Las ilusiones

Andina · Mestizo

Las ilusiones

Sombras, hojas y sonidos crecen alrededor del fogón cuando el miedo les da forma; las Ilusiones no tienen un solo rostro ni una biografía.

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No son brujas ni aparecidos, y la gente sencilla lo tiene bien claro. Las ilusiones malas son otra cosa: endriagos sin carne, hechos de imaginación y engordados por el miedo, que apenas asombran a los cristianos. Aun así cargan con percances terribles, encuentros horribles y sustos de los que no se olvidan.

Quien las ve, las ve un instante. Son sombras de monstruos extravagantes o figuras disconformes que se alargan y se encogen delante de los ojos aterrados. Unas veces es la sombra de un pajarraco descomunal. Otras, la de un gigante. Otras, largas figuras blancas que se tienden sobre los tejados o asoman por encima de las copas de los árboles, y en un segundo crecen y descrecen hasta turbar los sentidos. No hablan. No hacen ruido alguno. Sólo salen de noche.

Aparecen en los despoblados, en las casas abandonadas, en las calles desiertas, en los montes, en los socavones de las minas y en los potreros, y sobre todo en la soledad nocturna. En los cementerios se las ve alumbradas por los fuegos fatuos o heridas por la luz vagabunda de los cocuyos, y ahí sí ponen los pelos de punta.

A veces una ilusión mala es una mata de salvia florecida que el viento mece en la oscuridad: su floración blanca parece un fantasma envuelto en un largo sudario que hace señas desde la falda de la colina. A veces es la sombra chinesca que echa sobre el camino la luz mortecina del farol. Al borracho enguayabado lo asusta el rumor del viento entre los árboles, o su propia sombra cuando la luz cambia de golpe. Al que tiene la pasma, con ansia de seguir la juma, se le aparecen trasgos espantosos.

Nada de eso les quita peso. Para los campesinos existen, tan de verdad como cualquier otro espanto, y se habla de ellas con el respeto que se guarda a lo que está por encima de los sentidos. Quien se topa con una la toma por anuncio fatal. Por eso los montañeses que salen de noche a sus aventuras galantes llevan, además de un arma blanca, alguna reliquia que los libre de ellas.

En los montes de las minas viejas se conoce además otra casta, los ilusiones, duendecillos sin cuerpo que no se dejan ver. Esos no asustan a los ojos: se meten en las orejas de los inocentes y les revelan secretos feos y pecaminosos, y así enseñan cosas horrendas desde la cuna.

Las ilusiones: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Lo que el miedo agranda en la oscuridad sigue pesando aunque la luz del día lo reduzca a una rama.”

Territorio

Andina · Mestizo

Andina · Mestizo

El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Andina
Comunidad
Mestizo
Referencia
5.28417° · -75.2603°

Ficha del relato

Contexto histórico

Las Ilusiones Malas tienen su capítulo en «Mitos, espantos y leyendas de Caldas» de Fabio Vélez Correa, editado por la Imprenta Departamental de Caldas en 1997 y consultado en la edición ampliada de El Libro Total. Es un capítulo breve y descriptivo, sin episodio ni narrador con nombre, que habla de lo que «cuentan las gentes del pueblo» y cierra con una atribución expresa: «concluye Escobar Uribe (p. 168)». Todo indica que Vélez sigue aquí a Arturo Escobar Uribe, «Mitos de Antioquia» (Minerva, Bogotá, 1950), página 168: la definición de endriagos incorpóreos, la distinción con brujas y aparecidos, el inventario de sombras, los lugares donde se ven, las salvias, el farol, los borrachos y la creencia campesina de que anuncian desgracia. En el capítulo sobre la Rodillona, Vélez añade que los montañeses que salen de aventuras galantes cargan una reliquia para librarse de ellas.

El testigo literario más antiguo es Tomás Carrasquilla. En el capítulo I de «La marquesa de Yolombó», novela publicada por entregas desde 1926 y en libro en 1928, ambientada en las minas de Yolombó del siglo XVIII, el narrador enumera los seres que pueblan el monte de la mina y empieza por ellos: «los ilusiones», duendecillos incorpóreos que se van a las orejas de los inocentes. Carrasquilla da además una lectura propia de su procedencia: esos genios, escribe, llegaron de África en los barcos negreros y se mezclaron en los Andes con las deidades indígenas. Es la opinión de un novelista antioqueño que conocía la región, no el dato de un registro de campo. Se lee en la edición digital de la Biblioteca Básica de Cultura Colombiana de la Biblioteca Nacional.

