Los mayores Wounaan que el primer jaibaná no aprendió con libros ni con regaños, sino con sueño. No un sueño cualquiera, sino el sueño que llega cuando la selva se queda callada y hasta los insectos parecen escuchar. Ese jaibaná era un muchacho sin nombre de mando, apenas un hijo de canoa, de esos que reman sin hacer espuma. Una noche, mientras el San Juan crecía y el agua lamía los pilotes del tambo, el muchacho soñó que su sombra se desprendía del cuerpo y se iba caminando por encima del río, como si el agua fuera tierra.
Allá, en la mitad de la corriente, lo esperaba un jai con cara de pez y ojos de brasa. No era bueno ni malo, era como el filo del machete: sirve para abrir monte o para herir. El jai le habló sin boca, directo al pecho: ‘Si quieres curar, aprende a escuchar. Si quieres mandar, aprende a obedecer’. Y le mostró dos caminos: uno hecho de hojas frescas, otro hecho de hojas podridas. El muchacho quiso escoger el fresco, pero el jai lo detuvo: ‘El bien sin sombra se vuelve soberbia; el mal sin freno se vuelve hambre’.
Entonces le entregó un bastón delgado, tallado como bejuco, y le dijo que no era bastón para caminar, sino para sostener la palabra. Al despertar, el muchacho tenía la mano marcada, como si hubiera apretado madera toda la noche. Y desde ese día, cada vez que cerraba los ojos, los jais llegaban: unos venían como viento frío que limpia la fiebre; otros venían como zancudo insistente que trae pensamiento oscuro. Los jais le pedían cosas: silencio, ayuno, canto, paciencia.
Y él aprendía, mijo, aprendía a no asustarse de lo invisible. Pero el río también enseña con golpes. Una tarde, una niña de la comunidad enfermó de un mal raro: no era fiebre, no era herida, era como si el alma se hubiera quedado mirando lejos. La madre lloraba y decía que la niña estaba ‘vacía por dentro’. El muchacho, todavía aprendiz, se sentó junto a la hamaca y puso el bastón entre sus rodillas. Cantó bajito, no para que lo oyeran los humanos, sino para que lo oyeran los jais.
Y en el canto vio, como en espejo de agua, que un jai oscuro se había pegado a la niña por envidia: envidia de su risa, envidia de su futuro. Entonces vino la prueba: el jai oscuro le ofreció poder rápido. ‘Dame tu sueño más bonito y te dejo curarla’, le dijo. El aprendiz sintió la tentación, porque el dolor de la madre era como piedra en el pecho. Pero recordó la enseñanza: mandar es obedecer. Obedeció al camino difícil. No negoció con el hambre del mal.
En vez de entregar su sueño, entregó su orgullo: pidió ayuda. Esa noche llamó al jaibaná viejo, el que ya tenía canas de río. El viejo no lo humilló; solo le dijo: ‘El bastón no es para que tú seas grande; es para que la comunidad no se quiebre’. Juntos cantaron. El aprendiz sostuvo el bastón y el viejo sostuvo la puerta entre mundos. Y cuando el jai oscuro quiso morder, el bastón brilló como hoja mojada bajo luna, porque el bastón, mijo, no se alimenta de miedo: se alimenta de respeto.
Dicen que el jai oscuro se fue río abajo, amarrado a su propia envidia, y la niña volvió a reír al amanecer. Desde entonces, cuando un Wounaan sueña con un bastón que no pesa, sabe que la selva lo está llamando. Pero también sabe esto: el jaibaná no es dueño de los jais. Es apenas el que aprende a hablarles sin mentirles, y a callarles cuando quieren mandar donde no deben. Y por eso, mijo, cuando usted oiga que el río suena distinto, no diga que es solo agua.
Puede ser un jai pasando, buscando a quien lo escuche. Y si lo escucha, no corra. Respete. Porque el mundo visible es una canoa, y el invisible es el río que la sostiene.
Historia
En el Pacífico colombiano, en la selva húmeda del Chocó, los Wounaan han narrado por generaciones que el jaibaná (médico-autoridad espiritual) se forma en una relación prolongada con el sueño y con los jais, fuerzas o presencias del mundo no visible ligadas a la naturaleza y a la salud. Este relato nuevo toma ese eje y lo convierte en una historia de iniciación: un aprendiz recibe un bastón que simboliza la palabra y el equilibrio.
La enfermedad de una niña no se entiende como simple dolencia del cuerpo, sino como desajuste entre mundos. La curación ocurre cuando el aprendiz renuncia a la vía rápida (pacto con el daño) y acepta la vía comunitaria (pedir guía al jaibaná mayor). El mito sitúa la enseñanza en elementos cotidianos del territorio: el río como camino, el tambo sobre pilotes, la noche de selva y el canto como puente. Así, el jaibaná aparece no como figura aislada, sino como responsabilidad colectiva: su poder depende del respeto, la disciplina y el cuidado de la armonía.
Versiones
Versión del río crecido: Se cuenta que el bastón aparece solo cuando el San Juan se desborda y el agua toca los pilotes. El sueño llega con el sonido del río alto, y el jai se presenta como pez de ojos encendidos.
Versión del bejuco: Algunos mayores dicen que el bastón no era madera, sino bejuco vivo, y que por eso ‘no pesa’: porque no es objeto, sino compromiso. Si el aprendiz presume, el bejuco se seca.
Versión de la sombra: En otra variante, el aprendiz no sueña con un jai, sino con su propia sombra, que se vuelve mensajera. La sombra le enseña que el mal entra primero por la vanidad.
Versión del doble canto: Hay quienes afirman que la niña no sana hasta que cantan dos voces: una para llamar y otra para cerrar. La primera abre el camino; la segunda impide que el jai oscuro regrese.
Lección
El aprendizaje espiritual no es atajo ni espectáculo: es disciplina, escucha y responsabilidad. El jaibaná no se define por dominar, sino por equilibrar. Reconoce que existen fuerzas que pueden sanar o dañar, y que la tentación del poder rápido siempre cobra un precio.
La curación verdadera es comunitaria: pedir ayuda a tiempo y sostener la palabra con humildad protege tanto al enfermo como al aprendiz. Respetar lo invisible no significa temerlo, sino comprender que la naturaleza y el espíritu se afectan mutuamente.
Similitudes
Se parece a relatos de iniciación chamánica de pueblos vecinos del Chocó, donde el conocimiento llega por sueños, cantos y pruebas morales. Comparte con muchas tradiciones indígenas de la cuenca del Pacífico la idea de que la enfermedad puede ser un desorden entre planos y que el especialista ritual actúa como mediador.
Como en otros mitos de aprendizaje, el objeto simbólico (bastón) no es un arma, sino una responsabilidad: representa palabra, límite y equilibrio. También dialoga con narraciones universales sobre dualidad: el bien sin sombra se vuelve arrogancia y el mal sin freno se vuelve destrucción.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



