Las clavelinas

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Las clavelinas

Una joven esclavizada llamada Yariva ofrece clavelinas a Pedro Claver; después de la muerte del jesuita, la flor pierde su aroma dentro de la explicación legendaria.

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Las clavelinas: la entrada del relato

El relato

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En la última feria de galeones el capitán compró a Yariva, y dijo delante de su mujer lo que le había costado: ciento veinte pesos de buen oro. La casa todavía se ve, en el ángulo que hacen la calle de La Mantilla y la de Don Sancho, con un escudo de piedra sobre el portón.

El capitán se llamaba Francisco de Silva y Castillo y era hombre de misa y de limosna. Su mujer se lo recordó enseguida: había que sacar a esa muchacha de su gentilidad. Primero la doctrina, contestó él, y después el óleo y la crisma. Así que la niña empezó a aprender el catecismo en una lengua que no era la suya, y en la suya conservaba su nombre.

Una mañana la encontraron tendida en el suelo. Le buscaron el resuello y no lo hallaron. Le buscaron el pulso y tampoco. No se movía.

—No la toquen —dijo el capitán.

Y mandó un esclavo a buscar al padre Claver.

El padre llegó apoyado en su muleta, con ese modo suyo de caminar torcido. Lo recibieron con aspavientos y el capitán le contó el caso, y mientras lo contaba se le iba quebrando la voz, porque la muchacha se había muerto sin bautizar.

Claver se acercó al cuerpo. Nadie le había dicho cómo se llamaba.

—¡Yariva! ¡Yariva de Dios!

La niña se incorporó, sonrió y pidió el bautismo.

Los de la casa se alborotaron y el padre les quitó importancia. Esto no es nada, dijo. Traedme agua. Le tomó la lección de doctrina, quedó conforme, y le dio con el agua dos vidas a la vez.

El agua sobró en un barreño. Claver pidió que no la echaran al suelo, por respeto a lo que acababa de servir. Una criada salió con la vasija buscando dónde verterla y encontró un tiesto que la señora tenía lleno de tierra, preparado para sembrar algo.

Al día siguiente había en el tiesto una planta.

Nadie supo decir qué era. Nadie recordaba haberla visto en las Indias ni en España, y vinieron a mirarla desde otras casas. Lo que traía no eran las flores, que eran pequeñas, sino el olor: se metió por toda la casa y no dejaba pensar. Ni el nardo, ni el heliotropo, ni el jazmín podían con él.

Pasaron los años. Una tarde de septiembre de mil seiscientos cincuenta y cuatro, los males que el padre arrastraba se le juntaron, y entró en agonía y se murió.

Y el olor se fue con él.

Desde entonces la planta sigue dando sus flores en los patios de la ciudad, puntuales, y sigue sin oler a nada. Es la única flor de Cartagena que no tiene aroma. Quien quiera comprobar la historia no tiene que ir a ningún archivo: le basta acercar la nariz.

Las clavelinas: lo que quedó del relato

La enseñanza

“Una ausencia también se hereda, y a veces es lo único que queda para probar que algo ocurrió.”

Territorio

Caribe · Mestizo

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El territorio sitúa la memoria del relato y permite leerla en relación con su comunidad de origen.

Región
Caribe
Comunidad
Mestizo
Referencia
10.423611° · -75.525278°

Ficha del relato

Contexto histórico

Esta pieza es la única de las seis que Enrique Otero D'Costa reunió bajo el título «Leyendas» en la que el autor dice de quién la oyó. Ocurrió en Cartagena, una tarde de septiembre, mientras una anciana regaba las macetas de su jardín, y Otero la llama por su nombre de pila dentro del propio texto: «Dígame usted, señora Amalia: ¿y cómo se comprueba ese relato?». Ella le contesta que aspire la flor. No hay apellido, no hay año, y esa conversación es todo el respaldo que la historia declara.

El texto se imprimió en la revista de la Universidad Pontificia Bolivariana, número 95, julio a diciembre de 1964, en las páginas 64 a 66, dentro del conjunto que la redacción sacó a la muerte del autor. El título impreso allí es «Las Clavellinas», con dos eles, y así se nombra la planta en todo el cuerpo del relato.

