Los fantasmas de La Candelaria

Andina · Mestizo

Los fantasmas de La Candelaria

Calles, casas y recorridos de La Candelaria conservan apariciones distintas que convierten la historia del barrio en memoria narrada.

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Los fantasmas de La Candelaria: la entrada del relato

El relato

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Cada cuadra de La Candelaria guarda lo suyo. La que más guarda es la carrera primera entre la novena y la décima, que el barrio llama Calle del Fantasma por lo que pasó allí una noche.

Al ingeniero Alex Mogollón le encargó el alcalde empedrar el barrio, con plazo de seis meses y seis días y destierro si no cumplía. El plazo se le vino encima con el trabajo sin empezar. Esa noche, borracho, llamó al diablo y le propuso el negocio: que se lo acabara antes del amanecer y que no faltara ni una sola piedra; si lo lograba, el alma era suya. Al amanecer la calle estaba empedrada de esquina a esquina y faltaba una piedra. El diablo se fue muerto de ira y sin cobrar, porque el trato lo decía. El hueco sigue ahí, y quien tenga paciencia puede contar las que quedaron: seiscientas sesenta y cinco. Doña Carmen Domínguez, que vive en esa cuadra desde principios del siglo pasado, dice que en las noches oscuras se ve a un parroquiano agachado, tratando de cuadrar algo en el piso.

Más arriba está la casa de Baltazar, con unos árboles de brevo que nadie ha cortado generación tras generación. Allí sirvió una mujer que el Santo Oficio sentenció por haber dado muerte a su hijo recién nacido, y la hoguera se armó en la Calle del Divorcio.

En la casa que hoy ocupa la Fundación Gilberto Álzate Avendaño vivió una aparición con vestuario de otro siglo. Un cuidandero llamado don Ángel vio a un hombre con casaca verde sobre pantalón corto ajustado, medias de seda, zapatos con hebilla y peluca empolvada. La aparición golpeó tres veces una pared y se fue. Años después, al arrancar las tiras de papel de la sala, cayó un pedazo de muro y detrás apareció un nicho ciego, forrado en chusque, amplio y vacío.

Filomena lava todavía. Por no entregar su trabajo a tiempo le tocó lavar ropa más de doscientos años, y una noche doña Ernestina, la lavandera mayor, se quedó de guardia y la vio en el lavadero.

Por la carrera segunda sale un hombre de pantalón negro, camisa impecablemente blanca, capa y sombrero de copa, con la cara ensangrentada. El barrio sabe que es Russi y sabe a quién busca: los Caicedo, la familia que lo denunció, se fueron hasta España para calmar la conciencia y allá lo reconocieron.

Y a la medianoche, entre Santa Bárbara y Las Nieves, se oye una mula herrada. Fue de un jugador, Álvaro Sánchez, que hacía ese viaje todas las noches para beber con sus contertulios. Cuando apareció el cadáver de una mujer con marcas de herradura en los pies y en las manos, se habló de brujas; pero lo que pasa por ahí es él, con su mula.

Los fantasmas de La Candelaria: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Un barrio recuerda por direcciones antes que por fechas, y por eso sus muertos no se mudan nunca.”

Territorio

Andina · Mestizo

Andina · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
4.598146° · -74.076004°

Ficha del relato

Contexto histórico

Estos relatos tienen narradora con nombre, fecha de nacimiento y domicilio. Stella Monsalve Gaitán, Estelita, nació en Nemocón el 24 de marzo de 1928 y vivió en La Candelaria; caminó las calles del barrio durante años, entró a las casas, esperó las apariciones y fue reuniendo lo que le contaban. El Archivo de Bogotá publicó ese material en 2008 como número uno de la colección Memorias de la Ciudad, y declara en la introducción que no lo reelaboró: respetó la redacción, las reiteraciones y los casticismos, porque lo impreso es transcripción de su voz.

El volumen reúne dieciocho relatos con su índice paginado, y cada uno se ancla en una dirección concreta: una casa de la calle trece, la cuadra empedrada de la carrera primera, la casa de la carrera segunda, el trayecto de Santa Bárbara a Las Nieves. Esa precisión de callejero es lo que distingue el conjunto de una antología de sustos: el barrio se reconoce en sus propias esquinas.

