Dicen que hubo un pescador, de esos que se creen más vivos que el resto, que no escuchaba consejo de mayor. Le decían: 'No se vaya solo, no se vaya tarde, no se burle de lo que no entiende'. Pero él, por lucirse, se reía de las oraciones y de las manos arrugadas que saben. Cargaba un rosario en el cuello, no por fe sino por costumbre, como quien carga un amuleto sin respeto.
Una noche de mar negro, sin estrellas, se le enredó la atarraya y se le fue la paciencia. Dicen que renegó, que soltó palabras feas, y que en un arranque botó el rosario al agua, como quien tira al fondo la voz de la madre y la bendición del viejo. El rosario cayó y no hizo chapoteo: hizo silencio. Un silencio pesado, como si el manglar se quedara sin respiración.
Ahí fue cuando lo vio.
Primero fue una lucecita, verde y fría, que no era luciérnaga ni farol de gente. Venía por el agua como si el agua fuera camino. Luego apareció la mochita, chiquita, pegada a la ola, y en la proa una lámpara que no alumbraba para ver, sino para perder. Y encima, un hombrecito oscuro, sin cara clara, como sombra amarrada a sal. Remaba con algo que parecía cruz, pero no era cruz de iglesia: era cruz de castigo.
El pescador quiso reírse, como siempre. Pero la risa se le quedó atravesada. El Riviel no habla como uno; habla como viento metido en botella. Le dijo, sin mover la boca: 'Lo que se tira al agua con burla, vuelve en noche'.
Entonces la luz empezó a bailar alrededor de la canoa. No era baile de fiesta: era baile de mareo. La corriente se le cambió, la brújula del pecho se le volteó, y el mar se le hizo igual por todos lados. El hombre remaba y remaba, y cada remada lo llevaba más hondo en la oscuridad.
En la orilla, los viejos sintieron el cambio. Porque el mayor no necesita ver para saber: el mayor oye cuando el agua se pone rara. Salieron con tambor y con voz fuerte, y gritaron los nombres de lo que defiende al pescador: '¡Atarraya! ¡Arpón! ¡Anzuelo! ¡Chinchorro!' Y rezaron, no por miedo, sino por respeto.
Pero el pescador ya estaba marcado.
Cuentan que el Riviel lo dejó volver al amanecer, empapado y con los ojos como de quien vio el fondo del mundo. No volvió con pescado. Volvió con una sola cosa en la mano: una cuenta del rosario, calentica, como si hubiera pasado por fuego. Desde ese día, cada vez que un muchacho se burla de lo sagrado o le contesta feo a un mayor, se ve en el mar una luz que se acerca despacito, como quien viene a cobrar.
Y por eso, mijo, aquí se enseña: al agua se le habla con respeto, a los mayores se les escucha, y lo sagrado no se tira, porque el Riviel del Rosario no olvida.
Historia
En el litoral Pacífico, el Riviel aparece como espanto ligado a la navegación nocturna y a la pesca: se le asocia con luces/candil, canoa pequeña o bongo, y la capacidad de confundir o hundir embarcaciones. En relatos afropacíficos se le describe como presencia que desorienta, acecha a pescadores y se reconoce por una luz que avanza sobre el agua. Algunas versiones lo conectan con maldiciones antiguas (piratería, sacrilegios) y con advertencias prácticas: no ir solo de noche, llevar implementos de pesca y acudir a la voz colectiva de la comunidad.
Para esta versión de La Tola (Nariño), el núcleo moral se reescribe desde un motivo local de religiosidad popular: el rosario arrojado al agua como gesto de burla y ruptura del respeto a lo sagrado y a los mayores. El escenario se ancla en el sistema de ríos y bocanas del litoral nariñense, donde el agua dulce y salada se mezclan y la noche vuelve engañosa cualquier luz.
Versiones
1) Versión del candil y la canoa: el Riviel navega con una lámpara visible en la proa y se acerca a canoas de pescadores para confundirlos o hacerlos volcar.
2) Versión de la luz que se vuelve fuego fatuo: al tocar el agua, el Riviel se transforma en luz y hace perder el rumbo a quienes lo siguen.
3) Versión del baile: en fiestas de marimba aparece como joven parrandero y se delata por luces verdes que salen de sus tobillos.
4) Versión nariñense de bocana y manglar: se cuenta cerca de bocanas y esteros que el Riviel persigue canoas pequeñas y que es peligroso salir solo.
5) Versión de La Tola (esta): el Riviel se activa cuando alguien arroja o profana un rosario, y su castigo principal es el extravío nocturno y el regreso con 'señal' (una cuenta caliente) para que la comunidad aprenda.
Lección
No burlarse de lo sagrado ni usar la fe como adorno. Respetar la palabra de los mayores, porque su consejo es memoria del territorio. En el mar nocturno, la soberbia se paga con desorientación: quien desprecia el respeto pierde el rumbo. La comunidad y la voz colectiva (trabajo conjunto, rezos, llamados) protegen más que la valentía solitaria.
Similitudes
Se emparenta con relatos afropacíficos del Riviel en Colombia y con variantes afroecuatorianas de Esmeraldas: presencia nocturna en agua, luz/candil, canoa/bongo, peligro para navegantes y función de advertencia. Comparte también rasgos con otros espantos acuáticos del Pacífico que castigan imprudencias y transgresiones, y con leyendas donde la comunidad (gritos, rezos, objetos de pesca) actúa como defensa cultural.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
Ubicacion registrada para este mito en el territorio.



