La casa de los muertos en el monte

Caribe · Ette Ennaka (Chimila)

La casa de los muertos en el monte

Un hombre perdido llega a una casa levantada por los muertos; no comprende su lengua, reconoce el peligro y logra regresar con los vivos.

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El relato

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Un día los muertos dijeron: «¡Vámonos al monte!».

Así se fueron. Se fueron todos al monte y caminaron, y siguieron caminando entre los árboles hasta que encontraron un deshecho, un trecho de monte ya abierto. Allí se detuvieron y dijeron: «Aquí está bien. ¡Vamos a hacer casa!». Así fue y así hicieron casa. La levantaron en ese claro y se quedaron dentro, sentados en el suelo.

Un día un hombre se perdió en el monte. Anduvo y anduvo buscando por dónde salir y no daba con la salida, y el monte se le cerraba por todos lados. Entonces, entre los árboles, vio la casa. Estaba allí, en el deshecho, hecha y en pie, con gente adentro. El hombre fue allá a preguntar por el camino.

Los muertos estaban sentados en el suelo. El hombre les preguntó por dónde se salía. Ellos lo miraron y le contestaron. El hombre preguntó otra vez, y otra vez lo miraron y otra vez le contestaron. Cada vez que preguntaba, ellos lo miraban y le contestaban.

Pero el hombre no entendía nada de lo que ellos decían. No era que callaran ni que le negaran la respuesta: hablaban con él y le respondían cada vez. Lo que salía de sus bocas no se parecía a ninguna palabra que el hombre conociera, porque hablaban otra lengua, la lengua de los muertos.

Entonces el hombre tuvo mucho miedo y se fue corriendo. Corrió por el monte apartando ramas, sin saber para dónde iba, hasta que por fin encontró el camino. Por el camino llegó a su casa.

Allá contó lo que le había pasado: que se había perdido, que había dado con una casa levantada en un deshecho del monte, que adentro había gente sentada en el suelo, que les preguntó por el camino y le contestaron, y que no les entendió nada de nada.

Sus compañeros se asustaron mucho cuando lo oyeron.

«Fuiste a la casa de los muertos», dijeron.

La casa de los muertos en el monte: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Recibir respuesta no es lo mismo que entender, y esa distancia basta para marcar un límite.”

Territorio

Caribe · Ette Ennaka (Chimila)

Caribe · Ette Ennaka (Chimila)

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Ette Ennaka (Chimila)
Referencia
10.0356° · -74.2147°

Ficha del relato

Contexto histórico

Es el número trece de los veintiún relatos que Gerardo Reichel-Dolmatoff publicó en 1945 como «Mitos y cuentos de los indios Chimila», todos narrados por el cacique Tangrutaya Mutsu, un anciano de más de setenta años a quien el investigador llamó el último buen narrador que quedaba en la tribu. Las condiciones del registro están anotadas por el propio recopilador: el cacique contaba de noche, recostado en su hamaca, en voz baja, despacio y en un castellano a veces confuso; insistía en hablar sólo ante hombres e interrumpía el relato cada vez que una mujer entraba a la casa; estos cuentos no se contaban nunca a los niños. Un relato sobre muertos llega, entonces, filtrado dos veces: por la lengua en que se dijo y por el círculo que podía oírlo.

Hay un detalle que conviene mirar. En las notas comparativas con que cierra el libro de 1945, Reichel-Dolmatoff glosó casi todos los relatos, pero entre la nota al número doce y la del número catorce no hay nada: el trece quedó sin comentario. De modo que este es uno de los pocos textos del corpus que llega sin la interpretación de quien lo publicó, sin paralelos amazónicos y sin veredictos sobre influencias ajenas.

Un año después, en la «Etnografía chimila» de 1946, el mismo autor describió aquello que el relato nombra. En casi todos los poblados había una casa de los muertos: una construcción comunal más grande y mejor hecha que las viviendas, de techo cónico sobre seis u ocho horcones, vacía por dentro, donde se enterraba a todos los difuntos del poblado y frente a la cual se depositaban sus piedras de moler. Donde no había casa cementerio, el difunto se enterraba dentro de su propia vivienda, bajo el sitio en que colgaba su hamaca, y la casa se abandonaba. En esa misma monografía anotó que después de la muerte el difunto vaga cuatro días buscando el camino hacia otro mundo, y que la ruta lleva hacia el sur, sobre el Magdalena, siguiendo la margen derecha.