Otero llega a la escena por un rodeo: abre declarando a Cartagena «glorioso jardín de santos» y enumera a los suyos, entre ellos el hermano Francisco de Bobadilla, que se dejaba chupar la sangre por los mosquitos por penitencia y los despedía en paz cuando los veía hartos. De esa enumeración sale la copla que cita, «por un bobo y un Claver está Cartagena en pie», y de la copla sale la historia.

El autor era santandereano de nacimiento —Bucaramanga, 1883— y cartagenero de oficio. Antes de 1923 gerenció el ferrocarril de Cartagena a Calamar, publicó una guía de la ciudad en 1912, fue concejal y fundó allí, con unos amigos, la Academia de Historia y su «Boletín Historial», que dirigió dos años. El informe con que la Academia Colombiana de Historia lo hizo miembro de número, fechado en abril de 1924 y publicado en el Boletín de Historia y Antigüedades número 166, páginas 629 a 631, se lo cuenta entre sus dos mayores méritos. Que oyera este relato en un patio de Cartagena no es casualidad de viajero: vivió y trabajó en esa ciudad más de una década.

En el mismo boletín, páginas 632 y 633, Otero define lo que hace cuando escribe estas páginas: vestir crónicas e historias «con las galas de la fantasía, para que, así popularizadas, puedan penetrar a la casa espiritual del gran público».

Resonancias con otros mitos

Dentro del mismo conjunto de Otero D'Costa hay otra pieza que funciona igual: «El castellano de San Juan», páginas 61 a 63, cierra con un objeto que sobrevive al episodio y lo certifica —las cuatro culebrinas robadas del castillo— del mismo modo que aquí lo certifica una flor sin olor. Las dos leyendas terminan señalando algo que el lector puede ir a mirar, y en las dos ese algo vale por el documento que falta.

El segundo parentesco es de forma y es el que más pesa: esto es una leyenda etiológica, de las que existen para explicar por qué una cosa del mundo es como es. La pregunta que contesta no es qué pasó con Yariva, sino por qué la clavellina de Cartagena no huele. Todo lo demás —la compra, la caída, el nombre pronunciado, el agua guardada— está puesto al servicio de esa carencia final, y el relato sólo se cierra cuando la anciana convierte la falta de perfume en prueba.

Hay además una coincidencia de calendario que el texto aprovecha sin subrayarla. El jesuita muere en septiembre, la conversación del jardín ocurre en septiembre y la flor está en las macetas justo entonces. La historia se cuenta, así, en el aniversario de lo que cuenta, delante del objeto del que habla.

Otras versiones y matices

Variaciones, precisiones y límites documentales.

  1. El relato trae su propia objeción incorporada, y eso lo distingue de las otras piezas del conjunto. Después de la escena del bautismo, Otero se adelanta al lector incrédulo: «Algún protervo hereje podría argüír que no ve el milagro, alegando que bien pudo la muchacha haber padecido un accidente cataléptico del cual volviera, en modo coincidencial, al ser conjurada por el santo». Y no la rebate. Dice que no le corre prisa que el suceso se tenga por sobrenatural, y pasa a la segunda mitad.

  2. Hay entonces dos lecturas conviviendo en la misma página. En una, la muchacha nunca estuvo muerta y la coincidencia hizo el resto. En la otra, la que sostiene la anciana del jardín, la prueba no está en el cuerpo sino en la flor, y es una prueba por defecto: se comprueba oliendo lo que no huele.

  3. El padre Claver aparece en dos registros distintos según qué parte del relato se lea. En la primera mitad es el taumaturgo que llama a una muerta por su nombre; en la segunda es un enfermo que arrastra males viejos, camina con muleta y se muere una tarde cualquiera. El autor no los reconcilia.

  4. Queda una variación de vocabulario que conviene señalar porque cambia el sentido. La planta se llama «clavellina» en el impreso, con dos eles, y el relato explica el nombre como memoria del apellido del jesuita. Escrita con una sola ele, la palabra pierde el eco del que depende la etimología del cuento.

