunjo real, la figurilla de oro que los muiscas dejaban en tumbas y lagunas y que los campesinos desenterraban siglos después. De esos hallazgos nace la idea de un oro que vive, come y se va.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. La versión más completa del tunjo campesino es la de Devia, y el relato de Silvestre la sigue punto por punto antes de torcerla. En los dos, el tunjo se busca en Semana Santa y se atrapa con un gesto de agua: Devia habla del pulgar mojado en saliva con que se bautiza al niño que llora; el relato, de la mano mojada con que Silvestre toca al tunjo. En los dos, el muñeco se guarda, se alimenta y paga con oro: el de Devia come una semillita parecida al comino y defeca trocitos de oro macizo; el de Silvestre come oro y bronce y deja escamas doradas.

  2. La diferencia está en el final. En Devia, el campesino Venancio Moncaleano se hace rico, cuida bien al tunjo y muere tranquilo; son sus hijos, parranderos, los que lo descuidan, y el tunjo se va en una tormenta que arrasa la vereda, bajando por la creciente mientras toca un tiple. Nadie aprende nada: los herederos quedan tan pobres como el padre antes del hallazgo. En el relato de Silvestre, el tunjo habla, aconseja humildad, se libera por su cuenta y deja dos lágrimas de diamante que redimen al muchacho. El tunjo campesino se ha vuelto maestro moral.

  3. Rocha Castilla conserva otra cara: los tunjitos son el pavor de los niños campesinos, con los que se les amenaza para que se acuesten temprano. «Cuentos de espantos» lleva esa cara al extremo y lo hace demonio, con dientes de bestia. El tunjo de Silvestre es lo contrario: Riverita lo pone del lado del bien, frente a espantos y brujas.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Santander · Andina
Referencias
7
Última revisión
22 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II, sección 20: Misael Devia, «Folclor tolimense» (1962), «El Tunjo», folios 156-159

    flacso.edu.ec

    Es la descripción más completa del tunjo campesino: un niño que llora a la orilla del camino, sobre todo en Viernes Santo; quien lo bautiza con el pulgar mojado en saliva lo vuelve muñeco de oro que, alimentado y guardado en una caja, defeca oro. Trae además el relato de Venancio Moncaleano, que se enriquece con un tunjo y cuyos hijos lo pierden en una creciente. Es el esquema que sigue el relato de Silvestre.

  2. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II, sección 21: Cesáreo Rocha Castilla, leyendas del Tolima (1968), «Los tunjitos», folio 181

    flacso.edu.ec

    Define el tunjo como el muñeco de oro que se sepultaba con los indios y cuenta que los tunjitos salen al anochecer a la orilla de quebradas y acequias, cantando o llorando, todos dorados; con ellos se asusta a los niños para que se acuesten temprano. Documenta el vínculo entre oro funerario indígena y ser vivo que el relato de Silvestre supone.

  3. Mitos y leyendas de Colombia, tomo II, sección 19: Juan de Dios Arias, «Folclor santandereano» (1954), «Lo que enseñan las cuevas», folios 141-142

    flacso.edu.ec

    Da las formas santandereanas de enriquecerse con oro indígena: la cueva del Cenicero, donde Miguel Seco entra con una fórmula y es enchapado en oro por codicioso; el Biato de la loma de Buena Vista, que vencido a golpes entrega un baúl de oro; y la observación de Arias de que así se explicaban fortunas repentinas. Es el paralelo regional más cercano al tunjo de Silvestre.

Contraste y contexto · 4 referencias

  1. Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano, «El Tunjo» (pp. 63-64)

    archive.org

    Presenta el tunjo como criatura diabólica: en una declaración inventada, un sacerdote cuenta que en un camino a las afueras de Ibagué encontró a un niño que lloraba, que le mostró dientes de bestia, le ofreció riquezas y lo mordió. Conserva el niño que llora y la tentación de la riqueza, y permite ver cuán lejos está el tunjo benéfico de Silvestre.

  2. Tunjo

    es.wikipedia.org

    Resume lo que es el tunjo en la arqueología: pequeñas figuras humanas o animales de oro o tumbaga hechas por los muiscas, usadas como ofrenda en tumbas, templos, lagunas y ríos; menciona el comercio de oro de los muiscas con vecinos como los guanes. Es el objeto real del que nace el ser vivo de la tradición campesina.

  3. Cuentos, mitos y leyendas del llano, «La culebra cascabel», p. 34

    babel.banrepcultural.org

    Nombra a Pedro Rimalas entre los personajes de los cuentos que los peones contaban de noche en los hatos, junto a la Bola de Fuego, el Silbador y el Mandingas. Es el único registro localizado del espíritu que el relato de Silvestre menciona de paso como terror de las muchachas.

  4. Piedecuesta: historia, datos generales, economía (página municipal del Área Metropolitana de Bucaramanga)

    amb.gov.co

    Documenta el mundo de arrieros del relato: Piedecuesta nació como parada para pernoctar y aprovisionar las bestias de carga antes de subir hacia Pamplona o, por el camino real de la Mesa de Géridas, hacia el Socorro. Es el camino por el que Silvestre anda soñando con el oro del Socorro.

Voces de la comunidad

Conversación

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«Los tunjos de la Cantera» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Los tunjos de la Cantera» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Los tunjos de la Cantera» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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