Las fuentes recientes de Juan Camilo Niño Vargas aportan el trasfondo y marcan el límite. En 2007 explica que la persona ette se compone de cuerpo y de un principio inmaterial llamado too, que sobrevive a la muerte y actúa con autonomía, y que por eso se teme a los muertos que no fueron bien sepultados. En 2014 describe el entierro ette y sitúa el destino de las almas en los confines del mundo tras una muerte tranquila, y anota que hoy la mayoría se entierra en un sector del resguardo alejado de las casas e invadido de vegetación. En 2016 muestra que para los ette una casa tiene cuerpo y alma y muere como una persona, aunque advierte que la vivienda pertenece a lo profano y rara vez figura en el discurso mítico. Ninguna de ellas documenta una casa de muertos levantada en un claro del monte, ni una lengua propia de los difuntos. La antología de Miguel Rocha Vivas reedita el texto de 1945 y lo sitúa como literatura ette, pero no añade otro testimonio oral.

Resonancias con otros mitos

El relato wayuu del viaje al más allá cuenta otro cruce al dominio de los muertos. Un viudo que no deja de llorar es cargado sobre la espalda por su esposa muerta, que camina sobre el mar hacia Jepira; en la otra orilla bebe el agua que guarda el alcaraván, reconoce parientes y asiste a reuniones cuya apariencia no coincide con la del mundo de los vivos, y tiene que aprender otra manera de ver. La diferencia es entera: allá el vivo entra invitado, se queda y aprende; aquí entra por error, no aprende nada y sale corriendo. Y en Jepira los muertos son parientes reconocibles, mientras que en el deshecho del monte son gente que contesta y no se deja entender.

El relato muisca de los campos elíseos recorre el camino desde el otro lado. Una tejedora recién muerta baja por un sendero entre tierras amarillas y negras hasta un río tan ancho que la otra orilla apenas se adivina, sin puente ni canoa, y lo cruza sobre una balsa de tela de araña tendida por la araña que su gente no mata. Allí hay camino y hay quien lo tienda, y el paso se completa. En el relato ette el camino es justamente lo que el hombre viene a preguntar, y lo que no consigue.

Dentro del mismo corpus de 1945 vale mirar el diluvio, donde un hombre levanta una gran casa de piedra bajo la tierra, «así como una casa redonda de nosotros pero con muchos cuartos», y con ella salva a su familia del agua. También allí una casa aparece donde no debería haberla y decide quién queda dentro. La diferencia está en quién la habita: aquella guarda a los vivos, esta guarda a los muertos.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. No hay más de una versión documentada de este relato. Con esas palabras: una sola. Todo lo que se conoce proviene de las noches de trabajo de campo en que Tangrutaya Mutsu lo dijo en castellano, y de la página que lo fijó en 1945. La antología de 2010 reproduce ese mismo texto, de modo que las dos publicaciones son un solo eslabón. Tener un único testimonio significa que no hay manera de saber qué partes eran la manera de contar de este narrador, cuáles eran fórmulas fijas y qué habría contado una mujer, que según el propio recopilador conocía varios de estos relatos pero no podía oírlos allí.

  2. Hay una palabra que importa. El impreso de 1945 dice que los muertos caminaron «y como encontraron un deshecho», dijeron que allí estaba bien. El texto heredado de esta página convirtió eso en un terreno «desechado», que es otra cosa: un deshecho es un trecho de monte ya abierto, no un lugar descartado. Aquí se conserva lo que el impreso dice.

  3. El relato tampoco explica qué es la lengua de los muertos. No dice que sea ette taara invertido, ni habla secreta, ni ruido sin sentido. Dice únicamente que el hombre no entendía y que ellos le contestaban.

  4. Las fuentes etnográficas desplazan el lugar de los muertos, y conviene no confundir ese desplazamiento con una variante. En 1946 la ruta del difunto va hacia el sur sobre el Magdalena; en 2014 las almas se alejan a los confines del mundo; en 2020 los lugares destinados a los muertos son rastrojos y campos abandonados que se dejan volver monte. Ninguna de esas tres cosas es una casa hecha en un claro. Hay además una inversión que salta a la vista: en la etnografía son los muertos quienes vagan buscando el camino, y en el relato es un vivo quien se lo pregunta a ellos. Es una resonancia, no una glosa del texto.

