En un tiempo en el cual los límites entre lo divino y lo humano se entrelazaban como hilos de la misma madeja, gobernaba el mundo de los catíos un ser de poderes insondables llamado Caragabí. Desde su trono invisible, entre las copas de los árboles, Caragabí observaba el florecer de sus hijos en la vasta selva, donde cada hoja murmuraba secretos ancestrales y cada arroyo cantaba historias de tiempos pretéritos. Así, Caragabí impuso las leyes que guiarían a su pueblo, y entre ellas, la más severa y temida era la prohibición del incesto, un tabú vigilado por las incontables estrellas que espolvoreaban la noche.
A fin de prevenir tal pecado, Caragabí orquestó un encuentro que sería recordado por generaciones. Durante una noche en que la luna flotaba grande y amarilla sobre los danzantes catíos en un gran banquete, Caragabí descendió en medio de luces y sombras que bailaban a su alrededor. Les hizo agruparse por clanes, y cada clan fue investido con un apellido sagrado, resonando su voz como el eco profundo del trueno entre las montañas: "Tú serás Carupia; tú, Celis; tú, Chavari; tú, Bailarín; tú, Guaseruca, Sinigüí, Dominico," y así continuó, tejiendo identidades y destinos con sus palabras. Entonces, los nombres de linajes flotaron en el aire, inscribiéndose en la memoria eterna de los catíos.
Entre todos, los Domicó resplandecían como oro bajo el sol, su linaje se destacaba por su valentía y prestigio. Su historia estaba indisolublemente unida a batallas feroces contra los cunas, quienes habitaban más allá del horizonte, donde el cielo besa al mar. Entre las muchas historias de su bravura, había una particularmente célebre que hablaba de venganza y guerra justa.
En un fatídico atardecer, cuando el sol caía y teñía el mar Caribe de un rojo ominoso, tres indios Domicó fueron asesinados por los cunas mediante traición. La tierra misma lloró aquel acto infame y las olas repetían su lamento. Al conocerse la desgracia, el caudillo de los Domicó, con el fuego de la ira ardiendo en su pecho, convocó a su gente y, bajo el techo de palmas de su bohío, afilaron flechas con un fervor implacable, disparando al blanco bajo la atenta mirada de los ancestros.
Con la luna como única testigo, los Domicó emprendieron su marcha hacia la guerra, en la cual el manto estelar se desplegaba como un inmenso tapiz. Cuando se encontraron con sus enemigos, la tierra tembló ante el estruendo de sus pies y el aire se llenó del zumbido de flechas mortales que jamás erraban su blanco. El campo de batalla se cubrió de cuerpos cuna, y los sobrevivientes huyeron, atenazados por el miedo, dejando a la vez atrás el eco de un grito colectivo.
Ordenados por el caudillo, los Domicó cortaron las cabezas de los caídos, un toque que parecía haber sido arrancado del tejido mismo de leyendas ya olvidadas. Las cabezas fueron llevadas como trofeos de victoria al corazón del territorio Domicó, donde las suspendieron del techo del bohío como en una macabra danza congelada. Se decía que aquellas cabezas, animadas por fuerzas imposibles, se agitaban y sus cabellos se erizaban cada vez que los cunas se acercaban, siendo guardianes infalibles que erguían el peligro y llamaban a la defensa.
Con el tiempo, la venganza de los Domicó se convirtió en una fiebre que no conocía reposo. No dejaron a los cunas más que dos supervivientes, y las sombras de aquellas luchas se mantuvieron en la tierra como un recordatorio perpetuo del poder destructor de la furia desatada.
Las generaciones futuras contaron esta historia en susurros admirados, desde el susurro de hojas de palma hasta las crónicas escritas en la piel del tiempo. Y así, bajo la mirada perpetua de Caragabí, los linajes catíos vivieron y murieron, tejiendo sus vidas entre las hebras del mito y la realidad, en un mundo donde lo imposible circulaba libre, como el viento entre las ramas ancestrales.
Historia
El mito se origina en las creencias y tradiciones de la nación catía, particularmente bajo las leyes morales impuestas por Caragabí. Una ley importante era la prohibición del incesto, que fue reforzada por Caragabí al asignar apellidos a cada linaje catío para distinguir a las familias y evitar que los miembros de un mismo apellido se casaran entre sí. Entre los linajes catíos, el Domicó es destacado por su linaje aristocrático y su notable ferocidad en la lucha contra los cunas. Hay un relato de un conflicto en el que los domicoes se enfrentaron a los cunas en un feroz combate, logrando una gran victoria. Tras la batalla, cortaron las cabezas de los cunas caídos y las usaron como centinelas para advertir de futuros ataques. Esta historia refleja las tensiones y las guerras entre pueblos indígenas, y el mito confirma las tradiciones orales sobre el exterminio en los conflictos pasados.
Versiones
El relato sobre el mito de Caragabí y los catíos que se narra en la fuente proviene de un documento de 1924 sobre las creencias y costumbres de los indios Catíos de Urabá. Esta narración describe un conjunto de normas sociales impuestas por Caragabí, enfocándose principalmente en la prohibición del incesto y la distinción de linajes mediante apellidos únicos. Esto se hace con el fin de prevenir matrimonios entre personas del mismo linaje. Esta versión destaca tanto la presencia de Caragabí durante un banquete para designar apellidos, como la importancia histórica y social del linaje Domicó, enfatizando sus batallas y en particular, un episodio con los cunas, donde toman venganza tras ser víctimas de un ataque.
Uno de los aspectos distintivos de este relato es el énfasis en la memorable victoria de los domicoes sobre los cunas, donde se destaca tanto la planificación del caudillo domicoo al adiestrar a sus guerreros en el uso del arco, como el posterior uso de las cabezas momificadas de los enemigos como alerta de futuras amenazas. La narración evoca una serie de valores y costumbres guerreras, subrayando la capacidad de los domicoes para salvaguardar su territorio y linaje, en contraste con la simple imposición de leyes morales. No se presenta una versión alternativa del mito en el texto proporcionado, pero se puede inferir que este relato corrresponde a un intento de registrar y, quizás, estabilizar ciertas tradiciones orales dentro de un contexto histórico y cultural específico, propiciando una comprensión de las tensiones guerreras y sociales de las comunidades indígenas prehistóricas en América.
Lección
La importancia de respetar las normas sociales para mantener la armonía comunitaria.
Similitudes
Se asemeja a los mitos griegos de fundación de ciudades y linajes, como el de Cadmo y la fundación de Tebas.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