Fuentes

Esta ficha se apoya en referencias publicadas y verificables. La adaptación narrativa del sitio no sustituye la consulta de las fuentes originales.

Procedencia
Tradición oral · Mestizo · Magdalena · Caribe
Referencias
9
Última revisión
21 de septiembre de 2026

Cómo documentamos cada relatoAportar o corregir una fuente

Base documental · 3 referencias

  1. Leyendas

    revistas.upb.edu.co

    Imprime el relato en las páginas 64 a 66, bajo el título «Las Clavellinas» con dos eles, y es el único registro que lo fija. De aquí salen todos los datos internos de la ficha: el capitán Francisco de Silva y Castillo, la casa del ángulo de las calles de La Mantilla y de Don Sancho, la niña comprada «en la última feria de galeones» por ciento veinte pesos de buen oro, la muerte del jesuita en septiembre de 1654 y la flor que brota del agua del bautismo. Es también la única de las seis piezas del conjunto en que Otero nombra a quien se lo contó: «Dígame usted, señora Amalia: ¿y cómo se comprueba ese relato?», y donde la anciana responde con la prueba por defecto —aspirar la flor que no huele— que cierra la leyenda.

  2. El apóstol de los negros, Pedro Claver, y sus intérpretes

    cvc.cervantes.es

    Trabaja sobre el «Proceso de beatificación y canonización de san Pedro Claver», redactado en 1696 y traducido del latín y del italiano por Tulio Aristizábal y Anna María Splendiani, que es el corpus de testimonios de primera mano sobre el jesuita que esta leyenda pone a resucitar a una niña. Documenta cómo trabajaba Claver en el puerto —bautizaba a los recién llegados en cualquier parte y de inmediato, con intérpretes de su propia elección y con gestos codificados: el abrazo, la bienvenida, la señal de la cruz, el agua del bautismo, el regalo—, que es exactamente la escena que el relato convierte en milagro. Sirve para medir qué de la leyenda es práctica documentada y qué es invención piadosa.

  3. Cargazones de negros en Cartagena de Indias en el siglo XVII: nutrición, salud y mortalidad

    banrep.gov.co

    Da el suelo documental de la escena de la compra con que arranca el relato. Establece que entre 1595 y 1640 los portugueses introdujeron entre 250.000 y 300.000 personas esclavizadas y que alrededor de la mitad entró por Cartagena, con unas 2.000 a 3.000 llegadas al año, de las que la mitad seguía viaje hacia Lima. Explica que las principales fuentes sobre lo que les pasaba al desembarcar son precisamente las narraciones jesuitas de Alonso de Sandoval y Pedro Claver, que es el marco en que la leyenda sitúa a Yariva y a su comprador.

Contraste y contexto · 6 referencias

  1. Boletín de Historia y Antigüedades, año XIV, n.º 166

    academiahistoria.org.co

    En las páginas 632 y 633 está el informe que Otero D'Costa firmó en junio de 1924 sobre un libro de leyendas de Manuel José Forero, y ahí define por escrito lo que hace cuando escribe páginas como ésta: vestir crónicas e historias «con las galas de la fantasía, para que, así popularizadas, puedan penetrar a la casa espiritual del gran público». En el mismo informe reclama para el género «la taumatúrgica», la cuerda del milagro, que es exactamente en la que está compuesta esta pieza. En las páginas 629 a 631, el informe de su candidatura a miembro de número certifica en 1924 que fundó la Academia de Historia de Cartagena y dirigió dos años su «Boletín Historial»: la razón documental de que oyera este cuento en un patio cartagenero.

  2. Hacia una nueva comprensión de la historiografía colombiana: breve historia intelectual de Enrique Otero D'Costa (1883-1964)

    repository.urosario.edu.co

    Es la única historia intelectual del autor que se localizó, y aporta a esta ficha el criterio con que hay que leerla: establece, con el fondo Otero D'Costa del Archivo General de la Nación, que en «Historietas» el autor «no muestra una referencia documental específica sobre el uso de las fuentes con las que trabaja», aunque escribe con intención de construir conocimiento histórico y no costumbrismo. Ése es el estatuto exacto que hay que declarar cuando una de sus piezas cuenta un milagro y su única fuente es una vecina. Reconstruye además su vida cartagenera —el ferrocarril a Calamar, la «Guía de Cartagena» de 1912, el concejo— en las páginas 16 y 33.

