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Las clavelinas

El mito de Pedro Claver destaca el milagroso origen de la clavellina, una flor sin aroma ligada a su santidad y devoción en Cartagena.

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Ilustración de Las clavelinas

En aquella Cartagena de Indias, donde las olas del mar susurraban secretos de tiempos remotos y las murallas custodiaban una ciudad repleta de historia, la realidad y la fantasía se entretejían en un tapiz de colores vivientes. La ciudad, noble cuna de héroes y refugio de almas ilustres, también había sido, como el eco de rezos y cánticos durante la aurora, el hogar de muchos santos, cuyas leyendas resonaban en cada esquina adoquinada.

En el corazón de estas narraciones brillaba la figura bondadosa y poderosa del jesuita Pedro Claver. Un hombre cuyo espíritu inquebrantable y su incesante devoción por las obras misericordiosas hicieron de él un símbolo eterno para los habitantes de Cartagena. Incluso mucho tiempo después de su partida de este mundo, los cartageneros continuaban entonando alabanzas, recordando que era gracias a su santo patronazgo y a la simpleza de un tal "bobo", que la ciudad todavía se mantenía en pie. Este "bobo", enigmáticamente nombrado, no era sino Francisco de Bobadilla, un hermano jesuita que con gracil humildad permitía que los mosquitos bebieran de su sangre, conversando con ellos como si fueran hermanos celestiales.

Pero fuera de todas estas anécdotas insertadas en la historia de Cartagena, una de las más queridas y murmuradas a través de generaciones cuenta del milagroso evento que tuvo lugar en la casa del honorable capitán don Francisco de Silva y Castillo, quien en una de esas ferias de galeones adquirió una joven esclava de la etnia mocaranga, a la que llamaron en su lengua natal "Yariva". La esperanza del capitán era que Yariva cumpliría con diligencia las tareas domésticas hasta el día de su propio tránsito al más allá.

Una mañana, las voces de la casa se tropezaron con el silencio de lo inesperado; la joven Yariva yacía en el suelo, rígida como el mármol, sin aliento ni signos de vida. Un gris pesar cubrió las paredes del hogar, pues la dulce muchacha había muerto sin recibir las aguas del bautismo. En su aflicción, el capitán envió a uno de sus criados a buscar al padre Claver, a quien recibieron con frío consuelo entre lágrimas.

El santo, cojeando suavemente apoyado en su muleta, se acercó al cuerpo inerte de la niña y, como si las palabras fueran un bálsamo capaz de romper las cadenas del coma más profundo, pronunció su nombre: "¡Yariva! ¡Yariva de Dios!" Increíblemente, la muchacha despertó como de un sueño largo y profundo, pidiendo el bautismo con una sonrisa tan radiante como la luz del amanecer.

No complacido solamente con el regreso de la vida temporal de la joven, el padre Claver se aseguró de que su espíritu también recibiera la gracia eterna del sacramento. Al concluir la ceremonia en un barieño que significaba la pureza de lo nuevo, el agua tocada por el milagro se transformó en instrumento del siguiente prodigio.

Una de las criadas del capitán, buscando un lugar donde verter el agua restante, se detuvo junto a un tiesto lleno de tierra preparado por la señora capitana para un venidero jardín. Al día siguiente, para el asombro de todos, del recipiente surgió una planta desconocida que no pertenecía ni a las Indias ni a España. Sus flores, delicadas y efímeras, llenaron la casa con una fragancia tan exquisita, que hizo pensar a los presentes que la misma esencia del cielo había descendido para abrazar a los mortales.

Años después, cuando los achaques que afectan a todos finalmente encontraron a Pedro Claver, él se dispuso a abandonar este mundo de sacrificios y devociones para unirse a las estrellas que siempre lo habían guiado. Y en ese mismo instante, cuando su alma ascendió serenamente, un aroma suave como el manto de la Virgen impregnó los cielos. Era el aroma de las florecillas que habían seguido su viaje al más allá, abrigando al santo como su aura perpetua.

Así, estas flores eternamente ligadas a su memoria, conocidas para siempre como las clavellinas, quedaron en Cartagena como un recuerdo tangible de su santidad. Las viejas tradiciones colorearon esta historia, y aunque hoy las clavellinas no poseen perfume, se dice que es porque su esencia fue llevada por Claver junto a la suya al cerrar sus ojos por última vez.

Tal relato, narrado por amor y fe, fue compartido por las viejas generaciones a los nuevos oídos con la simple exclamación: "Inhale, pruebe por sí mismo la flor". Y al hallar su aroma ausente, comprendían que el santo había dejado las tierras mortales, dejando a sus amadas clavellinas como un testamento de su paso por Cartagena, guardando en sus corolas la piedad que alguna vez impregnó cada rincón de su mágica realidad.

Historia

El mito del origen de la clavellina en Cartagena de Indias se basa en la historia de San Pedro Claver, un santo jesuita venerado por sus obras prodigiosas. Según la leyenda, Claver resucitó milagrosamente a una joven esclava llamada Yariva, que había sido comprada por el capitán don Francisco de Silva y Castillo. Tras su resurrección, Yariva pidió ser bautizada, y el agua utilizada para el sacramento se vertió sobre un tiesto, del cual surgió una delicada planta con florecillas de incomparable belleza y aroma. Sin embargo, al morir Claver, se dice que se llevó consigo el perfume de estas flores, dejando a la clavellina como la única flor sin aroma. Esta historia se relata como una demostración de la fe y los milagros asociados con Claver, y la flor recibe su nombre en su memoria.

Versiones

El mito de Pedro Claver presenta, en esta versión, varias capas narrativas que entrelazan elementos de la hagiografía, anécdotas locales y explicaciones etiológicas respecto a la flor nacional de Colombia, la clavellina. Una diferencia significativa entre diversas versiones del mito de Claver radica en el énfasis particular que se le otorga a ciertas figuras complementarias y a los eventos milagrosos vinculados a él. En esta narración, se destaca la presencia de Francisco de Bobadilla, un compañero jesuita que se caricaturiza con el apelativo de “bobo”, dedicando cierto espacio a su peculiar forma de mortificación que no siempre está presente en otras versiones del mito. Este relato profundo brinda un enfoque colorido sobre la vida y devoción del hermano Bobadilla, introduciendo un tono más humano y accesible al mensaje espiritual que predomina en las narraciones acerca de Claver.

Por otro lado, mientras muchas versiones de la vida de Claver se centran en su labor incansable con los esclavos africanos en el puerto de Cartagena, aquí, el desencadenante es un relato milagroso específico que culmina no solo en el bautismo de Yariva, la joven esclava, sino en la aparición de una planta mística, la fuente de la flor conocida como clavellina. Este evento no se encuentra en todas las versiones del mito, lo que hace que esta presentación particular mezcle elementos folclóricos con las tradiciones locales de una manera única. La mitología adjunta a la aparición de la clavellina alinearíase con una narrativa hagiológica que reitera la santidad y milagrosa influencia de Claver, contrastando con otras cuentas históricas que pueden enfatizar más sus acciones concretas en defensa de los derechos humanos, atenuando los elementos sobrenaturales.

Lección

La fe y la devoción pueden obrar milagros.

Similitudes

Se asemeja a los mitos de resurrección y transformación presentes en la mitología cristiana y griega.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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