
Andina · Mestizo
Lo que enseñan las cuevas
Cuevas de San Gil, Bolívar y Oiba reúnen formas de piedra, guardianes, tesoros que desaparecen y límites frente a la codicia.
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En Santander toda cueva tiene su leyenda, y casi todas recuerdan que allí vivieron o se enterraron indios.
Cerca de San Gil vivía una familia pobre y muy cristiana con un hijo haragán que sólo quería andar por las quebradas robándoles a las abejas la miel y la cera. Un Viernes Santo, mientras el pueblo entero acudía al templo, se fue a buscar una colmena que había visto en una hendidura, muy alta sobre la margen derecha del Fonce. Lo ayudó a subir, aseguran los campesinos, el mismísimo Satanás, y llegó a la hendidura a la hora en que en la población empezaban los Oficios. Las abejas lo acribillaron. Quiso huir, pero una fuerza superior lo dejó clavado en la roca. Sus gritos quedaron hechos eco, y en las noches de invierno corre un lamento por la hondonada del río. Al que se acerque de noche a la orilla lo espantan ruidos extraños, y si no se va pronto lo echa una lluvia de pedradas. Allá sigue, de espaldas al camino, y seguirá hasta el fin de los siglos: en la cueva del Colmenero, donde nadie alcanza a llegar, una piedra blanquecina dibuja una espalda de muchacho, de los hombros a la cintura, con el arranque del brazo derecho. Quien la mira un rato la ve moverse.
En una vereda de Bolívar está la cueva del Cenicero, que fue casa de indios. Miguel Seco, cazador, dio de golpe con ella, llena de indios. El Miguelín se asustó y, temiendo que lo mataran, les prometió muchas cosas bonitas. Le dijeron que lo dejarían ver sus riquezas si no les robaba nada, y que antes tenía que decir: «Ábrete toronjil, ciérrate culantrillo». Lo dijo y entró. Pero el oro le despertó la codicia y quiso echarle mano. Los indios lo agarraron y lo enchaparon en oro. Hay quien jura haber visto al hombre de oro en la puerta de la cueva.
En esas mismas tierras está La Calentana. Adosado a la roca hay un santo con manto, un escapulario en la mano y corona en la cabeza: es San Antonio. Guarda peroles y vasijas de oro, y tiene dos puertas, pero si alguien intenta entrar se cierran y todo desaparece. Una vez una mujer la encontró abierta. Descargó junto a una palma de ramo el zurrón de miel que traía, se asomó y, deslumbrada, corrió a llamar al marido. Cuando él llegó no había cueva, ni palma, ni zurrón: sólo el tumbado sobre la hierba.
Cerca de la loma de Buena Vista, de otra cueva sale un Biato a pegarle al viajero solitario. Si el caminante se deja, el Biato sigue pegándole. Pero si le gana y lo azota, el Biato le pide que pare, le quita el sombrero y lo lleva a la cueva. Debajo del sombrero hay un baúl lleno de oro. Así amanecieron ricos muchos pobres.
En la cueva del indio han salido huesos humanos, tazas, platos, pocillos de barro y algunas gargantillas de oro. Allí los indios asaetearon a un hombre que quiso robarles.
Los indios de la región de Oiba guardaban su oro en la cueva de Cachalú. El párroco subía a esas veredas y les regalaba herramientas y ropa. Un día, yendo del Olival hacia Oiba, le salió al camino un indiecito a darle las gracias y le ofreció todo el oro que quisiera. El indio tomó la mula del cabestro, subieron hasta una mesetica, la amarró a un árbol, vendó al padre y lo llevó a la puerta de la cueva. El padre, que no venía preparado, sólo pudo llenarse los bolsillos. Volvieron del mismo modo. Al quitarse la venda miró hacia el norte y vio al frente, en la lejanía, la puerta de la iglesia de Oiba. Con ese oro doraron el altar mayor. Desde entonces muchos han buscado la cueva, y la cueva se les esconde.

La enseñanza
“En la cueva el oro se recibe como regalo o se paga con el propio cuerpo.”
Territorio
Andina · Mestizo
El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.
- Región
- Andina
- Comunidad
- Mestizo
- Referencia
- 6° · -73°
Ficha del relato
Fuentes
Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.
- Procedencia
- Tradición oral · Mestizo · Santander · Andina
- Referencias
- 8
- Última revisión
- 22 de septiembre de 2026
Base documental · 3 referencias
- Mitos y leyendas de Colombia, tomo II: «Leyendas y cuentos del folclor», sección 19, Departamento de Santander: «Lo que enseñan las cuevas», de Juan de Dios Arias, Folclor santandereano (Biblioteca Santander, vol. XXIV, Bucaramanga, 1954)
flacso.edu.ec
Es la única fuente de las seis cuevas, folios 138 a 142. Trae entre comillas la leyenda de El Colmenero tal como la escribió a pedido de Arias un maestro de escuela: el rapaz que trepa con ayuda de Satanás a la hora de los Oficios del Viernes Santo, queda clavado en la roca sobre el Fonce y se ve todavía en una piedra blanquecina al oriente de San Gil. Resume luego el Cenicero de Bolívar, con Miguel Seco, la fórmula «Ábrete toronjil, ciérrate culantrillo» y el hombre enchapado en oro; La Calentana con su San Antonio; el Biato de Buena Vista y su baúl bajo el sombrero; la cueva del indio con sus huesos y gargantillas; y Cachalú, cuyo oro doró el altar mayor de Oiba. Arias mismo sugiere el parentesco con el «sésamo, ábrete» y con el Dorado.
