Dicen que al principio el mundo era puro resuello de agua: un rumor largo, como si la selva estuviera aprendiendo a respirar. Arriba, donde no se ve, estaba Maach Aai Pomaam, el Padre Mayor, y abajo, en las playas del Baudó, caminaba su hijo Êwandam, solo, con los pies hundidos en arena tibia. Êwandam miraba la orilla y veía que todo tenía compañía: el mangle con su sombra, la garza con su reflejo, el pez con su corriente. Solo él no tenía con quién conversar. Entonces le habló al Padre Mayor, y el Padre Mayor le respondió con voz de trueno manso: 'Si te pesa la soledad, haz gente. Pero hazla con paciencia, porque la gente no es cosa de un solo intento'.
Êwandam buscó primero la chonta, porque la chonta es fuerte y no se rinde. La talló con su pensamiento y la golpeó con su aliento. Pero la chonta salió dura como palabra sin cariño: caminaba recto, sin doblarse, sin aprender. No sabía reír, no sabía llorar, no sabía pedir perdón. Êwandam la dejó a un lado, y todavía dicen que por eso la chonta se quedó guardando su dureza en el monte. Después probó con balso, porque el balso flota y parece amable. Lo amasó como quien hace una canoa para cruzar el miedo. Pero el balso salió blando como promesa sin sostén: se deshacía con el sol, se agrietaba con la lluvia, se lo llevaba el primer disgusto.
Êwandam lo miró con tristeza y dijo: 'Así no. La gente debe aguantar el agua y también el fuego del corazón'. Fue entonces cuando se arrodilló en la orilla donde el río deja su memoria: el barro. Metió las manos en esa mezcla de tierra y agua, y sintió que allí estaba el secreto: ni tan duro que no escuche, ni tan blando que no permanezca. Modeló cuerpos pequeños, como si estuviera tejiendo con dedos en vez de fibras. Les hizo la espalda para cargar, las rodillas para arrodillarse, la boca para cantar y la lengua para decir verdad. Pero no los soltó de una vez.
Los puso en fila sobre la arena y los pintó con dos colores: negro de jagua para recordar la noche que enseña, y rojo de achiote para recordar la sangre que avisa. Y les sopló por la coronilla un viento que venía del monte y del agua al mismo tiempo. Cuando abrieron los ojos, los primeros humanos miraron el río como quien mira a un abuelo. Êwandam les habló despacio: 'Ustedes serán gente de camino. No se olviden de la canoa, porque el agua es la primera casa. No se olviden del monte, porque allí están los dueños invisibles. Y no se olviden del barro, porque de ahí se aprende a reparar'.
Dicen que esa noche el Padre Mayor mandó un sueño a un jaibaná antiguo, y en el sueño le mostró una barca blanca de balso con tripulantes de animal y de persona, para que la gente recordara que no camina sola: camina con espíritus, con jais, con memorias. Y desde entonces, cuando alguien se cree más duro que la chonta o más ligero que el balso, el río le devuelve la lección: lo importante es ser barro bien amasado, barro que escucha, barro que sostiene. Eso es, mijo. Y si algún día siente que el mundo lo deja solo, acuérdese de Êwandam: la compañía se crea, pero se crea con respeto y con manos limpias.
Historia
Este relato nace de motivos centrales de la tradición Wounaan del Chocó: Êwandam como hacedor de gente en las playas del Baudó por indicación del Padre Mayor; el ensayo fallido con chonta por su dureza y con balso por su fragilidad; y la creación final desde barro como equilibrio entre resistencia y flexibilidad. La versión aquí presentada es una recreación editorial: integra símbolos del territorio fluvial (canoa, orilla, arena, lluvia), y enlaza la creación con prácticas espirituales y artísticas del mundo Wounaan, como la relación con espíritus de la naturaleza y el aprendizaje por sueños del sabio-curandero. Se propone, además, una lectura ética: la humanidad no se define por la fuerza o la ligereza, sino por la capacidad de sostenerse sin romperse, de aprender sin endurecerse, y de reparar lo que se quiebra.
Versiones
Versión del barro pintado: algunos mayores dicen que Êwandam pintó a la gente con negro y rojo para que recordara que toda vida tiene sombra y calor, y que ambas fuerzas deben mantenerse en equilibrio. Versión del barro cantado: se cuenta que, antes de soplarles vida, Êwandam les cantó un canto corto para que la lengua naciera con memoria y no solo con hambre. Versión de la orilla doble: en ciertos relatos se afirma que la primera gente no nació en una sola playa, sino en dos orillas: una para aprender a remar y otra para aprender a sembrar. Versión del balso que quedó: hay quienes dicen que el intento de balso no se perdió, sino que se volvió enseñanza: por eso el balso sirve para objetos sagrados, porque recuerda lo frágil que es la vida cuando no está bien cuidada.
Lección
La lección de Êwandam es la del equilibrio: la dureza sin escucha vuelve a la gente inflexible; la blandura sin sostén vuelve a la gente pasajera. El barro enseña a vivir con firmeza y con capacidad de cambio. También enseña responsabilidad con el territorio: quien es gente de río y de monte debe pedir permiso, agradecer, y reconocer que hay fuerzas visibles e invisibles que sostienen la vida comunitaria. Por último, recuerda que crear y criar se parecen: no basta con hacer; hay que probar, corregir y cuidar hasta que lo creado pueda caminar por sí mismo.
Similitudes
Se parece a otros relatos de origen donde un ser creador prueba materiales antes de acertar con la forma humana, y donde la humanidad nace de una mezcla de tierra y agua. Comparte con mitos de pueblos vecinos del Chocó la centralidad del río como eje del mundo, la presencia de especialistas rituales que median con fuerzas espirituales, y la idea de que el conocimiento se transmite por palabra y por sueño. También dialoga con narraciones universales de creación desde barro, pero aquí el énfasis recae en la vida fluvial, la memoria del territorio y la ética del equilibrio entre resistencia y flexibilidad.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