  3. La selección Samper Ortega, 1926-1937: historia de un gran legado bibliográfico

    banrepcultural.org

    Reconstruye la empresa editorial que sacó este relato del ámbito cartagenero: la Selección Samper Ortega incluyó las «Leyendas» de Otero D'Costa en su tomo 39 y las puso en bibliotecas escolares de todo el país en los años treinta. Sirve para fechar cuándo la historia de Yariva y la flor sin olor dejó de ser una pieza de revista y pasó a leerse fuera de la ciudad en que ocurre.

  4. Leyenda

    elem.mx

    Da el nombre técnico de lo que esta pieza es y que «Similitudes» señala: una leyenda etiológica, de las que existen para explicar por qué una cosa del mundo es como es. Describe el subtipo que explica «el origen de la fisonomía de algunos animales» y la formación de accidentes naturales, y señala los tres rasgos que definen el género —el valor de verdad, la ubicación en un tiempo y un lugar determinados, y la sencillez narrativa—, que son los tres que aquí sostienen el remate: la prueba no está en el cuerpo de la niña sino en la flor que no huele.

  5. Cartagena de Indias en el siglo XVII

    banrep.gov.co

    Leído por la arqueología urbana del claustro jesuita, el volumen aporta lo que esta ficha necesita del escenario: que los documentos históricos señalan que Pedro Claver fue sepultado en 1654 en el lugar del Crucificado del colegio de la Compañía, y que el conjunto que hoy se llama San Pedro Claver tenía en el siglo XVII una traza muy distinta de la actual. Sirve para situar en la ciudad real la escena del jesuita enfermo que arrastra la muleta y muere «una tardecita del mes de septiembre», y para recordar que la casa de la calle de La Mantilla no está documentada por nada de esto.

  6. Pedro Claver y la evangelización en Cartagena: pilar del encuentro entre africanos y el Nuevo Mundo, siglo XVII, Fronteras de la Historia n.º 11

    redalyc.org

    Es la fuente que explica de qué cantera sale una leyenda como ésta. Documenta que el expediente sobre Claver empezó a redactarse en 1654, el año de su muerte, y que se organizó alrededor de «los milagros, los episodios heroicos y los hechos sobrenaturales»: la resurrección de una niña es exactamente el tipo de escena que ese archivo estaba hecho para recoger. Y describe la práctica que el relato convierte en prodigio: al subir a los navíos, Claver escogía a los más enfermos, les preguntaba por medio de los intérpretes si ya estaban bautizados y, cuando no podían responder porque estaban muy graves, los bautizaba «sub conditione». La escena de la muchacha que no contesta y a la que el jesuita bautiza de todos modos no es una invención del cuento: es el procedimiento ordinario del personaje.

Voces de la comunidad

Conversación

¿Así te la contaron?

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«Las clavelinas» no se cuenta igual en todas partes. Si en tu casa cambiaba el final, el castigo o el nombre, esa versión también es parte del archivo.


Versiones de este mito

0
EJ

Ejemplo

No es real

Mi abuela la contaba igual, pero en su versión el castigo no era la muerte: al cazador lo perdía tres días en el monte y lo devolvía sin memoria. Ella la oyó en Salamina, de su propia madre, hacia 1950.

Así se ve una versión publicada. De «Las clavelinas» todavía no hay ninguna.

Todavía nadie ha dejado la suya. «Las clavelinas» viaja de boca en boca y cambia en el camino, así que es muy probable que la que te contaron no se parezca a la que acabas de leer.

Qué cambió
El final, el castigo, quién la ve, en qué mes aparece.
Dónde la oíste
Un municipio, una vereda, un río. Aunque sea aproximado.
Quién la contaba
Sin nombres si prefieres: basta el parentesco y el lugar.

TÚ

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