- Arqueología del Nororiente colombiano. Los Teres: un sitio de asentamiento de las culturas prehispánicas Preguane y Guane
revistas.uis.edu.co
Da el fondo material de lo que Arias llama la cueva del indio, «probablemente un cementerio indígena». Reconstruye la historia de la arqueología guane desde el reporte de los hermanos Bárcenas, guaqueros que hacia 1939 encontraron en una cueva de la Mesa de Los Santos cuerpos momificados, textiles, huesos y vasijas; el rescate encargado en 1940 a Justus Schottelius, que halló en esos cementerios restos humanos, cestería, instrumentos musicales, adornos y metalurgia; y las excavaciones de Martín Carvajal en 1941 y de Gabriel Giraldo Jaramillo en la Cueva del Indio de Los Santos. Son los mismos huesos, vasijas y piezas de oro que en la conseja protegen los indios.
- Ali Baba, or the Forty Thieves
gutenberg.org
Sostiene el paralelo que Arias propone para el Cenicero. La roca de los ladrones se abre con «Open, Sesame» y se cierra con «Shut, Sesame»; Cassim entra, encuentra más tesoro del que esperaba, la codicia le hace olvidar la palabra y los ladrones lo matan dentro, como los indios enchapan en oro a Miguel Seco cuando quiere echar mano de sus riquezas. El pliego trae además el recurso que reaparece en Cachalú: Morgiana lleva con los ojos vendados al zapatero Mustapha hasta la casa donde ha de coser el cuerpo y lo devuelve del mismo modo para que no pueda rehacer el camino.
Contraste y contexto · 5 referencias
- El carnero (edición digital de la Biblioteca Básica de Cultura Colombiana)
siise.bibliotecanacional.gov.co
Es el texto colonial de la otra resonancia que Arias nombra, el Dorado. Según Rodríguez Freyle, el heredero del cacicazgo de Guatavita ayunaba seis años metido en una cueva dedicada para ello, sin ver el sol, y al terminar lo desnudaban, lo untaban de tierra pegajosa y lo espolvoreaban con oro molido hasta cubrirlo de ese metal. Cueva y hombre cubierto de oro están ya juntos en esa ceremonia, que en el Cenicero reaparece invertida: allí el oro sobre el cuerpo es el castigo del intruso.
- Análisis de algunas fechas radiocarbónicas de momias arqueológicas colombianas
scielo.org.co
Pone fechas a los cementerios en cueva que la conseja convierte en tesoros guardados. Reúne cinco fechas de radiocarbono de momias de la Mesa de Los Santos, entre 700 y 1600 de nuestra era, y argumenta que las cuevas usadas como cementerios acumulaban cuerpos durante decenios o siglos. Es la escala de tiempo que hay detrás de la frase de Arias según la cual casi todas las leyendas de cuevas santandereanas parten de que allí vivieron o se enterraron los indios.
- El turismo como propuesta patrimonial: de los museos arqueológicos a las nuevas alternativas lúdicas en la actual provincia de Guanentá (Santander, Colombia)
redalyc.org
Muestra en qué se han convertido hoy las cuevas funerarias de la región: las Cuevas del Indio y del Guerrero de la Mesa de Los Santos son parada obligada del turismo en la provincia de Guanentá, y sus momias se exhiben en los museos regionales como prueba de un pasado guane con el que se construye el «ser santandereano». Es el destino contemporáneo de la cueva que, en la conseja de Arias, castigaba a quien entraba a llevarse lo de los indios.
- «Literatura santandereana». Visibilidad, concepciones y evocaciones
revistas.udea.edu.co
Ayuda a leer la voz de este capítulo. Ubica a Juan de Dios Arias en la generación de letrados santandereanos de mediados del siglo XX y cita su propia caracterización, de 1943, de un pueblo que fantasea en las noches de tertulia casera y fija en imágenes y refranes sus tradiciones. Es el mismo tono con que Arias cierra el capítulo de las cuevas, cuando dice que el pueblo borda un mundo de fantasías sobre el lienzo burdo del vivir cotidiano.
- Folklore santandereano (ficha de la obra)
ellibrototal.com
Declara que Arias hizo su recopilación «con ayuda del magisterio de todo el departamento». Es la única pista externa sobre el método, y encaja con lo que el capítulo de las cuevas deja ver: la leyenda del Colmenero le llegó escrita por un maestro de escuela, a quien Arias exigió que la pusiera en papel.
Voces de la comunidad
Conversación
¿Así te la contaron?
«Lo que enseñan las cuevas» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.
Versiones de este mito
0Ejemplo
No es realMi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.
Así se ve una versión publicada. De «Lo que enseñan las cuevas» todavía no hay ninguna.
Todavía nadie ha dejado la suya. «Lo que enseñan las cuevas» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.
- Qué cambió
- El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
- Dónde la oíste
- Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
- Quién la contaba
- Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.








