En un tiempo que se deslizaba entre las páginas invisibles de los antiguos relatos, los muertos una vez dijeron: "¡Vamos al monte!". No fue un grito ni una decisión apresurada, sino más bien un susurro que se deslizaba a través de las hojas secas y recorría las raíces de los árboles, pasando de espíritu a espíritu con la tranquilidad de una brisa otoñal. Así, en un acuerdo tácito y sereno, los muertos se sacudieron el polvo de su eterna quietud y, en una procesión de sombras, emprendieron el camino hacia el monte.
El monte, un lugar donde lo real y lo mágico se enredaban como las enredaderas en los troncos, recibió a los muertos con la familiaridad de un viejo amigo. Pasaron por valles donde el silencio tenía peso y color, y por laderas donde los ecos de sus pasos parecían transformarse en murmullos de antiguas leyendas. Finalmente, al encontrar un rincón olvidado por el mundo de los vivos, un desecho de tiempo y espacio que no pertenecía ni al pasado ni al presente, los muertos decidieron: "Aquí está bien. ¡Vamos a hacer casa!".
No fue una construcción como las de los mortales. No había paredes, ni techo, ni cimientos que se pudieran ver o tocar. La casa de los muertos era un entrelazado de susurros, un tejido de memorias y sueños que colgaba en el aire tamizado por la luz que nunca terminaba de agonizar. Allí, los muertos encontraron descanso, sentándose en el suelo hecho de sombras, como si fueran parte de la tierra misma.
Una vez, un hombre, perdido entre las marañas verdes del monte, vio ante él una figura que sólo podría haber nacido de una alucinación de la selva. Era la casa de los muertos, y, sin saberlo, el hombre se acercó con la esperanza de encontrar dirección en su extravío. Allí estaban, sentados en círculo, las almas de los muertos, inmersas en una conversación eterna que sólo ellos podían comprender.
El hombre, con el corazón golpeando el tambor frenético del susto, se dirigió a ellos y preguntó por el camino, su voz quebrándose en el aire espeso. Los muertos lo miraron con ojos que reflejaban el brillo de las estrellas y le respondieron en un coro de voces susurrantes. Pero el hombre no entendía nada, pues hablaban en la lengua de los muertos, un lenguaje que resonaba más en el alma que en los oídos, un idioma tejido de aquellos matices que sobreviven al final de los tiempos.
El miedo creció en el pecho del hombre, hinchándose como un globo a punto de estallar. Y antes de que el frío de esas palabras sin vida pudiera congelar su aliento, se volvió y corrió, dejando atrás la casa que no era casa, y a los muertos que volvieron a susurros del aire.
Finalmente, el hombre encontró el camino que buscaba, ahora borroso pero cierto bajo sus pies, y regresó a la seguridad de su hogar. Allí, entre sus compañeros, relató lo sucedido, su voz aún temblorosa, como si temiera que los espíritus pudieran seguirlo a través de su narración. Sus palabras tejieron imágenes que flotaron sobre la hoguera que crepitaba, saltando y susurrando al son de las llamas.
"Fuiste a la casa de los muertos", dijeron sus compañeros, los ojos abiertos como puertas a un misterio insondable. Y aquella noche, mientras el viento acariciaba las paredes de la aldea con dedos fantasmas, todos sintieron una conexión secreta y temblorosa con aquel monte donde los muertos habían hecho casa, un lugar donde lo real y lo mágico danzaban en el manto de una lengua que no buscaba ser entendida, solo sentida.
Historia
Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.
Versiones
La versión presentada se centra en un relato sencillo en el que los muertos, actuando como si fueran entes vivos, deciden establecerse en el monte y construir allí una casa sobre un terreno desechado. El encuentro con un hombre vivo que se ha perdido introduce un elemento común en relatos de mitos: el cruce entre el mundo de los vivos y el de los muertos, evidenciado por la incomprensión mutua debido a la barrera idiomática. La narración destaca el miedo del hombre al darse cuenta de su interacción con los muertos, lo cual es confirmado por sus compañeros.
Este relato ofrece una visión en la que los muertos tienen una agencia que les permite desplazarse y establecerse a voluntad, diferenciándose de otras versiones donde los muertos podrían estar más ligados a su lugar de enterramiento o no tener dicho poder de decisión. Además, el montaje en el monte es simbólicamente un lugar liminal, una zona intermedia entre lo mundano y lo sobrenatural. La elección del terreno abandonado también puede simbolizar un espacio olvidado por los vivos donde los muertos encuentran un refugio. A diferencia de otras tradiciones que especifican un "más allá" estructurado con reglas específicas para los muertos, este relato presenta un entorno en el que la coexistencia accidental y el contacto con los muertos todavía es posible, aunque sigue siendo un encuentro aterrador para los vivos.
Lección
El respeto y temor hacia lo desconocido y lo sobrenatural.
Similitudes
Se asemeja a mitos como el de Hades en la mitología griega, donde los muertos tienen un reino propio, y a la mitología japonesa con el Yomi, un lugar de descanso para los muertos.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