No todo el material viene de la escucha de calle. La propia narradora advierte en la introducción que algunos casos los toma de una publicación distrital de turismo editada por la Alcaldía Mayor con el antiguo Instituto Distrital de Cultura y Turismo, y de ahí procede el hombre de la casaca verde, con su testigo —el cuidandero don Ángel— y su casa. Para la cuadra empedrada, en cambio, la informante es del lugar: doña Carmen Domínguez, residente allí desde principios del siglo veinte.

Resonancias con otros mitos

El pacto de la cuadra empedrada tiene un gemelo documentado a treinta kilómetros, en el Puente del Común de Chía. Allí un maestro de obra sin dinero vende el alma con la misma condición —la obra en una sola noche—, el diablo saca a su cuadrilla entera, falta el último tramo y el trato se cae. Las dos versiones comparten la figura del constructor con plazo oficial vencido, el trabajo nocturno del demonio, la cláusula precisa y el fallo mínimo que la activa. Lo que cambia es la prueba que queda: en el camino del norte, una huella sobre la piedra; en el barrio, un hueco en el empedrado y una cuenta exacta de piedras que cualquiera puede verificar agachándose.

La lavandera condenada a lavar después de muerta pertenece a una familia europea bien registrada. Anatole Le Braz recogió en Bretaña, en La Légende de la mort de 1893, a las lavanderas de la noche: mujeres castigadas a restregar ropa en el lavadero hasta que alguien las releve, y que arrastran al río a quien se acerca a ayudarlas. El castigo es el mismo y tiene la misma lógica: la falta se paga con la tarea, repetida sin término. La diferencia es de escala doméstica. La bretona espanta a la orilla de un río y se lleva al imprudente; la del barrio bogotano sigue en el lavadero de la casa donde trabajó, y quien la ve es su propia colega de oficio.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Dos nombres suelen salir cambiados al recontarse. La lavandera penitente se llama Filomena, y doña Ernestina es otra persona, la lavandera mayor que se quedó de guardia y la vio; en muchas versiones las dos se funden en una sola figura sin nombre. Baltazar, que en el libro da título a un relato de infanticidio y de árboles de brevo intactos, aparece en repertorios posteriores convertido en duende, que es un personaje distinto con otras costumbres.

  2. El hombre de la casaca verde también viaja. En las versiones turísticas se le pone identidad de virrey, atribución que la transcripción no hace: allí es un aparecido con indumentaria del siglo dieciocho, visto por un cuidandero en una casa que hoy es sede cultural. El virrey ocupa en el libro otro capítulo distinto, con otra mujer y otro convento.

  3. La Calle del Fantasma es la que más pierde al recontarse. Los recorridos nocturnos suelen presentarla como un lugar de apariciones vagas, cuando el relato que le da nombre es un pacto completo, con plazo, cláusula, piedra faltante y piedras contadas. Y hay una capa reciente, estudiada en trabajos sobre la producción turística de fantasmas en la ciudad publicados en 2019: la de los objetos que el propio barrio ha ido instalando —figuras en balcones, señalización, rutas guiadas— para que las historias tengan dónde apoyarse cuando pasa el grupo.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Bogotá · Andina
Referencias
9
Última revisión
22 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Fantasmas de ciudad: fantasmas en La Candelaria (colección «Memorias de la Ciudad», n.º 1)