  5. Esta revisión sacó del relato el aparato crítico que se le había añadido: las figuras fantasmales, la clasificación del episodio como viaje de ida y regreso, y las frases sobre el texto antiguo y la versión corregida que estaban metidas dentro de la narración.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Ette Ennaka (Chimila) · Magdalena · Caribe
Referencias
10
Última revisión
22 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Mitos y cuentos de los indios Chimila

    publicaciones.icanh.gov.co

    Publica los veintiún relatos del corpus histórico y atribuye su narración al cacique Tangrutaya Mutsu, registrada en castellano durante trabajo etnográfico.

  2. El sol babea jugo de piña: antología de las literaturas indígenas del Atlántico, el Pacífico y la Serranía del Perijá

    babel.banrepcultural.org

    Reedita y contextualiza literatura Ette dentro de una antología nacional, identifica las traducciones y remite a las fuentes etnográficas usadas.

  3. Etnografía chimila

    publicaciones.icanh.gov.co

    El mismo recopilador describe, un año después de publicar los cuentos, que en casi todos los poblados chimila había una casa de los muertos: una construcción comunal de techo cónico donde se enterraba a los difuntos del poblado, y anota que tras el fallecimiento el muerto vaga cuatro días buscando el camino hacia el otro mundo, ruta que va hacia el sur sobre el Magdalena.

Contraste y contexto · 7 referencias
  1. Sueño, realidad y conocimiento: noción del sueño y fenomenología del soñar entre los ette del norte de Colombia

    revistas.uniandes.edu.co

    Explica que la persona ette se compone de cuerpo y de un principio inmaterial llamado too, que sobrevive a la muerte y actúa con autonomía fuera del cuerpo, y que por eso se teme a los componentes anímicos de los muertos que no fueron sepultados adecuadamente.

  2. El tejido del cosmos: tiempo, espacio y arte de la hamaca entre los ette (chimila)

    journals.openedition.org

    Describe qué se hace con el difunto ette: el cadáver reposa colgado mientras la familia planea el entierro, se le envuelve en su hamaca con sus posesiones, los hombres orientados al este y las mujeres al oeste, y sostiene que tras una muerte tranquila las almas se dirigen a los confines del mundo.

  3. La división cósmica de las labores terrenales: interacción entre humanos y no humanos en los campos de cultivo ette

    revistatabularasa.org

    Muestra que los lugares destinados a los muertos ette son rastrojos, campos abandonados o terrenos que se dejan volver monte, costumbre que el autor liga a concebir la muerte como un proceso irreversible de transformación animal, y sitúa la selva como dominio de espíritus dueños.

  4. La anatomía de la casa: humanización y ciclo vital de la vivienda ette (chimila)

    revistas.uniandes.edu.co

    Explica que para los ette una casa tiene cuerpo y alma y muere como una persona, pues una sola palabra nombra ambos hechos, de modo que levantar una casa y habitarla es un acto de humanización del espacio.

  5. Entre ríos, llanuras y selva: aspectos culturales de las poblaciones nativas de la provincia de Santa Marta en la segunda mitad del XVIII

    scielo.org.co

    Lee los diarios de guerra de 1765 y 1768 del Archivo General de la Nación contra los chimila y recoge lo que dicen de su trato con la muerte: la expedición de 1765 halló dos casas dejadas desde hacía tiempo y, en una, un hoyo como de sepultura fresca con dos calaveras, ropas y macanas; otro testimonio describe a una mujer muerta a flechazos junto a la que dejaron una totuma de chicha y sonajas «al uso bárbaro antiguo, practicado en la sepultura de los indios». Es el antecedente documental, dos siglos anterior, de la casa convertida en tumba y abandonada que Reichel-Dolmatoff describe en 1946 y que el relato desplaza al monte.

  6. Mito y cultura guajira

    joseenriquefinol.com

    Su capítulo VI publica y analiza los mitos «Viaje al más allá» y «La historia de Ulépala», con una secuencia dedicada a Jepira, la tierra de los guajiros muertos: el paralelo wayuu del vivo que cruza al dominio de los muertos que la ficha nombra en «similitudes».

  7. Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales, segunda parte (Cuarta noticia)

    archive.org

    En las pp. 283-284 de la Cuarta noticia registra que los muiscas tenían las almas por inmortales, que al salir del cuerpo bajaban al centro de la tierra por caminos y barrancas de tierra amarilla y negra, pasando antes un gran río en barcas o balsas de telas de araña, y que por eso no osaban matar las arañas: es el relato muisca del camino de los muertos que la ficha pone frente al ette.

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«La casa de los muertos en el monte» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «La casa de los muertos en el monte» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «La casa de los muertos en el monte» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

TÚ

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