PacíficoMixtoLeyenda de la Laguna de La Cocha

La Totuma de la Cocha

Dicen los mayores que la neblina de La Cocha no es neblina: es guardiana. Y que una totuma antigua, si se riega con mentira, puede volver agua el aire y hundir un valle entero.

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Ilustración de La Totuma de la Cocha

Cuando yo era muchacho, mi abuelo me llevaba en canoa desde El Encano, y me decía que el agua no es agua nomás: es memoria. La laguna escucha, y por eso uno no debe gritarle, ni escupirle, ni echarle rabia. En esas madrugadas, cuando el frío le muerde a uno los dedos, se ve la Isla de La Corota como caparazón de tortuga, quieta, pero viva. Mi abuelo juraba que no era isla: era una totuma volteada, puesta por los antiguos para tapar un secreto.

Dicen los mayores que antes de la laguna hubo un valle entero, con caminos de piedra y fogones encendidos. Y que en ese valle vivía un taita quillacinga que sabía hablar con la totora, porque la totora es oreja del agua. Ese taita cuidaba una totuma negra, un pilche viejo, no para tomar chicha sino para medir la palabra. Porque la palabra, cuando se riega, también inunda.

Una noche de Baile del Sol, llegó al valle un forastero de ojos brillantes, de esos que parecen espejo. Traía música en la lengua y hambre en el corazón. Se arrimó a la casa de una mujer de linaje, y le dijo: ‘Si me das tu risa, te doy un camino sin cansancio’. La mujer, que tenía su hogar y su gente, sintió que el deseo le hacía cosquillas como tábano. Y el tábano, mijo, no pica por maldad: pica para que uno se acuerde que tiene sangre.

Al amanecer, los dos se fueron a pedir agua de puerta en puerta. Nadie les abrió. No era por tacaños: era porque el valle ya había oído la mentira. Entonces engañaron a un niño con pan, y el niño, por inocente, les prestó la totuma negra del taita. ‘Devuélvanla llena y callada’, les dijo. Pero el forastero no conoce la palabra callada.

Se acostaron junto a un potrero, y pusieron la totuma a los pies. El forastero la inclinó, apenas un chorrito, para burlarse del mandato. Y el chorrito no cayó al suelo: cayó al aire, y el aire se volvió agua. El agua creció como crece un chisme, como crece una culpa. Primero les mojó las rodillas, luego les tapó el pecho, luego les borró el grito.

En ese instante, apareció el tábano, el mismo que ronda cuando el corazón se desordena. Picó al forastero en la lengua. Y el hombre, en vez de callar, botó agua por boca y nariz, agua y más agua, como si su mentira fuera un río. El valle se llenó de golpe. Las casas se hundieron. Los caminos se apagaron. Y lo último que se oyó, dicen, fue una campana, no de iglesia, sino de piedra: la campana del fondo, la que suena cuando el agua se ofende.

El taita subió a la montaña con el niño y con la totora en las manos. Lloró sin ruido. Y sus lágrimas no aumentaron la laguna: la ordenaron. Con esas lágrimas hizo un pacto con Mama Luna: ‘Que el agua sea espejo, pero también juez. Que al que venga con codicia, la bruma le confunda el rumbo. Que al que venga con respeto, la totora le muestre el camino’. Mama Luna aceptó, y por eso aquí la neblina no es neblina: es guardiana.

Desde entonces, cuando alguien se burla del agua, la laguna le devuelve su propia voz, pero torcida. Se oye como canto de sirena, como risa lejana, como remo que no toca el agua. Y si uno se acerca a La Corota con corazón sucio, la isla parece moverse, como tortuga que quiere hundirse para no ver la vergüenza.

Por eso, mijo, cuando vaya a La Cocha, no vaya a conquistarla. Vaya a saludarla. Y si ve una totuma flotando, no la agarre: puede ser la Totuma de la Bruma, midiendo si su palabra pesa o si se riega.

Historia

La Cocha (también llamada Lago Guamuez) está en el corregimiento de El Encano, municipio de Pasto (Nariño), en la región Andina. Es un humedal de importancia internacional (Sitio Ramsar 1047) designado el 8 de enero de 2001, con coordenadas de referencia 01°03'N 77°12'W y 39.000 ha. En el entorno se reconoce un valor cultural para comunidades indígenas que consideran la laguna sagrada y la usan en prácticas de purificación y fertilidad.

En el centro simbólico del paisaje aparece la Isla de La Corota, protegida como Santuario de Flora (declarado el 6 de junio de 1977). Parques Nacionales describe la isla como un ecosistema único de bosque andino insular lacustre, rodeado por totorales, y como un lugar ancestral para comunidades indígenas Quillacinga y para médicos tradicionales del Putumayo.

La tradición oral difundida en versiones contemporáneas suele explicar el origen del lago mediante un relato de amor, traición y desborde: una totuma o pilche con agua derramada crece hasta inundar un valle y deja bajo el agua un antiguo poblado; en algunas variantes se menciona el sonido final de una campana. Este mito nuevo toma esos motivos (totuma, inundación, campana, bruma, totora, sacralidad) y los reordena para enfatizar una ética del cuidado del agua y de la palabra.

Versiones

1) Versión del pilche: el origen del lago ocurre cuando una totuma/pilche con agua se derrama y el caudal crece hasta cubrir el valle; el cierre suele incluir el sonido de una campana y la transformación del paisaje.

2) Versión del pueblo sumergido: se enfatiza que bajo La Cocha quedaron ciudades o un poblado entero, y que en ciertas noches se oyen señales (campanas, cantos) desde el fondo.

3) Versión del lugar sagrado: se centra menos en la traición y más en la laguna como territorio vivo y sagrado para comunidades indígenas y campesinas; la bruma y los totorales actúan como guardianes.

4) Versión de la isla-capazón: la Isla de La Corota se describe como caparazón de tortuga y como punto de energía y memoria; su bosque insular y su franja de totora representan protección y límite.

Lección

El agua no solo se usa: se respeta. La laguna castiga la burla y la codicia, pero guía a quien llega con palabra limpia.

La historia enseña dos cuidados: (1) cuidar el territorio (totorales, bosque, orillas) porque sostienen la vida; (2) cuidar la palabra, porque la mentira y el deseo desordenado también pueden ‘inundar’ una comunidad.

En clave comunitaria, la lección es sencilla: La Cocha no es un objeto turístico, es un ser con memoria; se visita como se visita a un mayor: saludando, escuchando y dejando el lugar mejor de como se encontró.

Similitudes

Comparte rasgos con relatos andinos de lagunas encantadas y pueblos sumergidos: el castigo por transgresión, el agua como juez, y señales acústicas (campanas) desde el fondo.

Se emparenta con mitos colombianos de Madre de Agua y Madremonte en la idea de una naturaleza con agencia moral que protege límites.

Conecta con narraciones quillacingas contemporáneas sobre sacralidad del territorio y celebraciones ligadas a Mama Luna, donde el agua es vida, identidad y mandato espiritual.

Territorio

Ubicacion geografica del mito

Ubicacion registrada para este mito en el territorio.

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