Ewandam, el que ordena el monte y endereza el cauce, levantó a los Wounaan de la espuma del río. Les dio agua dulce para la boca y sombra para la cabeza. Y para que no se cansaran, sembró el Plátano de Dios: una mata generosa que se cortaba sola cuando el hambre llamaba. Ewandam decía: ‘Ustedes no nacieron para romperse la espalda; nacieron para escuchar el río y entender su canto’. Pero en la ausencia de Ewandam, cuando se fue a buscar vestidos de corteza y colores para sus hijos, llegó Dosat. No venía con trueno, no. Venía con palabra dulce y ojos de brasa escondida. Les dijo: ‘¿Y si Ewandam no vuelve? ¿Quién les cortará el plátano? Aprendan a mandar sobre el monte’.
Y sacó de su sombra un machete y un hacha, brillantes como pez recién salido. Los jóvenes, por miedo, por orgullo, por curiosidad, abrieron claro en la selva. Tumbaron palmas, cortaron bejucos, y el monte lloró sin ruido. Cuando Ewandam regresó, vio la herida y su silencio fue más pesado que una canoa llena. Dosat se rió: ‘Ahora sí son fuertes. Ahora sí trabajan’. Ewandam respondió: ‘La fuerza sin permiso enferma el corazón’. Y para que el pueblo entendiera, propuso una disputa: ‘Hagamos pruebas ante el río y ante el mar. Si tu camino es el correcto, Dosat, que lo diga el mundo’.
La primera prueba fue salar el mar. Dosat, altanero, se metió al agua grande y sopló su aliento amargo. Quiso volver salado el río, para que el pueblo no bebiera sin pedirle favor. Ewandam, en cambio, tomó un puñado de espuma y lo apretó en la mano como quien aprieta una herida. Dijo: ‘Que la sal se quede donde corresponde, y que el agua dulce siga siendo palabra de vida’. Entonces el mar se quedó mar, y el río siguió río. La segunda prueba fue hacer nacer una palma. Dosat, por burla, clavó el hacha en la tierra y de ese golpe salió una palma espinosa, de tronco oscuro, sin fruto para el hambre. ‘Ahí tienen’, dijo, ‘una palma inútil’.
Pero Ewandam se agachó, tocó el cogollo tierno y escuchó. Y el cogollo le habló con voz fina: ‘No doy comida, doy camino’. Ewandam llamó a Jaí, el dueño invisible de esa palma, y le pidió permiso con palabras antiguas. Jaí aceptó, pero puso condición: ‘Solo quien trabaje con respeto, sin rabia y sin codicia, podrá sacar mi fibra sin enfermar’. Ewandam entonces enseñó a las mujeres y a los hombres a sacar del cogollo una hebra clara, como luz de madrugada. Les enseñó a teñirla con lo que el monte permite y a enrollarla con paciencia, puntada sobre puntada, hasta que la palma espinosa se volviera cántaro, plato, canasto: casa para el agua.
Dosat quiso reclamar victoria: ‘Yo la hice nacer’. Pero Ewandam le contestó: ‘Tú sembraste la espina; nosotros aprendimos el respeto’. Y desde ese día, mijo, el weguer nació de una disputa: de la tentación del trabajo sin permiso y de la enseñanza de trabajar con espíritu. Por eso, cuando una artesana toma el cogollo, primero calla. No es silencio de miedo: es silencio de acuerdo. Porque el weguer no se arranca; el weguer se pide. Y en cada espiral del tejido, todavía se oye, bajito, la sal que no pudo subir al río.
Historia
Este relato se sitúa en el Pacífico colombiano, en las riberas del río San Juan y su salida al mar, donde el pueblo Wounaan ha tejido por generaciones objetos de uso cotidiano y ceremonial con fibra de palma conocida localmente como weguer o werregue. La historia toma como eje una disputa entre Ewandam, figura creadora y ordenadora, y Dosat, figura engañosa asociada a la tentación y al desorden. La contienda no busca solo demostrar poder, sino explicar por qué el trabajo debe hacerse con medida, permiso y reciprocidad con los dueños espirituales del monte.
El origen del weguer aparece como una transformación cultural: una palma espinosa y aparentemente inútil se vuelve valiosa cuando el pueblo aprende a escucharla, pedir permiso a su dueño espiritual (Jaí) y convertir su fibra en recipientes capaces de guardar agua, memoria y territorio.
Versiones
1) Versión del mar: algunos mayores cuentan que la prueba principal fue salar el mar para que el río se rindiera; Ewandam detuvo la sal en la boca del océano, dejando una frontera sagrada entre agua dulce y agua salada. 2) Versión del hacha: se dice que Dosat no regaló el hacha por generosidad, sino para apurar la tala y debilitar el monte; el mito advierte que las herramientas no son malas, pero sí lo es usarlas sin permiso. 3) Versión del dueño espiritual: en unas narraciones, Jaí aparece como guardián severo que enferma a quien extrae fibra con ira; en otras, es un protector que enseña sueños y cantos para cortar solo lo necesario. 4) Versión del tejido: hay quienes afirman que el primer cántaro no se tejió para vender ni para adornar, sino para devolverle al agua un hogar digno, después de que el miedo al abandono rompiera la confianza del pueblo.
Lección
El mito enseña que trabajar no es lo mismo que destruir: el trabajo sin permiso, sin medida y sin respeto enferma a la comunidad y al territorio. También recuerda que la verdadera riqueza no siempre da fruto para comer: a veces da fibra para sostener la vida, pero solo si se aprende a pedir, agradecer y devolver. La artesanía aparece como un pacto con el monte: paciencia, silencio y reciprocidad.
Similitudes
Se relaciona con relatos de origen donde una figura engañosa introduce cambios culturales (herramientas, trabajo, ambición) y una figura creadora reordena el mundo imponiendo límites. Comparte motivos con mitos de ‘pruebas’ entre fuerzas opuestas (competencias sobre elementos como agua y sal) y con narraciones indígenas donde plantas y animales tienen dueños espirituales que exigen permiso y conducta correcta. También se emparenta con historias de origen de oficios: el tejido como conocimiento transmitido, no solo como técnica, sino como ética del territorio.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