    repositorio.biblored.gov.co

    Es el registro entero de esta ficha y el que obliga a desmontar casi todo lo que se contaba antes. Trae dieciocho relatos entre las pp. 24 y 68 con índice paginado, y en la p. 20 el Archivo declara que no reelabora: «lo escrito es una transcripción fiel de sus narraciones». De ahí sale la Calle del Fantasma, que no es una aparición difusa sino un pacto completo (p. 49): el ingeniero Alex Mogollón, el encargo de empedrar el barrio en seis meses y seis días bajo pena de destierro, la invocación en la borrachera, la cláusula «que no falte ni una sola piedra», y en la p. 50 el diablo que se va sin el alma, el hueco que sigue ahí y la cuenta exacta —665 piedras—, con la vecina que lo sostiene, doña Carmen Domínguez, «residente del lugar desde principios del siglo pasado». También la Casaca Verde (p. 19), con el cuidandero don Ángel, los tres golpes en la pared y el nicho tapiado y vacío que aparece años después al reempapelar; Baltazar (p. 24), que no es un duende sino un infanticidio colonial en la calle 13 n.º 5-33 con brevos que nadie corta, nacido de una condena del Santo Oficio; la lavandera, que se llama Filomena y a quien ve otra lavandera nombrada (pp. 57-58); el fantasma de Russi (pp. 53-55); y la Mula Herrada con dueño y recorrido (pp. 30-31).

  2. Calles de Santafé de Bogotá: homenaje en su IV centenario, 1938

    babel.banrepcultural.org

    Es el plano sobre el que se apoyan los relatos, y el único modo de comprobar que las direcciones del repertorio oral existen. Recorre el casco antiguo barrio por barrio —Catedral p. 33, Príncipe 67, San Jorge 117, Palacio 137, Las Nieves oriental 163 y occidental 211, San Victorino 245— y menciona La Candelaria treinta y seis veces, con los nombres viejos de las calles que hoy sólo llevan número. De aquí salen la Calle de Russi (p. 38), bautizada así por el vecindario después del fusilamiento del 17 de julio de 1851, y la Calle de San Bruno, hoy carrera 2.ª n.º 10-39, donde estaba la casa del ajusticiado: la misma cuadra que en 2008 el barrio sigue señalando. Sirve además para fechar la Calle del Divorcio donde el relato de Baltazar sitúa la hoguera.

  3. El abogado de la criminalidad: José Raimundo Russi

    sociales.uexternado.edu.co

    Importa aquí por el final, no por el caso. Reconstruye con fuentes primarias el último año del abogado fusilado en 1851 y cierra explícitamente conectando el proceso judicial con el aparecido que después recorre La Candelaria: es el único texto con aparato que documenta el paso de un expediente criminal a un fantasma de barrio, que es la mecánica de la que vive todo este repertorio. Permite además fechar y nombrar lo que en el libro de 2008 llega sin verificación —el proceso, la banda del Molino del Cubo, la construcción de la culpa por indicios—, y por tanto medir cuánto del relato oral es memoria y cuánto es invención posterior.

Contraste y contexto · 6 referencias

  1. Reminiscencias de Santafé y Bogotá, Serie primera (3.ª ed. corregida y aumentada)

    babel.banrepcultural.org

    Da el fondo documental de dos de los relatos del repertorio y desmiente por antigüedad a un tercero. Sus capítulos de «Crímenes célebres» narran el caso del abogado que el barrio convertiría en aparecido —el asalto a San Agustín (pp. 123-130), el asesinato de Manuel Ferro (154-172) y el juicio y la ejecución (173-203)—, con la ciudad atrincherada de 1850-1851 y el fusilamiento frente a las columnas del Capitolio. Y en la misma serie, inmediatamente después, está «Custodia o La Emparedada» (p. 203): el relato santafereño de la mujer tapiada viva en el muro de una casa, que es el precedente impreso del nicho tapiado y vacío que el repertorio de 2008 encuentra detrás del papel de colgadura en el relato de la Casaca Verde. Es la prueba de que el motivo del muro que esconde a alguien circulaba en Bogotá cincuenta años antes de que la transcripción lo recogiera.

  2. Fantasmagorías bogotanas: invención y producción de fantasmas en la Candelaria

    colombianistas.org

    Es el único estudio con aparato que trata el repertorio del barrio como lo que también es: una construcción. Muestra que el mapa fantasmal de La Candelaria se arma por inclusiones y exclusiones —qué fantasma entra en el recorrido y cuál se cae—, y que esa selección desplaza sucesos y personajes que quedan fuera de los espacios de memoria de la ciudad. Trabaja directamente sobre dos de las figuras de esta ficha, la Casaca Verde y el doctor Russi, y las lee a la vez como resistencia y persistencia de la memoria y como representaciones capturadas y puestas a producir. Es lo que permite decir en «versiones» que hay una capa reciente hecha de objetos instalados, señalización y rutas guiadas, sin atribuirla al libro de 2008, que es anterior.

