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Los cojines del Zaque

La narrativa se enfoca en los rituales y ceremonias del imperio de los Zaques, destacando el sacrificio humano como ofrenda a Sue, el dios sol.

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Ilustración de Los cojines del Zaque

En los tiempos remotos del imperio de los Zaques, cuando la bruma de las montañas susurraba secretos a los sabios y el viento del altiplano transportaba el eco de las plegarias, se erguía Ttchunza, santuario sagrado oculto entre las colinas al occidente de la ciudad, en la salida hacia Villa de Leyva. Como si custodiasen las esencias mismas de la naturaleza, las piedras ancestrales retumbaban al compás de la historia, cargadas del peso de las generaciones que habían rendido culto a Sue, el dios Sol, cuyas caricias de luz perfilaban el horizonte cada amanecer.

En aquellos lares, zaques, jeques y miembros de tribus cuyos nombres brotaban como cánticos del alma de la tierra –los Agabuza, Aúneme, Aunpasiga, y tantos otros– convergían en una danza de fervor que los unía en la devoción y el temor reverencial. Eran tiempos de guerras y alianzas forjadas bajo la mirada vigilante de Sue y Chía, diosa de la luna, eternamente atrapada en un juego de sombras y luces.

Las festividades se sucedían con el estrépito de tambores primitivos y notas agudas arrancadas de silbatos, mientras los cuerpos se rendían al trance colectivo. Las mentes, al compás de la música sacra, se abrían al misterio, y las almas se elevaban con los brazos extendidos hacia el sol que todo lo veía. Era entonces cuando la tierra respiraba profundamente, cuando el corazón del mundo latía al unísono con los corazones de sus hijos.

Pero, como la naturaleza de la vida exige sacrificio y renovación, los zaques ofrecían al dios lo más preciado tomado de sus enemigos en la batalla: los niños Moxas, inocencia capturada en el fragor de la contienda. Los acogían con ternura, colmándolos de atenciones hasta el día en que su destino reclamaba su parte del ciclo eterno. En la penumbra de los ritos sagrados, dos piedras circulares esperaban en silencio, humedecidas con la humedad de siglos de ceremonia.

Era un momento impregnado de retumbos inaudibles, cuando el impúber, con inocencia indómita aún en sus ojos, se inclinaba ante el altar terrenal. Las imagénes se sucedían en un remolino de destino inapelable: en un movimiento rápido, su cabeza era separada del cuerpo que había conocido el cuidado y el amor. La sangre, carmesí y caliente como el abrazo de un sol al ocaso, alimentaba las piedras, trazando una danza líquida que contorneaba lentamente su superficie gris.

La oferenda permanecía entonces a merced del viento y del paso imperceptible del tiempo, un puente entre el mundo de lo tangible y el reino fugaz de lo divino. Las carnes, a la intemperie, se desintegraban en polvo y esencia, como una promesa consumida en el suspiro de los dioses.

Días más tarde, los habitantes de Ttchunza volvían a los cojines de piedra, con la esperanza danzando en sus corazones. Al encontrar solo el murmullo del vacío donde hubo materia, sabían que Sue, complacido, había aceptado su tributo y sus plegarias. Así, en los resquicios invisibles de una realidad que solo el alma percibe, los deseos flotaban, y la benevolencia del dios Sol alumbraba sobre ellos, cubriéndolos con la promesa de cosechas doradas y días de paz bajo el vasto aliento del cielo. Y así, entre el fluir eterno de la sangre y los secretos de las piedras, se perpetuaba el pacto ancestral que unía al hombre con el cosmos en una danza sin fin.

Historia

Por ahora no tenemos tan clara la historia de este mito, pero a medida que recopilemos más información les estaremos actualizando.

Versiones

La versión presentada del mito se centra en las prácticas rituales y ceremoniales alrededor del adoratorio indígena en tiempos del imperio de los Zaques, destacando el papel central de Sue, el dios sol, y Chía, la deidad lunar. En esta narrativa, se observa un enfoque en la importancia del sitio como un lugar de adoración donde se realizaban complejos ritos de sacrificio humano, específicamente el sacrificio de niños capturados de tribus enemigas durante las guerras. La ceremonia detallada implica una estructura formal de ofrenda, ejecución y presentación de los cuerpos a la intemperie, con la finalidad de calmar la ira de Sue. La versión resalta la solemnidad del acto y el sentido de alivio y alegría de los participantes al interpretar la carne consumida como una señal de aceptación divina, un tema que subraya la relación transaccional con el divino en la búsqueda de favores y bendiciones.

Comparando versiones de este mito con otras fuentes, pueden surgir diferencias significativas en los detalles del ritual, tales como la identidad y características de los participantes tribales, la frecuencia y naturaleza del sacrificio, y las interpretaciones del propósito detrás de las ofrendas. Algunas versiones alternativas pueden minimizar o omitir el componente de sacrificio humano y, en cambio, podrían centrarse en otros tipos de tributos o prácticas rituales más simbólicas en la adoración al dios sol. Adicionalmente, otras narrativas podrían modificar la dialéctica de reciprocidad con las deidades, tal vez enfatizando más la integración comunitaria y la celebración sobre la propiciación y el temor, lo cual reflejaría una evolución en las percepciones culturales hacia estos actos religiosos a lo largo del tiempo.

Lección

El sacrificio es necesario para mantener el equilibrio y la favorabilidad de las deidades.

Similitudes

Se asemeja a los mitos aztecas de sacrificios humanos para el dios sol y a los rituales de ofrenda de sangre en la mitología maya.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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