Resonancias con otros mitos

El vecino más cercano está en el mismo libro de Vélez: la Rodillona, que en noches oscuras se vuelve ventarrón y apaga los fósforos del caminante, y cuyo capítulo termina precisamente mencionando la reliquia que los montañeses llevan para librarse de las ilusiones malas. Las dos figuras viven del farol que se apaga o que proyecta sombras, y las dos se ceban en el hombre que anda de noche fuera de su casa.

En el mismo pasaje de «La marquesa de Yolombó», Carrasquilla pone a los ilusiones junto al Patasola, la Madremonte, el Patetarro y el Bracamonte. A este último, dice la novela, ningún ojo humano lo ha visto, porque nunca sale de la espesura, y sin embargo sus bramidos matan de espanto a los ganados. Como las Ilusiones, es un ser que se conoce por sus efectos y no por su cuerpo, aunque en su caso por el oído y no por la vista.

María la Larga, de nuevo en Vélez, comparte con las figuras blancas de las Ilusiones el crecimiento súbito: en Alto Villarazo, José Jesús Cardona vio a una mujer de blanco que empezó a crecer hasta llegar a las nubes.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. Entre las dos obras cambian el género, la forma y el sentido. Carrasquilla escribe «los ilusiones», en masculino, y los hace duendecillos que no se ven pero hablan: susurran al oído de los inocentes secretos pecaminosos y los pervierten desde la cuna. Su daño es moral y se transmite por la palabra.

  2. Escobar Uribe, según lo transmite Vélez, habla de «las Ilusiones Malas», en femenino, y las describe como todo lo contrario: se ven pero no hablan ni producen sonido. Son sombras que crecen y menguan, figuras blancas, pajarracos y gigantes proyectados sobre tejados y árboles. Su daño es el susto y el presagio. Además, el mismo texto ofrece a la vez dos lecturas que no se excluyen: por un lado las explica por la óptica, el farol, las salvias y el delirio del bebedor; por otro deja constancia de que los campesinos las tienen por reales y por anuncio fatal.

  3. La antología «Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano» (Casa Editorial El Tiempo y Universidad Autónoma de Colombia, 2004) titula su entrada «Las Ilusiones», en las páginas 71 y 72. El libro se presenta como una recopilación de «documentos imaginarios», y la entrada es un monólogo inventado: una narradora recuerda la casona de sus abuelos, donde desde 1867 había sombras, cosas cambiadas de lugar y cuchicheos que le enseñaban a desobedecer, y concluye que se llaman Las Ilusiones. Es ficción de autor. Curiosamente junta lo que las otras dos obras separan: las sombras de Escobar y los susurros de Carrasquilla.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Antioquia · Andina
Referencias
5
Última revisión
22 de septiembre de 2026

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Base documental · 3 referencias

  1. Mitos, espantos y leyendas de Caldas

    ellibrototal.com

    Capítulo «Las ilusiones malas», con la cita de Escobar Uribe (Mitos de Antioquia, 1950, p. 168); en el mismo libro, la Rodillona y María la Larga de Similitudes.

  2. La marquesa de Yolombó

    siise.bibliotecanacional.gov.co

    En el catálogo de «la corte infernal y selvática» de la novela describe a «los ilusiones», duendecillos incorpóreos que se van a las orejas de los inocentes, junto al Bracamonte que nombra Similitudes.

  3. Cuentos de espantos y otros seres fantásticos del folclor colombiano

    archive.org

    Trae las Ilusiones en sus pp. 71-72.

Contraste y contexto · 2 referencias

  1. Remembranzas de mis abuelos: memoria oral y ambiental del alto oriente caldense

    repositorio.sena.edu.co

    Registro oral de la Rodillona en el alto oriente caldense (p. 83), el espanto que Similitudes pone junto a las Ilusiones.

  2. Andes: identidad y memoria / sostenibilidad y resiliencia

    andes-antioquia.gov.co

    Cita a Escobar Uribe sobre María la Larga (p. 58), la mujer que crece hasta las nubes que compara Similitudes.

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Versiones de este mito

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EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Las ilusiones» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Las ilusiones» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

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