  3. La légende de la mort chez les Bretons armoricains, avec des notes sur les croyances analogues chez les autres peuples celtiques

    archive.org

    Sostiene el paralelo de la lavandera y lo hace con más precisión de la que la ficha necesita. En el tomo I, a partir de la p. 54, reúne las lavandières de nuit bretonas y, en sus notas comparadas, recoge la explicación de Le Men: son «des lavandières, qui pendant leur vie, ont, par négligence ou par avarice, gâté le linge ou les vêtements de pauvres gens», y lavan de noche una ropa misteriosa «en châtiment de leurs fautes». El castigo es exactamente el de Filomena: la falta de oficio se paga con el oficio, repetido sin término. Añade la variante peligrosa que marca la diferencia de escala —quien se acerca a ayudarlas tiene que torcer la ropa con ellas toda la noche, y quien las rechaza corre peligro— y extiende el motivo a las Hébridas y a Escocia, con lo que demuestra que no es una ocurrencia local sino una familia europea bien registrada.

  4. Crónicas de Bogotá, tomo II

    babel.banrepcultural.org

    Sirve al paralelo del pacto, que es el que organiza la Calle del Fantasma. Trae ocho menciones del Puente del Común, la obra del camino del norte que la leyenda gemela atribuye a un trato con el diablo, y transcribe la inscripción de sus columnas —«SE CONSTRUYO ESTA OBRA DE EL PUENTE, Y SUS CAMELLONES EN 31 DE DICIEMBRE DE 1792»—, que fija la obra real bajo el virrey Ezpeleta y el ingeniero Domingo Esquiaqui. Con eso se puede decir lo que la ficha dice: que el relato del constructor con plazo oficial vencido y trabajo nocturno del demonio existía a treinta kilómetros del barrio, sobre una obra pública fechada en piedra, y que el empedrado de La Candelaria repite la misma estructura con otra prueba material.

  5. La Candelaria: el centro histórico de Santafé de Bogotá

    idpc.gov.co

    Es el territorio del repertorio contado por quien administra el barrio. Trabaja la formación del tejido urbano, los edificios simbólicos, los espacios para la vida ciudadana, los espacios domésticos y «las gentes de La Candelaria», que es la escala exacta de los relatos: casas de patio, zaguanes y cuadras con nombre propio. Permite comprobar qué calles, qué tipologías de casa y qué usos existían donde la transcripción de 2008 sitúa cada aparición, y da el marco del despoblamiento —la moda que se va a San Victorino, La Merced, Teusaquillo, Chapinero— que explica por qué un barrio de casas viejas vacías se volvió el lugar de los fantasmas de la ciudad. Su bibliografía señala además una pieza que sigue sin localizarse en abierto: Julio Barriga Alarcón, «Leyendas e historias santafereñas», Tercer Mundo, 1981.

  6. Los fantasmas del sector de La Candelaria (Bogotanitos · Cuenta la leyenda)

    culturarecreacionydeporte.gov.co

    Vale por lo que deja ver, que es la versión que el Distrito difunde hoy y contra la cual esta ficha se corrige. Presenta el conjunto como un repertorio de apariciones sueltas y sin cláusula, que es justo la forma en que la Calle del Fantasma pierde su relato: donde la transcripción de 2008 tiene un pacto con plazo, piedra faltante y conteo, la divulgación deja un lugar donde se aparecen cosas. Permite fechar y atribuir esa simplificación, y medir la distancia entre lo que el Archivo de Bogotá publicó y lo que llega al público general de la ciudad.

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«Los fantasmas de La Candelaria» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Los fantasmas de La Candelaria» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Los fantasmas de La Candelaria» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

TÚ

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