Era tiempo de patronales en Beté. Usted sabe: la gente alista la canoa, cuelga banderitas, prende velas en el altar, y las cantadoras ensayan bajito para que el santo o la virgen no se les vaya a poner celoso. Esa noche el aire olía a cera y a pescado fresco, y el río venía crecido, como si estuviera respirando grande. Dicen los viejos más viejos que el Atrato tiene puertas, y que en días de fiesta esas puertas se entreabren. Por ahí fue que salió ella: la Sierpe. No era culebra de monte ni boa de patio. Era un camino vivo, un bejuco de agua con escamas como pedacitos de luna. Y no era una sola cara, no señor: traía tres cabezas, cada una mirando distinto, como si el miedo tuviera tres maneras de entrarle a uno.
La primera cabeza cantaba. No cantaba bonito, cantaba como cuando el viento se mete por las tablas de una casa y hace llorar la madera. Esa voz llamaba a los pescadores por su nombre, y al que se asomaba al borde, la sombra lo jalaba con una suavidad engañosa. La segunda cabeza reía. Se reía de los borrachos que se burlaban del río, de los que tiraban basura, de los que juraban por la virgen y al rato se robaban el anzuelo ajeno. Esa risa hacía que las canoas chocaran entre sí, como si el agua se volviera resbalosa por dentro. Y la tercera cabeza, ay, esa no hacía ruido: miraba. Miraba a las familias que estaban en la fiesta, miraba a los niños, miraba a los rezos. Y cuando esa cabeza parpadeaba, el río se ponía negro de repente, como si se apagara el mundo.
Esa noche, un hombre quiso hacerse el valiente. Dijo que la Sierpe era cuento para asustar pelaos, que el miedo es pura hambre. Se montó a la canoa con su atarraya nueva, la que había comprado fiada, y se fue a pescar en plena alborada de pólvora. Ahí fue cuando la Sierpe se arrimó al pueblo, despacito, como procesión sin música. Las velas del altar temblaron, y las cantadoras, sin ponerse de acuerdo, empezaron un arrullo bajito, como quien le habla a un niño enfermo. Entonces pasó lo raro: la Sierpe no mordió a nadie. No necesitó. Solo se enroscó alrededor del agua, apretando el río como si fuera cintura, y el Atrato se levantó en una ola que no era de mar, sino de selva.
La canoa del valiente giró, giró, y quedó mirando pa’ la orilla como ojo volteado. El hombre salió vivo, sí, pero desde ese día nunca más pudo mentir sin que le diera fiebre. Cada vez que exageraba, le sonaba en la boca el mismo canto de la primera cabeza. Y así entendimos. La Sierpe no venía a comerse al pueblo: venía a comerse el desorden. Venía a recordarnos que en fiesta también se respeta, que el río no es calle, que la palabra es anzuelo y puede atrapar a quien la tira. Por eso, cuando llegan las patronales, aquí todavía se prende la vela con cuidado, se saluda al agua antes de echar la canoa, y se le pide permiso al Atrato. Porque si uno no pide permiso, mijo, el río se lo cobra. Y la Sierpe… la Sierpe siempre está oyendo, con sus tres cabezas metidas en la oscuridad, esperando que alguien vuelva a olvidar.
Historia
La Sierpe de Beté se cuenta en las riberas del Medio Atrato como un miedo antiguo que despierta cuando el pueblo se reúne en días de patronales. Su escenario es el río: canoas, pesca, velas y cantos que mezclan devoción y vida cotidiana. En la memoria local, la Sierpe funciona como explicación del sobresalto colectivo: crecidas repentinas, choques de canoas, extravíos nocturnos y silencios que se vuelven presagio. El relato se transmite como advertencia práctica: no desafiar el agua en plena fiesta, no pescar por codicia cuando el río está alterado, no burlarse de los rezos ni del monte. Con el tiempo, la historia se volvió también una forma de hablar de la convivencia: la Sierpe castiga la mentira, la fanfarronería y el irrespeto, pero no necesariamente con muerte, sino con señales que obligan a corregir el rumbo. Por eso, en muchas casas se repite que la Sierpe no es solo animal, sino ‘regla del río’ hecha figura.
Versiones
1) Versión de las tres voces: cada cabeza tiene un don distinto (canto, risa, mirada). La gente reconoce la cercanía de la Sierpe por el cambio del sonido del agua. 2) Versión del paso en procesión: la Sierpe no aparece como ataque, sino como recorrido silencioso durante la fiesta; donde pasa, el río se oscurece y los pescadores guardan redes. 3) Versión del castigo sin mordida: la Sierpe no envenena ni muerde; su castigo es el ‘mareo del alma’: quien se burla del río queda marcado por fiebre, tartamudeo o mala suerte en la pesca. 4) Versión del pacto de velas: se dice que el pueblo se salva cuando se encienden velas y se canta en voz baja; la Sierpe se aleja si siente respeto y orden. 5) Versión del espejo de agua: algunos afirman que la tercera cabeza muestra en el agua el rostro verdadero de la gente, revelando envidia, robo o traición, y por eso muchos evitan mirar el río de noche.
Lección
El río es un ser con memoria: no se le entra con soberbia ni se le usa como escenario para la burla. La fiesta no justifica el desorden, y la palabra tiene consecuencias: el rumor y la mentira pueden volverse contra quien los lanza. La Sierpe enseña que el miedo colectivo también puede ser cuidado comunitario: una forma de recordar límites, proteger a los más jóvenes y mantener respeto por el agua, la pesca y la convivencia.
Similitudes
Comparte rasgos con relatos del Pacífico donde el agua es territorio de seres guardianes: apariciones que regulan la pesca, castigan el irrespeto y explican peligros del río. Se emparenta con imaginarios de serpientes gigantes de ríos y lagunas, y con leyendas donde la devoción (velas, cantos, procesión) actúa como contención del caos natural. También se parece a historias de ‘espantos’ que no siempre matan, sino que corrigen: dejan marcas simbólicas (fiebre, pérdida de voz, mala suerte) para que la comunidad aprenda y se ordene.
Territorio
Ubicacion geografica del mito
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