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La Yesca

En el Atrato dicen que La Yesca no es animal ni mujer, sino un daño ‘puesto’ por un brujo: bejucos y ramas que abrazan y ahogan, robando el aliento y el rumbo a quien camina con soberbia por la selva.

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Ilustración de La Yesca

Dicen que La Yesca no es animal ni mujer, sino un encargo. Un brujo, de esos que saben el nombre secreto de las ramas, la ‘pone’ en el camino de quien le estorba. No la ve cualquiera. Al principio es apenas un olor a hoja machacada, como cuando uno pisa la manigua recién llovida. Luego el aire se pone pesado, y el cuerpo se siente como si lo hubieran amarrado con boza invisible.

A un muchacho de por aquí, pescador de atarraya fina, le pasó. Se burló de un chinango en la plaza, y esa noche se fue río arriba, confiado, silbando. Cuando la luna se escondió detrás de las nubes, el agua se quedó sin reflejo, como si la hubieran tapado con ceniza. El muchacho sintió que la canoa no avanzaba, aunque él remaba. Y entonces vio, en la orilla, un bejuco que no estaba antes: colgaba como una cuerda viva, limpio, brillante, y parecía llamarlo por su nombre sin decir palabra.

Él se arrimó, y ahí fue cuando La Yesca se despertó. No salió del suelo: salió del aire. Unas ramas delgadas, como dedos, le rodearon el pecho. Otras le buscaron el cuello, suaves primero, como abrazo de pariente, y luego apretaron como nudo de carga. El muchacho quiso gritar, pero la voz se le quedó pegada en la garganta. Quiso correr, pero el monte se le cerró: cada paso era una raíz que lo agarraba, cada sombra era otra vuelta de bejuco.

Dicen que La Yesca no mata de una vez. Primero le roba a uno el aliento, después le roba el rumbo. Lo hace caminar en círculo, como si el mundo fuera una totuma. Y cuando ya lo tiene rendido, lo arrima al agua para que el río se lleve el susto y deje el cuerpo quieto, sin pelea. Pero esa noche, mijo, el Atrato también oyó. Porque el río es viejo y tiene memoria.

Un mayor, que venía en otra canoa, escuchó un golpe seco, como de rama contra madera, y cantó bajito, no para espantar, sino para pedir permiso. Echó al agua un puñado de sal y hojas amargas, y le habló al monte con respeto. La Yesca aflojó un poquito, como cuando una soga se moja. El muchacho cayó de rodillas, respiró como quien vuelve de lejos, y juró no volver a humillar a nadie ni a jugar con lo que no entiende.

Desde entonces, cuando la selva se pone demasiado silenciosa y el bejuco parece mirarlo a uno, yo le digo a los jóvenes: no se rían del dolor ajeno, no ‘pongan’ palabras como puñales, y si sienten que el monte los abraza sin cariño, no peleen con fuerza: peleen con respeto. Porque La Yesca no se vence a machete. Se vence bajando la soberbia y enderezando el corazón.

Historia

En la cuenca del Atrato se cuenta que La Yesca es un daño ‘puesto’ por un brujo o chinango a una persona con intención maligna. No se entiende como un ser fijo, sino como una presencia que se activa en el monte y en las orillas: bejucos y ramas que se vuelven abrazo asfixiante. La historia suele aparecer ligada a conflictos cotidianos: burlas públicas, deudas, envidias por la pesca o por el amor, y disputas por el paso del río.

El elemento central es la pérdida del aliento y del rumbo: la víctima se siente amarrada, camina en círculo, se confunde entre la manigua y termina cerca del agua. Los mayores explican que el monte no es solo paisaje: es un tejido vivo. Por eso el castigo toma forma de tejido: nudos, vueltas, lazos. La salida no se busca con violencia, sino con actos de respeto: pedir permiso, reconocer la falta, y usar saberes de limpieza o ‘desamarre’ que no humillen al río ni al bosque.

Versiones

1) Versión del bejuco visible: la víctima ve un bejuco nuevo, brillante, como cuerda colgada, y al tocarlo se activa el abrazo. 2) Versión del abrazo invisible: no se ve nada; solo se siente el apretón en el pecho y el cuello, como si el aire se volviera soga. 3) Versión del monte que cierra: La Yesca no solo aprieta; también ‘cierra’ el camino. El monte cambia de sitio, repite senderos y devuelve al caminante al mismo punto.

4) Versión del río como testigo: el río ‘oye’ el daño y permite que un mayor o una autoridad espiritual lo afloje con cantos, plantas amargas y palabra respetuosa. 5) Versión moral: La Yesca no cae sobre inocentes completos; se pega mejor a quien anda con soberbia, burla o mala intención, como si el daño encontrara dónde agarrarse.

Lección

La Yesca enseña que la palabra también puede ser brujería: lo que se dice con desprecio se vuelve lazo. Advierte sobre el peligro de humillar a otros y de provocar a quienes manejan saberes que no son espectáculo. También deja una regla de convivencia con el territorio: el monte y el río no son cosas mudas. Si uno entra sin respeto, el camino se enreda.

La protección no está en la fuerza, sino en el reconocimiento del daño, la reparación y el cuidado de la relación con la comunidad y con la naturaleza.

Similitudes

Se parece a relatos del Pacífico donde el monte castiga a quien irrespeta el agua o se burla de lo sagrado, y a historias de ‘amarres’ o ‘trabajos’ donde la víctima siente opresión, confusión y pérdida del rumbo. Comparte rasgos con figuras tutelares de ríos que protegen la vida acuática y con seres del monte que confunden caminos.

A diferencia de apariciones que asustan para alejar, La Yesca actúa como encargo dirigido: no ronda al azar, sino que ‘busca’ a alguien. En su simbolismo, La Yesca se emparenta con mitos de enredo y asfixia: el castigo toma la forma de aquello que sostiene la vida del bosque (bejucos y lianas), recordando que lo que sostiene también puede apretar si se usa con maldad.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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