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Los tres cachacos y la cantara de Ron Ñeque

Tres cachacos enfrentan malestares físicos con ingenio, humor y un cántaro de ron ñeque, destacando la astucia en sus relatos.

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Ilustración de Los tres cachacos y la cantara de Ron Ñeque

En una tierra donde los caminos serpenteaban entre montañas que susurraban secretos en cada brisa, vivían tres cachacos. Con trajes siempre pulcros y bastones que resonaban en el empedrado de las calles, esos hombres eran conocidos por su afición al ron ñeque, un licor tan fuerte que se decía que en noches particularmente brumosas, emanaba un aroma que doblaba las esquinas antes de que lo hicieran sus dueños.

Decidieron un día abandonar la ciudad, en búsqueda de nuevos horizontes, como si los vientos susurrantes de las montañas los convocaran a aventuras insospechadas. Tomando unas monedas de sus ahorros, salieron a caminar por caminos que brillaban bajo el sol dorado del amanecer. El espíritu emprendedor los animaba, imaginando negocios prósperos en cada pueblo que cruzaban.

Sin embargo, a medida que los días pasaban, los caminos parecían hacerse más largos y las monedas en sus bolsillos más escasas. Como si de un capricho alado del destino se tratara, uno de los cachacos descubrió que la piojera le había emboscado, moviéndose como una danza de diminutas sombras por su cabeza. Al segundo, una gripa lo abrazó como amante exigente, llenando su nariz de un insoportable cosquilleo. Y el tercero halló en su piel una rasquiña que parecía haber tomado vida propia, retorciéndose con un ansia insaciable de ser atendida.

La risa y el ron que habían sido su compañera de viaje se disiparon cuando el último centavo abandonó sus manos como lo hacen las mariposas en las noches largas de verano. Sin más que aceptar su situación, llegaron a una finca que, al igual que un oasis, apareció casi por arte de magia entre el denso verde del paisaje. Allí, el amo de la finca, conocedor de sus preferencias y con un brillo cómplice en los ojos, les obsequió un cántaro de ron ñeque.

La tentación del licor frente a ellos era tan poderosa que decidieron desafiarse mutuamente. La apuesta parecía sencilla: el primero que cediera a su penuria, fuera rascándose, sonándose o limpiándose la nariz, perdería.

El aroma del ron flotaba en el aire, pesado y tentador, pero los tres cachacos, movidos por un extraño sentido del orgullo y el ingenio, decidieron distraerse con cuentos de su niñez; cuentos que eran más mágicos de lo que cualquier trago podría provocar.

El primero, el de la rasquiña, cerró los ojos, como si buscara entre los recuerdos las imágenes más claras y definidas. "Pues paisano," comenzó, "cuando yo andaba de pantalones cortos y sonrisas largas, descubrí en una mata de caña un universo propio. Las candelillas danzaban sobre mi piel, como pequeñas estrellas titilantes que me llenaban de un cosquilleo que solo se calmaba con caricias." Sin darse cuenta, sus manos encontraron alivio en la acción, imitando a aquellas figuras luminosas, mientras sus amigos lo observaban con una mezcla de burla y complicidad.

A continuación, el hombre de la piojera tomó la palabra, aprovechando la cadencia del relato anterior. "Recuerdo," decía con voz suave y remota, "cuando mi padre, con sus manos firmes y su sabiduría cotidiana, me enseñó el poder del agua. En un rincón del jardín, bajo una pluma murmurante, dejaba que las gotas cayeran sobre mi cabeza cargada de piojos. Al deslizarlas, parecía que entre la espuma se esfumaban también mis pensamientos, mis sueños, mis preocupaciones." Perdido en el eco de su relato, su mano subió instintivamente a su cabeza, ejecutando aquel ritual de la niñez que le valió otra ronda de risas y chanzas.

El último, el de la gripa, les sonrió con un brillo en la mirada, como siempre lo hacía al encontrar una oportunidad para el ingenio. Sin apartar la vista del horizonte que todavía portaba los colores del atardecer, dijo: "Cuando yo era sólo un niño, con la curiosidad de querer saber secretos extraordinarios, me acerqué a mi padre y le pregunté, navegando entre mocos, el camino del sol. Con la paciencia del tiempo y una sonrisa de atardecer, me mostró que el sol nace aquí, levantando la mano hacia el este, y muere allá, trazando un recorrido que barría el aire y limpiaba mi rostro." Con aquella demostración, atravesó la amplitud de su rostro y encontró alivio para su nariz.

Terminadas las historias y entre animosas carcajadas que resonaban entre las montañas de antaño, los cachacos cedieron al encanto del ron ñeque. Bebieron del cántaro, cada sorbo una promesa de olvidar, una invitación a perderse por un momento en la eternidad de un instante compartido. Las penurias del piojo, la gripa y la rasquiña se desvanecieron con cada trago, hasta que sólo quedaron los recuerdos flotando sobre el aire denso, transformados en un susurro de leyenda.

Y así, entre relatos y retos, los tres cachacos encontraban en cada sorbo un universo donde la nostalgia y el destierro convivían, transformando el tangible presente en el mágico mar de las memorias. Con cada cuento, se revelaba no sólo el carácter de cada uno, sino la verdad insuperable de que la amistad y la historia compartida, eran el mejor néctar que la vida podía ofrecer.

Historia

El mito parece originarse de la historia de tres hombres conocidos como "cachacos" que emprendieron un viaje durante tres meses para probar suerte en negocios. A lo largo del viaje, cada uno de ellos contrajo alguna molestia: uno sufrió de piojos, otro una gripe, y el tercero una comezón. Eran aficionados al ron ñeque, y al quedarse sin dinero, se encontraron en una finca donde el dueño, conocedor de sus gustos, les obsequió un cántaro de ron. Para consumir el ron, los cachacos establecieron una apuesta basada en no ceder a sus respectivas incomodidades: el que se rascara, sonara la nariz o se limpiara la nariz, perdería el juego.

Cada uno entonces relató una historia de su infancia relacionada con sus respectivas condiciones, llevando -inevitablemente- a que actuaran sobre sus incomodidades. El juego sirve como un relato humorístico sobre las debilidades humanas y la incapacidad de resistir ciertos impulsos.

Versiones

La versión presente de este mito se centra en tres personajes conocidos como "cachacos", quienes sufren de diferentes malestares físicos, como piojos, gripe y picazón en la piel. En esta versión, el desenlace se desarrolla a través de una apuesta que los protagonistas realizan después de quedarse sin dinero para comprar ron ñeque, una bebida de la que eran amantes. La apuesta consiste en evitar realizar cualquier acción que alivie sus molestias — rascarse, sonarse o limpiarse la nariz— y el relato agrega un giro ingenioso: cada uno cuenta una historia que desencadena, ineludiblemente, la acción que debe evitar. La narrativa es humorística y culmina en el momento en que cada cachaco termina realizando la acción prohibida mientras relata su cuento, destacando la naturaleza ingeniosa y picaresca de la tradición oral.

Comparando esta versión con otras que pudieran existir, podrían surgir diferencias en aspectos tales como el contexto cultural (la región o país de origen), la naturaleza de las pruebas o apuestas, o los personajes involucrados, así como los detalles del cuento que cada uno narra. En otras variantes, podría existir un enfoque diferente en las consecuencias de la apuesta o la interacción con el dueño de la finca. Sin embargo, sin ejemplos precisos de otras versiones, esta interpretación particular resalta la astucia y creatividad de los cachacos, ofreciendo una síntesis humorística de sus desgracias y su posterior resolución mediante un juego narrativo.

Lección

La amistad y la narración son más valiosas que las riquezas materiales.

Similitudes

Se asemeja a los mitos de astucia y engaño de la mitología nórdica, como las historias de Loki.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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